No me habría atrevido a titular así un artículo mío o, de haberlo hecho, no habría sabido por dónde empezar ni hacia dónde avanzar con las palabras. Y sin embargo, los caminos inescrutables de la vida (¿de Dios?) me llevan hasta aquí, este último sábado de desamparo, infausto para gran parte del mundo, demostración flagrante de una presencia absoluta, intolerable y real: la presencia del mal…. Sí, la de una ambición y egoísmo sin medida de quien se siente el ser más poderoso de la Tierra. Mal que hoy se enseñorea de nuestras vidas y despedaza lo que vale, buscando valer él. Que acabó con la existencia de cientos de niños y niñas hasta entonces llenos de esperanza, que en la escuelita de Minab, Irán, aprendían a soñar, a vivir. Este mal tiene nombre y será, si no lo es ya, un epíteto atroz para definir a un auténtico monstruo moral.
Busquemos por contraste, el nombre de quien vivió su vida para hacer el bien.
Escribir hoy resulta un acto de justicia sobre mí misma, sobre nuestro pasado, sobre nuestra Academia Ecuatoriana de la Lengua.
La mayor parte de nosotros leímos, nos lo leyeron buenos y sensibles maestros o una feliz casualidad nos entregó un poema cuyo autor ‘desconocido’ lo llamó Soneto a Cristo crucificado; fue publicado por primera vez en 1628 y dice:
No me mueve, mi Dios, para quererte, / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido, / para dejar por eso de ofenderte. // Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido,/ muéveme el ver tu cuerpo tan herido/ muévenme tus afrentas y tu muerte. // Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, / y, aunque no hubiera infierno, te temiera. // No me tienes que dar porque te quiera, / pues, aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero, te quisiera.
Lidiaré con el tema indescifrable del amor de Dios, porque recibí como académica una invitación a la que no podía negarme. Su preparación exigió más de lo que exigen otros temas, pero trabajarlo me ayudó a penetrar en mí misma, a reencontrarme con mi infancia, en mi Cuenca. Así, si cada tema por tratar es otra forma de acercarme a mí misma, el que me impulsa hoy es particularmente conmovedor y bueno.
Ardua batalla la de entrar en el sentido y aun en la posibilidad de la vida de un ser humano que aspiró cada instante, con extrema exigencia de bondad, a vivir cara a la santidad… Porque ¿qué es la santidad?
“Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es el mismo don que nosotros hemos recibido”, explicó el papa.
Hablé en el antiguo y bello Colegio de La Salle de Quito, de un hombre declarado santo por la Iglesia Católica, el Santo Hermano Miguel. Y repito las palabras del papa Francisco que con noble sencillez se refirió al arduo empeño humano por ser cada día mejores: La santidad no es inalcanzable; es un don ofrecido para una vida feliz, y en la fiesta de Todos los Santos, se refirió a ella como a un camino que cambia nuestras vidas, si ponemos en cada uno de nuestros actos esfuerzo y responsabilidad; así unidos por el amor de Dios podremos emprender el camino hacia la santidad.
“Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es el mismo don que nosotros hemos recibido”, explicó el papa. Se trata de vivir cada pensamiento, cada acto, no solo con lucidez y en busca de lo mejor, sino como un camino inspirado por la esperanza sobrenatural, difícil y exigente ejercicio de fe.
El Santo Padre vivió convencido de que, en algún momento de nuestras vidas conocimos a personas “generosas, justas, que tomaron en serio la vida cristiana y, con la gracia de Dios, correspondieron al don recibido y se han transformado poco a poco, por acción del Espíritu Santo”, es decir, que conocimos, quizás sin darnos cuenta, a un santo alguna vez.
He aquí la cuestión primordial: Tomar en serio la vida cristiana, con propósito humano, por supuesto, y humanitario, a la vez, que aspire a trascender y trabajar a favor de los demás, en torno a una presencia que nos espera más allá de los límites naturales: que nuestra ansia de trabajar, de entregar, de crecer sea, en definitiva, el ansia de perfección de que hablaron los místicos, que nunca termina, pues cada logro de metas frágiles y cambiantes debe manifestarse hasta trascender, humildemente, en el conocimiento y aceptación de su debilidad y del trabajo por superarla a la luz sobrenatural de la presencia de Dios. Pues bien, un niño cuencano de catorce años y de pies encorvados eligió, contra la voluntad de su orgulloso padre, buscar a Dios en el Instituto de La Salle, y persistió en su entrega hasta los cincuenta y cinco años que lo encontraron en Premiá del Mar, donde murió. Así respondió al don sobrenatural al que fue fiel hasta el último instante.
