¡Cuídate, España, de tu propia España!
El articulista José María Lassalle escribió el 17 de febrero en diario El País de España, un artículo cuyo título es este verso de un poema del enorme, universal poeta hispanoamericano César Vallejo. Lasalle se explaya así, poética y políticamente:
“Nos hemos feudalizado bajo una democracia de taifas partidistas que guerrean entre sí sin concederse la menor tregua”; y llora con Vallejo, el poeta que lo dijo todo sobre nuestra condición humana, demasiado humana…
En el poemario “España, aparta de mí ese cáliz”, alguien que nos conocía bien y /¡nos?/ quería desgarradoramente, el poeta peruano César Vallejo nos previno de /contra/ nosotros mismos. Lo hizo, además, en plena Guerra Civil.
“Deberíamos releer sus versos en voz alta cuando nos levantamos cada día antes de escuchar las noticias y las tertulias, y recalcar las exclamaciones que dejó grabadas en el papel mientras miramos el panorama que ofrece actualmente nuestro país y las frustraciones colectivas que acompañan los malestares desatendidos por “hunos y hotros”.
Los hunos y los hotros vallejianos o lasallanos están aquí, plasmados en una grafía irreverente e impertinente, como a menudo lo es para nuestro egoísmo la libertad de los hotros...
A flor de piel repitámonos una y mil veces para nosotros mismos, aunque no seamos España, este recordatorio poético de Vallejo, no porque lo sugiere Lasalle, sino porque, en rigor, por estos altos y profundos Andes, en esta España estamos todos: es una nuestra lengua, nos tocan y llaman los mismos poemas; nos pertenecen todos los poetas, Machado y Hernández, y Borges y Vallejo, ¡y tantos más, tan ellos, ricos, sabios, distintos!
Repitamos, oigamos y apliquémoslos a nuestra política, a su imposibilidad de prever; a un gobierno —el gobernante y sus incontables corifeos— que no solo no alcanzan a entender el país, sino que ni siquiera lo intentan: intentarlo habría exigido dejar de lado los intereses perfecta y dolorosamente individuales que les guían y les impiden mirar a fondo la desgracia común e intuir, al menos, alguna posibilidad de redención.
La improvisación, curiosamente, está siempre ‘a su favor’, mientras anula las posibilidades de construir la Patria que anhelamos y necesitamos. Ellos ansían manejarlo todo, y hacen cuanto se ofrece para lograr que este todo esté ineludiblemente a favor de sus bolsillos y los de su círculo cercano.
Son incontables los ataques a la poca prensa libre que aún nos queda, como si el gobernante y sus adláteres no la necesitaran para entender el país, y porque, manifiestamente, no les interesa entenderlo. El poder judicial carece de sustancia; se halla en manos y mentes de jueces a los que poco importa mantener lo que, según ellos, ha de mantenerse, cambiar lo que ha de cambiarse para favorecer la mentira, el dinero, el poder. ¡Pobre, infeliz poder!
¿Es democracia esto que vivimos? No. No lo es, definitivamente. Paladeamos la certeza cotidiana de la falta que nos hacen demócratas auténticos, enamorados de su trabajo y de su patria.
¡Esa Asamblea, Dios santo, empezando porque en ella nadie o casi nadie merece la mayúscula! Si alguien entendiera algo más allá de su propio y único punto de vista, comprendería que el desgarro entre Gobierno y pueblo, pueblo y Gobierno es común y más hondo de lo que parece a sus ojos entrecerrados.
Somos demasiado callados, demasiado resignados, y apenas podemos contar con la opinión del pueblo pueblo, que parece no tener ninguna. El sufrimiento, la tristeza consuetudinaria de la que no nos hacemos cargo, la negamos o no entendemos es su pan. La preocupación por lo cotidiano es todo: comer hoy y ojalá alguito bueno, que dure en la barriga hasta mañana…
¿Hay algo más triste que un pueblo que apenas se da cuenta de que existe, de que tiene derechos? Sí, la explotación, por los ‘propios’ de esta ignorancia: “¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo, / negárate tres veces, / y del que te negó, después, tres veces!”
¿Qué más, Vallejo? ¿Cómo y para qué nos dices:
“¡Cuídate de la hoz sin el martillo, / cuídate del martillo sin la hoz! / ¡Cuídate de la víctima apesar suyo, / del verdugo apesar suyo/ y del indiferente apesar suyo! /¡Cuídate de las calaveras sin las tibias, / y de las tibias sin las calaveras! / ¡Cuídate de los nuevos poderosos! / ¡Cuídate del que come tus cadáveres,/ del que devora muertos a tus vivos! / ¡Cuídate del leal ciento por ciento! / ¡Cuídate del cielo más acá del aire / y cuídate del aire más allá del cielo! / ¡Cuídate de los que te aman! / ¡Cuídate de tus héroes! / ¡Cuídate de tus muertos! / ¡Cuídate de la República! / ¡Cuídate del futuro!?”.
Vivimos en trance de cuidarnos de nosotros mismos, y el articulista Lasalle se explayó a nombre de todos, pues Vallejo, poeta de español inimitable, irrepetible, sirve en nuestro mundo, en estos malos tiempos, para llorarlos y llorar.
Mientras tanto, nuestra realidad está atravesada por la inmensa desgracia del paso de la droga a como dé lugar por nuestras venas, por nuestro llanto, por nuestro mundo…
¿A dónde iremos a parar, qué hacer?: “¡Hay, hermanos, muchísimo que hacer!”.
