domingo, marzo 22, 2026

Tomebamba

El acta fundacional de Cuenca, uno de sus párrafos, dice esto: “Hase de tener mucho cuidado de que el agua con que la ciudad se ha de servir y regar las tierras, sea fija y de nacimiento, para que sea perpetua y de manera que jamás pueda faltar”.

Julian Estrella López

Por: Julian Estrella López

Ven, siéntate, te voy a contar una historia sobre mi ciudad.

La historia de mi ciudad puede contarse atravesada por la de uno de sus ríos. Tiene cuatro, ¿sabes? Cuatro hermanos. Mi favorito es el Yanuncay. Pero esta historia no es sobre él. Esta es la historia del río Tomebamba.

En su libro “Historia de un arroyo”, el geógrafo anarquista Elisée Reclus conectó dos perspectivas para contar la historia fluvial: describiendo el recorrido del río —trayectoria del agua— y describiendo los sucesos en torno a él —historia hidrosocial—. Reclus dice que “la historia de un arroyo, incluso de aquél que nace y se pierde en el musgo, es la historia del infinito”. Te contaré, pues, la historia del Tomebamba; la de esa porción de infinito que es su recorrido y la de una parte de su historia hidrosocial inacabada.

Siete ojos de agua discuten, en su pequeño sitio en Tres Cruces, el lugar más alto del Parque Nacional Cajas, sobre una cuestión decisiva: cómo llegar al mar. ¿Vamos por el camino corto que lleva al Pacífico, o por el camino largo, muy largo, que lleva al Atlántico? ¿Tomamos el paso de la Costa, en alegres cascadas y ríos cortos, o nos lanzamos a la aventura de atravesar el continente, a través de montañas sublimes y la mágica selva?

Pendientes mediante, se deciden por la aventura, y la historia del agua del Tomebamba comienza.

Los ojos de agua forman pequeños arroyos; el agua subterránea del páramo, ecosistema único de las grandes alturas del centro de la Tierra, se une a la travesía. Los arroyos saludan a pequeñas y grandes lagunas, que les entregan un poco de su agua, bendiciendo el viaje. Se juntan nuevos arroyos, más agua subterránea, más bendiciones.

Se forma el río Matadero, cruzando el páramo de vastos pajonales y verdes esponjas. Atraviesa los bosques de árbol de papel, también llamado quinuas, del vocablo kichwa kiwiña, o polylepis, del griego “varias láminas”. Así como el páramo es exclusivo de los Andes, 6 de cada 10 de sus especies, como el árbol de papel, son solo suyas.

El Matadero entra al bosque altoandino y observa los arbustos centenarios, matizados aquí y allá por pinos y eucaliptos que pronto se volverán más tupidos. Intuye una presencia extraña, reciente. Se vuelve turbulento y su agitación oxigena el agua que alimentará captaciones y acequias. El río ha llegado a las inmediaciones de homo sapiens. Pronto, comenzará la historia hidrosocial.

Guapondelig se asentó alrededor del río cuya historia nos motiva. No queda registro de su nombre kañari, pero las evidencias muestran que el río dio forma a la ciudad. Sus orillas configuraron lo que ahora llamaríamos pomposamente “ordenamiento territorial”; sus barrancos, terrazas y llanuras de inundación definieron dónde situar las viviendas y las chakras…

Pero falta un poco. Nuevos arroyos, rebosantes y sedientos de aventura, alimentan y animan al Matadero. “Escuchamos que vas hacia la selva, hacia donde nace el sol, ¡nosotros vamos también!” Y por fin, a la altura de Sayausí —topónimo kañari como Alausí y Peleusí—, el Matadero se convierte en el río Tomebamba, un poco antes de llegar a un extenso valle fluvial interandino donde se asienta una joven ciudad —para un río, toda ciudad es joven, muy joven—.

Comienza, entonces, la historia hidrosocial. La del Tomebamba y la de mi ciudad: Cuenca. ¿Has escuchado de ella? Es hermosa y cantarina, como el río.

Cuenca no siempre fue Cuenca. El nombre acompaña un periodo relativamente corto y sintetiza su carácter hispano y mestizo. Pero, como suele suceder con los eventos de invasión y ocupación, hay historias anteriores, no siempre de fácil reconstrucción. Pero no por difícil debemos dejar de intentarlo. Después de todo, los seres humanos estamos hechos de agua e historias, de historia hidrosocial.

Aunque existen registros de diversos grupos humanos que visitaron y poblaron el valle

—Por ejemplo, las culturas Tacalshapa, Guangarcucho y Challuabamba—, fue la cultura Kañari la que finalmente fundó una ciudad, a la que nombró Guapondelig, que en el perdido idioma kañari significa “llanura grande como el cielo”. Según los registros históricos, Guapondelig estuvo en pie durante más de 1.000 años, entre el 400 y el 1450 de nuestro calendario. El valle era idóneo para un asentamiento, por sus ríos, por las amplias planicies para cacería y agricultura y, por supuesto, por su belleza.

