domingo, abril 5, 2026

Vance, Musk, Orbán y Salvini: la derecha está en pleno apogeo

El crecimiento de la derecha en Occidente se ha visto impulsado por factores como la crisis económica de 2008, que debilitó el modelo neoliberal y generó descontento social, permitiendo que discursos nacionalistas y antiinmigración ganaran aceptación.

Por: Ugo Stornaiolo

El auge de la derecha en EE.UU., Europa y América Latina es un fenómeno que ha cobrado fuerza en la última década. En Europa, los partidos de tendencia conservadora siguen ganado terreno en países como Italia, Hungría y Países Bajos, mientras que en Alemania, Francia y Austria han emergido como una oposición significativa.

En América Latina esta tendencia ha logrado la presidencia en Argentina, El Salvador y Paraguay y fortaleció su presencia en Brasil, Chile y Venezuela. Hay fenómenos como los de Milei en Argentina, Bukele en El Salvador y la presencia de grupos opositores muy fortalecidos en otros países como Chile (con opciones de llegar al poder con Kast). Impresionó ver a cientos de miles de brasileños en una protesta organizada por el expresidente brasileño Jair Bolsonaro en la avenida Paulista de Sao Paulo, la principal arteria de esa ciudad.

Javier Milei, presidente de Argentina. Foto: AFP

Este crecimiento se ha visto impulsado por factores como la crisis económica de 2008, que debilitó el modelo neoliberal y generó descontento social, permitiendo que discursos nacionalistas y antiinmigración ganaran aceptación. En EE.UU., la influencia de Donald Trump es clave para consolidar movimientos de derecha con posturas más radicales. El impacto de este fenómeno sigue en desarrollo, por una combinación de varios factores, principalmente económicos y de descontento social.

La crisis de 2008 dejó una huella profunda en la confianza en los modelos tradicionales de gobierno. En muchos países, el desempleo y la precarización laboral generaron un sentimiento de frustración que fue aprovechado por movimientos de derecha con discursos nacionalistas y de protección económica. En América Latina, por ejemplo, el desencanto con gobiernos de izquierda ha llevado a un giro hacia opciones más conservadoras.

En Europa y EE.UU., el auge de la derecha ha estado vinculado a un rechazo a la globalización y a la inmigración. Líderes como Matteo Salvini o Giorgia Meloni en Italia y Marine Le Pen en Francia lograron capitalizar el temor de sectores de la población que ven la llegada de inmigrantes como una amenaza a su identidad cultural y sus empleos. En América Latina, este fenómeno se evidencia en discursos que enfatizan la soberanía nacional y la seguridad fronteriza.

En España, el partido Vox se ha consolidado como una alternativa a los partidos tradicionales de derecha. En América Latina, figuras como Javier Milei en Argentina irrumpieron con discursos que desafían el statu quo.

Las redes sociales son un factor clave en la expansión de estos movimientos de derecha. Facebook y X (antes Twitter) han permitido la difusión de mensajes simplificados y emocionales que conectan con el descontento de la población. En Estados Unidos, la campaña de Donald Trump en 2016 demostró el poder de las redes para movilizar votantes, lo que le permitió consolidar una base política.

A lo anterior se añade la crisis de los partidos tradicionales, que han perdido credibilidad, abriendo el espacio a nuevas fuerzas políticas. En España, por ejemplo, el partido Vox se ha consolidado como una alternativa a los partidos tradicionales de derecha y centro. En América Latina, figuras como Javier Milei en Argentina irrumpieron con discursos disruptivos que desafían el statu quo.

En América Latina, el auge de la derecha también ha estado impulsado por la crisis de seguridad. Gobiernos como el de Nayib Bukele en El Salvador han adoptado políticas de mano dura contra el crimen, generando apoyo popular a pesar de las críticas sobre violaciones a los derechos humanos. Este enfoque busca ser replicado en otros países con propuestas de mayor control policial y reducción de garantías para los delincuentes.

