domingo, marzo 22, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

De ajedrecistas, titiriteros y narcotraficantes

Es cierto que Colombia tiene una responsabilidad inocultable en la crisis de violencia que vive el Ecuador. Pero también es cierto que la estrategia de seguridad aplicada por nuestro gobierno no ha servido para nada.

No es acertada la metáfora que le asigna al Ecuador el rol de peón dentro del juego del poder global. Quienes somos aficionados al ajedrez sabemos que, al final, las grandes partidas se definen por la posición estratégica de los peones. Y como en esos duelos jamás se llega al jaque mate, basta con que uno de los jugadores vea la imposibilidad de evitar que un peón corone, y que se produzca el canje por una pieza relevante, para que abandone la contienda.

¿Puede el Ecuador llegar algún día a mutar su condición de peón por el de reina en el juego del ajedrez mundial? No. Nunca. Desde hace dos siglos las estructuras del imperialismo tecnológico están diseñadas para impedir que las grandes potencias sean sustituidas por países medianos o pequeños. Si la tríada hegemónica que hoy se está cocinando (China, Rusia y Estados Unidos) todavía no está santificada por el Derecho, no significa que no funcione.

En el fondo, la metáfora del ajedrez resulta cada vez más insuficientes para explicar el funcionamiento del poder a escala planetaria. Empezando porque el denominado juego ciencia tiene reglas que norman la astucia y la capacidad estratégica de los contendientes (ya se trate de un país, un gobierno o un mandatario). No se puede hacer lo que a cualquiera le dé la gana. Patear el tablero implica, en términos figurativos, terminar dándose de golpes. En otras palabras, declarar la guerra. Justamente eso es lo que hace Donald Trump.

Hoy, la política mundial se parece más a un teatrino callejero, ese invento francés que hacía de la chacota el ingrediente básico del tratamiento de los problemas de la sociedad. En ese sentido, más que como peones de ajedrez, los gobiernos subalternos operan como títeres, como muñecos vacíos manipulados por manos ajenas. Desde hace varios años (sobre todo, desde la irrupción de Trump en el escenario internacional) la política se ha convertido en un sainete donde se impone el más pícaro, el más socarrón o el más vivaracho.

Donald Trumpo es un titiritero sin talento, pero peligroso como mono con navaja. Por eso mismo sus decisiones y acciones están conmocionando y desequilibrando a todo el planeta. Y también a la parroquia. Las últimas medidas tomadas por el gobierno de Noboa, a propósito de las relaciones con Colombia, reproducen el estilo del mandatario gringo: carecen de lógica, de sentido y de perspectiva; evidencian una informalidad y una improvisación peligrosísimas.

Es cierto que Colombia tiene una responsabilidad inocultable en la crisis de violencia que vive el Ecuador. Pero también es cierto que la estrategia de seguridad aplicada por nuestro gobierno no ha servido para nada. Lo más racional, en esas condiciones, sería un acuerdo binacional de largo aliento que permita neutralizar los impactos de la violencia criminal. Porque el conflicto que se ha desatado entre ambos países solamente tiene un ganador: los carteles del narcotráfico y el crimen organizado.

Ni siquiera el titiritero obtiene alguna ventaja.

Marzo 20, 2026

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