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El póquer autoritario y hegemónico de Donald Trump

Referencia oxoxo xoxoxox. Los presidentes de Ucrania, Volodímir Zelenski, y de Estados Unidos, Donald Trump, en su reunión del viernes en el Despacho Oval. Foto: Brian Snider: Reuters

El 28 de febrero de 2025, en la Casa Blanca hubo una escena que quedará grabada indeleblemente. Gritos y manoteos. Dos contra uno, en el salón “oval”, sede del poder del mundo. El suceso quedará en el relato histórico como hito que marca un cambio de época.

El evento, con la trascendencia y consecuencias de sus expresiones, es el referente autocrático de lo que acontece. Describe y descubre las interioridades de la política de los Estados Unidos, el país más poderoso del planeta.

Uno de los implicados en el espectáculo, el jefe de Estado de Ucrania, hace poco había sido recibido con alabanzas y aprobación por su valentía y determinación, en el pleno del Congreso de los Estados Unidos. Había recibido cooperación, como muy escasos países. No obstante, paulatinamente, ese cerrado entusiasmo venía a menos, hasta llegar al drama que se observaba.

Las manifestaciones de agravio y las adjetivaciones fueron la tónica. El mandatario ucraniano recibía, pasmado, calificativos de “dictador”, “malagradecido”, “irrespetuoso” y causante de la invasión a su propio país. Atónito, escuchaba comparaciones del anfitrión, el actual mandatario americano, expresando que había sido tan maltratado y perseguido como el presidente de la Federación de Rusia. En resumen, aturdido, contemplaba cómo se colocaba el mundo al revés.

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La prudencia, las palabras escogidas y las atenciones que habían sido práctica protocolaria en un lugar de poder como la Casa Blanca, habían quedado atrás. Con la misma brusquedad se había hecho a un lado la más firme de las políticas en materia internacional. Con igual osadía se había prescindido de las técnicas de negociación. Se ventilaba ante multitud de cámaras los detalles de un contrato. Se omitía los más básicos modos de alcanzar un arreglo.

La estrategia comprende Groenlandia, también poseedor de tierras raras. De ahí avanza la disputa con Dinamarca, abriendo espacio a los habitantes de la isla que buscan la independencia del país europeo.

El objetivo era hacerse de las tierras raras de Ucrania. Solo días atrás esa finalidad había quedado al descubierto. El presidente de los Estados Unidos, proclive al chantaje y la extorsión como fórmula para lograr sus propósitos, no guardó la cuestión para un momento más oportuno. Ejerciendo todo el poder del mundo, como en efecto lo tiene, exclamó que no hay nada a cambio; se refería a “garantías de seguridad” que con desesperación busca el presidente ucraniano. Valido del símil de una partida de póquer sancionó: “no tienes cartas”, es mejor firmar. Faltar al respeto de los Estados Unidos es buscar la tercera guerra, estipuló.

De pronto, la cuestión de los minerales raros se convirtió, en el centro de controversia con Ucrania. Había sido mencionado en 2017, durante la primera administración Trump; pero, ahora que hay serios indicios que el territorio ucraniano posee alrededor del 5% de esas riquezas a escala mundial, junto a otros minerales críticos como el uranio y el litio, que están también en territorios ocupados por Rusia, la cuestión se ha vuelto en tema de calado durante la presente administración que busca competir con China.

Las expresiones vertidas en la dramática escena dejaban en claro que la tradicional política internacional de los Estados Unidos ya no existía. Ahora, el objetivo era otro: Estados Unidos no podía estar detrás de China; América debía ser primero. Los minerales eran necesarios para estar delante de su gran competidor asiático.

Parte de la misma política es con Canadá: es un territorio poseedor de esos minerales. Así lo confirmó el primer ministro canadiense (gobernador, como lo descalifica en tono de burla el autoritario presidente del primer poder del mundo). Esas riquezas del vecino de los Estados Unidos es el trasfondo de las intenciones de convertir a Canadá en el 51 estado de la unión americana.

