Los últimos hechos de violencia en México, luego de la captura y eliminación del Mencho, tiene en ascuas a la FIFA y al universo futbolero del planeta. Hay graves indicios de que la realización del evento deportivo sería inviable no solo en los territorios narcos, sino en el resto del país.
Claudia Sheibaum está haciendo malabares y contorsiones para enviar al mundo entero un mensaje de seguridad que solamente siembra dudas. Porque los enfrentamientos del pasado domingo demostraron que el Estado no tiene control sobre amplias zonas de México. En esas condiciones, ofrecer seguridad para un acontecimiento que implica la movilización, la diversión y el entretenimiento de miles de turistas luce cuestionable. No se trata de un asunto de voluntad, sino de realismo.
Durante el mundial de Brasil en 2014, llamó la atención la tranquilidad con la que la gente se podía desplazar por ciudades conocidas por su violencia e inseguridad. Sao Paulo o Río de Janeiro sobresalían por su calma. Miles de aficionados llenaban calles, plazas y bares frente a un televisor sin temor a ser asaltados o agredidos.
¿Cómo explicar este milagro? Según comentaban los entendidos en la materia, resulta que las autoridades de cada Estado lograron un pacto con los jefes de los principales grupos criminales locales para frenar la violencia durante el mes que duró el mundial. Todo el mundo quería disfrutar el mayor evento deportivo del globo. A fin de cuentas, mafiosos, delincuentes y narcotraficantes también son fanáticos del fútbol. El acuerdo fue que estos mismos grupos se encargarían de controlar a los delincuentes menores a fin de garantizar la seguridad en los espacios públicos.
No sé si la información sea verídica, pero a la luz de las evidencias, parece que en efecto el pacto se dio y funcionó. Una vez concluido el mundial, todos los contendientes e involucrados desenvainaron otra vez las espadas.
Al parecer, esta sería la única estrategia viable para que el gobierno mexicano asegure la realización del mundial de fútbol en su territorio. Porque apretarle las tuercas a los carteles solamente provocará una reacción aún más desenfrenada que la del domingo 22 de febrero. Ese día el mensaje no pudo ser más claro: no solo podemos enfrentar a la fuerza pública en igualdad de condiciones, sino que podemos conmocionar al país.
Entiendo que cambiar de sedes a estas alturas es complicadísimo. Solo basta pensar en los miles de entradas adquiridas, las reservas de vuelos y hoteles o los servicios instalados para la ocasión para darse cuenta de la catástrofe económica, social y emocional que se produciría. Y si trasladan las sedes a los Estados Unidos, el impacto será demoledor. Por un lado, muchos aficionados no tendrán los recursos ni las condiciones para desplazarse a ese país (empezando por la obtención de una visa); por otro lado, los aficionados latinoamericanos preferirán ver los partidos en televisión para evitar al ICE. Tal como lo iban a hacer si se jugaban en México.
Febrero 27, 2025
