viernes, marzo 27, 2026

En 2030, la demanda de agua dulce superará en 40% a la oferta planetaria

Los desiertos se inundan y las selvas se secan. La humanidad golpeó de muerte el ciclo del agua. Un amplio informe global enciende todas las alertas.

Redacción Plan V

Por: Redacción Plan V

2024 pasará a la historia como el año en que la humanidad supo —a fuego, sed y hambre— que alteró fatalmente el ciclo normal del agua y que, por ello, el líquido de vida ya no es infinito. A partir de ahora, nada será igual.

A esta conclusión llegó el panel de científicos y líderes políticos que integran la Comisión Global sobre la Economía del Agua. Su informe fue presentado este lunes, 28 de octubre de 2024, en la COP 16, que se celebrará en Cali, Colombia, hasta este viernes 1 de noviembre.

El estudio condensa analíticamente series históricas de datos, al menos desde 1975, para indicar cómo la inmisericorde deforestación planetaria, el cambio climático y otros excesos humanos ponen al planeta en umbrales extremos y apocalípticos.

 

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«La degradación de los hábitats naturales para la expansión agrícola o urbana en una zona puede alterar significativamente los patrones de lluvias en regiones distantes», dice el panel de expertos. Y esto es lo que precisamente está viendo, atónito, el mundo entero.

«El ciclo hidrológico global es el torrente sanguíneo que nos conecta a todos y sustenta la vida en la Tierra —dice la keniata Elizabeth Wathuti, integrante de la Comisión en representación de las juventudes ambientalistas—. El agua viaja largas distancias por tierra y aire, conectando fronteras, continentes, océanos. Pero por primera vez en la historia, la actividad humana está desequilibrando aquel ciclo».

Dos caras de una angustiante moneda. Arriba: los ríos amazónicos casi secos, como se ve en el cauce arenoso del Madeira, en Porto Velho, Brasil. Abajo, el desierto del Sahara, la región más árida del planeta, recibió lluvias tan intensas que viejos lagos volvieron a llenarse luego de 50 años de sequía. Fotos: Efe y AP, respectivamente.

Diluvios donde antes había desiertos, desiertos donde antes había selva, lluvias sin piedad en un continente, sequías enloquecedoras en otros, tifones, tormentas, incendios… Y hambre. Estos son los rasgos de ese cambio brutal en la regeneración habitual del agua.

El horizonte no luce optimista. Los integrantes de la Comisión sostienen que en seis años, apenas seis años, la demanda de agua dulce superará en un 40 por ciento a la oferta planetaria de este recurso. Y si ese patrón persiste, al 2050 la mitad de la producción agrícola mundial se verá seriamente amenazada.

El reto es, incluso, geopolítico, pues la Comisión estima que cerca de 3.000 millones de personas sufren escasez de agua en el planeta. La cifra es congruente con lo que ocurre en Ecuador, pues 5 de cada 10 personas no pueden acceder a agua de calidad y el 36,7 por ciento de niños menores de 5 años consume el líquido contaminado incluso con materia fecal.

La era del desequilibrio

Desde la escuela, la humanidad aprende que el agua contenida en ríos, lagos y bosques se evapora por acción del sol y tal vapor sube a la atmósfera, se condensa y forma las nubes. En el cruce de temperaturas se agitan los vientos y estos esparcen las nubes por el planeta y provocan la lluvia. De gota en gota, el agua regresa a ríos, lagos y se permea entre los bosques, sus raíces y los acuíferos. Al día siguiente, la historia se repite y así prevalece la vida.

Desde 2024, todo eso empezó a quedar atrás. Las zonas áridas ganan terreno y ese calor dispara la evaporación. Cada vez hay menos bosques y páramos que actúen como esponjas para retener el agua y soltarla equilibradamente. En la Amazonía, por ejemplo, ya no llueve de forma regular y, no obstante, cada día son taladas 10.000 hectáreas de bosque.

Por efectos metodológicos, los expertos de la Comisión dividen al agua dulce en dos campos. Agua azul: la que nutre a lagos y ríos y va a dar al mar. Y agua verde: la que se almacena en plantas, matorrales, bosques y páramos. En esta categoría se encienden las mayores alarmas.

El panel de expertos indica que el 50 por ciento de las fuentes de agua dulce está en los bosques y en los glaciares. A la par, expone una cifra crítica: el agua dulce es apenas el 3 por ciento de toda el agua en el planeta. Al haber cada vez menos bosques y glaciares es claro entender que el agua es ya un recurso limitado.

Todo, además, está conectado, como una suerte de efecto mariposa. Según la Comisión, por cada 1° C que aumente la temperatura planetaria se inyecta un 7 por ciento más de humedad a la atmósfera, condición que favorece el desarrollo de fenómenos climáticos extremos y en zonas poco habituales.

En el siguiente enlace se puede acceder a un sitio inmersivo que muestra los mapas globales de crisis hídrica, cambios en las corrientes de aire y humedad, aumento de las zonas áridas, pérdida de bosques y más. La información se presenta en inglés: https://watercommission.org/

Un coctel planetario fatal

Las recientes tormentas e inundaciones en Valencia, este de España (siguiente foto), son un ejemplo de los escenarios cada vez más extremos a los cuales se enfrentará el planeta. El mal temporal deja ya 90 muertos y en la región ha llovido en una hora lo que bien pudiera llover en un año.

