Definitivamente somos lo que comemos. Si bien los nutricionistas repiten hasta el cansancio que nuestra salud depende de una buena alimentación, hay cada vez más niños y jóvenes con sobrepeso.
Es así que según el último sondeo realizado por la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) publicada entre 2014 y 2015, en Ecuador el 29,9% de niños entre 5 y 11 años tienen sobrepeso y obesidad. Este valor se incrementa al 62,8% en adultos. Para contrarrestar el avance de esta ‘epidemia’, han surgido diferentes iniciativas que podrían mejorar los malos hábitos alimenticios.
Uno de los más llamativos es la alimentación consciente que plantea el disfrute de los alimentos e incluso llega a plantear la posibilidad de establecer una conexión armónica con la comida para evitar las consecuencias de los excesos. Este planteamiento se contrapone con el actual ritmo de vida que llevan las sociedades modernas acostumbradas al consumo de la comida rápida. Esta práctica de alimentarse a toda velocidad, sin tener consciencia de lo que nos llevamos a la boca, supone, según la visión budista, un atentado contra nuestro organismo.
Por el contrario, el también llamado slow food, al igual que la alimentación consciente, invita a los comensales a alimentarse de manera tranquila, poniendo cuidado en la calidad de los alimentos, su procedencia y en la manera en que son cocinados. Así como hay personas que intentan alimentarse de una manera consciente, también hay quienes llevan a la práctica toda suerte de estrategias alimenticias para mejorar su salud. Hablo del ayuno intermitente que propone seguir un protocolo de alimentación durante el cual, podemos alternar entre períodos en los que no ingerimos calorías con momentos en los cuales es posible ingerir la comida como un día normal.
Sabemos que nuestros ancestros, hace 50 mil años, no comían tres veces al día; eran capaces de mantener reservas que les permitían sobrevivir durante varios días sin comer. Esto es básicamente lo que propone el ayuno intermitente: ayunar durante 24 horas y comer a voluntad durante las siguientes 24 horas. Es así que el ayuno intermitente consigue que desciendan los niveles de insulina en la sangre, sobre todo, a partir de las 16 horas ayuno, lo que promueve la quema de grasa. Si funciona o no, está por verse, pero lo que sí es cierto es que comer menos es la mejor receta para vivir más.

