jueves, enero 22, 2026
Ideas
Fernando López Milán

Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Perseguido

El perseguido alerta siempre a lo que puede venir, vive distraído, desentendido de la vida presente y de todo lo que le rodea, excepto del sufrimiento que él mismo se ha provocado. La mente es pesimista, así que resulta más fácil hacerse infeliz que feliz.

1

Es un perseguido. Un individuo que en el leguaje psiquiátrico puede calificarse de obsesivo compulsivo, y en el lenguaje religioso, de pecador. No sabe exactamente desde cuándo lo es, pero, probablemente, desde los veinte años, y ahora tiene sesenta. A veces, por minutos y hasta por semanas enteras, logra eludir a sus perseguidores. Pero, al final, estos siempre acaban por localizarlo y se lo hacen saber incluso cuando está dormido, a través de los sueños. 

No son personas ni fantasmas —aunque, en ocasiones, encarnen en personas concretas—, son ideas. Ideas fijas. Y a todas las siente como amenazas, igual que a las personas de las que eventualmente toman la forma. 

Sus perseguidores, por lo general, son los mismos. Han estado detrás de él durante años y, según piensa, algunos de ellos lo perseguirán hasta su propia muerte.  

Una idea fija es una imagen mental constante que, a veces, se borra durante unos instantes y, entonces, las otras ideas —que atascadas en las innumerables vías del cerebro esperan el más mínimo descuido de la idea fija para manifestarse— aprovechan la ocasión para asomar la cabeza y luego desaparecer. Las ocasiones son pocas, y las apariciones, breves.  

La idea fija es de naturaleza imperialista. Apenas surge, se extiende como una mancha de tinta por la mente del individuo, la ocupa por completo y una vez ahí asentada es muy difícil expulsarla del territorio que ha conquistado. 

La idea fija es sufrida por el individuo como un desgarro. Lo que quiere decir que él es un ser dividido. Él, Fernando, Francisco o como quiera que se llame, lucha contra una idea de su propia mente, y al enfrentarse con ella revela que la mente no es lo mismo que la identidad, y que esta última, el yo, no es sino una de sus tantas estructuras.  

Hay diversas clases de ideas fijas. Todas perniciosas, especialmente, las que entrañan culpa. Son ideas complejas, que hunden al individuo en el pesimismo, y que están formadas por dos elementos: la referencia al hecho culposo, y los cálculos y representación de sus consecuencias. 

Él es un perseguido. Él es su perseguidor. Un hombre que batalla consigo mismo, que se muerde la cola como un perro, y que nunca descansa. 

La idea fija produce efectos físicos: el sudor de las manos, por ejemplo, y también actitudinales. El individuo que la padece suele sorprenderse caminando despacito, hablando en voz baja, como si intentase evitar que los demás se enteren de lo que piensa.  

Para atenuar los efectos de esa idea, se dedica a hacer ejercicios mentales como el siguiente: “¿Eres un ratón o un hombre?”, se pregunta. “Soy un hombre”, se responde. “¿Eres un guiñapo, un trapo sucio, un pelele?”. “No, soy un hombre”, se contesta con firmeza. Cuando la automotivación se agota, recurre al pensamiento mágico: si le ocurriera un accidente, los demás tendrían compasión de él y no se fijarían en el error o la falta que cometió (y que ellos ni siquiera conocen) y de la que nació la idea que lo atormenta, y así, compadecido por los demás, podría olvidarse de ella. 

Él es un perseguido. Él es su perseguidor. Un hombre que batalla consigo mismo, que se muerde la cola como un perro, y que nunca descansa. El mundo, para él, es dos cosas: el escenario donde su forma física vive su lucha interna pero, también, una de las fuentes de sus ideas persecutorias. Otras son producto del autoanálisis y la asociación de ideas, que obedece más al azar que a la inteligencia y su capacidad para establecer relaciones significativas. 

Las ideas que lo persiguen no son grandes ideas. Habitualmente, son ideas banales; pero, pese a su carácter irrisorio, tienen la fuerza insuperable del miedo. Sus ideas son miedos. Y él es un hombre asustado, en permanente vigilia. Un habitante de las selvas primigenias, llenas de enemigos y depredadores. 

