viernes, marzo 20, 2026
Ideas
Rafael Paredes Proaño

Rafael Paredes Proaño

Ex embajador de Ecuador en Colombia

Vecindad inestable e insegura

Negociar a través del grotesco sistema del chantaje arancelario lo puede hacer ilegítimamente el presidente Trump, severamente criticado, pero respaldado en el poder político, económico y militar de la mayor potencia del mundo ¿Pero, el Ecuador?

El presidente del Ecuador estuvo en Davos, Suiza, cuando, de pronto, abrió una nueva crisis con la vecina Colombia. Al mismo tiempo formulaba su discurso el primer ministro de Canadá. el señor Mark Carney, elogiado por su renovadora exposición, resaltó que otorga «prioridad a un amplio diálogo para maximizar su influencia, en un contexto en que el orden mundial es particularmente inestable.»

El líder canadiense recordó al disidente checo Václav Havel y su ensayo El poder de los sin poder y citó un aforismo de Tucídides: «El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad», porque «los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias», y afirmó que esa era una «lógica natural de las relaciones internacionales.»

En ese encuentro también expresó sus conocidas ideas el presidente Donald Trump. Repitió su deseo de hacerse de Groenlandia y, en gesto magnánimo, retiró los aranceles que pendían sobre algunos países europeos que no se habían adherido a la idea de anexión de esa isla bajo dominio del Reino de Dinamarca.

En las salas de reunión de Davos es posible imaginar al presidente del Ecuador, Daniel Noboa, bajo una gran presión y muy urgido. La cantidad de paquetes de cocaína que salen por puertos del Ecuador que, si bien no era un tema de la reunión, incomoda mucho a Estados Unidos y causa violencia en el país.

El narcotráfico no es un asunto que apareció de pronto. Desde la época de la guerra en Vietnam, la cocaína era una droga que envenenaba a jóvenes estadounidenses. Delincuentes colombianos, a partir de entonces, exportaban en grandes volúmenes y, desde hace algunos años, también se reexporta ese producto por el Ecuador.

Escuchar o imitar era la alternativa del presidente ecuatoriano. Aplicar las reflexiones acerca del diálogo del primer ministro canadiense o imitar las medidas arancelarias del presidente estadounidense. Prefirió seguir a este último.

Así, en la soledad de una reunión de otra naturaleza, a la distancia, y en medio de una larga permanencia en el exterior, este asunto se tornó urgente. El presidente del Ecuador resolvió que había que reducir inmediatamente los volúmenes de cocaína que ingresan desde Colombia y salen por puertos ecuatorianos, e impuso un incremento sustantivo de aranceles a productos colombianos que entren al Ecuador.

Ante una señal evidente de inexistencia de política exterior, es comprensible esa forma abrupta de conducir las relaciones internacionales del país. Negociar a través del grotesco sistema del chantaje arancelario lo puede hacer ilegítimamente el presidente Trump, severamente criticado, pero respaldado en el poder político, económico y militar de la mayor potencia del mundo ¿Pero, el Ecuador?

Como suelen argumentar economistas y entendidos, la política de aumentar aranceles, sin sustento, análisis y consultas, resulta siempre perjudicial. Esas críticas, para el caso del Ecuador, un país en desarrollo, son más elevadas por las consecuencias contraproducentes, infinitamente mayores.

Conviene tener presente que los propósitos de la política económica de la administración del presidente Trump, no solamente en la actual sino desde su primera presidencia, fue modificar el modelo de comercio exterior abierto que, según su criterio y el de muchos de sus votantes, ha sido una de las causas de la decadencia de los Estados Unidos, motivo por el que, ahora, propicia con decisión el proteccionismo a través de imposición de aranceles. En otras palabras, el presidente norteamericano marcó una nueva estrategia política nacional para su país ¿Y, el Ecuador?

