Si tú niegas cualquier afinidad con otra persona o grupo de personas, si declaras que son completamente diferentes a ti —como lo han hecho los hombres con las mujeres, unas clases sociales con otras clases sociales o una nación con otras naciones— los odiarás o los deificarás; pero en cualquier caso habrás negado sus cualidades espirituales y su naturaleza humana. Los habrás cosificado y la única relación posible será una relación de poder. Y así, habrás, fatalmente, empobrecido tu propia realidad. De hecho, te habrás auto alienado.
Ursula K. Leguin
La caída del muro de Berlín (1989) y el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (2001) fueron dos factores que contribuyeron al fortalecimiento del orden internacional. James Muldoon, de la Universidad de Essexs, sostenía que el poder y liderazgo de EE. UU. estaban «…integrados en las Naciones Unidas y en el orden jurídico internacional. Más aún, la soberanía de los estados, elemento fundamental del derecho internacional desde el siglo diecisiete, ha sido debilitada conforme las Naciones Unidas ha emitido normas sobre derechos humanos…»
Esta opinión fue publicada en The New Dictionary of the History of Ideas (2005), poco después de que Yugoslavia se fragmentara en siete Estados como resultado de las guerras de Croacia, Bosnia y Kosovo, de los 1.425 días del asedio a Sarajevo y de las limpiezas étnicas para crear Estados puros en los Balcanes, y después de los ataques terroristas del 11/9, de la respuesta norteamericana (el bombardeo a Afganistán iniciado en octubre de 2001, cuando los talibanes se negaron a entregar a Bin Laden) y a pocos meses de la invasión a Irak (2003).
Posiblemente Muldoon compartía la idea de que la historia de la lucha de ideologías había terminado, para dar paso a un mundo dominado por el liberalismo y el libre mercado (Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, 1992). Esta idea implicaba que las relaciones internacionales evolucionarían hacia el equilibrio, siguiendo las leyes del mercado. En el pasado habría quedado esa paradójica espiral en la que de la violencia y del caos brotaban el orden y la paz; y en la que surgían personajes notables, por sus virtudes o por sus vicios: prohombres como Marco Aurelio (161-180 d.C), ejemplo máximo del deber y la dignidad, y bellacos como Calígula (37-41 d.C.), símbolo de la depravación y la locura del poder.
El razonamiento del politólogo estadounidense anunciaba un futuro similar a una progresión cronológica lineal, sin antagonismos ni entropía, sin prohombres y sin bellacos; habitado únicamente por firmas y agentes económicos. Sin embargo, conforme el mundo se adentraba en el siglo XXI, las afirmaciones de Fukuyama parecían cada vez más ingenuas. Y, como sugirió Samuel Huntington, una nueva violencia de origen cultural incitaba conflictos entre pueblos de civilizaciones diferentes y no entre naciones-estados (The Clash of Civilizations? Foreign Affairs 1993).
El orden internacional: ese viejo anhelo de la humanidad
Durante siglos la idea de un mundo pacífico y ordenado obsesionó a conquistadores y empresarios. El objetivo inmediato de esa obsesión era propiciar espacios de intercambio previsibles y seguros. El mediato era fundamentalista: civilizar la barbarie, ordenar el caos, iluminar la oscuridad.
Alejandro Magno formó un inmenso imperio (desde el Adriático hasta el valle del río Indo en el actual Pakistán) en el que soñó crear una cosmos polis, es decir una comunidad cuyos habitantes compartieran el sentido de unidad y de hermandad, como si fueran los habitantes de una ciudad-estado griega. Ese sueño murió con Alejandro en Babilonia, en 323 a. C.