El miedo le obliga a encerrarse en sí mismo. Y ha vivido tanto consigo mismo que ha llegado a hastiarse. Él, para sí mismo es como un huésped inoportuno cuya presencia le resulta insufrible, y al que no puede echar de su casa pues, desde que aprendió a reconocerse, él siempre ha sido dos. 

Dormir es una tregua: una liberación. Pero escapar de las ideas fijas en el sueño no es fácil, porque ellas han echado raíces en la mente total del perseguido, y no permiten que arraigue el sueño. No queda más, entonces, que valerse de pastillas —las medidas de higiene para el sueño resultan siempre insuficientes—, pues no hay vida disfrutable si no se puede dormir.  

Ilustración generada con IA / Flirefly

En el insomnio, el perseguido se encuentra cara a cara con la idea fija, como si se tratase de dos adversarios que se observan y se miden, sin que ninguno de ellos se arriesgue a lanzar el primer golpe, el primer disparo. Ella no va a hacer nada. Ella solo quiere estar presente en su cabeza y los esfuerzos que el perseguido hace por eludirla, en lugar de salvarlo, ayudan a su perseguidora a fijar su presencia, siempre indiferente y, por ello mismo, dominante. ¿Qué si no esa idea es capaz de tapar el sol con un dedo? 

La idea lo hunde en sí mismo. Y ahí, desde el borde de ese pozo, lo controla. Las ideas, como los ángeles de Rilke, son terribles. 

La idea, sin ser un objeto material, impide que el perseguido vea los objetos y las personas que lo rodean. Lo enceguece y, como un lazarillo perverso, lo conduce a donde ella quiere, es decir, hacia sí misma, y decir hacia sí misma es decir hacia la ansiedad y, finalmente, hacia la desesperación. 

No hay ninguna proporción entre lo que ella es en términos de energía con lo que es un hombre completo. Y, sin embargo, esa imagen mental, ese chispazo eléctrico, se impone a toda la energía que el hombre gasta en disiparla.  

No. No es una voz que retumbe en el cerebro del perseguido, sino, muchas veces, una orden silenciosa de la que él se entera solo por sus efectos: la sudoración de las manos, la incapacidad para mantenerse quieto durante cinco minutos en el mismo sitio, la dificultad para concentrarse en lo que está haciendo. 

La idea lo hunde en sí mismo. Y ahí, desde el borde de ese pozo, lo controla. Las ideas, como los ángeles de Rilke, son terribles. Pero no son un problema poético ni metafísico, sino una cuestión de química: la deficiencia de serotonina, la sustancia de la felicidad. 

En ocasiones, no se trata ni siquiera de una idea, sino de la presencia interior de algo inidentificable, una amenaza indistinta. Algo que el perseguido sabe que está ahí y que es malo. Algo que vive dentro de él y nunca llega a adoptar una forma; algo que más que una idea es un ambiente interior parecido al de las películas de suspenso, algo que le amenaza. El miedo primordial. El miedo a nada. 

Por eso se angustia. Por eso se inquieta. Por eso se mantiene alerta, despierto: animalito en medio del bosque oscuro, que se sabe rodeado y a punto de ser atacado por una cosa que no sabe qué es, pero que terminará por írsele encima y devorarlo. 

Su mente es dos: una, a la que se puede llamar yo, y otra, a la que se puede llamar entorno. Y en ese entorno siempre hay otros, que, al parecer, lo único que buscan es hacer sufrir al yo, incluso hasta que este, incapaz de soportarlo, decida acabar con todo y lo que fue un mundo vivo desparezca para siempre. El suicida no llegará a enterarse de que eso ocurrió, así que nunca sabrá que se ha salvado. Y esa ignorancia anula su victoria. 

El ambiente en el que vive el perseguido está cubierto por una espesa niebla, un velo que oscurece su mirada y le permite solo una visión sombría del mundo exterior. Como el territorio en el que se da la persecución está circunscrito a la mente del perseguido, esta, para él, es una prisión. Y su deseo mayor es escapar de ella. Su yo es un habitante de su mente, no su mente. Así que separado, en contra, defendiéndose de sí mismo, él vive. 

La razón no es lo suficientemente poderosa como para derrotar al perseguidor. Necesita de sus aliados químicos. más que ayudar a liberarse de su enemigo, estos le ayudan a persistir en la huida.

