El país necesita valorar lo sustantivo. La inauguración de la Troleteca en Pomasqui el 8 de febrero de este año, por el gobierno parroquial de esa circunscripción, fue un hecho inédito que merece ser registrado.
Pensar que una biblioteca puede ser instalada en un trolebús reutilizado es una idea novedosa impulsada por el Gobierno Autónomo Descentralizado Parroquial Rural de Pomasquii bajo la dirección de su presidente Irina Mora. Esta iniciativa contó con el respaldo de las autoridades provinciales y municipales de Pichincha y de Quito. La biblioteca que tuvo ese destino fue la perteneciente a Juan Abelardo Moncayo, quien consagró su vida a la lectura de libros de valor universal.
Tras su fallecimiento esta reliquia no podía quedar abandonada. Nuestra familia tomó contacto con Iván Égüez, destacado escritor y promotor de campañas de libro que mantuvo con la coordinación de la Casa de la Cultura y del Municipio capitalino. Así tomó cuerpo la donación de los libros a la entidad que preside. Con el conocimiento que él tiene consideró algunas posibilidades y decidió legar la biblioteca donada por los herederos de Juan Abelardo Moncayo al Municipio de Quito. En ello no hubo ninguna otra consideración que el deseo de la familia de que la pasión por la literatura y el saber, que marcó la vida de uno de sus miembros, perdurara y se vuelque a la formación de niños, jóvenes y familias de la comunidad. Las autoridades provinciales y municipales tampoco pusieron ningún reparo a esta donación y la acogieron con el reconocimiento del valioso legado cultural de un escritor, académico y profesor universitario.
¡Cuántos proyectos de este calibre se pueden hacer sin enredarse en consideraciones prejuiciosas de carácter ideológico!
En mi intervención en el acto de inauguración de la Troleteca, a pedido de las autoridades parroquiales, destaqué la contribución de Juan Abelardo Moncayo al conocimiento de la obra de Juan Montalvo. Esto le significó internarse en los debates de la antigüedad romana, del medioevo y del renacimiento. En el siglo XXI, semejante aventura sería comparable a la gesta de Don Quijote de la Mancha que leyó los libros de la caballería andante. Cervantes, en efecto, creó este personaje como una metáfora para describir a quienes trascienden la realidad y forjan mundos imaginarios.
Esos mundos imaginarios no son irreales ni quienes los habitan son locos. Quijotes como Iván Égüez han sabido traducir en hechos los vuelos literarios y han podido emprender en actividades prácticas para que los sueños de los escritores lleguen a los lectores de los más diversos estratos sociales.
La Troleteca es un desafío. Crear una comunidad de lectores en una zona rural por lo general marginada que involucre a escuelas, colegios, organizaciones sociales, autoridades, padres de familia y vecinos; es una tarea cooperativa que requiere seguir juntando esfuerzos, elaborando programas que viabilicen la interacción creativa.
La adquisición de conocimientos por medio de la lectura de libros aporta una experiencia distinta de internet. Hoy los jóvenes, sobre todo, están familiarizados con las redes sociales pero no con los libros físicos. Hay quienes piensan que éstos son cosa del pasado. Y como no podemos leer todos los libros que nos gustarían, tenemos que ser selectivos y contar con una guía. Para poder manejarnos en ese mundo necesitamos el pensamiento conceptual que nos permite recoger información y hacer comparaciones de épocas diversas, proyectándonos hacia el futuro. La relación entre cada lector y los autores y los temas es única.
La comunidad debería empoderarse de esta iniciativa para no dejarla morir. Esta obra fue producto de intereses convergentes de una familia, una administración y una jurisdicción. No puede ser afectada por cambios en la administración. Obras así deben perdurar y dejar de lado prejuicios ideológicos o políticos. Dar a las parroquias rurales este bagaje cognitivo debería convertirse en política pública.