Reportes de la Agencia Española de Metereología indican que el récord de precipitaciones fue de 445 litros por m2. ¿Por qué ocurrió esta catástrofe? El fenómeno es conocido como DANA: depresión aislada de niveles altos.

En resumen: una masa fría polar, por las distorsiones planterias en las corrientes de aire y humedad, se quedó «parqueada» sobre Valencia. Pero el aumento del calor del Mar Mediterráneo hizo que el agua se evaporase más rápido y estas masas calientes chocasen con las frías para producir estos torbellinos mortales.

En este punto del Mediterráneo, en la transición entre verano y otoño, son usuales este tipo de tormentas. Pero, desde 1973, ninguna con la intesidad de la DANA de esta semana. Un ejemplo más del impacto del cambio climático en el desequilibrio global del ciclo del agua.

Ecuador tiene sed

Mientras lluvias bíblicas azotan a las poblaciones rivereñas del Mediterráneo, en otros rincones del planeta avanza, más bien, un sostenido proceso de desertificación. Esto ocurre en Europa del este, en las regiones nororientales de China, en el occidente de India y en casi toda la costa pacífica de América del Sur.

De hecho, en Ecuador, las provincias de Loja, El Oro, Guayas, Santa Elena y Manabí se ubican en el mapamundi de estrés hídrico en el segundo de cuatro niveles, en una escala en que 0 quiere decir suficiencia en acceso a recursos hídricos y 4 carestía de ellos.

Vistas con zoom, varias franjas occidentales de El Oro y Loja se acercan al peldaño 3, es decir: son regiones en que cada vez hay menos fuentes de agua dulce y sus poblaciones están amenazadas en términos de salud y seguridad alimentaria.

Incendios en Loja: entre enero y octubre de 2024, 20.281 hectáreas fueron consumidas por el fuego. Foto: ECU911.
Avance del desierto del Jubones, en El Oro. Captura de video del creador de contenidos Quilico Drones

¿Globalización de los mercados del agua?

¿Cuál es la factura del desequilibrio del ciclo del agua en la economía de las diversas naciones? En 25 años, según la Comisión Global por la Economía del Agua, el común de países tendrá un impacto del 8 por ciento de sus PIB. En países como Ecuador, en cambio, el golpe pudiera ser del 15 por ciento.

¿Qué hacer entonces? La Comisión dibuja cinco escenarios fundamentales. A continuación se exponen tres  de ellos:

  • Restaurar el 30 por ciento de los ecosistemas degradados hasta el 2030: bosques y ríos, esencialmente, y en este punto son vitales respuestas por bloques de naciones a un desafío transnacional: el avance de las redes criminales relacionadas con la minería ilegal.
  • Reorientar los subsidios estatales a las actividades agrícolas hacia el financiamiento de prácticas agropecuarias más sostenibles. La Comisión calcula en USD 600.000 millones el monto que las diversas naciones destinan anualmente para proteger sus mercados agrícolas.
  • La tercera es, quizá, la que más debate suscita: dinamizar un mercado del agua. Sí: en el informe de la Comisión se lee, por ejemplo, que este tipo de mercado «puede mitigar las presiones relacionadas con el agua, al permitir que los países con abundantes recursos hidrológicos se especialicen en la producción de bienes intensivos para exportarlos a naciones con escasez».

Las estimaciones del panel de expertos sugieren que el comercio de estos bienes relacionados con mercados de agua permitiría un ahorro de aproximadamente el 5 por ciento del agua de ríos y lagos que se emplea en agricultura.

Mariana Mazzucato, una de las economistas más influyentes en la actualidad y codirectora de la Comisión, estuvo presente en la COP16, en Colombia, y allí expuso algunas de las alternativas referidas. En su criterio, «solo con una nueva mentalidad económica, los gobiernos podrán valorar, administrar y financiar el agua de una manera que impulse la transformación que necesitamos».

Eduardo Araral fue codirector del Instituto de Políticas Hídricas de la Universidad Nacional de Singapur y con base en su experiencia imprime matices a la idea de los mercados del agua. «Al ponerle un precio apropiado al agua y crear mercados para distribuir agua según la demanda, podríamos promover un uso más eficiente e incentivar la conservación —escribe en una columna de Project Syndicate—. Sin embargo, si bien el concepto de mercados de agua parece prometedor, las experiencias de Chile, Australia, Estados Unidos y otros países demuestran que la implementación puede resultar complicada».

Araral se refiere puntualmente a procesos de acumulación de derechos y concesiones de sistemas de agua en manos de las grandes agroindustrias, en perjuicio de los pequeños campesinos y las comunidades en sí. Su reflexión más amplia puede ser leída en este texto que reproduce el diario mexicano Excelsior.

«La clave es diseñar una estrategia equilibrada. Los mercados de agua se deben regular cuidadosamente para garantizar un acceso justo, impedir la concentración de mercado y proteger los ecosistemas —concluye Araral—. Los sistemas híbridos que combinan mecanismos de mercado con una sólida supervisión pública y gestión comunitaria podrían ofrecer una solución más equitativa y sostenible».

Redacción Plan V

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