Los ataques a Daniel Noboa por parte de los correístas responden a la capacidad del presidente para responder golpe por golpe. Para el correísmo el uso de la violencia, de la trasgresión de la ley, de la utilización de las instituciones con fines partidistas, era y es una prerrogativa de quién ejerció la presidencia como jefe de todas las funciones del Estado. Los que resistieron ese uso despótico del poder fueron los acusados de violencia, de irrespeto, de violar la ley y, de inmediato, de ser colocados al margen de la ley.
Ahora esos correístas son los que acusan a Noboa de ejercer la violencia, de ir en contra la ley, de abusar de su poder y de haberse convertido en dictador… ¿Por qué? Por atreverse a defenderse, a no quedarse inmóvil frente a los ataques de sus opositores. Y por no dejarse acorralar por una institucionalidad hecha a la medida de los intereses y objetivos correístas. ¿Esa institucionalidad, confeccionada para asegurar el poder del correísmo y de sus usufructuarios, cabe respetarla, como tampoco lo hacen los correístas?
Alberto Acosta Espinosa, quien presidió la última Asamblea Constituyente, en una entrevista con diario Expreso se lamenta porque quien impulsó la Constitución de Montecristi, declarándola la mejor del mundo, se haya convertido en su “principal violador”.
En nuestra historia política reciente, quienes golpearon y no encontraron la misma respuesta en sus oponentes salieron airosos, poniendo a la democracia a la defensiva. Aquel debate entre León Febres Cordero y Rodrigo Borja, cuando el primero retó al segundo con esa frase “míreme a los ojos” influyó sobre el resultado de la segunda vuelta, porque no hubo una respuesta del mismo calibre. La cultura política ecuatoriana valora el estilo de desacreditar y menoscabar al adversario.
La democracia sufre de la simulación como debilidad congénita. Los que se sienten dueños del pueblo y sus representantes se creen con el derecho a irrespetar la ley. Quienes no son considerados como provenientes del pueblo pierden el derecho a ejercer el poder., bajo la premisa de que son servidores de la “oligarquía”. Ellos los que se dicen venir del pueblo no demoran en forjar nuevas oligarquías apropiándose del Estado. A esto abona otra debilidad congénita en la que el respeto a la ley y a la diversidad de opiniones de partidos e ideologías aparece como una debilidad. Y los que enfilan su acción en contra de los derechos y garantías constitucionales se imponen sobre los que practican esos principios democráticos, vengan de donde vengan.
Las revoluciones del siglo XXI se valieron de la democracia para captar el poder. Los ejemplos de Venezuela y Nicaragua revelan que Maduro y Ortega se valieron del arte de simulación para aparentar ceñirse a las normas democráticas. El correismo no ha ocultado su simpatía por esas prácticas y regímenes y con desfachatez endilgan al actual presidente Noboa actuar como esos tiranos.
El doble discurso del correísmo abarca temas como la dolarización, a la que simulan defender, pero sin abandonar el propósito de establecer los ecuadólares. También hoy condenan la disposición del CNE de prohibir el uso de los celulares en el ejercicio del voto, cuando ellos en elecciones pasadas, mientras ocupaban el poder, impusieron esa prohibición. A las poblaciones y nacionalidades indígenas, Correa las vituperó: hoy su candidata, Luisa González, simula un acercamiento a la CONAIE por cálculos electorales. Leonidas Iza se presta a esta tramoya dando las espaldas a sus representados.
Lo que hoy está en juego en la segunda vuelta es si la democracia sobrevivirá. O se producirá la conculcación de este régimen, reemplazándolo por uno tipo Venezuela o Nicaragua. Ortega y Maduro fingieron patrocinar elecciones libres; sintiéndose dueños de la democracia no vacilaron en dar el siguiente paso: adueñarse del poder, despojándole al pueblo de su condición del gran decisor de los destinos de sus países. Ortega y Maduro, consumado su atraco, expiden Constituciones que instauran el poder omnímodo de los usurpadores del poder, mientras sus pueblos padecen de hambre y de falta de libertades.
Correa, hoy, quiere una nueva Constituyente para que dicte una Constitución que garantice su impunidad. No hay ninguna razón para creer que Luisa González no vaya a complacerle.

