miércoles, noviembre 4, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

El gran reemplazo

El reemplazo o expulsión de los hombres concretos, físicos, de los procesos productivos dará por concluida la historia del Homo Faber y volverá obsoleta la denominación “trabajo humano”.

La tecnología, y entiendo por ella todos los artefactos elaborados por los seres humanos para intervenir en la naturaleza y en sí mismos, tiene dos funciones: 1. Potenciar las capacidades humanas y 2. Reemplazarlas total o parcialmente. La función predominante en la época precientífica fue la primera. Y en la era científica, en unos cuantos años, será la segunda.

La tecnología tradicional, característica de la era precientífica, tenía como objetivo aumentar la fuerza, precisión y alcance de los miembros y sentidos del ser humano, a fin de mejorar su rendimiento en el trabajo. La tecnología de base científica, en cambio, tiene como objetivo último mejorar no el rendimiento del trabajo de cada hombre, sino, prescindiendo de él, el rendimiento del trabajo como actividad pura.

Este tipo de tecnología se dirige a gestionar el trabajo abstrayéndolo de su componente humano, de su humanidad. De manera que, cuando tal tecnología termine de imponerse en los procesos productivos, estos seguirán generando bienes de consumo y, técnicamente, siendo lo que son, pero, sin la participación humana, sus actividades dejarán de ser trabajo.

El reemplazo o expulsión de los hombres concretos, físicos, de los procesos productivos dará por concluida la historia del Homo Faber y volverá obsoleta la denominación “trabajo humano”.

En la era científica, el reemplazo del ser humano en las actividades productivas se ha extendido de la dimensión física a la cognitiva e intelectual. Es decir, a aquella esfera de la humanidad y el quehacer humano que, para quienes defendían el dualismo mente-cuerpo, era parte de su dimensión espiritual.

Edward Wilson consideraba que el rasgo distintivo de la especie humana era la originalidad, tesis indiscutible en su momento. Pero ahora, ante la evidencia de que la IA es capaz de resolver problemas matemáticos de alta complejidad y producir obras literarias singulares, indistinguibles de las humanas, hasta el punto de que algunas de ellas han sido premiadas por jurados experimentados y profesionales, resulta difícil asegurar que la originalidad es un rasgo exclusivamente humano.

La originalidad ha permitido la resolución de problemas, el mejoramiento de modelos y la creación, es decir, la generación de lo nunca habido. Concebida como superación de modelos anteriores, predominó en la Roma y Grecia antiguas. Y, vista como creatividad, ha predominado desde el surgimiento del romanticismo hasta nuestros días. Para nuestros contemporáneos, ser original, en el más estricto de los sentidos, es ser creativo, creador.

La tecnología tradicional buscaba mejorar las capacidades y desempeños humanos. La científica, en cambio, superar los límites de la naturaleza humana y obtener un hombre mejorado. El desarrollo de la inteligencia artificial, no obstante, ha trascendido este propósito y ha abierto el camino para reemplazarlo.

En la actualidad, coexisten dos tendencias tecnológicas: la que busca mejorar al hombre trascendiendo su naturaleza y la que intenta reemplazarlo. Todavía no han entrado en disputa, pero podrían hacerlo cuando la segunda se haya desarrollado hasta tal punto que constituya una amenaza existencial para los seres humanos.

Hasta ahora, la tecnología se ha venido desempeñando como un auxiliar del hombre, pero, gracias al indetenible desarrollo de la inteligencia artificial, ha empezado a asumir, y cada vez con mayor frecuencia, el papel rector, papel que adoptará plenamente cuando sea ella la que asuma por entero la definición de los problemas que deben ser resueltos. Algo que, en parte, ya lo viene haciendo, especialmente cuando se la utiliza para detectar o pronosticar la existencia de fallos en los sistemas diseñados por personas.

Antes del advenimiento de la inteligencia artificial, la intervención de la tecnología era mayormente reactiva. Como definidora de problemas, en cambio, su campo ha pasado a ser el de la acción, otra característica que, se pensaba, era exclusivamente humana.

Los grandes avances tecnológicos del momento se dan en un contexto en el que ciertas personas empiezan a sustituir los vínculos afectivos con otros seres humanos por vínculos afectivos con animales y entidades virtuales, fantasmagóricas, como los hologramas y programas de IA. Pero su renuncia a la humanidad y a la corporalidad es, paradójicamente, aceptación de una humanidad falsificada por la tecnología.

En un tiempo más, los seres humanos se verán en la necesidad de decidir por cuál de las líneas tecnológicas que ahora coexisten se decantan: por la que pretende diseñar un hombre mejorado por la tecnología, mejora que alteraría su naturaleza y pondría en duda su humanidad; o por la que busca sustituir al hombre por la tecnología, sustitución que podría llevarlo a la extinción.

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