viernes, abril 3, 2026
Ideas
Rafael Paredes Proaño

Rafael Paredes Proaño

Ex embajador de Ecuador en Colombia

El fin de la seguridad colectiva

La lucha por los recursos “estratégicos” es tan cerril que, simple y llanamente, se ha optado por hacer tabla rasa de todas aquellas normas y principios que impliquen algún tipo de respeto a cualquier orden establecido.

Uno de los resultados de la atroz dictadura argentina (1976-1983) fue el inicio del fin del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca,TIAR, alianza militar del continente americano, promovido por Estados Unidos, para defensa colectiva frente a las potencias del Eje nazi fascista en la Segunda Guerra mundial.

En 1982, se produjo el ingreso de tropas argentinas a las islas Malvinas, con el fin de recuperar la soberanía sobre ese territorio. El Reino Unido de Gran Bretaña, potencia en posesión del archipiélago, recibió la asistencia inmediata e incondicional de los Estados Unidos. Esa decisión, en la práctica, constituyó la terminación de la defensa colectiva hemisférica interamericana.

Como nota histórica, vale recordar que el TIAR (1947) fue base conceptual del posterior Tratado Atlántico Norte -OTAN- (1949), que ahora se encuentra seriamente resquebrajado.

La solidaridad continental que invocó Estados Unidos durante la Segunda Guerra, con la finalidad de resguardar los valores e intereses que se entendía eran comunes en todo el hemisferio, desde el norte hasta el sur de América, se quebró en el momento en que Argentina no recibió la cooperación que se suponía estaba prescrita en el TIAR.

La seguridad colectiva y la asistencia recíproca son conceptos que fueron inicialmente acogidos dentro del “panamericanismo” en la década de 1930, cuando comenzaron las tensiones que culminaron en la segunda gran conflagración mundial.

Para resolver los “problemas de la guerra y de la paz”, como se dijo entonces, con base en la solidaridad y la ayuda mutua, para conjurar amenazas de agresión, se encontraba la seguridad colectiva que, como la define la carta de la OEA, es “toda agresión de un Estado contra la inviolabilidad del territorio o contra la soberanía o la independencia política de un Estado americano, será considerada como un acto de agresión contra los demás Estados”.

El Ecuador, que aportó y formó parte del TIAR, invocó desde un comienzo, decididamente esos principios interamericanos en todos los foros internacionales, cuando fue objeto de una invasión en 1941, y fue inmolado -según palabras de un gran líder nacional- en nombre de la solidaridad continental con un protocolo en 1942.

Después de la guerra de las Malvinas (Falkland para los británicos) el TIAR se diluyó y, ahora, básicamente constituye un dato histórico. En esa misma línea camina la OTAN, de la mano del país promotor de ambos convenios.

El presidente Donald Trump, luego de la incursión sobre Venezuela (acerca de lo cual nadie ha mencionado al TIAR), ha reiterado su deseo de que la Isla de Groenlandia pase a dominio absoluto de los Estados Unidos de América: “sea por las buenas o por las malas” ha dicho. Esto es, mediante una entrega voluntaria; a través del alza de aranceles a bienes europeos o, simplemente, por un acto de guerra.

De concretarse el anuncio del presidente Trump -con el antecedente de lo sucedido en Venezuela- y, eventualmente, un enfrentamiento entre tropas de países miembros de la OTAN, como lo ha anticipado Dinamarca, será el fin de la Alianza Atlántica.

El dominio territorial y el control de vías marítimas han vuelto a adquirir el valor que siempre tuvieron. La seguridad de Estados Unidos ha sido una de las razones. Tanto, o igual, que los recursos naturales, minerales, y las llamadas tierras raras, de trascendental impacto en la era de las nuevas tecnologías.

La lucha por esos recursos “estratégicos” es tan cerril que, simple y llanamente, se ha optado por hacer tabla rasa de todas aquellas normas y principios que impliquen algún tipo de respeto a cualquier orden establecido.

Cada etapa de la historia contiene características particulares. Uno de los debates fundamentales de las relaciones internacionales y de su disciplina, la política exterior, consiste, precisamente, determinar el tipo de vínculo que se forma en la comunidad internacional en cada uno de esos momentos.

Hasta hace una década, casi nadie discutía si las sociedades y los Estados debían adoptar uno u otro modelo de producción. Se daba por sentado que la libertad individual, dejar hacer, dejar que la riqueza crezca sin interferencias, que el comercio fluya sin trabas, y que el ser humano, de manera global se beneficie y goce de esa liberalización era lo que, finalmente, se había alcanzado por consenso.

Pero hoy, ese mundo ha terminado, ya no volverá, según lo han reiterado varios líderes de países occidentales, hasta hace poco aliados cercanos de Estados Unidos. El año de ejercicio del poder de la administración Trump ha trastornado ese mundo existente desde la Segunda Guerra.

Líderes europeos, a propósito de las amenazas sobre Groenlandia, y sustentado en las duras experiencias pasadas, han sido insistentes en defender los principios de soberanía, democracia, integridad territorial, multilateralismo y cooperación, que los consideran propios y sustento en el que se han asentado las instituciones que regulan el relacionamiento mundial a partir de la Segunda Guerra.

Son, evidentemente, preceptos que provienen de un modelo ahora contrario al que se ha formado en los Estados Unidos. No obstante, se recuerda que esta nación ha sido el lugar en el que se originaron y desarrollaron estas instituciones.

Tal es la crisis, que el primer ministro de Canadá con contundencia, dureza, sinceridad y transparencia señala que “el mundo está en medio de una ruptura, más no en una transición” y que el “viejo orden mundial no volverá”.

El idealismo liberal, que en la actualidad defiende Europa, claramente es distinto al realismo del poder y la fuerza, practicado por su -hoy en día- antiguo aliado: Estados Unidos.

Con el objeto de contraponer las amenazas sobre la toma de Groenlandia y el fin de la OTAN, los europeos muestran la suscripción de un gran acuerdo de libre comercio, ejemplo de confianza en el multilateralismo. El TLC bicontinental UE-MERCOSUR, negociado durante veinte y cinco años, es uno de los más grandes que se ha suscrito en este campo.

La respuesta de Canadá para reducir la dependencia de Estados Unidos y modificar la situación en la que le ha colocado su vecino, buscando anexar todo su territorio y despreciando el acuerdo de América del Norte -TMEC-, Ottawa ha suscrito un gran acuerdo “estratégico” de libre comercio con el principal rival americano: la República Popular China. Autos chinos -eléctricos- que antes ingresaban con el 100% de arancel ahora solo pagarán en promedio el 6%, con lo cual la industria automotriz estadounidense tendrá una severa competencia.

China, ha jugado con gran habilidad. Se ha declarado defensor de la globalización, la que la está moldeando activamente. Es partidaria del multilateralismo y el libre comercio “inclusivo y beneficioso”, a pesar de la existencia de subsidios a sus productos. Sostiene su economía con un fuerte control estatal, pero con un liderazgo de dimensiones en sectores claves de nueva tecnología. No obstante, es seriamente cuestionada en el cumplimiento de valores democráticos y de derechos humanos.

Rusia, por su parte, se encuentra satisfecha: prácticamente ha encontrado un aliado en Estados Unidos, al haber alcanzado una de sus grandes aspiraciones: la anexión de territorios de Ucrania y, sobre todo, desde la época de la Unión Soviética, la desaparición de la OTAN.

Así como se diluyó el TIAR en 1982, se disuelven conceptos y entidades que sustentaban ideales de democracia, multilateralismo, seguridad colectiva y derechos internacionales, entre otros, que se ha convertido en elementos del pasado.

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