Los que prometen el paraíso, casi siempre terminan construyendo un infierno. Umberto Eco
Al final ganó Daniel Noboa, a su manera: pisoteando leyes, abusando de fondos públicos y generando miedo. No fueron elecciones democráticas, ni transparentes, los observadores de la OEA señalaron que “el proceso electoral estuvo marcado por las condiciones de inequidad durante la campaña” además mencionaron el “uso indebido de recursos públicos y del aparato estatal con fines proselitistas.”
Después de su victoria pírrica en abril, lo mejor que se le ocurrió a Noboa es realizar una gira internacional que concluyó con una reunión patibularia con Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí, prófugo de la justicia internacional por asesinato de niños. Sí, la Corte Penal Internacional, acusó a Netanyahu de ser el responsable del asesinato de miles de niños en Gaza. Aparecer en una foto estrechándole la mano y sonriéndole a un genocida, es la peor manera de empezar un nuevo período de gobierno. Y como si esto fuera poco, Noboa le dice a Netanyahu que Ecuador e Israel tienen los mismos enemigos. ¿Cuáles son los enemigos comunes de los gobiernos de Israel y Ecuador? ¿Los niños? Porque por estas tierras el Estado también ha desaparecido y asesinado niños.
Según Byung Chul Han, vivimos una época marcada por la angustia y el miedo. El capitalismo maximiza necesidades y deseos aniquilando la esperanza, convirtiéndonos en un rebaño de consumidores. Para Han, quien tiene esperanza está camino del otro, pero ahora vivimos tiempos de negación de la otredad. Los totalitarismos ganan terreno, desde Trump hasta Putin, se extienden sistemas represivos que gobiernan desde las antípodas. Ecuador no ha sido la excepción, vivimos tiempos totalitarios donde las oligarquías generan miedo para someter al pueblo creando constantemente enemigos internos.
Para el politólogo Paolo Moncagatta, decano de Ciencias Sociales de la USFQ, el voto a favor de Daniel Noboa, en buena medida, sigue siendo un voto de rechazo al correísmo. Según mediciones de Moncagatta, el correísmo tiene un piso alto y un techo bajo. Los sentimientos de admiración hacia el caudillo bordean el 30% y los de animadversión alcanzan el 30%, y en el medio existe una masa variable que de cierta manera reproduce esa lógica visceral. Un país secuestrado por la dicotomía y los binarismos es difícil que pueda avanzar como nación donde prevalezcan las instituciones democráticas y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
Siguiendo la lógica del voto anticorreísta, en cualquier balotaje, aunque se presente el mismo Rafael Correa, el porcentaje del correísmo no superaría el 47% de votos. El anticorreísmo terminó siendo una adicción seria, un cáncer político que le garantiza la victoria a cualquier candidato, incluso al más mediocre. Actualmente estamos gobernados por un presidente que teniendo los peores resultados en seguridad ciudadana de nuestra historia (promedio de 27 asesinatos por día), aparece en las encuestas como un político que posee un alto porcentaje de popularidad.
Arthur Schopenhauer tenía una visión pesimista de la historia humana, nos consideraba criaturas despreciables y egoístas movidas por una voluntad ciega de vivir. Para nuestra especie no aplica ninguna ética y peor razonamiento alguno, lo único que importa es sobrevivir a como dé lugar. Nuestra historia está marcada por el conflicto y el dolor que generamos en una batalla interminable, repleta de asesinatos y traiciones. La perspectiva de Schopenhauer contrasta con la de Hegel, quien creía que el ser humano avanzaba hacia el progreso en una evolución dialéctica permanente. Quisiera pensar que nuestra frágil democracia evoluciona, pero al final la veo como un experimento político repleto de contradicciones que distan mucho de un proyecto de nación que favorezca el bien común como principio integrador o imperativo categórico.
Lamentablemente las oligarquías totalitarias están de moda, Donald Trump es el paradigma de la democracia liberal sin libertad. Su cruzada contra los migrantes y contra cualquier tipo de disidencia siembra más caos y destrucción. El juego procaz para boicotear a China aumentando aranceles lo único que ha creado es más incertidumbre y pobreza. Trump quiere vencer a un enemigo que lo supera en avances tecnológicos y en creatividad política.
Este momento existe una crisis total de las democracias occidentales porque el libertarismo es un cóctel de contradicciones donde la lógica del capital especulativo está destruyendo todas las posibilidades de vivir civilizadamente. En Estados donde la ciencia y el conocimiento son perseguidos y estigmatizados, es difícil tener una visión de futuro. No es coincidencia que varios catedráticos norteamericanos de las principales universidades empiecen a exiliarse en busca de países donde todavía se pueda pensar.
Los ciudadanos progresistas tenemos la obligación de levantar una propuesta de izquierda, pensada más desde el ecologismo y el Estado plurinacional. Crear un movimiento que defienda la vida, alejado de cualquier caudillismo, donde se recojan las luchas del feminismo, el ecologismo, la soberanía alimentaria y la inversión en lo público a partir de una participación de las universidades como representantes de la ciudadanía. Recuperar la esperanza a través del reconocimiento de la otredad, dejar de levantar muros y falsas murallas ideológicas para poder abrir el horizonte.
