La división entre sunitas y chiitas representa una de las fracturas más antiguas y significativas del islam. Tiene sus raíces en los acontecimientos posteriores a la muerte del profeta Mahoma en el año 632 d. C. Esta división, surgida inicialmente como una disputa por la sucesión religiosa y política, ha moldeado no solo la teología islámica, sino también el equilibrio geopolítico de poder del Medio Oriente contemporáneo.
Esta división surgió de la disputa sobre la sucesión legítima del profeta Mahoma. Los futuros sunitas sostenían que el califa debía ser elegido por la comunidad de creyentes (umma) y apoyaban a Abu Bakr, padre de Aisha y compañero cercano del Profeta. Los chiítas, cuyo nombre deriva de «Shia Ali» (partido de Ali), creían que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, apoyando a Ali ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma.
El punto de inflexión ocurrió en el año 680 d. C. con la Batalla de Karbala, donde Hussein, hijo de Alí y nieto del Profeta, fue asesinado junto con sus seguidores por las fuerzas del califa omeya Yazid I. Este acontecimiento provocó la separación definitiva entre las dos corrientes y ha sido el elemento central de la memoria colectiva chiíta, que conmemora cada año el martirio de Hussein durante la Ashura (ocurre en el décimo día del mes de Muharram con procesiones y vestimenta negra. Este año será desde la noche del jueves, 25 de junio hasta el viernes 26 de junio).
Las diferencias entre sunitas y chiítas van más allá de la cuestión de la sucesión. Los sunitas, que representan alrededor del 85% y el 90% de los musulmanes del mundo, reconocen cuatro escuelas jurídicas principales y consideran a los cuatro primeros califas como «rectamente guiados».
Los chiítas, representados principalmente por la corriente duodecimana (del 10% al 15% de los musulmanes), reconocen doce imanes infalibles descendientes de Alí y sucesores espirituales y políticos de Mahoma. Creen que el duodécimo imán, Muhammad al-Mahdi, está oculto y regresará para hacer justicia.
Ritualmente, los chiítas practican el mut’ah (matrimonio temporal), permiten la oración en piedras sagradas y han desarrollado una jerarquía religiosa más estructurada con figuras como los ayatolás iraníes. Los sunitas siguen más estrictamente la Sunna (tradición del Profeta) y tienen una estructura religiosa menos centralizada.
Los sunitas representan alrededor del 85% y el 90% de los musulmanes del mundo; reconocen cuatro escuelas jurídicas principales y consideran a los cuatro primeros califas como «rectamente guiados».
Actores de la actual confrontación
En el panorama geopolítico actual, la división entre suníes y chiítas se manifiesta a través de complejas rivalidades regionales que involucran a poderes estatales con identidades sectarias declaradas, pero también mediante alianzas pragmáticas que suelen trascender las divisiones religiosas tradicionales.
Irán es la principal potencia chiita regional. Desde la Revolución Islámica de 1979 liderada por el ayatolá Rujola Jomeini, la República Islámica de Irán asumió el rol de guardián de los intereses chiitas globales. Teherán ha apoyado financiera y políticamente a los movimientos y gobiernos chiitas de la región mediante el llamado «eje de la resistencia”: Hezbolá en el Líbano, los grupos chiitas iraquíes, los hutíes en Yemen y Hamás en Palestina. Esta estrategia iraní intentó crear un corredor de influencia desde el Golfo Pérsico al Mediterráneo, desafiando el orden regional de las potencias sunitas.
Arabia Saudita es el contrapeso sunita más importante. El reino wahabí es el custodio de los lugares sagrados de La Meca y Medina, promueve una visión conservadora del islam sunita y se considera el líder natural del mundo islámico sunita. Los saudíes invierten miles de millones de dólares en difundir su interpretación del islam en mezquitas, escuelas y centros culturales por todo el mundo musulmán. La rivalidad saudí-iraní por la hegemonía regional ha estado presente indirectamente en diferentes conflictos en diversos escenarios: Siria, Yemen, Líbano, Irán, la Franja de Gaza e Irak.

El papel de las potencias sunitas regionales.
El mundo sunita no es unido. La Turquía de Erdoğan actualmente es muy activa para apoyar a los movimientos islamistas sunitas en los escenarios regionales para posicionarse como protectora de las comunidades sunitas oprimidas. Su estrategia se basa en el neo-otomanismo, la solidaridad sectaria y el pragmatismo geopolítico, influyendo en países como Siria, Libia, el Asia Central e incluso en los Balcanes. Turquía apoya a la Hermandad Musulmana y a los movimientos islamistas moderados, compitiendo con Arabia Saudita por el liderazgo del mundo sunita.
Los Emiratos Árabes Unidos y Egipto son una corriente sunita más pragmática y secularizada, en conflicto con el enfoque turco-catarí. Abu Dabi y El Cairo promueven una visión más moderada del islam sunita y se oponen a la Hermandad Musulmana y a otros movimientos radicales, que para ellos son una amenaza para la estabilidad regional. Esta división creó dos bloques distintos en el mundo sunita: el bloque «moderado» liderado por Arabia Saudita, los Emiratos y Egipto y el eje Turquía-Qatar, que apoya al islam político.
Catar, pese a ser un país muy pequeño, juega un rol importante con la diplomacia energética y mediática. Doha tiene frecuentes divergencias con Arabia Saudita, apoyando a la Hermandad Musulmana y manteniendo relaciones pragmáticas con Irán, demostrando que las alianzas sectarias no siempre son lineales porque, aunque alberga la mayor base militar estadounidense en la región, también dialoga con Teherán, evidenciando la fragilidad de los equilibrios de Medio Oriente. Esta competencia sectaria y geopolítica es visible en los contextos regionales.
En Irak, tras la caída de Saddam Hussein en 2003, surgió un gobierno de mayoría chiíta apoyado por Irán, provocando tensiones con los países suníes del Golfo. Bagdad mantiene un equilibrio precario, tratando de equilibrar la influencia iraní con la necesidad de mantener las relaciones con los países árabes suníes y EE. UU. Las milicias chiítas proiraníes a menudo operan fuera del control gubernamental, creando un estado dentro del estado, lo que complica más esa situación.

Catar, pese a ser un país muy pequeño, juega un rol importante con la diplomacia energética y mediática. Doha tiene frecuentes divergencias con Arabia Saudita, apoyando a la Hermandad Musulmana y manteniendo relaciones pragmáticas con Irán.
El Líbano es el microcosmos perfecto de estas tensiones regionales. Hezbolá es un movimiento chiíta apoyado militar y financieramente por Teherán y se enfrenta a fuerzas políticas respaldadas por Arabia Saudita, mientras que Turquía busca influir en los grupos suníes locales. La tierra de los cedros es un campo de batalla indirecto donde se enfrentan las diferentes visiones del orden regional, con las graves consecuencias que ya se han constatado en las últimas décadas.
Siria experimentó su convulsión más dramática con la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024. El régimen alauita, apoyado más de una década por Irán, Hezbolá y Rusia, colapsó tras una ofensiva liderada por Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), movimiento islamista sunita respaldado por Turquía. La velocidad del colapso sorprendió al mundo y demostró la fragilidad de equilibrios que parecían afianzados. Este evento marcó un parte aguas en el equilibrio regional, con la retirada de la influencia iraní de Siria y el surgimiento de un gobierno islamista sunita bajo la protección turca.
Yemen es el escenario más sangriento y prolongado de este conflicto. Los rebeldes hutíes, de la fe zaidí (una secta chiíta específica de Yemen), apoyados por Irán con armas sofisticadas y asesoramiento militar, luchan contra una coalición liderada por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. El conflicto ha provocado una de las peores crisis humanitarias del mundo, con millones de personas en riesgo de hambruna y un sistema sanitario colapsado.
Una anomalía estratégica: Hamás en el eje de resistencia iraní
Uno de los aspectos más interesantes y contradictorios de las alianzas contemporáneas en Oriente Medio es la relación entre el Irán chiíta y Hamás, un movimiento islamista sunita palestino. Pese a las profundas diferencias sectarias y teológicas, Irán entregó un importante apoyo financiero, militar y logístico a Hamás, incluyéndolo de facto en el llamado «eje de resistencia» junto con Hezbolá y otros grupos chiíes. Tras los ataques israelíes a la franja de Gaza, así como loa ataques de EE. UU. a Irán, ponen en duda la supervivencia de este eje.