La Pax Romana –los dos siglos transcurridos entre el ascenso del emperador Augusto y la muerte del emperador Marco Aurelio (27 a. C. – 180 d. C.)– se considera el mejor ejemplo de orden internacional en la antigüedad. Roma evitaba interferir en las disputas locales y obtenía la cooperación de los líderes regionales ofreciéndoles la ciudadanía. No hubo guerras civiles, pero los ejércitos romanos siempre estuvieron activos en las fronteras del imperio en el norte de España, en el Rin y en el Danubio, en Egipto y Galicia, en la conquista de Britania, en las guerras judeo-romana, contra los partos en Armenia, en las campañas dacias y en el Golfo Pérsico.
El imperio Carolingio (siglos VIII y IX) intentó restaurar el orden imperial romano bajo principios cristianos, pero colapsó cuando los nietos de Carlomagno optaron por disputar su herencia mientras eran atacados por vikingos, sarracenos y magiares. Surgieron pequeños reinos y la idea de que la humanidad debía sujetarse a un orden jerárquico. El problema era definir quién debía ocupar la cabeza de esa jerarquía, con autoridad para dirimir los conflictos internacionales ¿el emperador del Sacro Imperio Romano o el Papa?
El orden medioeval estuvo condicionado por la expansión de Dar al-Islam (la morada de Dios). Aunque Palestina estaba bajo el dominio musulmán desde el año 638, los peregrinos cristianos podían visitar pacíficamente Tierra Santa. Hasta 1095, año de la primera convocatoria a una cruzada para ‘recuperar’ esos territorios y –al mismo tiempo– detener la expansión musulmana. Esto marcó un punto de inflexión en las relaciones entre los siervos de Alá y los de Jesucristo. Entre 1095 y 1272 se organizaron nueve cruzadas con el auspicio de papas y reyes, y eI Islam se convirtió en el enemigo predilecto de la cristiandad durante los siguientes mil años.
La comprensión de las dimensiones de los océanos recién descubiertos cambió la naturaleza del debate sobre el orden mundial. ¿Convenía que los mares tengan propietarios o que alguien ejerza jurisdicción sobre ellos?
En la Edad Media los reinos feudales llegaron a la convicción de que su soberanía no podía supeditarse a ningún poder temporal. Pero no pudieron evitar la jurisdicción pontificia. Occidente se sometió al Derecho Canónico y el papa se convirtió en judex omnium de la cristiandad. Por primera vez se avizoró la posibilidad de un conjunto de reglas formales reguladoras de las relaciones internacionales.
Los viajes de Colón y la Reforma interrumpieron las disquisiciones teóricas del medioevo. Los descubrimientos revelaron una diversidad humana no imaginada por los europeos. Las bulas Inter Caetera del papa Alejandro VI (1492-1503) repartieron el mundo entre portugueses y españoles. Pero la reforma religiosa erosionó la estructura internacional con el papado en la cúspide de esa jerarquía.
La comprensión de las dimensiones de los océanos recién descubiertos cambió la naturaleza del debate sobre el orden mundial. ¿Convenía que los mares tengan propietarios o que alguien ejerza jurisdicción sobre ellos? Surgieron nuevos problemas: las relaciones entre las naciones europeas, el estatuto jurídico de los mares, y los derechos de las poblaciones del Nuevo Mundo frente a la expansión europea.
Los católicos, como el portugués Serafín de Freitas (1570-1633), sostenían que las bulas papales legitimaban los monopolios comerciales en los océanos recién descubiertos. Los ingleses, como John Selden (1584-1684), no creían en las competencias pontificias. Al mismo tiempo que Hugo Grocio argumentaba que la navegación debía ser libre (Mare Liberum, 1609), sus compatriotas Piet Hein, Cornelis Jol (Pata de Palo) o Laurens de Graaf desbalijaban las flotas españolas.
Alejandro VI también justificó ex cathedra la conquista europea del Nuevo Mundo. Si los aborígenes se opusieren al comercio o a la doctrina cristiana, o si incurrieren en prácticas contrarias al derecho natural, los europeos tenían derecho a reprimirlos para proteger a sus comerciantes y misioneros, y a castigar las violaciones al derecho natural.