El Hermano Miguel, instruido en letras humanas, las practicó en sus textos gramaticales, compendios, discusiones y trabajos pedagógicos en notable tarea vivida a la par del gran lingüista colombiano Caro, a quien conoció. La pedagogía de nuestra lengua fue para el Hermano Miguel una vocación o llamado esencial que cumplió a la luz de la fe. La Academia Ecuatoriana de la Lengua lo eligió Miembro de número cuando había cumplido 38 años.
El 9 de febrero de 1910 en Premiá de Mar, (Barcelona), en la antigua casa del noviciado, el hermano Miguel contrae una pulmonía y muere en olor de santidad. Años más tarde sus restos fueron repatriados y recibidos en nuestro país ‘con honra y júbilo’.
Inmediatamente se inició el proceso de su canonización y hoy el Santo Hermano Miguel es el único varón del santoral ecuatoriano y de lo que sabemos, ¡el único Académico de la Lengua canonizado por la Iglesia Católica!

Palabras sobre el Santo Hermano Miguel
Colegio Hermanos de La Salle
Querido director del Colegio
Queridos profesores y alumnos
Amigos todos:
Hoy ya no es solo el Hermano Miguel: es el Santo Hermano Miguel, que nació Francisco Febres-Cordero en Cuenca, el 7 de noviembre de 1854 y murió en Premiá de Mar, el 9 de febrero de 1910. Fue educador y religioso católico ecuatoriano, miembro del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
El niño Francisco Febres Cordero entró a la escuela fundada por los hermanos lasallistas en Cuenca, en 1863. En ella inició su vida estudiantil con ayuda de los educadores extranjeros y del catecismo, aunque desde antes tenía ya algunos conocimientos de la doctrina cristiana, que le habían impartido su tía y su madre, como se acostumbraba entonces.
A sus apenas 14 años manifiesta su vocación y su deseo de cumplirla en la Congregación de los Hermanos de La Salle. El padre y algunos familiares se oponen a esta decisión, sin duda, debido a su juventud, como también a su pertenencia a una alta clase social. El padre deseaba el sacerdocio para su hijo, pues en tal condición habría podido ascender a mayor dignidad, mientras los hermanos lasallistas tenían apenas lo suficiente para desarrollar su labor educativa, y Ecuador fue la primera nación hispanoamericana que albergó a esta comunidad religiosa en las principales ciudades del país. En todas ellas los Hermanos fueron acogidos con alegría en medio de la incertidumbre del futuro que dejaban en las manos de Dios. Resignado el padre ante la decisión del joven, dio su consentimiento, quizás con la esperanza de una pronta desilusión; sin embargo, el hermano Miguel mostró siempre devoción y un hondo anhelo por llegar lejos a partir de su temprana vocación.
Pronto aprendió a orar. Desde muy jovencito enseñaba ya, y una de sus frases preferidas era: Acordémonos que estamos en la santa presencia de Dios. La usó siempre para sí mismo y más tarde con sus pequeños alumnos que le respondían: adorémosle. Hoy los alumnos del Instituto siguen utilizándolo en su memoria.
Sé que su Santuario se ubica en el sur de Quito en la parroquia «La Magdalena» donde se pueden apreciar sus restos en hermoso relicario de bronce elaborado en Cuenca, similar al existente en Roma de San Juan Bautista de La Salle, fundador de la Congregación.
Nuestro Hermano Miguel fue beatificado por Pablo VI en 1977 y canonizado por Juan Pablo II en 1984, y es nuestro tercer santo luego de Santa Narcisa y de Santa Mariana, ambas llamadas de Jesús, y el primer santo varón del Ecuador.
Hoy los auténticos valores humanos han perdido substancia, han sido remplazados por empeños que dan a lo económico una primacía tan evidente, que la vida individual, familiar y social se ha vuelto auténtico concurso de quién tiene más, quién muestra más, quién da más.