La reflexión y, por tanto, el pensamiento solo puede darse gracias a la escisión de la mente. Para pensar hay que separarse de uno mismo, tomar distancia, verse como otro. La necesaria división de la mente en al menos dos yoes es lo que está detrás del sufrimiento psíquico. Para no sufrir, deberíamos velar el espejo mental en el que cada uno de nosotros se ve a sí mismo y se interpela. 

El otro, el perseguidor, es tenaz. Nunca se desgasta, porque, para que el perseguido intente huir o enfrentársele, le basta con estar. No confronta. No rechaza. Solo está como un letrero cuyas palabras -sus razones- son imborrables. Y están ahí para que el perseguido las lea y argumente contra ellas. Y, de este modo, las tenga siempre ante la vista, refulgiendo en su memoria. 

El perseguido sabe que, si se quedara quieto, la persecución cesaría, pero no puede dejar de huir. Solo ha aprendido a reaccionar, a decir que las ideas que lo persiguen son irracionales, que no tienen sentido, que un análisis simple y objetivo de la realidad externa debería eliminarlas de su mente. Entiende eso y, sin embargo, corre. Corre por sus propios paisajes interiores, vadea ríos, sube montañas, atraviesa selvas intrincadas, se esconde en las grutas del pasado. Y anhela el sueño. 

En este punto, la razón no es lo suficientemente poderosa como para derrotar al perseguidor. Necesita de sus aliados químicos. Los que más que ayudarle a liberarse de su enemigo, le ayudan a persistir en la huida, a proyectarse un poco hacia el mundo externo. Con esta ayuda, a veces, logra salirse de sí mismo, como alguien que se está ahogando en el mar y toma, ansioso, la última bocanada de aire antes de rendirse y precipitarse al fondo de las aguas. 

Cuando el perseguido logra escapar hacia el mundo exterior es porque ha perdido de vista al perseguidor, porque ha conseguido olvidarlo por un momento. No siempre ocurre de este modo, pues el perseguidor puede cruzar el espejo detrás del perseguido y darse el modo de adquirir una presencia física reconocible: alguien que conoce al perseguido o tiene autoridad sobre él.  

Es la vieja idea del pecado: el perseguido teme que alguien lo delate y que la autoridad, quienquiera que esta sea, lo juzgue y condene. Y ser juzgado y condenado es verse expuesto en público totalmente desnudo, sin la ilusión del rey del cuento que desfilaba ante sus súbditos creyendo estar vestido con una túnica finísima. Miedo a la desnudez. Miedo a la lapidación. 

Es extraño pero el perseguido, que vive en un mundo ilusorio, es incapaz de hacerse ilusiones sobre su curación. Ha aprendido a poner al razonamiento en su contra. Y solo sabe razonar de manera negativa, acopiando todas las pruebas que puedan esgrimirse en su contra y minimizando aquellas que puedan liberarlo de la culpa o por lo menos atenuarla. 

La noche puede ser un refugio, y en ocasiones lo es. La ciudad se ha acallado, el ambiente es más fresco, y, en medio del silencio de la noche, su casa se convierte en nido o, cuando llueve, en arca que transporta a los que deben salvarse. Ahí el enemigo encuentra dificultades para entrar y deja al perseguido en paz. 

No. No se trata de molinos de viento que parecen gigantes. Son presencias mentales. Simples formaciones de la mente en funcionamiento: redes que se encienden dentro del cerebro y cuya luz no deja descansar al perseguido, obligado a contemplarla aunque se esté cayendo de cansancio y no desee otra cosa que dejar de verla. ¡Cuántas veces, por eso, no ha deseado la ceguera interior!  

En su carrera desaforada, el perseguido ha dejado atrás al presente. Y eso hace más grave su disociación: una idea persecutoria lo ha empujado al futuro.

Se hizo la luz y se hizo el dolor, pues la luz llega a donde no es decente ni misericordioso llegar. La luz revela, la luz aclara, la luz muestra lo que la oscuridad oculta o lo que la niebla difumina. El perseguido es el iluminado: el que ve lo terrible en lo irrisorio, la catástrofe en lo mínimo, el profeta de lo deleznable. 

