“(En un bosque urbano, al borde de una quebrada con su río, cobijado por una gran capa, un anciano indigente y ciego está sentado, apoyado contra un árbol, inmóvil. Mira al frente, tan sólo mira al frente. Un niño, indigente también, entra a escena. Juega. Parece que trata de llamar la atención del anciano).
El niño llama la atención del viejo, se le acerca, le pregunta; se da cuenta de su ceguera, aunque entiende que si sabe que él está ahí es porque oyó su voz y su palabra empieza a cambiarlo todo. Todo es un añoso tronco, contra el cual un viejo solo y cascarrabias, miserable en su vieja capa rasgada y hostil, se halla apoyado. Están el árbol raído que ya fue, y el viejo, entre los jirones de su vestimenta.
La palabra del niño no, sino la palabra del longuito maltón, como decíamos en nuestra Cuenca de hace añísimos, aunque no sea su palabra lo que oímos, sino un llamar a gritos, un inquirir ansioso acostumbrado a sacar de otras bocas respuestas turbias, de las que salen contra el ansia de saber y responden cuando primero te vieron la cara, te despreciaron y gritaron, y que son casi siempre solo voces, solo expresión, clamor.
El guambrito gritón es movedizo, soñador, miserable de la pura pobreza, pero empieza a cambiar cuando el viejo decide contestar como quien le pregunta. ¡Ah el paisaje interior ideal para unirse o separarse para siempre, para lanzarse desde el escenario hacia la indiferencia y el silencio que espera: la palabra!
Porque la soledad es también búsqueda; es vida, sueño, posibilidad dicha o callada. Desarmonía y armonía, desesperanza y esperanza. Nada más. Nada menos. Tal es el comienzo del pequeño poema, una historia ordinaria, pues está, por desgracia, dentro del orden, de nuestro orden, y sus héroes -antihéroes, más bien- se hallan entre nuestras costumbres cotidianas, esas malas costumbres que queremos olvidar y rechazamos, pues la pregunta que puede, pudo y podrá ser petición, es amenaza.
Desde nuestros hábitos, apenas vemos al otro, y si lo vemos, preferimos negarlo. Admitamos que es justo renegar del espectáculo de la pobreza y la mendicidad; pues que todo está lejos, rechacémoslo.
El trabajo precario, la escasez… Cuando muy temprano camino por Jacarandá, asisto a la espera: veo a hombres de toda edad demandando, a ver si cae un trabajito, si los guardias me avisan, si hay algo. Pero cuando la voz, la desolación ocurren en un escenario, resistimos, no nos vamos, porque hemos pagado y ‘no nos queda de otra’. Esperamos, porque desde la escena apenas va a tocarnos.
El autor de esta pieza singular, sencilla y terrible por cierta, en la que se entrecruzan teatralmente viejo y niño con tal autenticidad que el público acaba por verlos con los ojos del alma- el autor, decía, nos entrega desde la escritura, primero, y desde su propio cuerpo y desde el cuerpo del niño, después, dos vidas perfectamente tristes, verdaderas, aunque preferiríamos mil veces que solo fuesen ficticias, que nunca hubieran sido, que nunca más volvieran a ser.
Genoveva Mora Toral, crítica e investigadora de artes escénicas, directora de la revista El Apuntador, ante la estética, la belleza rotunda, triste y profunda de la representación del “Poema de Navidad” de Alfredo Espinosa, el viejo ciego que con su hija María del Mar -el muchachito rebelde que anda en busca de un alguien o un algo en los que apoyarse para seguir siendo- Genoveva Mora, decía, escribe: La obra trasciende, en primer lugar, el vínculo familiar, así como toda esta Navidadcrasia instalada en el mundo nuestro, esta suerte de toma y daca entre la caridad y el negocio. Porque el autor dramaturgo hace un retorno al origen, … al principio, al amor, y lo consigue desde la palabra con un lenguaje profundamente simple y al tiempo, muy potente. En escena las palabras cobran vida, … se vuelven cuerpo; sabiendo que este debe ser uno de los propósitos del oficio que, por supuesto no siempre se consiguen, y es la razón por la que anoto esta presencia completa; cuántos textos han recorrido la escena sin dejar rastro; creo que el logro de El viejo, el tiempo, el niño y el viento va más allá de ese tiempo escénico; nos toca profundamente y sigue latiendo al dejar la sala.
