Esmeraldas y Acapulco no solo comparten atractivos turísticos. También participan de un problema enorme: ambos territorios ejemplifican lo que es la falta de estatidad, en grados distintos, por supuesto.
Esto se entiende como el fracaso de los organismos estatales en cumplir con sus responsabilidades clave, por no ser capaces de garantizar el funcionamiento de la vida social, la aplicación de la ley y requerimientos esenciales como la existencia de un espacio público tranquilo que asegure el desarrollo social e individual.
Un síntoma de este “colapso estatal” se advierte cuando los gobiernos fallan en enfrentar el crimen organizado y no pueden brindar a sus ciudadanos la protección que están obligados a proporcionarles. Además de la ausencia parcial del Estado, Esmeraldas y Acapulco comparten una polarización socio-económica y cultural que coadyuva a que la falta de estatidad se acreciente.
Dos hechos recientes atestiguan esta carencia en Esmeraldas: el enfrentamiento armado entre policías en una carretera cercana al aeropuerto provincial y el asesinato del alcalde electo de Muisne, Walker Vera, dirigente de Alianza País. En el primer caso, según divulgaron los medios de prensa, una patrulla policial fue usada para transportar droga y un oficial del Grupo de Operaciones Especiales fue victimado al parecer por otro policía. En el segundo, el crimen respondería a una presunta vinculación del dignatario con el narcotráfico. Los dos sucesos dejan la sensación de que la delincuencia organizada ha penetrado la Policía y se ha introducido en el campo político-electoral.
Esmeraldas, según lo publicado por la SENPLADES en noviembre pasado, es una de las provincias con mayor índice de pobreza. En su área urbana la pobreza por ingresos afecta al 37,8% de la población y en las zonas rurales al 58,0%. Esta provincia, con el 38,5%, ocupa el tercer lugar en cuanto a pobreza “multidimensional (personas con siete o más carencias)”. Estas cifras también expresan la falta de estatidad. Aunque Esmeraldas alberga instalaciones clave de la economía petrolera ecuatoriana, este hecho no se traduce en una equitativa participación en las rentas petroleras.
Al contrario, esta provincia evidencia una situación polar: emporio de grandes riquezas, lugar de desarrollo turístico y de crecimiento inmobiliario, frente a mayorías locales empobrecidas, sin acceso a todos los bienes que sí existen en aquellos enclaves para viajeros. ¿Quién no ha observado tales contrastes en las playas esmeraldeñas?
El caso de Acapulco ofrece ciertas similitudes. Al mismo tiempo de ser el mayor destino turístico es la ciudad más violenta de México. Hacia la costa es el lugar de los grandes hoteles, restaurantes y almacenes de lujo. Y hacia los barrios, el espacio de la muerte sin sentido, de la prostitución infantil, de la basura desperdigada, de los autos baleados y abandonados. Miseria, desolación y violencia.
Por su peligrosidad, el estado de Guerrero, en donde se ubica Acapulco, es un itinerario poco recomendable para los estadounidenses. La recomendación del gobierno de los EE.UU. a sus ciudadanos es la de ir a Acapulco directamente por avión o crucero, permanecer en la zona hotelera y no alejarse más de dos cuadras de la avenida costanera.
Un reportaje de la revista Gatopardo menciona que los últimos 10 años, según el Sistema Nacional de Seguridad Pública, en el estado de Guerrero se produjeron 14.518 asesinatos. En 2013 hubo 2.087 homicidios y 207 casos denunciados de secuestro. Guerrero fue el escenario de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa.
Una información difundida en El Comercio da cuenta que Esmeraldas se ubicó en 2013 entre las seis provincias ecuatorianas con mayor índice de homicidios, según el Centro Ecuatoriano de Análisis de Seguridad Integral. Tal año se reportaron 74 muertos, pero entre enero y junio del 2014 ya se habían registrado 67.
El Estado, asegura el profesor James Curran es “el espacio más importante de la política” pues es allí “donde las leyes son formuladas e impuestas, y donde son determinadas la paz o la guerra. El Estado es también la principal agencia de reparación social”.
Si esto es así, que un Estado se vuelva fallido podría sugerir que cedió la dirección de la política a un individuo, o a un grupo particular y ello lo desnaturalizó; o tal vez a que ejecutó políticas tendientes a su propio fiasco; o a que incumplió con su misión de resarcir a sus ciudadanos necesitados de ello. Cuando fracasa en controlar toda forma de violencia y promueve más bien su escalamiento podría significar el inicio de su hundimiento. Esmeraldas presenta ciertos rasgos similares a los de Acapulco. Pero no es Acapulco. Que pudiera llegar a serlo es la duda.
