«Nadie sabe exactamente cuáles son los límites de este país. Pero quizás es este horizonte de ponchos que enrojece el final del verano. Tal vez el indígena es un país y es el único que piensa en todos. Quizás solo ellos nos quieren como nunca sabremos querer a nadie, por eso vinieron a darnos luchando, a darnos pidiendo (nunca un gerundio tuvo tanta sangre), a darnos muriendo«
Miguel Ángel Zambrano Orejuela
Dos helicópteros sobrevuelan el parque La Carolina, se alejan dejando una estela de indignación entre los participantes en una marcha pacífica y silenciosa. Cientos de mujeres, hombres, estudiantes y personas de la tercera edad, con esparadrapos en la boca, portando carteles rechazando la represión en Otavalo, todos contemplando con tristeza la garúa que avanza entre arupos, cedros, sauces y nogales. El silencio se convierte en un grito extremo, en una provocación al poder, en una de las pocas formas que le quedan a los quiteños para expresar su ira.
Mientras escribo este artículo, escucho el zumbido de las hélices de otro helicóptero bordeando la zona del Hotel Quito. Siempre que veo helicópteros militares sobrevolando población civil lo asocio con Hanoi, la mítica ciudad vietnamita donde se dio la mayor resistencia de un pueblo de campesinos frente a una potencia fascista. No estamos en Indochina, pero sí en una país fracturado donde el reconocimiento del Estado multicultural y pluriétnico es solo una quimera. Estamos gobernados por un presidente racista y clasista que no dialoga con comunidades campesinas, pero que sí lo ha hecho y lo seguirá haciendo con bandas de narcotraficantes.
Esta ha sido una semana muy triste en Imbabura. Hace cinco días los comuneros de Otavalo, Cuicocha, Peguche, Zuleta, Pucará, armados de coraje y amor a su tierra, fueron reprimidos por el ejército que, utilizando helicópteros, tanquetas, motos y miles de soldados armados hasta los dientes, repartieron gases, toletazos y bala.
El saldo del “convoy humanitario”: dos comuneros asesinados, decenas de heridos y desaparecidos. José Alberto Guamán y Rosita Paqui, dos agricultores, miembros de comunidades indígenas de Otavalo, que producen a diario nuestros alimentos, salieron a protestar por el alza del diésel ordenado por Daniel Noboa. Lamentablemente, al igual que en el caso de Efraín Fuerez, perecieron en una lucha desigual, donde la cobardía del gobierno y su ejército no tiene límites.
El nuevo Ecuador, ha quedado reducido a un eslogan, la promesa de Noboa de no aumentar el precio del diésel fue una mentira más del magnate del banano que viola derechos humanos a diario. Una cifra para sintetizar tanta felonía: en menos de dos años del actual gobierno se han producido más desapariciones forzadas que en todo el gobierno de Febres Cordero.
Para Noboa, los indígenas son el otro, el enemigo interno, la fuerza política que rompe su guion mediático. El gran amigo de Netanyahu y de Trump no conoce la lógica de las comunidades indígenas, en el fondo les teme. Solo posee la fuerza para someterlos, pero ellos están más allá de su raciocinio fascistoide. En Ecuador existen alrededor de cincuenta comunas indígenas que han resistido durante cientos de años invasiones y represión, de españoles y criollos. El actual dictador sólo es uno de los tantos encomenderos que quieren imponer a sangre y fuego, ya no los designios del rey de España, sino las órdenes del FMI. Este momento, Daniel Noboa se ha mostrado tal como es, un oligarca autócrata que solo es respaldado por el ejército, las élites económicas y un sector de la clase media. Aunque después de tantas contradicciones y errores, las fisuras dentro de estos grupos se empiezan a dar porque Noboa ha perdido el control de todo el país y porque termina siendo un mal negocio para la oligarquía. En 2025, la inversión extranjera no alcanzará ni el 0,3% del PIB y el número de muertes violentas llegará a 10000 personas.
Siguiendo su narrativa estigmatizante, ha acusado a los indígenas que protestan de ser terroristas; el gobernador de Guayas los acusó, veladamente, de ser los autores del estallido de un coche bomba en la zona comercial de Guayaquil. Desconocimiento absoluto de los pueblos indígenas, comunidades de naturaleza pacífica, siempre vinculadas por actividades solidarias como la minga, el trueque, la pamba mesa, el ayllu, el carnaval. Son pueblos mucho más integrados, con un sentido de identidad cultural poderoso y un respeto sublime por la naturaleza.
Tenemos un gobernante que solo es capaz de enfrentar con su ejército a pueblos desarmados y humildes, pero que prefiere no ingresar a zonas donde las bandas de narcotraficantes, muy bien apertrechadas, controlan vastos territorios. El único argumento y sonsonete que repite hasta el cansancio es que la actual constitución es un obstáculo para enfrentar a los GDO. Lo cierto es que, en la Sierra, su ejército realizó un despliegue gigantesco para reprimir a comuneros que ejercían su legítimo derecho a la resistencia y a la protesta y que no tenían armas de fuego. A mí no me representa el ejército, ni el presidente de cartón de Carondelet y peor las corporaciones mediáticas que distorsionan la realidad. Yo me siento identificado y con una deuda moral infinita con los pueblos indígenas que se han enfrentado durante siglos a los grupos más despóticos que han gobernado a este país imaginario atravesado por la línea equinoccial.