Lo cierto es que a través del incipiente diálogo, de la palabra dicha entre los dos (pues la vida tiene que darse, al menos, entre dos) se obra el milagro de una ardua y definitiva amistad.
La obra late en nosotros todavía; ya pasó casi un mes desde las dos representaciones a las que asistí en el querido Patio de Comedias. Quise escribir sobre esa dura emoción, esa tristeza honda de dos presencias queridas pero ajenas, de dos llamadas desde el escenario en el cual representaron la que habría podido ser su propia vida y como si lo fuera, tal fue su involucramiento en los dos personajes terribles, distintos.
Pero mi intimidad con los actores, los dos rebeldes, buenos, no solo él como escritor de la historia, sino como mi hijo, y ella —el muchachito de la escena con carita indecisa y dientes negros, apelotonado y feo su pelo ¡ay!, y tan real, que durante hora y media olvidé que era su hija y mi nieta tremendamente actriz— como marcada por todo un destino.
Genoveva, nada susceptible a alabar en vacío obras vacías, escribió que en escena las palabras cobraban vida, literalmente, se volvieron cuerpo… Sí, las palabras se volvieron cuerpos -esos ‘algo’ que ningún espectador fiel puede negar por ‘tangible, material y concreto’.
Ayer y hoy también me parecía imposible traducir mi sensación sobre cómo las palabras en la escena no solo traslucieron y palpitaron desde la realidad de los míseros cuerpos, de las rotundas expresiones de los rostros, sino que fueron ellos. Él, el ciego, harto de haber vivido —quizá de haber nacido un día en el mal mundo en el que le tocó ser—, y el niño con sus preguntas que suscitan tantas inquisiciones y versan también sobre su propia vida. Y las respuestas o el silencio que responde, que llama al reconocimiento de los errores por los que se paga, como confesará el viejo, sin drama en medio del drama, sin exageración, en medio de la pena. Y quizá los errores del niño.
Hoy está aquí mi palabra de madre y de abuela, y no solamente: mi palabra de público, de espectador, de asistente, esta pobre palabra que no sale, pues es la del que, emocionado, acaba de ver algo indecible…
Salimos de la sala sin mirarnos. Nos invade cierta turbación: mostrarla o compartirla puede avergonzarnos: hay, sin duda, muchas razones para que la presentación de esta obra nos avergüence, sin impedirnos soñar.
Porque el acontecimiento teatral es aquello que sucede en escena, y que mientras ocurre, transforma, dice Genoveva. Sí, este acontecimiento humilde, casi brutal por verdadero, nos transformó: mientras algo sucedía en el escenario, algo pasaba en nuestro corazón. Al evocarlo aquí, algo sigue pasando. Lo que éramos al entrar, ya no fuimos al salir. ¿Agradecer, indignarse, negar? Esperemos, esperemos el fin.
Ahora solo es recuerdo, especie de sueño al revés que no acongoja, pero disuade. Eso que llama a realizar lo que aconsejaba Murakami: “cuando algo se esconde, debe permanecer escondido para siempre”, o como cuando algo empieza a olvidarse sin querer o queriendo. (¿Debe ese algo que nos movió, ser olvidado?).
Este pequeño poema fue dedicado por su autor a tres muchachos jóvenes que, como él lo cuenta, están privados de libertad. ¿Cuánto durará esta privación? ¿Por qué se dedica a ellos la pieza de duración indispensable para que el final incrimine y duela, para que nos rompa?
