Cuando escuchamos de abuso sexual a menores nos atacan la tristeza, la rabia y miedo. Si además ocurrió en la escuela, nos persignamos o maldecimos para constatar que el mundo está enfermo. Pero la realidad es que la sociedad no está más enferma que antes y que los padres no somos totalmente ajenos al problema. Los casos de abuso y violencia en el ámbito escolar no son hechos aislados. La violencia en todas sus formas es un problema estructural y el abuso de poder es una constante ineludible, lo que se puede evitar es la vulnerabilidad mediante cambios culturales y políticas públicas efectivas que minimicen los factores de riesgo y fortalezcan los factores de protección de los niños, y ello depende de toda la comunidad educativa.
Si educamos a los niños en la obediencia mecánica y el miedo a la autoridad, si priorizamos la competencia y la calificación sobre la solidaridad y la sensibilidad, si delegamos a la escuela el domesticarlos, los hacemos vulnerables. Si les mentimos, ellos no confiarán en nosotros. Si no les informamos sobre su cuerpo y sus derechos los desarmamos ante toda amenaza. Si tratamos a los niños con violencia los inmunizamos al maltrato. Si no escuchamos sus voces, será tarde cuando escuchemos sus gritos.
