El título suena a la letra de un bolero, de esas canciones nostálgicas de los años 40 y 50 del siglo pasado, que se oyen a alto volumen en Le Jeune Road, una de las avenidas más transitadas de Miami. En el recorrido se llega a la Calle 8, en la llamada “Pequeña Habana”, donde se concentra la mayoría de la población cubano-estadounidense.
Cerca estaban las canchas de Jai Alai, un deporte parecido a la pelota vasca que practican los cubanos y que dio nombre a la zona: Hialeah. Algunos tienen más de 65 años de estadía en la principal ciudad del estado de la Florida y añoran un regreso a la isla de Cuba, pero muchos probablemente no lo concretarán.
Desde 1960, los exiliados cubanos han esperado casi siete décadas para volver a su país con un cambio de gobierno. Algunos creen que hoy es el momento que más cerca pueden estar. Los juegos de dominó en las tardes son más largos y la charla más apasionada e intensa, bajando la voz, pero para que oiga todo el barrio. Como hace casi diez años, 25 de noviembre de 2016, cuando murió Fidel Castro.
Cuenta la periodista Carla Gloria Colomé en su artículo De Bahía de Cochinos a la captura de Maduro: más de medio siglo esperando la caída del castrismo, que “los jugadores del Domino Park deben cumplir ciertas reglas que han respetado por años: hablar bajo, no cargar con bebidas alcohólicas ni llegar en chancletas y ser un residente de Miami de no menos de 55 años”.
Agrega: “nadie sabe explicar por qué ese es el límite de edad, pero ofrece ciertas garantías internas a los jugadores: no sentarse con novatos ni con turistas entusiastas de la Calle Ocho que retratan los murales nostálgicos del exilio cubano, y sí poder jugar mano a mano con los suyos, conocedores de la Pequeña Habana, gente que salió de Cuba y ayudó a levantar una ciudad sobre ‘el pantano que era Miami’, que pasa largas horas pensando cómo sería un regreso y que no para de hablar de política.
Es una rara y fría tarde de enero, un mes después de la captura de Nicolás Maduro. La discusión de los jugadores se centra en un tema que los reúne siempre: cuándo caerá el régimen cubano, que sobrevivió a la muerte de Castro y sigue. Alguno relata, por enésima vez, su amistad con el comandante Huber Matos. Otro dice que era vecino de Camilo Cienfuegos y un tercero sostiene que participó en la invasión de “Bahía de Cochinos”. ¿Es verdad? Solo ellos lo saben. Nueva repartición de fichas y el juego sigue.
Desde 1960, los exiliados cubanos han esperado casi siete décadas para volver a su país con un cambio de gobierno. Algunos creen que hoy es el momento que más cerca pueden estar.
“Cuando la Caída del Campo Socialista, que se quedó sin sostén económico, ¡qué golpe aquél! “, dice Flavio César Crombet, de 60 años, licenciado en Derecho en Cuba y a quien Lázaro Jordás, un ex ingeniero de 79 años, interrumpe para contradecirlo. “Qué va, el peor momento es ahora con Maduro, y si México le corta el petróleo, en cinco días se acaba Cuba». Un tercer jugador se mantiene en silencio, pero un cuarto, Raimundo Escarrás, ex comerciante de 82 años, cree que, si el Gobierno de Cuba cae algún día, ninguno de ellos estará vivo para verlo.
“Al final, EE. UU. nunca ha querido derribar aquello, y tanto en Bahía de Cochinos como ahora, el pueblo de Cuba siempre ha estado con los Castro”. Crombet se adelanta a rectificar: “En aquel momento sí, pero ahora no queda Castro”. Luego lanza una profecía, como para que lo escuchen: “Recuerden esto, si Trump invade, va a hacerlo en abril, por las mismas fechas que Playa Girón”, agrega la crónica.
Las compras en la tienda departamental Zayre, y las hamburguesas con papas de Gabe’s en la avenida Le Jeune, son cosa del pasado. La construcción de rascacielos y otros edificios que ahora albergan centros médicos y departamentos, son la nueva realidad, pero la zona sigue vibrando, como hace 40 años. Se camina unas cuadras, se pasa la peluquería, el supermercado y algunos restaurantes que tienen en su menú mojito y bistec de palomilla, acompañado por arroz y el infaltable fréjol negro, y anteceden a otro punto de encuentro: el Parque de la Memoria Cubana.
Ahí está esculpido en mármol negro el monumento a la invasión a Bahía de Cochinos -o ataque a Playa Girón, llamado así por los cubanos de la isla- donde murieron más de cien exiliados en 1961, en un primer intento por desalojar a los Castro del poder, en tiempos del luego fallecido presidente John F. Kennedy.