Grocio propuso normas para las relaciones entre naciones europeas (De iure belli ac pacis, 1625). Consideró que era imposible unir en una sola mancomunidad a toda la humanidad, regulada por el derecho natural bajo el liderazgo de un emperador o del papa. Luego de Grocio, ‘orden internacional’ se usó como sinónimo de paz en Europa.
En 1648 los tratados de Westfalia redujeron sustancialmente la autoridad del papa en asuntos internacionales. La idea de una cristiandad unificada fue reemplazada por la de un conjunto de estados-naciones soberanos, refractarios a cualquier señorío supranacional. La paz internacional debía resultar de acuerdos políticos entre gobiernos. La clave de esos acuerdos sería el equilibrio de poder por medio de alianzas diseñadas para evitar que cualquier país domine Europa (y el mundo).
Durante la Ilustración, mientras las guerras napoleónicas cobraban entre 3 y 6 millones de víctimas mortales, civiles y soldados por igual, Samuel Pufendorf (1632-1694), Emmerich de Vattel (1714-1767) e Immanuel Kant (1724-1804), entre otros teóricos, impulsaban la creación de un orden internacional producto del análisis racional y no emanado de una autoridad divina.
En 1648, los tratados de Westfalia redujeron la autoridad del papa en asuntos internacionales. La idea de una cristiandad unificada fue reemplazada por la de un conjunto de estados-naciones soberanos, refractarios a cualquier señorío supranacional.
En 1815 el Reino de Prusia, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, y los imperios Ruso y Austriaco formaron la Cuádruple Alianza. En 1818 se incorporó Francia, pero cuatro años más tarde el Reino Unido, por entonces la primera potencia mundial, decidió abandonarla y gestionar por su cuenta la Pax Britanica.
En la orilla occidental del Atlántico, los 16 países hispanoamericanos surgidos de las guerras de independencia encontraron al menos tres tipos de dificultades para insertarse en el orden internacional liderado por el Imperio Británico: inestabilidad interna y debilidad política; políticas exteriores condicionadas por la dependencia financiera; y, barreras diplomáticas derivadas de las relaciones de poder entre los países europeos.
Hacia la supremacía nuclear
La guerra franco-prusiana (1870-1871) cambió el equilibrio de poder y marcó el nacimiento del Imperio Alemán. El canciller Otto von Bismarck convocó en 1884 a los países europeos más EE. UU. y el Imperio Otomano a una conferencia en Berlín para repartirse «pacíficamente» el territorio africano. En los albores del siglo XX el orden internacional era sinónimo de paz en Europa y, como por transitividad, en sus respectivas colonias (las africanas formalizadas en la Conferencia de Berlín y las hispanoamericanas vinculadas de hecho por el libre comercio impulsado por el Imperio Británico).
Los acuerdos de La Haya (1899) firmados por representantes de 26 naciones europeas no pudieron evitar la gran guerra de 1914-1918, que cobró 20 millones de vidas humanas. El Tratado de Versalles (28 de junio de 1919) obligó a Alemania a aceptar la «cláusula de culpabilidad de la guerra» a pagar indemnizaciones desproporcionadas, y a ceder el 13% de su territorio continental y todas sus colonias. Su ejército fue limitado a 100 mil soldados y se le prohibió usar vehículos blindados y aviones de combate.
El presidente Woodrow Wilson propuso crear una Liga de Naciones abierta a todos los países. Debía contar con una asamblea general igualitaria y con un consejo de alto nivel conformado por cinco grandes potencias (Francia, Inglaterra, Italia, Japón y EE. UU.) y cuatro representantes de otros países elegidos por la asamblea general. Alemania y la URSS no fueron invitadas y el senado norteamericano bloqueó la ratificación de EE. UU. Con los tres países más poderosos del mundo fuera de la Liga de Naciones, el proteccionismo y la incertidumbre prevalecieron durante dos décadas.