El jueves 29 de enero de este año de 2026, leí en la primera página del diario Expreso este título: “Nuevo nombre, misma esencia” y a manera de incitación a la lectura, el párrafo inicial decía así: El Colegio San José La Salle dijo adiós… pero no del todo. Hoy el plantel vuelve a recibir estudiantes bajo el nombre de “Unidad Educativa Santo Hermano Miguel”. Hasta ahora, cerca de cien alumnos han sido admitidos … ; este mismo texto conmina al lector a completar la lectura en la página 12, en la cual se anuncia: El 16 de diciembre de 2023, un grupo de exestudiantes protagonizó un momento cargado de simbolismo al dar el último campanazo en la antigua edificación del Colegio San José La Salle, ubicado en el centro de Guayaquil.
Las autoridades acogieron el pedido de la comunidad y el antiguo Colegio San José La Salle ha adoptado un nuevo nombre: Unidad Educativa Santo Hermano Miguel.
Para muchas familias la apertura de esta Unidad genera grandes expectativas en lo relativo a la formación académica y a los valores que fortalecen lo espiritual y el ámbito religioso, pues las familias desean que los niños se robustezcan en lo espiritual y religioso, que consideran hoy pilares fundamentales para su presente y su futuro.
Estas presencias evocan recuerdos y esperanzas, expectativas a las cuales se abren madres y padres de familia deseosos de llevar a sus hijos a colegios que les garanticen experiencias intelectuales valiosas, además de que los conocimientos impartidos se adecuen a las necesidades espirituales de niñas y niños, fomenten las virtudes humanas, la integridad de ánimo y la bondad de la vida, en un tiempo en el cual el predominio de lo material amenaza con desvirtuar desde edad temprana la esperanza de existencias dedicadas al bien, la verdad y la justicia. La familia, la persona, la vida se sitúan frente a exigencias y sueños radicados sobre todo en el éxito material. Hoy los auténticos valores humanos han perdido substancia, han sido remplazados por empeños que dan a lo económico una primacía tan evidente, que la vida individual, familiar y social se ha vuelto auténtico concurso de quien tiene más, quien muestra más, quien da más.
Pero vayamos un instante a la situación personal que me trae aquí: Existen academias de la Lengua Española en 23 países del mundo; en España se creó la primera, la Real Española, por orden y aprobación del Rey, en 1713, hace 313 años. En América fue primera la Academia Colombiana, en 1871 y segunda, la Ecuatoriana, creada en 1874, según datos de nuestro diccionario general. Personalmente, tengo el honor de pertenecer a la Academia Ecuatoriana de la Lengua en calidad de miembro de número, ya desde el año 2001.
Al leer para conocer mejor y traducir en lo posible mis experiencias y reflexiones sobre la labor, la personalidad y la vida misma del Santo Hermano Miguel, no he podido dejar de pensar en que vivimos en contextos de triste superficialidad, que prescinden de lo verdaderamente humano o renuncian a preguntarse y a buscar el sentido del existir concreto, el para qué de cada existencia y para la de las personas que dependen de nosotros: nuestros hijos, parientes cercanos, estudiantes o amigos imprescindibles. A manera de modelos se nos muestran vidas volcadas a una total insensatez, que prescinden de preguntas y afanes íntimos de tipo moral, cuando todo parece pertenecer más a la suerte que a la voluntad individual ejercida lúcidamente en la práctica de una sana libertad que nos lleve a elecciones humanamente dignas.
Estas palabras intentan traducir mi experiencia y la sorpresa que provocó en mí la lectura de diversos libros y documentos sobre la vida del Santo Hermano Miguel, que expresa como ninguna el ansia de vivir su libertad humana enriquecida gracias al milagro de una forma de amor a Dios inusitada, de superior sustancia moral…
Los ambientes en que nos movemos, en los cuales comunicamos; los sueños que la inteligencia artificial reproduce y propaga se hallan muy frecuentemente a favor de propósitos baladíes, deshumanizados, casi inhumanos, que disminuyen el valor, el sentido y el destino de nuestra condición humana.
