El libro de Andrés Vallejo Caminos recorridos, lecciones aprendidas destaca con fuerza el daño que produce la contaminación de la racionalidad política por las pasiones desbocadas de políticos mesiánicos y el valor de los líderes que supieron enfrentarlos. Los casos de León Febres Cordero y Rafael Correa ilustran los extremos a los que las pasiones pueden llevar.
En enero de 1986, relata Vallejo, un grupo de comandos de la Fuerza Aérea secuestraron al presidente Febres Cordero en la base aérea de Taura. Exigían la liberación del general Frank Vargas Pazzos. En el libro Autopsia de una traición, Febres Cordero demostró su “baja pasión”. Publicado en 1989, su autor destila odio contra quienes hicieron posible su liberación, entre ellos, Blasco Peñaherrera y Andrés Vallejo. En 1987 Febres Cordero en una reunión de gabinete en la que se trataba otro tema, volvió a sostener que en Taura se fraguó un magnicidio, que buscaba asesinarlo o, al menos desplazarlo de la presidencia.
El 30 de septiembre de 2010, Rafael Correa, “otro presidente exaltado, irreflexivo y arbitrario”, sostuvo que los policías sublevados habían tramado un golpe de Estado y hasta tratado de asesinarlo. Vallejo encuentra en estas dos actitudes, la de Febres Cordero y Correa, similitudes. Hubo, sin embargo, agrega, una diferencia: Febres Cordero tuvo al frente una oposición firme y democrática, mientras que Correa como jefe de todos los poderes del Estado no tuvo a nadie que se le opusiera.
También en su libro, Andrés Vallejo contrasta los levantamientos indígenas de 1990 en la presidencia de Rodrigo Borja y el de 2019 con Lenin Moreno. El primero fue pacífico. Los temas tenían que ver con problemas de tenencia de la tierra. Hubo diálogos. Se encontraron vías de solución. El gobierno de Rodrigo Borja entregó a las comunidades indígenas títulos de propiedad de cuatro millones de hectáreas.
El segundo levantamiento fue violento; eliminaba el subsidio de los combustibles, establecido desde los años setenta del siglo pasado. Pudo la medida haber sido drástica, pero era necesaria. A los dirigentes indígenas se unieron fuerzas que buscaron la desestabiización del régimen. Se habló de infiltrados, pero los responsables de la violencia fueron todos los que participaron en los actos de amedrentamiento, saqueo, desabastecimiento, desestabilización, toma de instalaciones y paralización y destrucción de servicios públicos, como autores o cómplices, encubridores o infiltrados, afirma Vallejo.
Entre las lecciones aprendidas, Andrés Vallejo destaca cómo el odio obnubila a las personas; “quien mucho odia poco explica”. Esta lección estimo que se aplica a la virulencia del llamado paro del 2025. El odio que destila proviene, no de quien ejerce la primera magistratura del país sino de una dirigencia indígena, cuya visión extremista se traduce en saqueos, paralización, destrucción de servicios públicos, cierre de vías, bloqueo de actividades productivas, intentos de desestabilización. Todo esto en contra de una sociedad pacífica que optó por la democracia y por un régimen donde impere la ley. Ya no estamos en el siglo XIX cuando, como lo describió Friederich Hassaurek, embajador de Estados Unidos en el Ecuador en el gobierno de García Moreno: “Un adversario político es considerado fuera de la ley, como tal puede ser tratado con la mayor arbitrariedad y crueldad por quienes ejercen el poder”
“Otra práctica aterradora: azotar a los hombres por orden del presidente, sin el debido proceso, el número de latigazos iba de veinticinco a seiscientos.”
El actual presidente de la República es un hombre sereno con pasiones mesuradas. Nada comparable a los líderes mesiánicos, citados por Vallejo. No ha infringido la ley ni trata a sus adversarios políticos con crueldad, lo que sí les exige es el respeto a la ley y a la voluntad popular. Para que haya diálogo son inadmisibles las amenazas de Marlon Vargas : “La paciencia se nos va a acabar, señor Presidente, vamos a tomarnos Quito”.
La declaratoria del Estado de excepción en diez provincias y la suspensión a la libertad de reunión y la movilización de todas las entidades de la función pública, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional ante la grave conmoción interna, es una medida tomada por el presidente Noboa que contará con la aprobación del pueblo ecuatoriano que rechaza la práctica aterradora de una minoría, atrapada por la irracionalidad que pretende secuestrar a la sociedad ecuatoriana, al margen de la ley y de la democracia.