Relata la periodista Colomé: “pasaron solo dos años del triunfo de la Revolución y Tony Costa se presentó en una oficina de Miami para inscribirse en la brigada 2506, un grupo integrado por unos 1.600 hombres, algunos jóvenes obreros o estudiantes que entrenaban en los patios de las casas del South West, con apoyo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el fin de desembarcar en Girón para ‘liberar a Cuba’”.
Desde 1961, para muchos de estos cubanos, invadir Cuba y liberarla del comunismo era una obligación casi sagrada. Muchos jóvenes se unieron a las brigadas.
Agrega: “Costa luchó, primero, contra el dictador Fulgencio Batista, incendió neumáticos y protestó en las calles de Pinar del Río, y no dudó en apoyar a los guerrilleros en 1959. “Castro se presentó como una alternativa de democracia”, cuenta en su elegantísima casa del vistoso barrio de Coral Gables”.
“Poco tiempo después”, añade, “él y su padre intuyeron que las cosas no iban bien con Fidel, que había comenzado a atentar contra la propiedad privada, una medida que los perjudicaba directamente a ellos, familia de agricultores, dueños de cientos de acres de tierra donde hacían crecer el tomate que luego vendían a su principal mercado: Estados Unidos”.
“Para aquellos tiempos, Costa visitaba Miami desde Cuba como si se tratara de un solo lugar. Junto a su padre, montaba su auto en un ferry y descendían horas después en Cayo Hueso. Hablaba inglés y fue enviado a estudiar en la Universidad de Florida. Después de la Revolución, la familia supo que tenía que irse definitivamente de la isla. Se mudaron a Florida, adquirieron tierras en Homestead, sembraron tomates y luego apostaron por las plantas ornamentales, hasta llegar a levantar el Costa Farms, el vivero más grande del país, con más de 1.500 variedades cultivadas en unos 5.200 acres. El deseo por regresar a Cuba, sin embargo, estaba ahí”, culmina la crónica.
Desde 1961, para muchos de estos cubanos, invadir Cuba y liberarla del comunismo era una obligación casi sagrada. Muchos jóvenes se unieron a las brigadas. El propio comandante Matos, que logró salir de las prisiones cubanas, lideró alguno de los intentos. Pero, el mayor fracaso fue la invasión de Bahía de Cochinos.
Un grupo de la Brigada 2506 se trasladó a Guatemala y Nicaragua, para salir a Cuba. Por decisiones estratégicas. El 15 de abril, varios aviones atacaron aeropuertos en la isla. El 17, llegaron armados los miembros de la Brigada. Pero 72 horas después, ocurrió la contraofensiva cubana, con 176 bajas, y enfrentó exitosamente la invasión. Los exiliados aún culpan del fracaso al presidente estadounidense John F. Kennedy, porque no les dio el apoyo aéreo que necesitaban. Muchos exiliados no creen que ése fue el momento más cercano de una derrota del castrismo, sino ahora. Llevan esperando más de 60 años.
Si algo lamenta Arnaldo Iglesias, de 88 años, es no haber podido unirse a Bahía de Cochinos. Cuando supo, ya no reclutaban. Tras la derrota se involucró en la Operación Mangosta, otro intento financiado por la CIA para acabar con los Castro. Iglesias fue uno de los responsables del incendio del central Pilón, en Matanzas, una de acciones que hicieron para desestabilizar el poder en la isla. Salió de Cuba en 1960 con la idea de volver. “Llevo 67 años esperando, y llega un momento en que dices: ‘¿hasta cuándo voy a esperar?”.
A finales de los ‘80, Iglesias integró la organización Hermanos al Rescate, que con exiliados y ayuda de la Guardia Costera estadounidense hacía búsqueda y rescate en el Estrecho de Florida y auxiliaba a los que se lanzaban al mar desde Cuba. Les tiraban walkie talkies, ropa seca o pomos de agua para aliviar la deshidratación, y avisaban a las autoridades. “Vi, literalmente, tiburones devorando balseros”, cuenta.
También lanzaban volantes al norte de La Habana. Calculaban la distancia, la altura o cómo se comportaban los vientos, y echaban al aire mensajes con artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Castro nos acusó de propaganda subversiva”, dice.
Ahora que los cubanos recobraron esperanzas de recuperar Cuba, Iglesias es escéptico. La captura de Maduro, dice, “no necesariamente” implica el fin del castrismo. “No están liberando a Venezuela para beneficiar a los venezolanos, sino porque conviene a EE. UU., como no les ha interesado en más de sesenta años que Cuba desaparezca”. Pese a ello, un cambio de gobierno en su país es lo que espera ver antes de morir: “mis raíces están aquí, mis hijos, mis nietos, pero mentalmente yo aún estoy acá de paso. Quiero lo mejor para Cuba, aunque ya no voy a disfrutarla, porque la Cuba que yo estoy añorando no existe”.