En los mapas aparecieron Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y los países bálticos, y desaparecieron los imperios ruso, otomano y austrohúngaro. El encono del Tratado de Versalles acicateó el ascenso del nazismo. Alemania desafió a la débil Liga de Naciones y comenzó a reconstituir su poder militar. Ya rearmada, en marzo de 1938 anexionó Austria y en octubre Checoeslovaquia. Invadió Polonia en septiembre de 1939, Dinamarca y Noruega en abril de 1940, y Luxemburgo, Países Bajos y Bélgica en mayo de 1940.
La fisión nuclear fue descubierta en forma experimental en diciembre de 1938 por Otto Hahn y Fritz Strassmann, a instancias de la física austro-sueca Lisa Meitner, quien explicó teóricamente el experimento en enero de 1939.
Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania dos días después de la invasión a Polonia, el 3 de septiembre de 1939. A las pocas semanas la Unión Soviética invadió Polonia por el este, cumpliendo el Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939. En junio de 1941 Alemania invadió la Unión Soviética y seis meses más tarde, el 7 de diciembre, el Imperio del Japón bombardeó Pearl Harbor, en las Islas Hawái. EE. UU. se vio obligado a intervenir. De hecho, ya disputaba con Alemania una cerrada carrera tecnológica.
La fisión nuclear fue descubierta en forma experimental en diciembre de 1938 por Otto Hahn y Fritz Strassmann, a instancias de la física austro-sueca Lisa Meitner, quien explicó teóricamente el experimento en enero de 1939. Albert Einstein informó de estos avances al presidente Franklin Roosevelt en agosto de 1939 (http://bit.ly/3O59NXg) y en febrero de 1940 se asignó 6.000 dólares a lo que poco después se llamaría el Proyecto Manhattan (https://bit.ly/4rc2zzA).
El 6 de agosto de 1945 el Enola Gay destruyó Hiroshima con una bomba de uranio y el 9 de agosto el Bockstar hizo lo mismo en Nagasaki, con una bomba de plutonio. La destrucción de los registros censales dificulta la estimación de las víctimas mortales, pero se cree que ambos ataques cobraron entre 150 000 y 220 000 víctimas inmediatas. El emperador Hiro Hito capituló el 15 de agosto de 1945 y EE. UU. se convirtió en la potencia militar más poderosa del mundo.
La Pax Americana
En la segunda guerra mundial murieron entre 70 y 85 millones de personas (casi el 3% de la población mundial de 1940). La supremacía nuclear otorgó a EE. UU. potestad para redefinir el orden internacional. Antes de que los derrotados firmen sus rendiciones (Alemania el 7 y 8 de mayo de 1945 en Reims y Berlín, y Japón el 2 de septiembre de 1945 en la bahía de Tokio), Washington había preparado un proyecto con tres pilares para consolidar su hegemonía mundial:
- Institucional: la Organización de Naciones Unidas (UN, por sus siglas en inglés) con una asamblea general y un consejo de seguridad en el que EE. UU., la Unión Soviética, Reino Unido, Francia y China serían miembros permanentes con poder de veto. El objetivo primordial de la UN era resolver los conflictos entre países por medios pacíficos y diplomáticos.
- Económico, con dos componentes: a) el sistema de Bretton Woods, que creó el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (en ambas instituciones EE. UU. tiene un amplio margen de decisión, en virtud del capital asignado). Se acordó que el patrón oro-dólar sea la moneda de reserva mundial. Además se ratificó el Tratado General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) para gestionar mediante rondas de negociación un programa temporal y gradual de liberación del comercio mundial. Y b) el Plan Marshall: entre 1948 y 1952 EE. UU. inyectó unos 13 000 millones de dólares para reconstruir Europa, asolada por siete años de guerra… y contener eventuales brotes de comunismo.
- Geopolítico, también para contener avances de esa doctrina. En 1947 lideró el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y en 1949 constituyó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En 1951 firmó tratados de seguridad con Japón, Australia y Nueva Zelanda. En 1953 un tratado de defensa mutua con Corea del Sur. También estableció bases militares alrededor del planeta y asumió, de facto, la seguridad de los océanos y sus rutas comerciales.
