La niña
IV
Otro pasaje importante sobre las mujeres en esta vasta obra montalvina es el que pertenece a la séptima catilinaria y se trata del discurso de una niña guayaquileña que solicitó ayuda a Juan Montalvo para escribir una conferencia. En realidad, esta muchacha es un invento de Montalvo, ya que es inverosímil todo el discurso que iba a disertar de memoria porque fue escrito por el escritor ambateño:
El análisis lo voy a dividir en tres partes:
1)“<< Señores: En este tiempo que las mujeres están empeñadas por la adquisición de todos los derechos sociales y políticos, no será mucho si nosotras reclamamos siquiera el apoyo del gobierno para la mediana educación que acostumbran darnos en las repúblicas hispanoamericanas. El menosprecio o el descuido tocante a la cultura del sexo femenino, por la fuerza refluye sobre los hombres, atrasándolos, volviéndolos toscos e ignorantes. Donde las mujeres son instruidas, los varones son sabios; donde ellas son honestas, ellos son pundohonorosos; donde ellas son diligentes, ellos son activos y trabajadores”.
Es interesante que Montalvo coloqué el discurso de la infante que le solicitó ayuda para construir la conferencia sobre las mujeres y que iba a escuchar Ignacio de Veintemilla, aquí lo que llama la atención es cómo narra está anécdota, el inicio es muy narcisista y machista:
“Un día vi entrar a mi aposento a una niña de diez a doce años: Señor, don Juan, dijo, estoy nombrada para el certamen: vengo a pedirle un favor. El que tú quieras mi vida. Déme un discurso como suyo. Serás servida, chica: desde mañana vienes a ensayarlo”.
En este pequeño párrafo se puede ver ese trato de patriarcal de Montalvo a una niña a la que llama “mi vida”, eso en el siglo XXI podría ser caso de acoso, más todavía si se trata de una menor de edad, y también indicando que la niña lo iba a exponer en forma de discurso oral o una disertación, el que escribió realmente ese alegato fue el ensayista ambateño, y Montalvo para no quedar de “superior” finaliza que la muchacha tiene que prepararse y ensayar:
2)“En tres días lo tenía, no en la memoria solamente, sino también en los ojos, la boca, las manos, el cuerpo: ¡tan declaradas eran su inteligencia y sus dotes oratorias! Guayaquileña de dos mil demonios, la sal no le podía faltar: Señor don Juan, señor don Juan, me dijo en vísperas del certamen, ¿no le digo al Mudo cara de caballo, siquiera al fin de mi discurso? Loca como le has de decir eso en un acto público a ese hombre grande. Cuando le veas pasar por debajo de tus balcones, dile cara de puerco, si te gusta. Fue al certamen. y la niña aplaudida que se venía abajo la casa, no por la letra sino por el aire y por sus negros, limpios ojos”.
Está anécdota no se sabe si fue cierta o producto de la ficción, tal vez no importe si es ficticia, porque igual para Montalvo lo importante es él, el texto lo redactó él, o sea que el discurso que realizó la niña es el pensamiento exclusivamente del ambateño de lo que pensaba sobre las mujeres en el siglo XIX, y no es el de la niña que profesó el discurso.
- “Nosotras en verdad, no queremos ser legisladoras, ni presidentas ni ministros como esa loca André Leo, que en París da conferencias de socialismo-hembra y pide un sillón en el Cuerpo Legislativo. No aspiramos siquiera a esas profesiones que, sin ser incompatibles con nuestras facultades intelectuales, no parecen con todo, cuadrar a nuestro sexo: una buena esposa vale más que un buen abogado, y una buena madre de familia vale más que un buen médico. Hay actualmente en la Unión Americana señoras recibidas de médicos, de juristas, agrimensores: en la universidad de Ohio, una señorita da con lucimiento lecciones de humanidades y crítica literaria”
Por eso, pienso que la anécdota de la niña es inverosímil, que una chica aproximadamente de 9 o 10 años y en la década de los ochenta del siglo XIX sepa de la figura de André Léo (Victoire Léodile Béra (1824-1900)), es falso, por supuesto. Montalvo enmascaró el discurso. Es interesante y a la vez contundente cómo califica el ensayista de Las Catilinarias a la célebre escritora francesa de esa centuria y figura política que incomodaba a los lores franceses por los derechos de las mujeres, y que fue una de las activistas más importantes de la Comuna de París en 1871.
