Varias voces bien informadas han registrado en estos días los detalles de cómo se iniciaron las fiestas para conmemorar la fundación española de Quito. A partir de 1959 y durante las décadas de 1960 y 1970 se incorporaron a las celebraciones algunas de sus actividades más representativas. Todas ellas surgieron por iniciativa de periodistas, artistas, empresarios y organizaciones sociales. A estas festividades, nacidas del alma popular quiteña, se fueron sumando los buenos alcaldes que han gobernado Quito, varios de ellos nacidos en otras ciudades. Pero cuando el correísmo se tomó la ciudad, sus representantes emprendieron en una apropiación y paulatina expropiación de los festejos. No para enaltecerlos ni consolidarlos, sino para debilitarlos y erradicarlos, si esto pudiera ser posible.
Cuando asumió su dignidad el alcalde Barrera, de Alianza País en ese entonces, cambió la forma de cantar el himno a Quito; a poco de dejar el cargo la oficializó. Supuestamente, el objetivo al sustituir la estrofa que marca la naturaleza mestiza de nuestra ciudad, era utilizar las frases que destacan su condición libertaria.
En 2011, a raíz de la consulta convocada por el presidente Correa, fue prohibida en Quito la realización de la Feria de Jesús del Gran Poder, una de las más importantes en la tauromaquia regional y mundial. El evento atraía a miles de turistas y constituía un incentivo para la economía local.
El alcalde Yunda, aliado del correísmo, y destituido antes de finalizar su mandato, retiró la elección de reina de Quito de la programación oficial, disque para revalorizar a las mujeres. En 2021, bajo la alcaldía de Santiago Guarderas, la elección de la reina de Quito volvió a ser parte del programa oficial de fiestas de la ciudad.
También en 2019, por la pandemia, fueron suspendidas las carreras de coches de madera, que atestiguaban las cuestas y bajadas de Quito. Posteriormente, las prohibieron arguyendo razones de seguridad.
¿Por qué tanta animadversión a estas festividades? Al parecer es para ignorar o negar la situación mestiza de Quito, la “ciudad española en el Ande” a la que Atahualpa y España la hicieron grande y la amaron. Es decir, por razones ideológicas, trasnochadas por añadidura. Motivaciones ideológicas que han servido para procrear mezquindades como la del derrocamiento de la Tribuna de Los Shyris, levantada para presenciar las paradas militares, y posteriormente los desfiles de la confraternidad. Y desde hace décadas, ungida como sitio de congregación de la protesta ciudadana y social quiteña.
Recordemos que los radicales marxistas, tras la caída del Muro de Berlín, hace 35 años, se apoderaron de agendas ajenas y de las que eran distantes, y en casi todos los casos las desvirtuaron. Uno de estas fue la de las identidades, cuya comprensión la simplificaron al descomponer sus componentes simbólicos y su dinamismo celebratorio, como argüía Stuart Hall, uno de los fundadores de los estudios culturales. Por eso su obsesión de negar la mayoritaria condición mestiza de los quiteños.
Pero, el mestizaje es tan inherente a la quiteñidad y a la ecuatorianidad que hasta el agasajo suspendido estaba protagonizado con el “chancho pillo”, según lo denominaron algunos concejales de Quito. Estaba incorporado el hornado, plato mestizo por excelencia porque combina sabrosamente el cerdo, las papas, el aguacate, el mote y la lechuga. La diversidad cultural es innata en nuestra identidad. ¡Viva Quito!
