Días antes de asistir a una invitación al “Trump National Doral Miami”, un resort con campo de golf propiedad del magnate Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, Daniel Roy Gilchrist Noboa Azín, presidente de Ecuador, —sin ningún antecedente o grave crisis en las relaciones bilaterales con Cuba— declaró persona non grata a su embajador y a toda la representación diplomática y consular de la isla y abruptamente les expulsó, dándoles plazo de 48 horas para salir del país.
¿Por qué?, me pregunté. ¿Qué razón le llevó a tomar esa medida?
Con su característica voz ausente, el presidente-cartón ensayó en las redes sociales una explicación escrita desde la sospecha como argumento: que la delegación cubana podría haber estado espiando, promoviendo disidencia e incluso hechos violentos e injerencia política, dijo.
¿Pruebas?… Una foto de un funcionario en la terraza quemando unos papeles en un asador para parrilladas. “Una parrillada de papeles”, repitió con sarcasmo —en sospecha— la voz ausente del cartón.
Ironías de la historia
El destino y sus paradojas envuelven y anudan a los pueblos que cultivan el silencio y el olvido, junto a gobernantes que ignoran o desconocen la historia. Si esa narrativa se contara, las ironías que los calendarios tejen, gobernantes y políticos serían un poco más lúcidos y menos obscuros. Actuarían en sentido humanidad y no desde su vanidad y mezquino interés personal o de grupo.
El 13 de julio de 2016 a la madrugada, el gobierno de Rafael Correa, realizó un violento desalojo, en el parque El Arbolito de Quito y detuvo a 121 ciudadanos cubanos que fueron enviados al llamado “Centro de acogida temporal para migrantes”, el denominado y poco grato «Hotel Carrión»; para, en un proceso sin precedentes en la historia migratoria del país —similar a los que ha hecho y hace el U.S. Immigration and Customs Enforcement, el ICE de Trump— violar la Constitución, el debido proceso y los Derechos Humanos y consumar así la primera y única deportación masiva de migrantes, “made in Ecuador”, igual en esencia y forma a las que viene haciendo Trump con ecuatorianos y latinos desde hace más de un año. Un hecho que, paradójicamente, junta a dos antípodas y descubre muchos espacios en común que les hermanan.
De igual forma, cuando el 5 de abril de 2024, Daniel Roy Gilchrist ordenó asaltar la embajada de México para sacar a un sentenciado por la justicia que había pedido asilo político, su orden sería una emulación —como se dice en el nuevo milenio— un copy-paste, de su antípoda en la historia, Fidel Castro. Quien en la década de los ochenta del siglo XX, cuarenta y cinco años antes, adoptó similar decisión; ejemplo que Noboa siguió sin pensar dos veces.
¿Nos creen “giles” sin memoria?
Repasando la memoria de nuestra historia país y las relaciones con ese “Largo lagarto verde” de Nicolás Guillén, el Ecuador rompió relaciones con Cuba por primera vez en abril de 1962, obligado por la presión de los Estados Unidos que necesitaba aislar a la Revolución Cubana de Fidel Castro. Eran los tiempos de la fobia anticomunista, la llamada Guerra Fría y la visión imperial de que todo aquello que estaba al sur del Río Grande, no podía oler a comunismo y debía obedecer al interés de la geopolítica del “Tío Sam” (Estados Unidos de América).
En ese sentido la presencia de Cuba era incompatible con la “democracia americana”, un peligro real para las Américas “por rebelde”, “por espía”, “por injerencia” y “por contagio comunista”.
Como no podía correr la isla del mar Caribe y peor aún del hemisferio occidental, la corrió de la Organización de Estados Americanos, OEA y con ello creó “un escudo diplomático militar” que consolidó el embargo económico y su aislamiento del continente. El único país, de Latinoamérica que nunca rompió relaciones con Cuba fue México, país con el cual, paradójicamente, Ecuador no tiene relaciones.
Casi dos décadas hubo de pasar para reanudar nuevamente relaciones diplomáticas con la Isla de Cuba y fue el presidente Jaime Roldós el arquitecto de este acercamiento pleno. Desde entonces, ni cuando veintinueve disidentes cubanos irrumpieron violentamente en la sede diplomática del Ecuador en busca de asilo y fueron desalojados por el ejército cubano mediante el asalto a la embajada, en la llamada “crisis de la embajada”, en febrero de 1981, el Ecuador rompió sus relaciones con Cuba. Roldós priorizó, por sobre las presiones internacionales que abogaban ruptura, el diálogo como camino de solución.
Eran otros tiempos, habían estadistas y eso, seguro, Daniel Roy Gilchrist, no lo sabe. No, porque no nacía aun, sino porque desconoce totalmente la historia del país que gobierna. Tampoco debe saber que el Presidente Roldós, 47 días después de esa crisis, murió en un obscuro accidente de avión.
¿A quién trata de engañar?
Cuba del siglo XXI —23.346 días después de la ruptura del 62— es miembro pleno de la OEA, y la gran mayoría, sino la totalidad de los países de Latinoamérica, mantienen relaciones diplomáticas y consulares con la Isla, a excepción del Ecuador de Noboa que desde su anacrónica juventud, decidió desempolvar la retórica de la sumisión e incondicionalidad de la “banana republic” y romper con Cuba para entregar este hecho como presente al anfitrión del cónclave de presidentes. Así, regurgitando el ayer, el Ecuador de Noboa reescribe, 64 años después, —con esmero y buena caligrafía, pero esta vez sin la OEA— el viejo y desgastado guión gringo de 1962 del “espionaje”, “la injerencia política” y “el peligro” que Cuba ha sido para el equinoccio andino. Así, busca ser una servidumbre eficaz en el estrangulamiento que la administración Trump está haciendo a Cuba como antesala de lo que llaman, la “toma amistosa de la Isla”.
En ese sentido resulta vergonzosa la postura del gobierno de Noboa y su incondicional abyección a Trump y su “Make great Ecuador again”; su firma en el llamado “Escudo de las Américas”, suscrito en el club de golf del magnate, un acuerdo bélico, un acuerdo de armas que busca resucitar, a propósito de la guerra contra los carteles, la colonia y asegurar el dominio, la hegemonía de los Estados Unidos en su patio trasero. Para ello necesita de muchos mandatarios “Gildonald”, “siervos de Trump”, y no de Cristo, que guarden devoto silencio frente a la guerra y las masacres de niñas y niños en Palestina e Irán. A la final Trump, Netanyahu y Noboa, trío de amigos, tienen complicidad como gobiernos, manos y cabezas impregnadas de la sangre de la niñez asesinada por sus decisiones.