Obviamente, no es la inteligencia artificial que a todos atrae y también ayuda hoy, la que propicia tal inhumanidad, sino nuestra propensión a buscar en ella, no lo que nos permita avanzar en autoconocimiento para ser mejores, más lúcidos, respecto de nosotros mismos y más generosos en nuestro juicio sobre quienes nos rodean y, en consecuencia, a luchar por cambiar lo que debe cambiarse y procurar avanzar y renunciar a la novelería, a las muestras de lujo, exhibición y ansia de superioridad basadas en la apariencia, en lo puramente material.
Al leer algunos de los textos con los que he contado sobre la vida y la obra del Santo Hermano Miguel, he pensado en el concepto de santidad radicado en la vida cotidiana, pues solo en la cotidianidad puede realizarse el ansia de unidad de vida y coherencia respecto de los altos principios espirituales, entre los cuales se halla, precisamente, el deseo de bondad que, en casos vividos a la luz de la esperanza religiosa, lleva a la santidad.
Los ambientes en que nos movemos, en los cuales comunicamos; los sueños que la inteligencia artificial reproduce y propaga se hallan muy frecuentemente a favor de propósitos baladíes, deshumanizados.
Hoy hablamos de un hombre santo. Y no puedo dejar de repetir las palabras del papa Francisco que con noble sencillez se refirió al arduo empeño humano por ser cada día mejores: La santidad no es inalcanzable; es un don ofrecido para una vida feliz; en la fiesta de Todos los Santos, habló de la santidad como de un camino que puede cambiar nuestras vidas, siempre que pongamos en cada uno de nuestros actos esfuerzo y responsabilidad; así “unidos por el amor de Dios”, podremos emprender el camino hacia la santidad.
Al leer algunos de los textos con los que he contado sobre la vida y la obra del Santo Hermano Miguel, he pensado en el concepto de santidad radicado en la vida cotidiana, pues solo en la cotidianidad puede realizarse el ansia de unidad de vida y coherencia respecto de los altos principios espirituales, entre los cuales se halla, precisamente, el deseo de bondad que, en casos vividos a la luz de la esperanza religiosa, lleva a la santidad.
He leído y he procurado hablar de un hombre santo. Y no puedo dejar de repetir las palabras del papa Francisco que con noble sencillez se refirió al arduo empeño humano por ser cada día mejores: La santidad no es inalcanzable; es un don ofrecido para una vida feliz; en la fiesta de Todos los Santos, habló de la santidad como de un camino que puede cambiar nuestras vidas, siempre que pongamos en cada uno de nuestros actos esfuerzo y responsabilidad; así “unidos por el amor de Dios”, podremos emprender el camino hacia la santidad.
Pienso hoy, vísperas de Semana Santa, que hay muchos creyentes, muchos que lo son a fondo y que entregan verdaderamente sus actos hechos desde la profunda intención de relevar en ellos la presencia de la bondad, es decir, la presencia suprema de Dios. Si Dios existe, tiene que ser en todo lo bueno, lo supremo, me digo. Y pues he indagado en una vida santa, confieso que siento una enorme nostalgia respecto de ese íntimo deseo de ser buena, es decir, mejor…
“Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es el mismo don que nosotros hemos recibido”.
El Santo Padre vivió convencido de que, en algún momento de nuestras vidas conocimos a personas “generosas, justas, que tomaron en serio la vida cristiana y, con la gracia de Dios, correspondieron al don recibido y se han transformado poco a poco, por acción del Espíritu Santo”, es decir, que conocimos, quizás sin darnos cuenta, a un santo, alguna vez.
Quiero confesarles que si entré en este tema es porque lo veo tan ajeno a nuestras vidas hoy, que nos parece tema extraño, imposible de vivir y, sin embargo, es esta la esperanza que debe regir nuestro presente, pues ella abarca cada acto de nuestra vida, en los cuales tenemos la posibilidad de optar por lo mejor.