Que Montalvo en su discurso califique la idea de la activista de socialismo-hembra, fue muy extremista. Lo que la francesa pregonaba en realidad, lo que difundía era el socialismo utópico como explica en su ensayo la autora Ana Muiña: Del socialismo utópico a la Comuna de París:
“Léo, en su juventud, estuvo vinculada al llamado «socialismo utópico», en torno a una publicación famosa, aunque hoy desconocida, ‘La Revue Sociale’, a la Asociación de Boussac (situada en La Creuse, el centro sur francés) y a su fundador, el filósofo y tipógrafo Pierre Leroux. Esta Comunidad agrícola, tipográfica y artesanal, muy desconocida, tuvo gran importancia por sus propuestas colectivistas y ecológicas. George Sand, Pauline Roland, Franz Liszt, Frédéric Chopin, Charles Baudelaire, Iván Turguénev, Aleksandr Herzen, Gustav Courbet, Adèle Esquiros… simpatizaron con este ideario.
«Cuando las jóvenes, las mujeres, las madres luchen junto a sus hijos, sus maridos, sus padres, París no tendrá ya pasión por la libertad tendrá el delirio. Y esos soldados engañados se verán obligados a reconocer que a lo que se enfrentan es… a un pueblo entero», advertiría con razón”.
En esta última sentencia, Muiña se refiere al pueblo entero en donde están o tienen que estar las mujeres, no sólo los varones. Volviendo al discurso de la muchacha, en el mismo párrafo de la disertación que preparó Montalvo, él indica que una mujer vale más que un abogado y que una madre de familia es más necesaria que un médico. En el siglo XXI, las mujeres que llegaban a ser profesionales no podían escapar del rol de organizadora de la familia, de acuerdo a la época; el ambateño piensa de esa manera, pero aclaremos que eso se supone que expresa en el discurso la niña a Ignacio de Veintemilla.
«Cuando las jóvenes, las mujeres, las madres luchen junto a sus hijos, sus maridos, sus padres, París no tendrá ya pasión por la libertad, tendrá el delirio».
En Léxico y símbolo en Juan Montalvo(Ensayo e interpretación lexicológica y semiológica de Las Catilinarias) el ensayista Juan Valdano explica y analiza bastante la postura del ambateño con respecto a las mujeres:
“Contra la infundada opinión generalizada en su tiempo y en su sociedad, y basándose en la igualdad de derechos de ambos sexos, Montalvo propugna una educación de la mujer que rebase la preparación de una buena esposa y ama de casa. En boca de un personaje femenino pone estas consideraciones: «El menosprecio o el descuido tocante a la cultura del sexo femenino, por fuerza refluye sobre los hombres, atrasándolos y volviéndolos toscos e ignorantes. Donde las mujeres son instruídas, los varones son sabios, donde ellas son honestas, ellos son pundonorosos; donde ellas son diligentes, ellos son activos y trabajadores: imposible es pulir y cultivar al uno, sin que la otra aproveche de las ventajas de la civilización; así es que ahora no nos estamos quejando de privilegios ni desigualdades en que nosotros lleváramos la peor parte: lamentémonos sí de esa bárbara indiferencia de todos por la educación de todos y de este paso tardo y ruin con que nos estamos quedando atrás de las naciones hermanas (C. Vil – 174)”.
- “Si nada sabemos, ¿en dónde hemos de tomar ejemplares de virtud? Hubo en los tiempos santos una mujer llamada Rebeca: si toda la conociéramos, todas la amáramos, y en amándola ¿cuándo para ser malas? Hubo otra llamada Ester: Ester, la inocencia, la pureza misma; su tío Mardoqueo la instruye; habla ella, y tiembla Amán; habla y salva a su nación, porque Asuero ve la verdad en ella. Si Ester fuera nuestro paradigma, ¿hubiera una que no fuera santa? ¿hubiera una que no salvase a su nación con las virtudes?