Todo el horror que él percibe no se encuentra aquí, en el presente, sino en el futuro. Las ideas que lo persiguen vienen del pasado y solo pueden concretarse, si es que alguna vez lo hacen, en el futuro. En su carrera desaforada, el perseguido ha dejado atrás al presente. Y eso hace más grave su disociación: una idea persecutoria lo ha empujado al futuro mientras su mente y su cuerpo sufren por lo no ocurrido en el presente.  

¿Qué es eso más poderoso que el yo que mora en su interior? ¿Cómo llegó a obtener tanto poder sobre él? Una idea, se ha dicho. Una simple conexión neuronal que los medicamentos psiquiátricos con dificultad consiguen romper. Algo así como una gota de lluvia que colmara el océano y lo precipitara en oleadas inmensas sobre la tierra: “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, dice un proverbio chino y algo semejante, la teoría del caos. 

El poder de lo pequeño, el poder de lo irracional, el poder de lo intrascendente. A esos poderes se somete el perseguido. Y su huida es una carrera loca hacia cualquier lado. En realidad, no sabe a dónde ir, pero, como no puede estarse quieto, se mueve sin que importe mucho a dónde, pues su intención es salir del lugar en que se encuentra lo más rápido posible.  

A veces, sin embargo, se detiene, trata de poner su mente en blanco o de llenarla con alguna imagen o frase repetitiva que ocupe el lugar de la idea persecutoria. Esta lo deja hacer y antes de que el perseguido se dé cuenta vuelve a ocupar su sitio en su mente, y se reinicia el interminable juego del gato y el ratón. Pero él, él mismo, ha visto ideas poderosas que con el pasar del tiempo han quedado convertidas en simples cáscaras vacías, que flotan, como residuos espaciales, en la órbita de su cerebro; y él, que las sufrió, las regresa a ver y no siente nada por esas cáscaras desactivadas, por esos cadáveres. 

El perseguido no es, necesariamente, un monomaniaco. Tiene dos o tres ideas persecutorias que se turnan en la cacería. Cuando la que se encuentra activa comienza a vaciar su carga de sentido, otra de las de su repertorio personal toma la posta. La idea retirada, mientras tanto, se recarga y fortalece hasta que algún hecho detonante la vuelve a poner en circulación: una palabra, una noticia del diario, un comentario casual que nada tiene que ver con el perseguido.  

Este suele ser atacado, también, por ideas parásitas. Ideas que, en realidad, no tienen nada que ver con lo que él es, sino con lo que no quisiera ser. Estas ideas, como las otras, las persecutorias, son productoras de culpa. “Ese no soy yo”, suele decirse el perseguido cuando una idea parásita lo invade. Y, efectivamente, no es él, es otro. Pero su yo auténtico nutre con su propia sustancia los parásitos que devoran su cerebro. ¿Cuál es el alimento del que se nutren? La culpa, y la energía que el perseguido emplea para librarse de ellos. 

La huida del perseguido se da en dos planos: el interno y el externo. Ir hacia un recuerdo o provocar una sensación de calma usando la respiración son algunas de las formas internas de huida que utiliza. Involucrarse hasta el olvido de sí mismo en la lectura de un libro o en una carrera en el parque son formas de huida externas; las más eficaces, por cierto. 

En cualquier caso, las formas internas y externas de huida no pasan de ser conatos, intentos inacabados, fracasos, pues el que huyendo de las ideas que lo persiguen logra, efectivamente, disolverse, hacerse uno con las actividades que realiza y el ambiente que le rodea está salvado. Hasta allá, a menos que encarnen en una figura sustitutiva, no pueden seguirle sus perseguidores. Ellos son habitantes de las cavernas y los túneles de la mente. Gnomos, trasgos. Imágenes de la culpa y el miedo sin objeto. 

Sus perseguidores pueden estar a su alrededor, ser sus conocidos; pero, y esto es lo absurdo de la situación, no saben que lo están persiguiendo.

El problema del perseguido no está en los hechos, sino en la idea que este se forma acerca de sus consecuencias. La angustia del perseguido, aunque se sienta pecador, no tiene un contenido moral, sino un contenido social: la publicidad de la falta. El sentimiento de persecución es la forma que en su mente adopta una posible sanción social. Al huir de sus ideas, él huye de los otros, que no siempre tienen una identidad definida. 