La santidad es el reconocimiento de que Dios nos ama; es un don que nos hace felices y no he podido menos de referirme a este tema pues leer y hablar sobre la vida y la obra del Santo Hermano Miguel me ha obligado a aceptar con alegría, como un ejemplo vital, que lo que él hizo en su vida cotidiana, su entrega a la educación, su creación incesante y afanosa de textos cada vez más profundos y mejores para la enseñanza de nuestra lengua, todo cuanto él vivió a partir de su infancia -se sabe que pidió entrar a la comunidad lasallana cuando era casi un niño, antes de cumplir sus catorce años, y que inició el exigente ejercicio de la vocación contra la voluntad de su propio padre: imprimió a su vida el valor de la conquista de la santidad a la que se supo llamado. No olvidemos que vocación es palabra que proviene de la voz latina vocare, ‘llamar’…
Permítanme ir a otras razones, entre ellas, la que hizo que me encuentre entre ustedes, donde tengo el honor de hablar debido a mi calidad de académica de la lengua española, ámbito intelectual singular al cual el Santo Hermano Miguel fue promovido con sobra de méritos, hace hoy algo más de ciento treinta años.
Me detengo en algunos datos: nuestra Academia Ecuatoriana es la segunda fundada en América y la tercera de entre las 23 corporaciones existentes hoy en el mundo hispánico. Autorizó su creación el expresidente Gabriel García Moreno en mayo de 1875, pocos meses antes de su aciago asesinato.
Para transmitirles el espíritu académico y las tareas a las que el entonces Hermano Miguel dedicó parte esencial de su vida intelectual, he leído el discurso que él pronunció como respuesta a su nombramiento de académico, el 2 de agosto de 1892, titulado Influencia del cristianismo en la moral, en las ciencias y en las artes, indicativo de un doble examen: el del sentido de la moral, que comienza en la búsqueda empeñosa de los rasgos éticos que caracterizaron la antigua vida occidental, y la visión de dichos atributos a la luz de las vivencias religiosas, ya intuidas por el Hermano Miguel, que se convertirán en convicción y anhelo íntimo de camino hacia Dios.
Comenzó su discurso de ingreso pidiendo excusas por su sencillez para expresar su gratitud ante el llamado de la Academia a convertirse en uno de sus miembros. Confiesa la turbación y el desconcierto que le produjo el anuncio de este nombramiento, y contó que él no habría aceptado pertenecer a nuestra Academia absorbido como estaba por su diario compromiso en la labor pedagógica, si no fuese porque sus superiores en la congregación le movieron a obedecer. Y llegó a ser uno de los más fieles y responsables académicos correspondientes de nuestra lengua española en el Ecuador.
Si rasgos sensibles de su carácter fueron la sencillez y la humildad, cuando tuvo que enseñar, cuando debía, como le ocurrió alguna vez, discutir un tema contra un crítico injusto respecto de elementos de la redacción de alguno de sus numerosos libros gramaticales o de otra materia, demostró con argumentos sólidos y sabia sencillez haber tenido razón en lo que se le achacaba. En cuantos textos suyos he leído se destaca su dominio del tema gramatical o de aquel que tenga que tratar, afán del que nos quedan numerosas obras de alcance pedagógico singular, a las que dedicó sus mayores empeños.
En cuanto a sus circunstancias familiares y vitales, en casa lo llamaban cariñosamente Panchito. De aristocrática familia cuencana, nació con una grave malformación de los pies que le impidió caminar a edad temprana.
Me impresionó mucho saber, gracias a la breve y sustancial obra de nuestro exacadémico don Hernán Rodríguez Castelo itulada El hermano Miguel lingüista, que los Hermanos cristianos no firmaban con su nombre las obras que escribían sobre las materias impartidas por cada uno de ellos en sus escuelas y colegios, dato fehaciente del espíritu de humildad que marcó San Juan Bautista de la Salle a sus hermanos de vocación. Esta es la razón que explica que nunca encontremos el nombre del Hermano Miguel como autor, ni en sus textos gramaticales ni en sus explicaciones, compendios ni tratados teórico-prácticos, cuyos títulos quiero resaltar aquí, tomándolos de las minuciosas notas del exacadémico ecuatoriano citado, obras y títulos que crecían en valor y complejidad conforme se dedicaban a niños de distintas edades.
Rodríguez Castelo, al comparar entre sí los diversos tomitos de gramática, por ejemplo, unos pequeños y más sencillos, otros, más exigentes y complejos, indujo con su particular talento investigador, que todos los que él comparó cuidadosamente fueron, con total certeza, escritos por el Hermano Miguel.