Con la década de los noventa, y la pérdida de la URSS como principal socio comercial, la posibilidad de un colapso del Gobierno cubano podía ser una realidad.
El colapso económico
En 1962, Cuba estaba en la zona de mayor peligro en plena Guerra Fría. La Habana era el epicentro del conflicto entre EE. UU. y Rusia durante la Crisis de los Misiles. Se pensó que Washington atacaría a Cuba, pero no pasó. Muchos fueron los esfuerzos por acabar con la dictadura más longeva del hemisferio occidental y hasta hubo varios intentos de asesinar a Fidel, sin resultados.
A lo largo de esos años hubo otros muchos intentos de desestabilizar el poder en Cuba, pero el castrismo sigue ahí. “Durante décadas EE. UU. no invadió a Cuba por lo costoso que sería una guerra dentro y fuera de la isla, en plena Guerra Fría. Ahora no la invade porque serían mayores los gastos que las ganancias en cualquier esquema de intervención”, anota el historiador Rafael Rojas, autor del libro Breve historia de Cuba.
Con la década de los noventa, y la pérdida de la URSS como principal socio comercial, la posibilidad de un colapso del Gobierno cubano podía ser una realidad. El economista Ricardo Torres, ex investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana y profesor en la American University de Washington, explica que entonces el PIB se contrajo entre 35 y 40%, y por esa razón hay apagones, escasez de alimentos y un éxodo importante de cubanos.
Aun así, el Gobierno se mantuvo a flote hasta que Hugo Chávez apareció en los 2000 como su principal aliado, enviando cien mil barriles de petróleo diarios a la isla. Desde hace siete años, la isla vive otra crisis que provocó el éxodo masivo más grande de su historia y el PIB ha descendido otro 15%, Torres ve en la situación actual -y con el peligro de perder la ayuda venezolana- un momento sin precedentes.
Casi no existe producción industrial, el deterioro de los servicios sociales es severo, junto con la desigualdad que ha crecido fracturando mucho más a la sociedad. En el ámbito externo, el gobierno tiene menos espacio de maniobra. Se redujeron la inversión extranjera, las remesas, el turismo internacional y los compromisos de apoyo de China y Cuba. La pregunta sigue siendo: ¿cuándo colapsa Cuba?
Aunque la captura de Maduro despeja el camino para algunos, hay los que creen que después de unas manifestaciones como las del 11 de julio de 2021, no hay vuelta atrás.
Rojas considera que, desde Bahía de Cochinos, Cuba no ha estado más cerca de un colapso que ahora “precisamente porque el modelo subsidiario e improductivo, legado por Fidel Castro, ha dado todo de sí y el país se ha quedado sin fuentes de ingreso con las cuales comprar combustible para funcionar”.
Son décadas en las que el castrismo produjo más de 2,4 millones de exiliados, establecidos sobre todo en el sur de Florida. Aunque la captura de Maduro en Fuerte Tiuna despeja el camino para algunos hay los que creen que, después de unas manifestaciones como las del 11 de julio de 2021, no hay vuelta atrás, y que el régimen caerá por su propio peso.

Los universitarios en Cuba: trabajar para sobrevivir
Muchos universitarios cubanos son trabajadores forzados por la crisis y los bajos sueldos, porque estudiar en Cuba no garantiza un futuro, ni siquiera un presente. La crisis económica tiene universitarios que combinan la docencia con el empleo informal para sobrevivir, una realidad habitual en muchos países, pero impensable en la nación caribeña hasta hace pocos años
El periódico oficial Juventud Rebelde reconoce en un reportaje que miles de estudiantes universitarios en Cuba deben trabajar para sostenerse, por la insuficiencia de los estipendios estatales y el deterioro de la economía. Muchos jóvenes de varias provincias cuentan que tienen empleos precarios y para culminar sus estudios trabajan por la noche, sin dormir.
“Hay que generar ingresos para ayudar a nuestras familias”, confesó un entrevistado, estudiante de Ingeniería Informática en la Universidad de Sancti Spíritus, que decidió aceptar un puesto administrativo para pagar sus gastos. “Si nos organizamos bien, claro que podemos lograrlo”, añadió, aunque su testimonio refleja la normalización de la precariedad. La palabra que más se escucha entre los jóvenes es “resolver”.