Dos de estos tres pilares estaban enfocados a evitar la expansión del comunismo. El pilar institucional no repitió la equivocación de la Sociedad de Naciones: dos de los cinco miembros permanentes del consejo de seguridad tenían gobiernos comunistas. Pero el control político y la superioridad militar eran estadunidenses. En 1949 el presidente Truman declaró que el comunismo es una «filosofía falsa» basada en la creencia de que el hombre «no es capaz de gobernarse a sí mismo» y que las acciones resultantes de esa filosofía «son una amenaza a los esfuerzos de las naciones libres por lograr la recuperación mundial y una paz duradera» (discurso inaugural, 20 de enero de 1949).
También comprometió al pueblo estadunidense «a trabajar por un mundo en el que […] todos los pueblos sean libres de […] alcanzar una vida digna y satisfactoria». Con este fin, «nuestro programa de paz y libertad hará hincapié en cuatro líneas de acción»:
- apoyo «inquebrantable a las Naciones Unidas»;
- «programas para la recuperación económica mundial» y reducción de las barreras al comercio internacional;
iii. fortalecimiento a las «naciones amantes de la libertad contra los peligros de la agresión»; y,
- «un nuevo y audaz programa para poner los beneficios de nuestros avances científicos y nuestro progreso industrial a disposición del mejoramiento y el crecimiento de las zonas subdesarrolladas».
Finalmente, al mediar el siglo XX EE. UU. terminó de dar forma a su hegemonía, sustentada en el capitalismo fordista. Fue una época de paz en el centro del sistema, siempre pendiente del holocausto nuclear como telón de fondo de la guerra fría. A partir de la creación de la OTAN y del Pacto de Varsovia se formaron dos bloques compitiendo por el apoyo de países del sur. El planeta se dividió en tres: el primer mundo, constituido por EE. UU. y sus aliados europeos más Japón; el segundo mundo formado por el bloque comunista, y el tercero, de los países subdesarrollados del sur.
El antagonismo de dos bloques ideológicamente irreconciliables se desfogaba en los territorios de terceros. Entre 1945 y 2000 la suma de las bajas humanas en esos conflictos superaría los 13 millones de personas, en Corea (1950-1953), Vietnam (1965-1975), las guerras árabes-israelíes (1948, 1956, 1967 y 1973), la guerra Irán – Irak (1980-1988), la invasión soviética a Afganistán (1979-1989), las guerras de los Balcanes (1991-1999), el genocidio de Ruanda (1994) y la guerra civil en el Congo (1996-2003).
El (des)orden del siglo XXI
China y EE. UU. cooperaron por mutuo interés hasta la primera década del siglo XXI. Tras la crisis de 2008-2009 el estancamiento de los salarios reales y la pérdida de empleos en la economía norteamericana, causada por las importaciones chinas y las inversiones norteamericanas en ese país –para aprovechar salarios más bajos– precipitaron las tensiones entre las dos economías más grandes del mundo.
El orden unipolar de la globalización no pudo procesar los desafíos provocados por el crecimiento de China y la crisis de 2008-2009. En 2016 el descontento de los votantes estadunidenses facilitó el ascenso de Donald Trump. También era la opción de las elites norteamericanas para cambiar las reglas de la globalización y al mismo tiempo dejar intacta la estructura tributaria inspirada en la curva de Laffer.
Aparecieron neopopulismos reaccionarios con fuerza suficiente como para cuestionar el neoliberalismo. En EE. UU. surgió lo que Branko Milanovic llama «liberalismo nacional mercantil», que mantiene algunas características del neoliberalismo, descarta varios avances del liberalismo clásico y rechaza el internacionalismo (The Great Global Transformation. National Market Liberalism in a Multipolar World, 2025).