El presidente Nayib Bukele, nació en le partido de izquierda FMLN, pero derivó a la derecha y al autoritarismo. En la foto, visita la nueva cárcel de El Salvador. Foto:AFP

Un paneo por Europa

Por eso, en muchas partes del mundo existe un producto que se vende bastante bien: el nacionalismo soberano. Y todavía más con la llegada de Donald Trump por segunda ocasión a la presidencia de EE.UU.: Su victoria electoral, según Radu Magdin, analista político rumano, «ha animado a los políticos conservadores a adoptar este modelo». El nacionalismo soberanista es la brújula de quienes mandan en Hungría (Viktor Orbán), Eslovaquia (Robert Fico), Serbia (Aleksandar Vucic) y Georgia (Mikheil Kavelashvili).

Desde hace aproximadamente una década, la derecha domina la escena en Polonia, República Checa y Bulgaria. Hace pocas semanas envió a segunda vuelta al soberanista George Simion, candidato a la presidencia de Rumania (40%); y la situación se podría repetir en Moldavia.

Muchos líderes de la tendencia lograron triunfos y avances electorales, como es el caso de Alice Weidel con Alternativa para Alemania (AfD), Tomio Akamura en la República Checa, Alecsandr Vucic en Serbia, Evghenia Gutul en Rumania, Mikheil Kavelashvili en Georgia, Kostadin Kostadinov en Bulgaria y el ya endémico Recep Tayyip Ergogan en Turquía (gobierna su país por varios años).

El presidente Recep Tayyip Erdogan, el 7 de noviembre del 2024, Budapest. Foto: AP

¿De dónde salieron estos políticos y hasta dónde pueden llegar? En Rumanía, el pasado noviembre, Calin Georgescu se presentó a las elecciones: pasó de ser un completo desconocido para en pocas semanas acumular 3,4 millones de seguidores y obtener en primera vuelta el 22,4% de los votos.

Las elecciones fueron luego anuladas por el Tribunal Constitucional y Georgescu fue excluido de la carrera electoral por sospechas de financiación ilícita desde Rusia y el uso manipulador de robots y cuentas falsas en TikTok, la red social china con la mayor tasa de penetración en Rumania.

La estrella en ascenso en Polonia era el populista Slawomir Mentzen, muy popular en TikTok con su propuesta de liberalizar las criptomonedas y en 2019 se fijó como objetivo prohibirlas a judíos, homosexuales, para pagar impuestos y a la UE.

Esta decisión fue inmediatamente condenada por el vicepresidente estadounidense J.D. Vance, por Elon Musk, por Vladimir Putin, por el presidente turco Erdogan, quien declaró que “es una amenaza para la democracia». Otros políticos de la tendencia, como los italianos Giorgia Meloni y Matteo Salvini, hablaron de un «golpe de Estado europeo al estilo soviético». Georgescu fue sustituido por el ultranacionalista Simion, que el 4 de mayo pasó a segunda vuelta con un 41% y era el gran favorito.

Entre esos países está Polonia, gobernada muchos años por el presidente de derecha Andrzej Duda, que ahora cohabita en el gobierno con el pro europeo primer ministro Donald Tusk. La estrella en ascenso era el populista Slawomir Mentzen, muy popular en TikTok con su propuesta de liberalizar las criptomonedas y en 2019 se fijó como objetivo prohibirlas a judíos, homosexuales, para pagar impuestos y a la UE. Incluso pidió detener a las mujeres que abortan y la impunidad de quienes infligen castigos corporales a los niños. Mentzen, hasta hace poco iba segundo en las encuestas, pero tuvo que revisar sus posiciones, que afectaron sus posibilidades.

El liberal Rafal Trzaskowski ganó por la mínima diferencia en la primera vuelta de las presidenciales, seguido por Karol Nawrocki, y se enfrentarán en la segunda ronda el 1 de junio. Trzaskowski, alcalde de Varsovia y aliado de Tusk, obtuvo el 30,8% de los votos frente a los 29,1% del ultraconservador Karol Nawrocki, y Mentzen quedó en el tercer lugar con el 15,4%.

En Portugal, la coalición conservadora bajo el liderazgo de Luis Montenegro ganó las elecciones y la ultraderecha de Chega (Llega) obtuvo un histórico tercer lugar, propiciando un derrumbe del partido socialista y la renuncia de su líder, Pedro Nuno Santos.

