Hay eventos en la historia que marcan la identidad de los pueblos. La marcha por el agua en la ciudad de Cuenca este pasado 16 de septiembre constituye un hito que fortalece la identidad de esta región en términos de autonomía, dignidad y soberanía territorial al concentrar más de cien mil personas en un solo coro: “Kimsakocha no te toca” y “Cuenca ya decidió” en contra de la insistencia gubernamental por beneficiar a la empresa minera canadiense Dundde Precious Metals para explotar minerales en áreas de sensibilidad ecosistémica y de producción de agua.
El éxito de esta marcha nos lleva a resaltar algunas lecciones que representan potentes aprendizajes en defensa de los territorios:
- Ubicar el centro de la preocupación ciudadana en valores superiores como la defensa del agua y por tanto de la salud y la vida.
- Con un valor superior como el agua en una sola bandera, los intereses gremiales o partidistas se invisibilizaron, se ignoraron y se bloquearon.
- Los diferentes liderazgos debieron reconocer y asumir que la población del Azuay, urbana y rural rebasó sus parcelas de clientelismo e influencia; entendieron que su rol, era sumar, conteniendo su afán protagónico naturalizado.
- La ciudadanía urbana y rural en este contexto de comprensibilidad colectiva, convirtió a la ciudad en una gran pampa de donde emergió el quinto río nutrido con millares de gotas de identidad y rebeldía.
- El contexto que emergió fue entonces de confianza, solidaridad, complementariedad. La diversidad se desató como nunca antes en una fiesta de colores, voces, edades, etnias y géneros. Las expresiones de identidad con Kimsakocha explotaron hasta el llanto y la música de vivir las mil culturas y recuperar un sentido de comunidad por sobre la codicia y el individualismo que el sistema induce.
- La indecencia gubernamental al conceder una tránsfuga licencia ambiental a la minera canadiense, la apología inmediata de vocerías gubernamentales con la Ministra Manzano a la cabeza en favor de la explotación minera, los ecos cansinos de periodistas pautados y por fin un decreto bobo declarando el estado de excepción en esta y otras provincias, el único impacto que generó fue el de la reafirmación ciudadana en manifestar su indignación por esos intentos de alterar nuestros ecosistemas y en última instancia nuestro hábitat sagrado. La chispa estaba encendida y sólo un decreto de reversión definitiva de la licencia ambiental lo pudo haber sofocado.
- Cuenca y el Azuay se demostró a si mismo que es posible más allá de los ámbitos particulares tejer en un mismo tapiz la mazorca de la unidad en la diversidad. Esta experiencia podrá sustentar procesos de descentralización y de diálogos en función de encontrar alternativas sustentables a la minería para las comunidades y familias bajo el amparo de gobiernos locales.
- Importante resaltar que cuando los eventos para reconstituir la democracia, preservar la naturaleza, defender los territorios tienen esta calidad, su resonancia a nivel nacional resulta inevitable envolviendo más voces, más colectivos, más territorios y la suma de malestares, atropellos e indignaciones, se torna en marea y toca las esferas de lo político donde los gobiernos tambalean.
- Por fin, constatar que la limitada capacidad de análisis y conocimiento de las realidades territoriales por parte de las instancias de gobierno, los lleva a tartalear “manipulación política”. Cabe recuperar aquí el texto de una pancarta: “sin agua no hay mote” y de un texto en X: “la marcha es tan cuencana que terminó con misa”. No hay manipulación hay hartazgos de despropósitos gubernamentales, y la gota de Kimsakocha derramará el vaso.