Los problemas comerciales, que existen en gran variedad y monto en el intercambio binacional con Colombia, deberían ser resueltos en ese ámbito. Se puede empezar, como ha dicho un expresidente colombiano en visita a Guayaquil, de pensamiento similar al presidente del Ecuador: recuperando «las cenizas de la Comunidad Andina».

La realidad de la vecindad del Ecuador con Colombia es mucho más compleja que la simple imposición de medidas comerciales, asociadas a un intento de resolver la ilegalidad en el tránsito de sustancias sujetas a fiscalización, término que suelen repetir los informes policiales.

La frontera entre Ecuador y Colombia, descrita como porosa debido a los numerosos pasos informales, esto es, incomprensiblemente no controlados ni vigilados, se multiplicarán y fácilmente se añadirán a los caminos por donde circula el mal que se pretende combatir y motivo de la decisión de imitar, adoptada por el presidente del Ecuador.

Las cuestiones de seguridad tienen su propio espacio. Según la visión predominante, está íntimamente unido al tema de tráfico de narcóticos y explotación de minería ilegal, entre otros. En Colombia, los que controlan esas actividades están vinculados con antiguas organizaciones guerrilleras que tienen su origen en la década de los sesenta del siglo pasado y mantienen reclamos que vienen desde la llamada Guerra de los mil días.

En el Ecuador, la guerra no internacional del actual presidente fue declarada a inicios de 2024 contra agrupaciones delincuenciales nacionales, con vínculos con carteles de México, Albania o la misma Colombia, que se conocía de su presencia algunos años atrás.

Entre las muchas diferencias entre uno y otro Estado y las realidades propias de cada uno, está precisamente el origen de estas agrupaciones ilegales, sus finalidades políticas y militares y su forma de presencia en los territorios periféricos.

De su parte, las fuerzas militares y policiales en cada país son distintas en tamaño, estructura, organización y método de acción en cada uno de sus territorios.

La ausencia del Estado colombiano (seguridad, justicia, servicios de salud y educación, entre otros) en grandes zonas territoriales no es reciente. Ha sido un reclamo ecuatoriano de décadas. Asimismo, ausencia ecuatoriana, que se ha vuelto notable. Ese vacío, en Colombia, ha sido reemplazado por agrupaciones armadas que subsisten, entre otras cosas, gracias al narcotráfico, secuestro, minaría ilegal y más. En el Ecuador, el fenómeno es más urbano.

La visión y propósitos por los que luchan las Fuerzas Militares de Colombia son de algún modo distintos a los que se enfrentan la Policía y Fuerzas Armadas del Ecuador. Si bien sus enemigos se abastecen del mismo ilícito del narcotráfico y minería ilegal, varios de los grupos colombianos conservan sus finalidades políticas. Los grupos ecuatorianos son delincuentes, aunque unos y otros estén catalogados como “terroristas”.

Haber dejado de lado una programación cuidadosamente planificada, como fueron en su momento, sean las comisiones de vecindad o los gabinetes binacionales y encuentros presidenciales anuales, la COMBIFRON o los encuentros de mandos regionales, mecanismos reconocidos como un logro de la política internacional de los dos países, es un desacierto.

Esos mecanismos brindaron conocimiento, dinamismo, orden, eficiencia, cooperación y fluidez a los vínculos bilaterales. Significaban canales de diálogo, en todos los ámbitos de la relación, de forma que daban cuenta, periódicamente, acerca de cada una de las áreas sensibles de los dos países.

Los diversos gobiernos del Ecuador y Colombia, a pesar de las diferencias ideológicas, impulsaron esos mecanismos, entre ellos los de seguridad y comercio, que consiguieron que las discrepancias, siempre presentes en toda relación, sean superadas de manera práctica, reconociendo, con voluntad, los aspectos sensibles de la relación, y buscando que las coincidencias se plasmen en beneficio de las poblaciones de las dos naciones.

Si honestamente se busca una política exterior no sustentada en la publicidad, sino en el diálogo serio y estructurado, cabe lo sugerido, entre otros, por el primer ministro canadiense y, de esta manera, evitar la sorpresa y la inestabilidad.

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