El primer ministro y candidato de Alianza Democrática, Luís Montenegro, vota en las elecciones de Portugal.Luís Vieira. Foto: AP

“Eslovaquia primero” es el lema que guía a Robert Fico, el soberanista que compite con el húngaro Viktor Orbán por complacer a Rusia. Comunista durante la URSS, hoy vinculado a la extrema derecha y opuesto a la OTAN, es uno de los pocos miembros de la UE bien recibidos por el Kremlin.

La ola nacionalista también afecta a los países que aspiran a unirse a la UE. Entre ellos se encuentra Moldavia, donde el 25 de marzo fue detenida Evghenia Gutul, figura de la oposición y líder de una minoría étnica opuesta a la entrada del país en la OTAN y la UE. Supuestamente compró votos y recibió financiación ilícita de un oligarca prorruso buscado por la justicia internacional por la quiebra de tres bancos y un agujero de mil millones de dólares.

Por ello, el Gobierno de Chisinau la ha excluido del cargo gubernamental que, según la Constitución, le correspondería. Tanto Putin como Erdogan se han manifestado a favor de Gutul –sí, ellos–, acusando a los moldavos de “socavar la democracia”.

Muchos de estos nuevos líderes no tienen pasado

O no lo tienen muy claro. En Georgia hay un ex jugador del equipo de fútbol Manchester City, Mikheil Kavelashvili, que en diciembre apareció casi de la nada y logró convertirse en jefe de Estado. Era el único candidato y fue elegido por un parlamento boicoteado por la oposición porque votó según una ley electoral considerada engañosa.

Kavelashvili ni siquiera logró ser presidente de la federación nacional de fútbol, ​​porque la ley lo prohíbe a quienes, como él, sólo tienen educación secundaria. Pero con sus posiciones prorrusas y una propaganda contundente en TikTok, reemplazó a la líder pro-europea Salomé Zourabichvili.

También en Serbia el nacionalista Aleksandar Vucic lleva once años en el poder, primero como primer ministro y luego como jefe de Estado. De joven, aplaudió la masacre de Srebrenica y censuró a los periodistas en nombre de Slobodan Milosevic, el arquitecto de la limpieza étnica en Croacia, Bosnia y Kosovo, que está siendo juzgado en La Haya por crímenes de guerra. Serbia aspira a unirse a la UE, pero mientras tanto se opone a las sanciones contra Putin, compra armas a China y hace negocios inmobiliarios con el hijo de Trump, Donald Jr.

El caso AfD

En Alemania, el Gobierno y el Tribunal Constitucional tendrán que enfrentarse a una misión imposible: la prohibición de AfD (Alternative für Deutschland). El partido Alternativa para Alemania es abiertamente homófobo, islamófobo y negacionista del Holocausto, clasificado oficialmente por los servicios de inteligencia tras tres años de investigaciones como un grupo de extrema derecha; mientras que la Oficina Federal de Protección de la Constitución la definió como «una organización no compatible con el orden democrático», porque «ignora la dignidad humana».

Sería complicado prohibir un partido escogido por el 20% de los alemanes, pero la decisión de la Oficina Federal era inevitable, ya que en Alemania (como en el resto de Europa) los partidos deben respetar los principios fundamentales consagrados en los cinco primeros artículos de la Constitución: respeto a las minorías, antisemitismo, derechos humanos inviolables, Estado de derecho. Matteo Salvini («muy serio»), Orbán («AfD puede contar con nosotros»), Elon Musk, el secretario de Estado norteamericano, Mark Rubio y el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, se alinearon contra el informe 007: «es tiranía».

El partido «Alternativa para Alemania» es abiertamente homófobo, islamófobo y negacionista del Holocausto, clasificado oficialmente por los servicios de inteligencia como un grupo de extrema derecha.

Silencio para los enemigos

Los nacionalistas gritan conspiración cuando está en juego la libertad de sus amigos. Pero permanecen en silencio cuando se trata de sus enemigos. El 29 de abril, Erdogan llegó a Italia y se reunió con Giorgia Meloni.