Guapondelig se asentó alrededor del río cuya historia nos motiva. No queda registro de su nombre kañari, pero las evidencias muestran que el río dio forma a la ciudad. Sus orillas configuraron lo que ahora llamaríamos pomposamente “ordenamiento territorial”; sus barrancos, terrazas y llanuras de inundación definieron dónde situar las viviendas y las chakras, que son sistemas agrícolas andinos de cultivo diverso y asociativo. Además, la ciudad se construyó con las piedras, ripio y arena del propio río. Efectivamente, él “dio forma” a la ciudad.

En el siglo XV, pasado el año 1450, la cultura Kichwa, bajo el reinado de los Incas, invadió Guapondelig y la anexó como centro de expansión norte de su imperio. Subyugaron al pueblo kañari y cambiaron el nombre de la ciudad a Paucarbamba, del kichwa pawkar-pampa. La llanura grande como el cielo pasó a ser el “valle de las flores”. Pero el tenaz pueblo kañari intentó recuperar la ciudad. Al no lograrlo, los señores kichwas, con el Inca Tupac Yupanqui al mando, ordenaron el asesinato de entre 20.000 y 30.000 soldados kañaris, depende de la crónica a la que nos atengamos, con el tumi, “cuchillo”. Así, el valle de las flores se convirtió en el “valle de los cuchillos”: Tumipampa.

El valle de los cuchillos, debido al parecido del lugar con una ciudad española, pasó a llamarse Cuenca, Santa Ana de los cuatro ríos de Cuenca, formalmente, aunque en el acta fundacional, del 12 de abril de 1557, solo dice “Nueva Cuenca del Perú”.

Ya puedes intuir de dónde viene el nombre del río, ¿verdad?

Tampoco queda registro de palabras kichwas que hayan sido utilizadas para designar al río. Sí sabemos que el incario no cambió la disposición de la ciudad, con su centro habitacional al norte del río y las chakras comunitarias del lado sur. Además, para consolidar su dominio, se construyó un centro ceremonial a la orilla del río: Pumapungo —puma-punku, “puerta del puma”—. El río, que ya definía la configuración de la ciudad y brindaba la materia prima para su edificación y el agua para su sustento, pasó a ser, también, su centro espiritual. Tumipampa llegó a ser la capital norte del imperio, el Tawantinsuyo, y fue la ciudad natal del penúltimo Inca, Huayna Cápac.

Entonces, en la segunda parte del siglo XVI, durante el reinado de los hijos de Huayna Cápac, Atahualpa en el norte y Huáscar en el sur, los españoles invadieron Tumipampa. Al igual que los incas, el imperio español tomó la ciudad, impuso un nuevo nombre y subyugó al pueblo invadido. El valle de los cuchillos, debido al parecido del lugar con una ciudad española, pasó a llamarse Cuenca, Santa Ana de los cuatro ríos de Cuenca, formalmente, aunque en el acta fundacional, del 12 de abril de 1557, solo dice “Nueva Cuenca del Perú”.

A propósito del acta fundacional, uno de sus párrafos dice esto: “Hase de tener mucho cuidado de que el agua con que la ciudad se ha de servir y regar las tierras, sea fija y de nacimiento, para que sea perpetua y de manera que jamás pueda faltar”.

¿Y el río? Siguió siendo la fuente material de la ciudad. La Cuenca colonial es, en buena parte, producto de la transformación del lecho del río en cimientos y muros. Él, además, pronto encontró nuevos usos, no todos ellos tan nobles. El primer nombre castellano que le conocemos, en efecto, tiene que ver con uno de ellos. Para el año 1652, al lado del río, entre la ermita de Todos Santos y las ruinas de Pumapungo, se ubicó el camal de la ciudad. ¿Recuerdas el nombre del río naciente que da forma al Tomebamba, el Matadero? Pues sí, durante un tiempo, fue el nombre de todo el río. Además, entre los Siglos XVII y XVIII, el río alimentó los primeros molinos de trigo en el propio sector de Todos Santos. Casi cinco siglos después, las panaderías tradicionales de horno de leña todavía funcionan ahí.

Eventualmente, tal vez como recuerdo del anterior nombre de la ciudad, el Matadero comenzó a ser llamado “Tomebamba”, españolización de Tumipampa. En la orilla norte, siguiendo la milenaria disposición kañari y la centenaria disposición kichwa, se edificó el centro de la ciudad, hoy “Centro Histórico”, con su límite en el característico barranco del río. En la orilla sur, igualmente, se asentaron los ejidos, terrenos comunales para la agricultura y la ganadería. Al crecer la ciudad, los ejidos darían paso a barrios que se han ido renovando y expandiendo constantemente, hasta constituirse como la parte moderna de Cuenca, entre el Tomebamba y el Yanuncay.

El crecimiento de la ciudad implicó la construcción de puentes cada vez más firmes que conecten la ciudad y su flujo incesante de personas, luego carretas y finalmente autos —y bicicletas—. Los puentes también son característicos de la ciudad: por ejemplo, el Vado, el Centenario, el Vivas Nos Queremos, el Puente Roto, Todos Santos y El Vergel.

Los puentes merecerían historias propias a contarse a su tiempo. Pero, ¿sabes quién rompió el Puente Roto? Adivinaste: el Tomebamba. Más bien, irónicamente, el Puente Roto fue el único que quedó en pie. Ocurrió que, el 3 de abril de 1950, en una gran crecida originada en los páramos del Cajas, el Tomebamba se llevó 14 puentes. Para apaciguar al río, cuenta el mito urbano que el obispo Carrión y Marfil subió a la parte alta de El Vado y “bendijo” al río. Siendo el día de San Julián, lo bautizó como “Julián Matadero”, diciéndole “Julián, no vas hacer más daño a la ciudad”.

Bautizo o no, el río no ha vuelto a hacer daño a la ciudad, si bien han ocurrido fuertes crecidas, ni la ciudad ha dejado de llamarle Tomebamba. Lo que sí hay que decir es que, por el contrario, es la población humana la que mantiene una fuerte tensión entre cuidar y hacer daño al río. Hoy, de hecho, la amenaza de la minería metálica a gran escala se cierne sobre las nacientes de los ríos Tarqui y Yanuncay, que alimentan al Tomebamba. Pero eso también es tema para otra historia.

Luego de pasar por el centro de Cuenca, junto al barranco y bajo sus puentes, el Tomebamba se encuentra con su hermano menor, el río Yanuncay, al que previamente se ha unido el tercer hermano, el Tarqui. El esperado encuentro ocurre en el parque El Paraíso, el mayor parque urbano de Cuenca.

Hoy, 16 siglos después de la consolidación de Guapondelig como asentamiento humano; a 550 años del breve periodo en que Tumipamba fue la segunda capital del imperio más grande de Sudamérica, Cuenca sigue siendo Cuenca de los ríos y el Tomebamba sigue siendo su corazón. El río, el barranco y los puentes son el lienzo y el paisaje de la ciudad; componentes vitales para la cultura, el turismo y la gastronomía. El Cajas, donde nace el río, es un baluarte de la conservación y el turismo ecológico.

La historia social seguirá mientras existan las sociedades humanas. Hecho que no podemos dar por supuesto, vista nuestra inaudita capacidad para acabar con nuestras fuentes de subsistencia. Pero, luego del repaso de la historia hidrosocial, todavía inconclusa, volvamos a la historia del agua, a la aventura del Tomebamba en su inexorable viaje hacia el Amazonas y el Atlántico.

Luego de pasar por el centro de Cuenca, junto al barranco y bajo sus puentes, el Tomebamba se encuentra con su hermano menor, el río Yanuncay, al que previamente se ha unido el tercer hermano, el Tarqui. El esperado encuentro ocurre en el parque El Paraíso, el mayor parque urbano de Cuenca. Por ser el mayor, el Tomebamba conserva su nombre, aunque los registros indican que, por algún tiempo, a la unión del Tomebamba y el Yanuncay se le conocía como “Río Monay”, por la zona por donde pasaba. Finalmente, el Tomebamba pierde su nombre al unirse al cuarto hermano, el Machángara. Al encontrarse los cuatro hermanos para continuar la travesía, el Río pasa a llamarse “Cuenca”, como la ciudad a la que dan su mayor característica.

El río Yanuncay, a la altura del parque Paraíso. Ambos ríos se originan en el páramo de El Cajas. Foto: Luis Argüello. Archivo PlanV

El río Cuenca se juntará al Santa Bárbara para formar el Paute, ya cerca de abandonar la cordillera andina. El Paute alimentará a la Central Hidroeléctrica del mismo nombre y que genera el 35% de la energía eléctrica que consume el país. El Paute, en su descenso a la selva, se unirá al Namangoza que, al unirse al Zamora, formará el río Santiago. El Santiago atravesará la selva ecuatoriana y se fundirá en el río Marañón; este, sin abandonar el Perú, se juntará al río Ucayalí para formar el gran Río Amazonas. Finalmente, el Amazonas, luego de atravesar 6.000 km de selva peruana y brasileña, llegará al Océano Atlántico.

Así, entre 6.500 y 7.000 km después, los pequeños ojos de agua que debatían en la cima Tres Cruces qué camino tomar para llegar al mar; que formaron el río Matadero y luego el Tomebamba; que pasaron por el asentamiento de Guapondelig-Paucarbamba-Tumipampa-Cuenca, al que dieron forma morfológica y física; que atravesaron páramos, bosques, montañas y selvas, y que alimentaron en su camino a millones de personas, plantas y animales, se funden en el gran océano, listos para evaporarse —si no lo hicieron en el camino, cansados por el trayecto—, y explorar rincones más recónditos del planeta. Algunos, de hecho, no se aguantarán las ganas de volver a caer en los páramos del Cajas. Después de todo, ¿quién, después de pasar por Cuenca, no tiene ganas de regresar?

Julian Estrella López

Julian Estrella López

Ingeniero Ambiental por la Universidad de Cuenca. Maestro en Ciencias de la Sostenibilidad por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Más Historias

Más historias