Según datos del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social citados por Juventud Rebelde, actualmente 2,842 estudiantes trabajan a tiempo parcial en el sector estatal, de los cuales más de 2,100 son universitarios. La cifra real podría ser mayor, ya que el reportaje admite la existencia de jóvenes empleados en el sector privado sin contratos formales ni protección laboral.
Un estudiante de contabilidad abandonó la carrera de Ingeniería para incorporarse al trabajo por cuenta propia, en sublimación e impresión. “Tengo mejor remuneración y contrato legal, aunque no está relacionado con mi carrera”, explicó. Su historia refleja una tendencia: los jóvenes priorizan el ingreso inmediato sobre la vocación profesional. Ellos alternan estudios con empleos en bares, cafeterías o de ayudantes de construcción, sin respaldo legal. La publicación admite, además, que los estipendios estatales son tan bajos que resultan simbólicos.
Hay una generación que se forma en condiciones extremas, empujada a la economía informal, con un futuro profesional incierto y sin estímulos para quedarse en el país.
Desde la denominada Tarea de Reordenamiento, los estudiantes reciben entre 200 y 600 pesos cubanos mensuales (de $ 0,30 a $ 0,90), que no cubren ni el costo de un viaje semanal entre provincias ni una comida cerca de las universidades. “Comerse una pizza puede costar 250 pesos (unos $0.40)”, dijo una alumna entrevistada.
El reportaje oficial no cuestiona las causas estructurales de esta precariedad y omite el papel del gobierno en la desvalorización del trabajo académico y la falta de incentivos reales para los jóvenes. Tampoco dice que la mayoría de las universidades no tienen comedores, residencias habitables o recursos básicos para garantizar la vida estudiantil.
El resultado es una generación que se forma en condiciones extremas, empujada a la economía informal, con un futuro profesional incierto y sin estímulos para quedarse en el país. La frase que mejor sintetiza la situación es de una estudiante de periodismo en La Habana: “Si la situación fuera diferente, no tendría que pensar en cómo estudiar, trabajar y sobrevivir al mismo tiempo”. Lo que Juventud Rebelde presenta como “responsabilidad y sacrificio juvenil” es, en realidad, el reflejo de una crisis estructural que obliga a los jóvenes a sostener con sus propias manos un sistema que no ofrece garantías ni futuro.
“Estamos ahogados”
La vida en Cuba se reduce a buscar comida, agua y luz. Una lucha constante por conseguir lo esencial. Apagones de más de 12 horas, transporte paralizado y precios sin control son parte de la cotidianidad en una isla sumida en una crisis profunda.
Un reportaje de Reuters señala que cubanos de distintos sectores —desde vendedores callejeros, trabajadores estatales, cuentapropistas y taxistas— describen una realidad cada vez más precaria. Los testimonios recogidos en La Habana reflejan un país que sobrevive, sin ninguna esperanza a la vista.
“La situación de Cuba es insostenible”, cuenta Yaite Verdecia, una ama de casa que asegura que “no hay salario que alcance”. La falta de combustible ha paralizado servicios públicos, disparó el precio del transporte y agravó los apagones que se extienden la mayor parte del día. El colapso energético llegó a La Habana, que hasta hace poco estaba en mejor situación que las zonas rurales.
Al cesar los envíos de petróleo desde Venezuela y México, y las sanciones impuestas por el presidente Donald Trump a los países que suministren crudo al régimen, la capital también cayó en la oscuridad. Hay largas filas para comprar pan, gasolina o alimentos básicos.
“Tienes que pagar el precio o quedarte en casa”, relata Daylan Pérez, joven trabajador de La Habana Vieja. Muchos transportistas no operan por falta de combustible, mientras los que aún circulan cobran en dólares, moneda inaccesible para la mayoría. “Antes podías comprar gasolina con pesos una vez al mes, ahora ya no”, explicó un residente a la agencia británica. Paradójicamente, los apagones también afectan a quienes intentaron adaptarse con vehículos eléctricos.
El deterioro de las condiciones de vida llevó a los cubanos a centrarse únicamente en sobrevivir y “resolver”. En barrios como Guanabacoa o Marianao, los apagones provocan accidentes de tránsito por la falta de semáforos y aumentó la inseguridad.
“A veces los cortes duran más de 12 horas”, lamenta Raysa Lemu, vecina de una de las zonas más afectadas. Mientras el gobierno cubano declara “emergencia internacional” y culpa a Washington de la crisis, la población sigue sin respuestas. Entre la oscuridad, el hambre y la desesperanza, cada día más cubanos repiten la misma frase: “Solo queremos sobrevivir”. Mientras tanto, todos siguen esperando…