viernes, diciembre 26, 2025

«Rodrigo, el pueblo está contigo»

Este viernes 19 y sábado 20 serán los funerales de Estado a Rodrigo Borja Cevallos, presidente del país entre 1988 y 1992, en el Centro Cultural Itchimbía. La relación entre el exmandatario y el centro histórico de Quito es íntima. Plan V comparte esta semblanza.

Redacción Plan V

Por: Redacción Plan V

“De abajo hacia arriba”. Más allá de los discursos y los fragores de la política, esta frase es quizá una de las que mejor sintetiza la vida de Rodrigo Borja Cevallos, presidente de la República entre 1988 y 1992. Este jueves, 18 de diciembre de 2025, el fundador de la Izquierda Democrática falleció a los 90 años y seis meses. Sus funerales están previstos para la tarde de este viernes, 19 de diciembre, en el Centro Cultural Itchimbía, en el centro oriente de Quito.

Rodrigo Borja
Políticos de otra estirpe: Jaime Roldós Aguilera, Abdón Calderón Muñoz y Rodrigo Borja Cevallos, en las presidenciales de 1978, para el retorno a la democracia. Foto: archivo familiar Borja Cevallos.

El centro histórico más bello de Sudamérica fue su hogar, refugio, oficina y sitio de sus recreos, tanto en el poder como cuando dejó la Presidencia. Ese casco colonial por el cual pudo caminar en paz, sin edecanes incluso en los días de Carondelet, o en compañía de intelectuales, como Gonzalo Ortiz Crespo, tras las reuniones en la Academia Ecuatoriana de la Lengua, corporación de la cual el exmandatario fue integrante desde 2010.

En cada esquina, una historia. Historias de apremios y también de orgullos. Para empezar, la bellísima casa de la Benalcázar y Mejía, de inicios del siglo XX, donde ahora funciona el Carlota Hotel Boutique, fue uno de sus primeros hogares.

Carlota hace honor a doña Carlota Echeverría Ruiz, mujer altruista de Cotacachi, quien adquirió la propiedad en 1966, propiedad que fue de la familia materna del expresidente Borja Cevallos. De allí, a pie a tres cuadras a su colegio, la escuela del Dr. Pedro Borja Yerovi, de la cual varias veces mandaron a llamar a sus representantes, pues quienes conocieron a don Rodrigo dan cuenta de una personalidad en que adrenalina y templanza convivían en elegante balance.

De barro ecuatoriano

Antes del pensionado Borja, no obstante, sus aulas fueron el “barro ecuatoriano” de los páramos del Cajas, en los linderos entre Cayambe y Otavalo. Su padre, Luis Felipe Borja Del Alcázar arrendaba haciendas de la zona para dedicarse a la ganadería vacuna. En esos fríos paisajes se curtió su piel y su carácter hasta los siete años.

Rodrigo Borja de niño
Rodrigo Borja vivió sus primeros años en los páramos del Cajas, el nudo montañoso que divide Pichincha de Imbabura. En haciendas del lugar, su padre, Luis Borja Del Alcázar, se dedicaba a la ganadería. Foto: archivo familiar Borja Cevallos

De allí, de vuelta al centro de Quito y a la escuela Borja. Hasta que los aires de revolución tocaron al hogar. El padre del Dr. Rodrigo Borja fue una figura decidida, aguerrida y hasta temeraria. “De mi padre aprendí a no sentir miedo”, dijo el expresidente en varias conversaciones con periodistas. Y sí: en mayo de 1944 fue parte de la revuelta social conocida como La Gloriosa, que buscaba deponer al presidente de entonces, Carlos Alberto Arroyo del Río.

Luego de una balacera en Carondelet, Borja Del Alcázar logró huir de Quito y a caballo marchó hasta el Perú. Allí consiguió asilo y semanas después pudo reunirse con la familia. Solo con la posesión de José María Velasco Ibarra, los Borja Cevallos pudieron volver al país.

Años después, en los veranos, volvía al Cajas. Su padre le enseñó a tractorar un pesado International de oruga, el cual se encendía a manivela. A sus doce años invertía dos semanas, de sol a sol, para labrar, él solo, una de las varias colinas de los collados que separan a Pichincha de Imbabura.

Rodrigo Borja
En un tractor similar a este, del fabricante estadounidense International, Rodrigo Borja labraba las colinas de las haciendas del Cajas, a sus 12 años. Foto: Wikimedia.

De allí el bicho por las máquinas. Desde la moto Triumph y los autos preparados para carreras en la juventud, hasta las avionetas Cessna que él mismo pilotaba en las campañas de 1984 y 1988, y los tanques de guerra en Chimborazo, los helicópteros diseñados para los buques Canberra y las locomotoras francesas Alsthom, todo esto durante su presidencia.

En las vísperas de la década de los 50, los Borja Cevallos volvieron a enfrentar otra revuelta: esta vez económica. Por aquellos años la afición por la hípica crecía en la capital, inspirada o a la sombra de la tradición guayaquileña.

Para entonces existía el hipódromo de los hermanos Mantilla, fundadores de diario El Comercio. Pero con los planes de modernización urbana de la capital, impulsados por el arquitecto uruguayo Jones Odriozola en los años 40, parte de la antigua hacienda La Carolina, perteneciente a María Augusta Urrutia Barba, sobrina de Carolina Barba Aguirre, fueron destinados al Hipódromo de Quito. Actualmente allí funciona la pista atlética del parque.

Borja Del Alcázar vio una oportunidad dorada y vendió sus vacas para comprar caballos de carreras. El azar dispuso otra cosa y la familia se fue a la quiebra por algunos años. Borja Cevallos incursionó en algunos oficios y aficiones, desde el boxeo hasta el fútbol, en el entrañable equipo Crack, hasta la locución radial en HCJB. La idea era emprender y generar algún ingreso.

La semilla en el liderazgo estudiantil

Estos temas están frescos en la memoria de don Jaime Cajilema, uno de los sastres más queridos y populares del Centro Histórico de Quito. Rodrigo Borja siempre paraba en su sastrería en la plaza de San Francisco para charlar aunque sea cinco minutos sobre su vida, su carrera política, los bemoles del poder. Es que San Francisco, la plaza que llenó por lo menos tres veces, es el escenario de su consolidación como orador y la catapulta para convertirse en estadista, quizá el último que, de momento, haya conocido el Ecuador reciente.

Pero esa historia también fue “de abajo hacia arriba”. De la derrota a la perseverancia. Su historia política arranca con un revés, al perder la presidencia del consejo estudiantil del Colegio Americano, en el fresco edificio de La Floresta. Tomó años la revancha, cuando se convirtió en presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad Central.

Rodrigo Borja
Rodrigo Borja, en los años 60, como dirigente de los estudiantes de Derecho de la Universidad Central, en una protesta en la Plaza Grande. Imagen captada por el diario El Universo.

Las glorias políticas de la plaza San Francisco tienen, sin embargo, un antecedente lleno de vértigo, velocidad y dolor en la plaza de la Independencia. Cuando presidente de los estudiantes de Derecho, lideraba a esas menudas masas hasta el pie del monumento a los próceres del 10 de Agosto de 1809. La Universidad quedaba a la vuelta, en el edificio que desde los 90 ocupa el Centro Cultural Metropolitano. Y junto al león derrotado, Borja y sus compañeros protestaban contra la represión de Velasco Ibarra contra los estudiantes. Por ello, cuando no lograba escapar a las carreras, varias noches pasó en calabozos de la Policía.

El ideal de la justicia social con libertad

Esa efervescencia se mantuvo intacta y junto a un puñado de jóvenes que trascendían del liberalismo hacia el pensamiento socialdemócrata europeo, particularmente el de la experiencia sueca, Borja, hacia 1968, funda Izquierda Democrática, el partido de la justicia social con libertad.

Tras los mitines en casas obreras y sindicales de Chimbacalle, la Plaza del Teatro o en San Francisco, Borja y doña Carmen Calisto, con quien se había casado dos años antes, marchaban al norte o al sur de la ciudad en viajes interminables, porque en cada puente, poste o bella pared blanca, el Dr. Borja pintaba las letras ID, las del partido naranja.

Borja fue, entonces, el artífice de lo que en los 70, 80 y algunos años de los 90 fue un partido serio, estructurado, ideológico, con la más grande militancia tras el retorno a la democracia. Y nuevamente, haciendo honor a su lema “de abajo hacia arriba”, perdió dos veces la carrera presidencial, en 1978 y 1984, hasta llegar al poder en 1988, e impulsar un gobierno respetuoso de la inversión social.

Rodrigo Borja
Rodrigo Borja, en una entrevista sobre los inicios de la Izquierda Democrática con Diego Oquendo, en la antigua Telecuador. Foto: archivo familiar Borja Cevallos

Ya como inquilino de Carondelet, el centro, como se dijo, no solo fue su oficina sino también el sitio de catarsis nocturnas en soledad. Luce irrepetible la experiencia de Rodrigo Borja: cuando la noche remontaba y el silencio se apoderaba del lugar, el Presidente solía salir a caminar sin edecanes por las inmediaciones, por la calle García Moreno a veces hacia el sur, hasta la 24 de Mayo, y otras hacia el norte, rumbo a la Basílica.

Una ocasión —le contó a la expresidenta Rosalía Arteaga—  caminaba cerca del antiguo edificio del Banco Central y en la zona funcionaba un instituto técnico nocturno. Desde la terraza, los estudiantes reconocieron al Mandatario. Medio en serio, medio en broma, lo invitaron a subir: dijeron que estaban sin su profesor de mecánica y tenían que repasar sobre carburadores. Y el Dr. Borja, de motores, sabía bastante.

En suma, Rodrigo Borja fue un sabio en varios ámbitos. No en vano su gran legado tras dejar la política partidista, allá por 2003, es su Enciclopedia de la Política. Si bien se dedicó a ella desde 1997, hizo paréntesis para volver una vez más a la arena electoral en 2002, cuando quedó en cuarto lugar. Su Enciclopedia es un abecedario de conceptos, categorías y nombres clave que se desarrolla a lo largo de casi 10.000 páginas.

Rodrigo Borja
Otra época, otros políticos, valores férreos: Rodrigo Borja, Abdón Calderón, René Mauge y Jaime Roldós, en las presidenciales de 1978. Foto: archivo familiar Borja Cevallos

De vuelta al centro de Quito, una capilla ardiente se ha levantado en el Palacio de Cristal, del Centro Cultural Itchimbía. La velación será este viernes 19, hasta las 20:00. Y sus familiares han indicado que también quieren que más personas se despidan del expresidente. Por ello, la capilla permanecerá abierta este sábado 20, entre 10:00 y 14:00.

No pocas personas se agolpaban a su alrededor cuando aún podía frecuentar su centro histórico. Gonzalo Ortiz Crespo, amigo de Borja desde 1966, recuerda ese cariño en su sentido texto de despedida en el diario Primicias. Recuerda en especial cómo las personas mayores le pedían fotos y cómo las nuevas generaciones, los estudiantes, sentían curiosidad por el personaje. En especial, rememora el diálogo de dos chicos, allá por 2022, en la calle Chile:
—Tiene que haber sido buen presidente, para que camine por la calle sin escolta.
—¡Seguro que este no robó!

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