Entre ellos, los más destacados por nuestro académico fueron: Gramatiquilla infantil teórico-práctica de la lengua castellana. 1885. Compendio del tratado teórico-práctico de gramática de la lengua castellana. Curso elemental. Ortología (fonética y pronunciación) y analogía o relación entre conceptos e ideas). 1887.
II Sección práctica 1890.
Gramática de la lengua castellana. Curso elemental 2da. edición 1906.
Como dice también Hernán Rodríguez, ‘para probar que todas sus piezas con los libros del maestro fueron escritos por el Hermano Miguel, hay una trama de argumentos que se implican y refuerzan unos a otros. Y niega algo que se ha sostenido sin sustento: que textos de Gabriel María Bruño hayan sido escritos por aquel.
El hermano Miguel llenó de la voz sencilla del corazón las obras escritas para enseñanza de los niños que la vida puso en sus manos, no solo de pedagogo Hermano de La Salle, sino de hombre, hijo de Dios, con lo que esto significaba de entrega y exigencia personal.
En cuanto a sus circunstancias familiares y vitales, en casa lo llamaban cariñosamente Panchito. De aristocrática familia cuencana, nació con una grave malformación de los pies que le impidió caminar a edad temprana; tal circunstancia le obligó desde niño a luchar consigo mismo, a defenderse, no de alguien en particular, sino de su propia condición y a convertirla en una de las razones de su heroísmo. Sin ninguna duda, sus pies torcidos marcaron al iniciar su camino, la vía hacia la santidad. Ser santo significó para él vivir el amor a Dios saturado de sacrificio y alegría, es decir, vivir a la luz de la caridad.
El defecto de sus pies, carencia que asombraba incluso a quien lo veía con la mejor voluntad, fue fuente de sacrificio y, sin duda, la razón de su comprensión de un mundo en el cual las carencias suelen avergonzarnos y, a menudo no se perdonan, salvo cuando se asimilan a la luz de la voluntad divina, como, sin duda, lo hizo él, aprendiendo lentamente, a lo largo de su vida, a convivir y ennoblecer el dolor y la privación bajo la luz del exigente amor a Dios.
Volvamos al discurso académico que nuestro hermano pronunció a sus 38 años. Asume en él con sencillez su condición respecto de los académicos sabios que le antecedieron y confiesa: Admiro los artificios de las galas oratorias y me deleitan los rasgos de la elocuencia arrebatadora de los ánimos; pero, si he de hablaros verdad ingenua, nada es tan de mi gusto como la voz sencilla del corazón que expresa con candor los afectos verdaderos que se enseñorean en el alma”.
Cuando el anuncio de la honra que me estáis dispensando vino a relampaguearme en la oscuridad de mi retiro religioso, añade, hube de considerarla … como peligrosa tentación movida por la soberbia … y no me habría aventurado a aceptarla, si la voz de mi Superior no hubiera impuesto … ese sacrificio a mi obediencia.
… si me habéis llamado no ha sido para premiar en mí mérito personal… sino para galardonar al Instituto de los HH de la EE CC de esa ardua labor y vigilantes cuidados con que educa en casi toda la Republica a la niñez de nuestra patria.
En 1907 viajó, según algunos, exiliado a Francia por el entonces presidente Eloy Alfaro, aunque no he logrado comprobar este aserto. Más tarde es enviado a Bélgica y finalmente a España.
Interrumpo sus palabras para esgrimir una verdad: la dedicación al conocimiento y cuidado de nuestra lengua y su disposición a enseñarla no radicaban solo en su talento, sino en el talante de la Congregación de los hermanos Cristianos, a la cual, como vimos, ansió pertenecer desde adolescente y lo consiguió gracias a su insistencia; la madre entendió en seguida, pero su padre tardó, según sus biógrafos, casi seis años en aceptar la vocación de su hijo: Habría preferido para él una carrera sacerdotal más ‘acorde’ con su pertenencia a la entonces llamada nobleza local. Aquí debo relevar cómo la voluntad del santo fundador de los Hermanos Cristianos, San Juan Bautista de La Salle, fue la de que sus discípulos dedicaran su vida a la educación, sin ejercer ministerios sagrados, lo que era una forma sublime de entrega y humildad que el Hermano Miguel supo valorar.