Trump expuso los lineamientos generales de ese ambiguo mercantilismo en noviembre de 2025, mediante la National Security Strategy of the United States of America (NSS). En la actualidad el único propósito de la política exterior norteamericana es proteger sus intereses nacionales. Ni el apoyo «inquebrantable» a las Naciones Unidas (es decir al multilateralismo), ni la sostenibilidad de la economía global, ni la reducción de las barreras comerciales, ni la libertad y la democracia mundial, ni el desarrollo económico interesan a los artífices de la doctrina Make America Great Again (MAGA).
El orden unipolar de la globalización no pudo procesar los desafíos provocados por el crecimiento de China y la crisis de 2008-2009. En 2016 el descontento de los votantes estadunidenses facilitó el ascenso de Donald Trump.
Trump no toleraría una multipolaridad formalizada. Su premisa es la chovinista convicción de la «grandeza y decencia inherentes a nuestra nación», según proclama la NSS, lo que justifica mantener el dominio del planeta, preservar el excepcionalismo belicista de un EE. UU. super soberano para «asegurar los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos…» No le interesa que la economía norteamericana sea el paradigma del libre mercado; le interesa una economía que cimente «nuestra posición global y [sea] fundamento necesario de nuestro ejército» para reclutar, entrenar, equipar y desplegar una fuerza militar invencible y capaz de intervenir en cualquier parte del mundo. Esto sería imposible sin el liderazgo científico y tecnológico, protegido por estrictos derechos de propiedad intelectual, y sin el control y dominio de los mercados financieros internacionales.
La NSS asume explícitamente que la mejor forma de obtener la paz es el uso de la fuerza, pues esa es la mejor arma disuasiva. En consecuencia, y dada la diversidad y multiplicidad de intereses de un país como EE. UU., la predisposición al intervencionismo queda justificada. Los ideales democráticos han sido reemplazados por un ««realismo flexible» que autoriza cultivar la diplomacia con gobiernos que se encuentran en las antípodas de la tradición democrática norteamericana.
La soberanía es el valor fundamental, lo que faculta a afirmar que «EE. UU. fijará nuestro propio curso en el mundo y determinará su destino, libre de toda interferencia externa». Y, por lo tanto, no permitirá que ningún país «adquiera tanto poder como para amenazar nuestros intereses […] impediremos el dominio global de otros y en ciertos casos, también el dominio regional».
El desorden de la NSS en América Latina
Según la NSS luego de «años de abandono», EE. UU. «…reforzará la Doctrina Monroe para recuperar la preeminencia norteamericana en el hemisferio occidental, y para proteger nuestra patria y nuestro acceso a lugares claves de la región. Rechazaremos la capacidad de competidores no hemisféricos para posicionar fuerzas militares u otras capacidades intimidatorias, o para poseer o controlar activos estratégicos vitales. Este ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe es, por sentido común, parte de la recuperación de las prioridades y el poder norteamericano, consistente con los intereses de la seguridad estadunidense».
La ideología destilada en el Corolario Trump justifica el sufrimiento irrogado a la población cubana por el embargo económico, comercial y financiero de EE. UU. sometido a votación en la Asamblea General de Naciones Unidas en 33 ocasiones. En octubre pasado resolvieron terminar con ese bloqueo 165 países, otros 12 se abstuvieron y siete se pronunciaron en contra de la suspensión (EE. UU., Argentina, Paraguay, Israel, Hungría, Macedonia y Ucrania). EE. UU. se rehúsa, desde 1992, a acatar esa resolución no vinculante de la Asamblea General.
El gobierno de Trump ha implementado una agresiva estrategia contra la presencia de China en América Latina mediante presiones económicas, militares, diplomáticas y administrativas. La acción más violenta se produjo en Venezuela, el 3 de enero de 2026, para abducir a Nicolás Maduro, acusándolo de dirigir una organización criminal narcotraficante. Hasta esa fecha Venezuela exportaba petróleo a China. En esa operación ‘quirúrgica’ habrían fallecido al menos 100 personas.
La ideología destilada en el Corolario Trump justifica el sufrimiento irrogado a la población cubana por el embargo económico, comercial y financiero de EE. UU. sometido a votación en la Asamblea General de Naciones Unidas en 33 ocasiones.
Las presiones norteamericanas ocurren a diario. Los países con relaciones económicas más intensas con China han sido los más afectados: Panamá fue amenazada con la incautación del Canal, supuestamente controlado por CK Hutchinson Holders de Hong Kong (http://bit.ly/4aPH8ND). México es coaccionado constantemente con la amenaza de ataques militares para abducir a narcotraficantes; también ha sido inducida a impedir inversiones chinas para producir automóviles. Ecuador ha paralizado la segunda fase de Mirador, la mina de cobre de Tongling Nonferrous Metals Group (https://bit.ly/4c93A6S). Colombia fue amenazada con aranceles punitivos (25%) para forzarlo a cooperar con la política de deportaciones norteamericana y a reducir las negociaciones con China. Brasil también fue amenazado con aranceles excepcionales (50%) tratando de direccionar el juicio contra Jair Bolsonaro. Para interferir con la operación del puerto de Chancay, operado por Cosco Shipping, EE. UU. ha impuesto al Perú un plan de USD 1 500 millones para modernizar el puerto de Callao (50 km al sur de Chancay), financiado con capital peruano, pero con equipamiento y personal norteamericano (https://bit.ly/4ay3ODa). Hace pocos días EE. UU. revocó las visas de tres altos funcionarios del gobierno chileno, como represalia por autorizar la construcción de un cable submarino entre Valparaíso y Hong Kong. EE. UU. pretende frenar la conectividad digital china y priorizar los cables existentes que están bajo su control (https://bit.ly/3ZTbqdl) y, al mismo, tiempo advierte al próximo presidente chileno por dónde deberá conducir las relaciones internacionales de su país.
Los más poderosos funcionarios del gobierno de Trump no creen posible defender homeland (la patria) sin dominar el hemisferio. Alexander Gray, jefe del consejo de seguridad nacional de Trump durante su primer mandato, afirma que solo a partir del dominio absoluto del hemisferio se puede proyectar hacia fuera el poder militar enfocándolo en el escenario de la disputa más importante del siglo XXI, como es el Indo-Pacífico (https://bit.ly/3OswuF8).
Con ese objetivo imperial, EE. UU. trata de reconstituir, en forma violenta, la esfera de influencia que demoró más de un siglo en conformar el panamericanismo, difuminado tras cuatro décadas de globalización. El sistema interamericano, liderado por la Organización de Estados Americanos (OEA) y el TIAR, fue un componente sustancial de la hegemonía estadounidense. Pero la Doctrina Donroe solo identifica Hemisferio Occidental con espacio privilegiado en el que los actores extrarregionales son tratados como intrusos y no como contrapartes con derechos legítimos.
La embajada de la República Popular de China en Chile afirma que el retiro de las visas a los funcionarios chilenos contradice «los intereses de los países de esta región». Y que esa sanción «…demuestra un obvio desprecio por la soberanía, la dignidad y los intereses nacionales de Chile, y exhibe su naturaleza hegemónica y despótica…» El comunicado chino termina con una advertencia: «Quien siembra vientos recoge tempestades; […] lo que ponen en manifiesto [sic.] las amenazas incesantes de Estados Unidos no es la fuerza de hegemonía, sino la debilidad […] Cuanto antes esta superpotencia abandone la mentalidad hegemónica y trate a otros países con igualdad, más beneficio se generará para la seguridad, el desarrollo y la prosperidad de las naciones de esta región…» (https://bit.ly/4aFaGil). ¿Un imperio desmintiendo los designios de otro imperio?
El siguiente acto de la ideología Donroe ocurrirá el 7 de marzo, fecha en la que el presidente Trump ha convocado a gobernantes de derecha de varios países latinoamericanos para involucrarlos en la creación de un “Escudo para América” que impediría a otras potencias mundiales el ingreso al patio trasero estadounidense.
[1] Este ensayo ha sido elaborado con la ayuda de Perplexity.