miércoles, abril 1, 2026
Ideas
Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Los demonios de la vieja izquierda

Los actos de corrupción, racismo o machismo que podían cometerse han sido justificados o encubiertos bajo la retórica de la omnipotencia de la revolución socialista. Sobre todo, cuando se trata de los dirigentes.

Las recientes denuncias por machismo en contra de varios dirigentes de Podemos, ese partido español que nació a la sombra del movimiento de los Indignados, coloca en el centro del debate político e ideológico un tema que desde hace un siglo ha sido soslayado, cuando no abiertamente rechazado, por aquellos que se benefician de un vergonzoso silencio: cuál es el parteaguas o la línea divisoria entre un proyecto que busca la transformación profunda de la sociedad y otro que solamente apunta a preservarla tal como está. En otras palabras, lo que en ciencias políticas se ha definido como la contradicción entre izquierda y derecha, entre revolucionarios y reaccionarios, entre fuerzas avanzadas y fuerzas conservadoras.

Este debate es fundamental porque hasta el triunfo de la revolución bolchevique la izquierda se identificaba, mal que bien, con una postura frontalmente opuesta al capitalismo como sistema de generación de desigualdades e injusticias sociales. Pero una vez que el proyecto soviético empezó a reproducir una serie de aberraciones similares a las que pretendía combatir, una buena parte de la izquierda mundial migró hacia posturas que cuestionaban al sistema como una red de mecanismos de poder diseñados para dominar a la sociedad desde distintas lógicas. El feminismo, el ecologismo o la decolonialidad han sido, sin lugar a duda, los discursos más importantes y mejor estructurados para abordar las complejidades de la modernidad contemporánea. Y lo han hecho desde ópticas distintas a las de la economía, las relaciones de producción o la explotación del trabajo.

De ese modo, el escenario de la confrontación política, ideológica y cultural fue modificado radicalmente. La aspiración de la libertad humana dejó de estar anclada al centenario dogma de la emancipación del proletariado para abrir las puertas de las luchas sociales a agendas más radicales. La defensa de la casa común, por ejemplo, nos plantea urgencias mucho más decisivas frente a una catástrofe planetaria que volvería inútiles e innecesarias casi todas las reivindicaciones de los oprimidos. Si la naturaleza es aniquilada la humanidad desaparece y, por lo mismo, desaparecen también la política, las clases sociales, la cultura, las contradicciones económicas y un largo etcétera que configura el discurso más común de la vieja izquierda.

Esa misma vieja izquierda que siempre minimizó estas nuevas agendas, porque le obligaban a replantearse un mundo construido a partir de premisas aparentemente eternas. Por ejemplo, aquella de la moral revolucionaria. Se suponía que la militancia de izquierda no podía incurrir en las mismas anomalías de sus enemigos políticos e ideológicos. Cualquier crítica a un eventual incumplimiento de esa norma suprema era condenada como un acto de disidencia, conspiración o abierta traición. Los actos de corrupción, racismo o machismo que podían cometerse terminaban siendo justificados o encubiertos bajo la retórica de la omnipotencia de la revolución socialista. Sobre todo, cuando se trataba de los dirigentes.

Las consecuencias de este fundamentalismo ideológico de corte religioso han sido devastadoras para la izquierda. Hoy, ese parteaguas que sirvió para establecer diferencias y distancias necesarias ha quedado convertido en una ciénega pastosa e indefinida donde todo se mezcla y se confunde. Donde pueden holgazanear a sus anchas seudo dirigentes de izquierda machistas, misóginos, corruptos, pedófilos, racistas y mineros.

Octubre 28, 2024

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