Sus perseguidores pueden estar a su alrededor, ser sus conocidos; pero, y esto es lo absurdo de la situación, no saben que lo están persiguiendo. De modo que el sufrimiento psíquico del perseguido tiene como objeto lo que no es.  

Las consecuencias físicas de la idea persecutoria pueden mantenerse pese a que el perseguido no sea consciente de su presencia. Esta actúa a escondidas desde el inconsciente y adquiere la forma de un malestar vago sin causa definida. El malestar, si se intensifica, vuelve al perseguido a la idea temporalmente oculta y mantiene su atención despierta. 

Sentirse perseguido es estar alerta, pero no a lo que ocurre en el momento presente, sino a lo que puede ocurrir, siendo que, en realidad, no hay ninguna posibilidad de que lo que espera el perseguido suceda en el momento actual.  

La energía psíquica que el perseguido gasta en la vigilia es inmenso. Lo agota. Y, sin embargo, no logra descansar. Si pudiera, piensa, abrirse el cráneo y sacar de ahí su cerebro desequilibrado y ponerlo a un lado, qué descanso tendría, qué alivio le daría quedarse vacío.  

Las ideas persecutorias forman nudos en distintas partes de su cuerpo, dentro. Y el perseguido solo puede zafarlos si consigue olvidarse por completo de las ideas que le persiguen, si deja, por tanto, de ser el centro de atención de sí mismo.  

Puesto que está volviendo constantemente sobre sí mismo, el perseguido es un ser hiperreflexivo. Y la hiperreflexión constante lo ata, lo anuda, lo asfixia. Escapar o, mejor aún, sanar, es desenredarse, desenrollarse, desenvolverse. 

El sentimiento de persecución es una forma excesiva de tenerse a sí mismo, de apretarse en un puño. Tanto, que el individuo no puede tener nada más que no sea él, y ni siquiera estar donde está. No, él no está en ningún lugar más que en sí mismo y el puño que lo tiene se cierra hasta que le impide moverse con libertad en su mente: esa mano cerrada, ese puño que lo asfixia.  

Vivir en un sentido pleno es salir al mundo, volcarse en él, fundirse con él: gota en el mar de aguas indistintas, grano de arena en el desierto. El que no logra dar ese paso termina encontrándose consigo mismo en un estéril juego de espejos. 

¿Pero cuál es el meollo de todo esto? El miedo. Y si aparece como miedo a una fruslería o miedo a nada, o miedo al miedo, es porque se trata de un miedo fundamental: el miedo al sufrimiento.  

Así, el ensimismamiento del perseguido es protección frente a un sufrimiento posible. Y esta protección revela su incapacidad para aceptar la inevitabilidad del dolor. Él no quiere sufrir ni enfrentar aquello que le puede provocar sufrimiento. Y en el intento de protegerse sufre. La sabiduría, tal vez, no consista en otra cosa que en la aceptación del dolor como un componente esencial de la vida. No hay vida sin dolor. Y el que no acepta esta evidencia termina encerrado en el círculo de la persecución. 

2

La mayor parte del dolor psíquico que sufre el perseguido es producto de su ideación del futuro, es decir, de la irrupción del futuro imaginado en el presente. La imaginación, en consecuencia, se impone a la acción y el perseguido más que vivir el presente lo padece. 

La paradoja del sufrimiento psíquico del perseguido y, quizá, de la mayoría de personas, es que la irrupción del futuro imaginado en el presente vuelve su vida ilusoria. Su estado actual depende de una figuración que concentra todo su interés y lo desvincula del momento y las circunstancias en las que se halla localizado.  

El perseguido alerta siempre a lo que puede venir, vive distraído, desentendido de la vida presente y de todo lo que le rodea, excepto del sufrimiento que él mismo se ha provocado. La mente es pesimista, así que resulta más fácil hacerse infeliz que feliz, incluso si las circunstancias de la vida de un individuo, sobre todo si es un perseguido, son mayoritariamente favorables a él.  

Ahora bien, si el perseguido es al mismo tiempo el perseguidor, queda claro que debe encontrar la manera de protegerse de sí mismo. Algo muy difícil cuando su sufrimiento deriva de una falta ética y cuando, por tanto, se ve obligado, para superarlo, a perdonar su falta. ¿Será cierto, como dicen, que el que se perdona una vez termina perdonándose siempre? 