Esta alianza, aparentemente de base sectaria, se basaba en una convergencia estratégica contra Israel y el orden regional respaldado por EE. UU. Irán ha demostrado una ser muy flexible, superando las divisiones sectarias para la consecución de sus objetivos geopolíticos regionales. Teherán ha transformado la causa palestina en una fuerza unificadora que va más allá de las diferencias religiosas, presentándose como el verdadero defensor de la causa islámica contra la ocupación de Israel.
El apoyo iraní a Hamás incluía transferencias financieras de varias decenas de millones de dólares anuales, entrenamiento militar y el suministro de armas sofisticadas y tecnología de misiles. Por esta razón Hamás desarrolló capacidades militares, como lo demuestran sus enfrentamientos con Israel. La alianza entre Irán y Hamás pone de manifiesto cómo la geopolítica de Oriente Medio suele ser más pragmática y fluida de lo que el sectarismo podría sugerir.
Sin embargo, esta alianza también genera tensiones significativas. Muchos países árabes sunitas han visto con recelo el apoyo iraní a la causa palestina, temiendo que Teherán explote el asunto para expandir su influencia regional para legitimar su papel como potencia hegemónica. Algunos gobiernos sunitas, en particular los del Golfo, prefieren un enfoque más moderado sobre la cuestión palestina, como lo demuestran los Acuerdos de Abraham entre Israel y varios países árabes.
Las implicaciones geopolíticas de la caída de Assad
La caída del régimen de Assad, en Siria, representó un auténtico terremoto geopolítico que trasformó por completo el equilibrio regional. Para Irán, esta derrota fue quizás el peor revés estratégico desde 1979. Teherán perdió no solo a su principal aliado árabe, sino también el crucial corredor terrestre hacia Hezbolá en el Líbano, lo que comprometió significativamente su capacidad para proyectar poder en el Mediterráneo Oriental. La inversión iraní en Siria, estimada en miles de millones de dólares y miles de vidas humanas a través de los Pasdaran y sus milicias aliadas, fue desperdiciada.
Rusia, otro pilar de apoyo para Assad, también ha visto comprometida su presencia estratégica en el Mediterráneo Oriental. La base naval de Tartus y la base aérea de Hmeimim, cruciales para la proyección de poder de Rusia en la región, quedaron en riesgo. Moscú, que continúa su guerra de invasión en Ucrania, no puede brindar el decisivo apoyo militar a muchos países que se alinearon con la causa de Putin.
Turquía surge con la gran ganadora. Ankara, que había apoyado a los grupos de oposición suníes por años, tiene un gobierno aliado en Damasco, fortaleciendo la posición turca en la competencia con Irán y consolida el papel de Erdoğan como líder del mundo islámico sunita. Turquía tiene capacidad para combinar eficazmente el apoyo militar, la inteligencia y la diplomacia para lograr sus objetivos estratégicos.
Los acontecimientos recientes sugieren que el mundo está presenciando un cambio en los equilibrios regionales. Tras años de influencia iraní, el mundo sunita parece haber recuperado terreno. La competencia entre las potencias suníes y chiítas también se manifiesta en su apoyo a la causa general del islam y en su afirmación de su papel como los verdaderos defensores de la fe.
Irán, con su retórica revolucionaria y antiimperialista, buscaba erigirse como paladín del islam auténtico frente a la opresión occidental e israelí. Esta estrategia tiene cierto éxito entre las poblaciones oprimidas y marginadas del mundo islámico, independientemente de su afiliación religiosa.
La guerra en Gaza y los ataques israelíes y estadounidenses en Líbano e Irán profundizaron las divisiones en Oriente Medio, incluyendo la antigua división entre chiítas y sunitas. Irán, diversos grupos militantes dispersos por la región, EE. UU. e Israel han protagonizado un ciclo de ataques, con el bombardeo israelí del consulado iraní en Siria, las represalias de Teherán contra Israel, los bombardeos de Israel en Gaza y la respuesta iraní contra los hebreos, así como los ataques estadounidenses en Irán, que han aumentado el riesgo de una guerra regional.
Desde la revolución iraní de 1979, la geopolítica de Oriente Medio se ha visto significativamente influenciada por las acciones e intervenciones de Irán. Este complejo rompecabezas geopolítico incluye las diferencias culturales y religiosas entre las comunidades chiítas y sunitas, que es otra clave para comprender una región extremadamente multifacética.