En este pasaje del discurso que escribió Montalvo para la niña guayaquileña cita a dos mujeres bíblicas que son Rebeca y Ester. La primera viene del Génesis, del Antiguo Testamento. Rebeca fue la elegida por Eliezer para que sea esposa del hijo de Abraham, Isaac, y fue elegida porque cuando Eliezer y su caravana estaban sedientos en el desierto encontraron una pequeña comarca y apareció Rebeca para socorrerlo y brindarles agua. Esto es lo que decía Mateo en la Biblia sobre Rebeca:
“No hay duda de que había aprendido en casa a ser hospitalaria. Esta es otra buena costumbre que se está perdiendo en la actualidad y otra razón más para imitar la fe de esta amable muchacha. La fe en Dios nos debe motivar a ser hospitalarios como él. Jehová es generoso con todos, y quiere que sus siervos también lo seamos. Cuando mostramos hospitalidad, especialmente a quienes no nos lo pueden pagar de ningún modo, nuestro Padre se siente muy feliz (Mateo 5:44-46; 1 Pedro 4:9)”.
La otra mujer que cita Montalvo es Ester, se trata de una judía que fue reina de Persia. Montalvo coloca que Mardoqueo es su tío, pero en algunos textos aparece que es primo de Ester. Mardoqueo que era judío, un día llevó a Ester para que conozca al rey Asuero; después de ese encuentro, el monarca escogió a Ester como su esposa. En la trama luego aparece un asesor persa llamado Amán, que comienza a tener celos de Eliézer y conspira contra este y todos los judíos; el rey le hizo caso: Amán promulgó una ley antijudíos para que en un día pactado se los elimine de la faz de la tierra. Eliézer, desesperado, pide ayuda a Ester, pero ella tiene miedo porque Asuero mataba a las personas que iban hablar con él cuando no les invitaba. Según el relato bíblico, Ester ayunó tres días y pidió al pueblo judío que ayune con ella y ore para que todo salga bien. Después fue hablar con el rey Asuero, él se contentó de verla la escuchó y se enojó con Amán y lo mandó a matar.
En la trama aparece un asesor persa, Amán, que tiene celos de Eliézer y conspira contra este y todos los judíos; el rey le hizo caso: Amán promulgó una ley antijudíos para que en un día pactado se los elimine de la faz de la tierra.
La moraleja de este pasaje bíblico: es la fe en Jehová y el valor de presentarse al rey. Fe más valor. Montalvo en ese discurso utilizó a estás dos mujeres bíblicas para rematar de la siguiente manera:
5)“Un poco de historia: nociones de geografía, física, y política, conocimiento, siquiera en globo, de esa parte de las humanidades que hoy llaman literatura: tal cual arte femenina, como el dibujo, la música; una lengua extranjera, por lo menos; grande apego del hogar, y mucho amor a la sabiduría doméstica, imprimido o reforzado por la enseñanza, ésta es la educación que deseamos y pedimos”.
Se supone que toda esta disertación de la muchacha guayaquileña escuchó Veintemilla.
En Civilización y Barbarie en Las Catilinarias de Juan Montalvo, Juan Carlos Grijalva explica la condición de mujer en esta obra montalvina:
“Sin embargo, al final del séptimo ensayo se encuentra un texto fascinante. Se trata de un discurso que el ambateño escribe para una niña. En él, Montalvo asume una voz femenina con la que habla de «nosotras» las mujeres. Y lo que, sin decirlo directamente, la ilustración «masculina» quiere de ellas. Dice el escritor, «El menosprecio o el descuido tocante a la cultura del sexo femenino, por la fuerza refluye sobre los hombres, atrasándolos y volviéndolos toscos e ignorantes. Donde las mujeres son instruidas, los varones son sabios; donde ellas son honestas, ellos son pundonorosos; donde ellas son inteligentes, ellos son activos y trabajadores».
Para Grijalva, por más que en este discurso que realiza para la niña y se coloca en la condición como mujer, para Montalvo las mujeres siguen siendo subordinadas e incluso bajo la instrucción de un hombre. Lo que llama la atención a Grijalva de este pasaje es ese “nosotras” que construye Montalvo y afirma que para que ellas logren los derechos en esa época necesitaban de la educación para alcanzar la virtuosidad que consiguieron los hombres, algo muy lógico. Pero a la vez sabía Montalvo que casi todas las mujeres de su tiempo que se educaron siempre lo hacían bajo el tutelaje de un hombre, por eso Grijalva afirma:
“ Ilustración sí, pero para educar mejor a los hijos, piensa Montalvo.
Y ahí donde los ejemplos muestran el caso de mujeres profesionales, mujeres que cumplen un rol público, mujeres de antaño líderes de la sociedad, la voz femenina del ambateño volverá a insistir, «No queremos, repito, ser electoras ni elegibles; diputados, ministros de la Corte Suprema ni otra cosa».

