Antaño, cuando un mensajero traía malas noticias durante la guerra era ejecutado. Matarlo era una forma de conjurar la incomodidad del mensaje. Era un acto de disputa simbólica del poder.
La presentación de Bad Bunny en el Supertazón ofrece un ejemplo contemporáneo de cómo esa práctica persiste de formas más sutiles. Muchos coinciden en que fue “fantástica por el mensaje”, pero casi todos sienten la necesidad de aclarar que: “nunca lo escuchan” y que “no les gusta su música”. Ese matiz no es inocente. Es una toma de posición social.
Bad Bunny no es solo un artista: encarna una cultura popular, masiva, latina y urbana que ha sido históricamente deslegitimada por las élites culturales. Su música —como el reguetón en general— ha sido etiquetada durante años como banal, vulgar y carente de valor. Por eso, cuando su mensaje se vuelve incuestionable, cuando alcanza un escenario tan hegemónico como el Supertazón, aparece la urgencia de separar las cosas: el mensaje sí, pero el mensajero no.
Con esa aclaración se evita un costo simbólico: haber disfrutado algo que pertenece al gusto popular. Aplaudir sin aclarar implicaría reconocerse como parte de ese público. Y eso, para muchos, sigue siendo inaceptable.
Decir “me gustó el mensaje, pero no escucho a Bad Bunny” conlleva el desprecio de la cultura que lo hizo posible. Es subirse a la ola cuando no hay riesgo, sin mojarse, sin ensuciarse, sin cuestionar por qué ese mensaje necesitó de una cultura despreciada para llegar tan lejos.
Celebrar el mensaje completo implicaría aceptar algo más incómodo: que lo popular también piensa, también denuncia, también incomoda y también transforma. Y que quizá el problema nunca fue la música, sino los prejuicios desde los que se la ha mirado.
Aclarar para evitar confusiones con quienes sí disfrutan de esa música no es admiración, es jerarquización. Hoy ya no se mata al mensajero de forma literal, pero se lo hace de otras maneras: desacreditando su música, despreciando a su público, separando su origen. Se dice que no se escucha, que no se disfruta, que no se pertenece. Así, se hace exhibicionismo de clase.