La estrategia comprende Groenlandia, también poseedor de esas riquezas raras. De ahí avanza la disputa con Dinamarca, abriendo espacio a los habitantes de la isla que buscan, desde hace tiempo, la independencia del país europeo.

El presidente de Francia y el primer ministro de Gran Bretaña, para intentar disminuir la contienda con la Unión Europea —creada para “fregar” a los Estados Unidos según Trump— también visitaron la sede del poder el día anterior al evento del recuerdo. Las cosas estuvieron bastante mejor de lo que con el presidente ucraniano; sin embargo, los criterios acerca de la Federación Rusa ya no fueron coincidentes con los del presidente de los Estados Unidos. Franceses y británicos lideran el criterio del rearme para defenderse de Putin.

Hasta hace poco los europeos, incluida Ucrania, eran considerados “aliados” por Estados Unidos. Esa concepción se basaba en un pensamiento similar, guiados por principios liberales y democráticos que Estados Unidos buscó imprimir como parte de sus relaciones internacionales. En esa idea se fundó la cooperación a Ucrania y, de ese modo, evitar que no sea parte del territorio de un adversario tradicional como había sido Rusia.

Esas alianza y nociones afines ya no están vigentes, tal como se evidenció en el incidente del 28 de febrero. Ahora, la cuestión es más mercantil y transaccional, iluminada por los conceptos expresados por el vicepresidente americano en la conferencia de Múnich sobre seguridad y defensa 2025 (ver artículo “Crisis del Orden Mundial, Plan V, 24 febrero 2025,. En ese sentido, se alinean los coincidentes votos conjuntos con la Federación Rusa en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, luego, con Bielorrusia y Corea del Sur, en la Asamblea General.

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La “emboscada” como se llamó al espectáculo entre los mandatarios americanos y el presidente ucraniano, ha revelado cuestiones que, dado el poder de los actores, paulatinamente se irán desmadejando, porque, definitivamente, están dentro de un cambio del mundo que cuenta con gran respaldo del pueblo de los Estados Unidos y sus élites más conservadoras.

Trump considera que para que los Estados Unidos alcance el poder hegemónico que tuvo, y no un poder compartido —bipolarismo— debe reducir, sino acabar, con el poder de China. Su estrategia parte de su política interna que, como generalmente sucede, está atada a la política exterior. Rusia dejó de ser el oponente, China es ahora quien compite en todos los campos con Estados Unidos.

Para alcanzar la denominada “América primero” busca modificar internamente Estados Unidos: el iliberalismo, para ir más allá del pensamiento conservador; el proteccionismo para compensar la desindustrialización; el apoyo de alta tecnología millonaria, y el ataque a la inmigración: “Quien salva a su país no viola ninguna ley”, ha dicho Trump.

Para conseguirlo se ha fijado acumular todo poder, entre otros, las tierras raras; las vías marítimas; la reducción de déficits; y, el acopio de riqueza. Intenta obtenerlo con su modo empresarial. Estilo que considera que la relación entre Estados es lo mismo que la toma y daca de un negocio.

En la búsqueda por “normalizar” las relaciones con la Federación de Rusia, histórico adversario de los Estados Unidos, Trump habla de paz. Pero, al mismo tiempo, promueve el armamentismo —como lo hace con Europa— cuestión que a la vez genera ganancias impensables.

Con el símil de los naipes insta a que se sepa quién tiene las cartas. Juega con el arma de los aranceles para acobardar a los oponentes. Se acerca a Rusia para separarla de China. Sacrifica a Ucrania para sacarla del medio. Excluye a Europa para que se valga de sí misma y defienda a sus vecinos. Dispone que Latinoamérica maneje el tema migratorio. Endilga el narcotráfico a sus vecinos: Canadá y México. Señala al Canal de Panamá y Groenlandia como rutas útiles en caso de guerra. Así encarrila una nueva etapa de unilateralismo autoritario y hegemónico.

(*) ex Vicecanciller del Ecuador

 

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