Volvamos a su ingreso a la Academia: en este primer discurso es prescriptivo que el recipiendario se refiera a la obra y vida del académico cuya silla vacía por la muerte ocupará. Al Hermano Miguel le tocó la letra correspondiente a la cátedra del militar don Francisco Javier Salazar. En el deber de referirse a él, nuestro Hermano Miguel dice: Aquel notable varón cuya silla vacía voy a ocupar por breve plazo … puesto que corto es el espacio concedido a esta vida fugitiva y perecedera, cuyos poemas he leído (y aquí el Hermano comenta con fino humor el resultado de su lectura) y dice: No hay, o a lo menos no conozco, ninguna de las poesías de nuestro vate en que no se queje de gravísimos infortunios. “¡Sería él, en verdad tan infeliz como lo lamenta?”…
Al decirlo, no dudo de que nuestro nuevo académico se refería al intento de muchos escritores o al de quienes nunca lo serán, de procurar versificar sin haber nacido poetas. Todos hemos escrito expresiones de dolor y espanto ante el primer amor perdido, ante la muerte todavía lejana, pero de estrofas débiles a la difícil luz de la verdadera poesía; resulta que el militar y académico Salazar, que merecía su pertenencia a nuestra Academia por otro tipo de obras, también versificó, y la fina sensibilidad del Hermano Miguel percibió inmediatamente la debilidad poética del nuevo académico y se preguntaba si él sería tan infeliz como sus lamentos poéticos sobre la vida lo muestran al lector…. El hermano Miguel ostenta, sin quererlo, en este detalle, su intuición, el dominio de nuestra lengua y un hondo deseo de perfeccionarla.
Sigamos con su discurso de ingreso a la Ael, en el que manifiesta con admirable fe: el amor y … la misericordia son la esencia de la moral cristiana y el Cristianismo es un mar de infinito amor. // Y he aquí esta estupenda verdad: No hay, señores, moral que pueda ser acatada si no estriba en la religión… y la religión que deje de apoyar la moral es imperfecta y no es religión.
Y sobre la antigua y admirada Grecia opina: …fue la nación más civilizada que nos presentó el paganismo en sus días de gloria y de esplendor, así como Roma fue la nación más poderosa que han visto los siglos… A pesar de esa admiración, comprende que Si es cierto que el hombre se identifica, …con lo que adora o ama … el pueblo adorador del Cordero inmaculado … había de tener por lema y distintivo de sus costumbres el … candor de la pureza, la humildad y mansedumbre del cordero…Un día en los apartados rincones de Judea, donde no había sabios ni filósofos, aparece de improviso un hombre que recorre campos y ciudades limpiando leprosos, dando ojos a las cuencas secas de los ojos….
Vino el cristianismo y las llamas del amor se templaron con el recato, y la hermosura fue más encantadora adornándose con las rosas del pudor… y el amor humano espiritualizándose participó en algo del amor divino, y la mujer se ennobleció.
El Hermano Miguel contribuyó el resto de su vida a la enseñanza en las Escuelas Cristianas, desde las clases elementales hasta las superiores y publicó tantos libros como fueron necesarios para enseñar y estudiar con niños de todas las edades la belleza y la complejidad de nuestra lengua española.
En 1907 viajó, según algunos, exiliado a Francia por el entonces presidente Eloy Alfaro, aunque no he logrado comprobar este aserto. Más tarde es enviado a Bélgica y finalmente a España.
Tiempo después el Hermano Miguel contrae una pulmonía y muere en olor de santidad el 9 de febrero de 1910 en Premiá de Mar en la antigua casa del noviciado. Gravemente enfermo, admite que puesto que morir lejos de su patria era el designio divino, él lo acataba con voluntad y espíritu sobrenatural.
Sus restos fueron años más tarde repatriados a nuestro país; fue recibido con honra y júbilo. Inmediatamente se inició el proceso de canonización y hoy el Santo Hermano Miguel es, además de el único varón del santoral ecuatoriano, el único académico santo en los anales académicos.
*Hablé en el antiguo y bello Colegio de La Salle de Quito, de un hombre declarado santo por la Iglesia Católica, el Santo Hermano Miguel.