Entre sonrisas y acuerdos comerciales por valor de 35.000 millones de euros, además del compromiso de organizar juntos la Eurocopa de fútbol en 2032, la primera ministra italiano ni siquiera encontró un momento para recordar al presidente turco el caso de su principal oponente político, Ekrem Imamoglu, alcalde de Estambul y candidato a las elecciones presidenciales de 2028, detenido el pasado 23 de marzo acusado de corrupción, extorsión, blanqueo de dinero, manipulación de licitaciones y terrorismo.

Una de las acusaciones se refiere incluso a irregularidades en el registro de su título. El alcalde enfrenta a siete juicios, considerados engañosos por Amnistía Internacional, el Comité de Helsinki, Human Rights Watch y otras ocho ONG internacionales. Pero Meloni, Salvini, Orban, Musk, Vance y Rubio nunca han dedicado una palabra a él. Y el «golpe turco» que envió a Imamoglu a prisión tampoco despertó la indignación de Simion ni de Georgescu.

Ventajas y desventajas de la Unión Europea

Una cosa que todos los nacionalistas tienen en común es el odio a la UE. Sin embargo, se trata de países que han recibido enormes beneficios al unirse a Europa. Polonia, que se adhirió en 2004, es el único estado europeo que nunca ha entrado en recesión desde entonces, y es el país que más utiliza los fondos estructurales comunitarios asignados cada 7 años y actualmente es la sexta economía del continente.

Desde 2007, cuando se unió a la UE, Rumania ha tenido un crecimiento promedio de 2% a 3% anual, con picos del 4,8% antes de la guerra en Ucrania. Hungría se unió a la UE en 2004: desde entonces, las contribuciones europeas han apoyado significativamente un crecimiento promedio del 4%. Pero los ultranacionalistas no se limitan a criticar a la UE, sino que piden su abolición.

Los gobiernos nacionalistas provocaron dos guerras mundiales y desde entonces las democracias occidentales han ido estableciendo límites vinculantes. Las instituciones europeas, con el Tratado de Lisboa, la Carta de Derechos Fundamentales de Niza y los criterios de Copenhague, definen las reglas que todos los países miembros y aspirantes deben respetar: desde el Estado de derecho hasta unas competiciones electorales transparentes y justas. Quien las rompe paga las consecuencias.

Por supuesto, es complejo castigar a un país donde la mayoría, o una gran porción de la población, elige a un partido que se sale del orden establecido. Al mismo tiempo, las democracias no sólo tienen el derecho, sino el deber de defenderse de quienes amenazan sus fundamentos. El instrumento son las sanciones, como en el caso de Hungría, a la que le suspendieron los fondos europeos, o, si las sanciones no bastan, la supresión del derecho a voto, y por tanto al veto. Decisión posible, pero sólo superando el requisito de la unanimidad.

Un ascenso constante

Desde la victoria de Geert Wilders en Países Bajos el ascenso de los partidos ultraderechistas en Europa ha sido constante y su principal arma electoral ha sido la de explotar los temores sociales y económicos que recorren el continente.

En el poder, a menudo en coalición, en Italia, Hungría o Eslovaquia, y en auge en países como Francia, Alemania o España, los partidos de extrema derecha o populistas tienen todo a su favor. El ascenso, impulsado por un discurso identitario y nacionalista, comenzó a fines de los años 70, cuando se intensificó la llegada de migrantes a Europa, cuyo apogeo fue la crisis migratoria de 2015.

Esta tendencia “viene de lejos”, según Thierry Chopin, del centro de reflexión Instituto Jacques Delors, que destaca la “retórica anti extranjeros” y “contra la inmigración de países musulmanes” de los últimos 20 años. Wilders construyó su trayectoria política sobre un discurso populista islamófobo mientras que, en Italia, la actual primera ministra, Giorgia Meloni, llevó a cabo una campaña basada en una temática antiinmigración. El contexto de los últimos años, desde la pandemia de Covid-19 hasta la guerra de Ucrania, también abonó el auge de la extrema derecha, que se nutre de la inseguridad social y económica.

Ugo Stornaiolo

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