Ilustración generada con IA /Firefly

Él sabe que los hombres no son ángeles. Y sobre este convencimiento y las circunstancias en las que se dio su falta, llega a veces a perdonarse, pero, aunque las posibilidades sean muy remotas, teme ser juzgado por los otros, y sabe que la masa farisaica no perdona. Esta sensación de amenaza la vive también en relación con faltas que no tienen un componente ético. En ambos casos sufre anticipadamente, en ambos casos corre. 

Quizá, efectivamente, las amenazas que percibe lleguen un día a concretarse y tenga que sufrir sus consecuencias. Pero sufrir la víspera es pretender que la autopersecución puede evitar que la amenaza se concrete. Cuando se persigue a sí mismo, el perseguido cumple dos objetivos: pagar por el error cometido con el sufrimiento anticipado y conjurar el sufrimiento posible, que estima mayor que el actual. 

Él sabe que los hombres no son ángeles. Y sobre este convencimiento y las circunstancias en las que se dio su falta, llega a veces a perdonarse.

Toda culpa requiere expiación. Y lo que experimenta el perseguido es la dinámica, la economía de la culpa. Mientras más sufre más demuestra que merece el perdón. El suyo, en primer lugar. Sufrir por una falta ética equivale a demostrar que el sufriente es un ser recto. Pero el perseguido no se engaña. En el fondo sabe que el problema no es ser recto, sino que lo otros sepan que no lo es, el mayor problema es ser descubierto. Ese es su temor. Ese es su dolor. Aunque, al mismo tiempo, sepa que en la economía de la culpa su saldo total es favorable y en ese convencimiento se sostenga.  

El dolor es inevitable y el que corre no escapa de sus garras, va a su encuentro. Pero hay dos tipos de dolor: el necesario y el innecesario. El primero es el que se nos impone, la muerte de una persona querida, por ejemplo; el segundo es el autoimpuesto. 

Se trata este último de un dolor que no obedece a una causa real o que, como efecto, resulta desproporcionado a la causa que lo ha producido. Este dolor, desproporcionado en intensidad y duración, proviene del miedo al dolor: el sentimiento que domina la persecución.  

La desproporción del dolor hace de la persecución una carrera interminable, que solo podrá acabar cuando el perseguido acepte que el mal es una forma de la vida -no toda la vida-, y que no puede permitirle ocupar el espacio correspondiente al bien y al bienestar. En saber hacer esta separación consiste la madurez, el arte de vivir. 

El dolor y el malestar son parte de la vida. Hay que enfrentarlos y sufrirlos. Eso es lo natural o, si se quiere, lo sano. Lo enfermizo, en cambio, es incorporar el sentimiento de dolor y malestar psíquico a las condiciones de bienestar, es decir, a aquellas circunstancias que deberían permitir a una persona disfrutar del momento presente. El perseguido, según esto, es aquel que no sabe estar bien. Aquel cuyos sentimientos no se corresponden con su entorno, su situación profesional o familiar, y las posibilidades de disfrute que sus circunstancias personales, familiares y sociales le ofrecen.  

Como no sabe estar en donde está, el perseguido corre. Y en su carrera vuelve del exterior al interior, donde no logra hacer otra cosa que rumiar las ideas que lo obsesionan y luchar contra ellas. La persecución, entonces, adquiere el carácter de guerra interna. Una guerra que lo debilita y le conduce a ver como amenazantes y dañinos sucesos y acciones inocuos o de mínima peligrosidad para su bienestar. El perseguido es tremendista. Y el tremendismo es otro de los indicios del miedo excesivo al dolor que representa la condena social. El miedo a la condena social es un miedo atávico y muy poderoso, porque el exilio, después de la muerte, es el peor castigo al que, desde antiguo, podía ser condenado un hombre.  

El temor a la sanción social, de otro lado, puede obedecer a la valoración excesiva que el perseguido hace del interés de los otros en su persona.

El desajuste, en todo caso, obedece a la capacidad de lo mínimo para alterar de manera significativa el funcionamiento psíquico total de una persona, en razón de que el cerebro es un sistema caótico. Los ataques de ansiedad que padece el perseguido por eventos que otra persona puede manejar sin complicaciones y la repetición constante del ciclo persecución-huida son ejemplos de lo anterior. 

Aunque, para librarse de este padecimiento, el perseguido llegue a ser más flexible en el cumplimiento de las normas de su orden ético, esto no le libra de una posible sanción social. Sus razones para el quebrantamiento de unas normas que pueden coincidir con las que prevalecen socialmente no son las razones del público ni del clan.  

El temor a la sanción social, de otro lado, puede obedecer a la valoración excesiva que el perseguido hace del interés de los otros en su persona. El narcisismo, por tanto, sería otro de los factores que promueven la dinámica de la persecución. 

Dejar de huir es volver al presente. Y estar en el presente es estar fuera de uno mismo, integrado al mundo. El perseguido no sabe estar más que consigo mismo sin lograr, empero, integrar sus yoes escindidos. Y es incapaz de hacer una valoración adecuada de los hechos y de su experiencia. Sobrevalora el alcance negativo de algunos de ellos y privilegia sus consecuencias improbables y hasta imposibles, siempre que sean funestas, sobre las más probables, siempre que sean neutras o menos dañosas. 

Muestra una mayor capacidad para disfrutar de la vida aquel que la toma como viene que aquel que, esperando que venga lo que teme, la vive pensando en lo que puede venir. Este acostumbra enfrascarse en la culpa y vivir culposamente el presente, como si estuviera haciendo uso de bienes que no merece y de los que, por tanto, le es ilícito disfrutar. 

Pero el perseguido no tiene, para vivir, más que el momento en el que se encuentra y en el que transcurre, pues él también es tiempo: tiempo sensible, tiempo encarnado. Razón por la cual, se perciben en él las huellas de su paso. Él es el tiempo visible.  

Persuadirse a sí mismo hasta que esas razones se conviertan en certezas, hasta que llegue a creer en ellas es el objetivo.

El perseguido ha llenado el futuro de males, lo ha colocado en el lugar del presente, y ahí se ha instalado. Vive, así, en un tiempo que no le corresponde, fuera de su tiempo. Y no solo porque ha colocado al futuro en el presente, sino también, porque ha retrocedido emocionalmente a la infancia: la época de los grandes terrores, de los miedos irracionales. Esos miedos que no se aplacaban con razones, sino con la compañía: la presencia física de alguien poderoso como el padre, la madre o la luz. Ahora, esa figura no existe. Ahora, debe batirse solo con los fantasmas y terrores que él mismo ha creado, que él mismo ha tejido con el hilo de las razones y que debe deshacer con razones, porque ya no es un niño.  

Persuadirse a sí mismo hasta que esas razones se conviertan en certezas, hasta que llegue a creer en ellas es el objetivo. No es fácil, acostumbrado como está a obedecer únicamente las razones de la negatividad. Y, sin embargo, la disputa no es entre optimismo y pesimismo, sino tan solo entre lo adecuado y lo inadecuado al momento, entre el sufrimiento estéril por lo no sucedido y el enfrentamiento activo de los problemas cuando estos se presentan: “No os preocupéis del día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas”, se dice en Mateo 6:34. Y es que, en realidad, no hay nada más. Y nuestra vida, mirada como transcurso, es una sucesión, más larga o más corta, de presentes, como dijo Camus; pero en esencia es la que disfrutamos o padecemos ahora. La duración, por tanto, no tiene más que un sentido estadístico.  

La mente del perseguido, que escapa a un futuro imaginado, está actuando ahora. Y lo hace sin fijarse en lo que tiene delante, en las solicitaciones del día. Va en busca del dolor, lo encuentra en el futuro, y lo padece en el momento actual.  Mientras tanto, desperdicia las posibilidades de disfrute que ese momento le ofrece y descuida las tareas y luchas del presente. 

El perseguido no deja de correr y no deja de llegar al mismo sitio: el del sufrimiento. Si se detuviera, las ideas que lo persiguen pasarían de largo. Y él ya no tendría que escapar. Situado en el presente viviría lo que en el presente le toca vivir. “Anda, pues, come tu pan alegremente y bebe gustoso tu vino (…) Goza la vida con la mujer que amas, todos los días de tu vida fugaz, pues esa es tu parte durante todo el tiempo que te afanas bajo el sol”, dijo el Eclesiastés. 

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias