La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado
Elbert Green Hubbard
Cualquier político digno, de derecha o izquierda, afirmaría que la economía de libre mercado se desarrolla mejor en democracia. En ese grupo sobresale Bill Clinton, presidente de EE. UU. desde 1993 hasta 2001. Impulsor del TLCAN, el primer tratado de libre comercio de gran alcance y de la Ronda Uruguay del GATT que desembocó en la creación de la Organización Mundial de Comercio (WTO), Clinton estaba convencido de que el libre comercio anularía al autoritarismo al fomentar la integración económica y divulgar los valores occidentales. En el discurso inaugural de su segundo periodo presidencial (1997) afirmó que la democracia liberal sería la forma de gobierno «definitiva» de la humanidad.
Si la economía de mercado y la democracia fuesen sistemas sinérgicos, recíprocamente necesarios, siempre y en todo lugar, el mundo estaría frente a una ley de la historia. Y, en consecuencia, se podría inferir que la propagación mundial del libre mercado, promovida por la globalización, habría provocado una expansión proporcional de la democracia.
Pero la evidencia muestra que la globalización del capitalismo y la democracia no necesariamente van de la mano. Las agresivas reformas implementadas en Chile luego del golpe militar de 1973 habrían sido imposibles sin 17 años de dictadura. Corea del Sur salió del subdesarrollo y se convirtió en una pujante economía moderna luego de 40 años de gobiernos totalitarios. Singapur, otra experiencia de desarrollo capitalista, también es un ejemplo de autoritarismo. La República Popular China es una gigantesca economía capitalista, pero sigue gobernada por un autoritario partido único.

Lo que sí es plausible es el fenómeno inverso: conforme avanza la crisis de la globalización, retrocede la democracia. El ímpetu democrático que afloró tras la caída del muro de Berlín se ha detenido desde la crisis del sistema financiero norteamericano (2008). ¿Existe algún nexo causal entre una y otra?
Antes de nada hay que reconocer que palabras como globalización y democracia solo adquieren significado cabal cuando están adjetivadas o, si se prefiere, calificadas. Cuando se hace referencia a la globalización, ¿quién globaliza qué? Democracia es un término aquejado de «blanqueamiento semántico». Aclarar su contenido y alcance es el primer paso antes de proponer una explicación sobre cómo interactúan.
Globalización: auge y crisis
Para la OCDE, la globalización «…es sobre todo un proceso dinámico y multidimensional de integración económica, en el que los recursos nacionales se hacen cada vez más móviles internacionalmente mientras las economías nacionales se hacen cada vez más interdependientes» (Measuring Globalisation: OECD Handbook of Economic Globalisation Indicators, 2005). Según el FMI es «…la interdependencia económica del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada y generalizada de tecnología» (https://bit.ly/3FvpPp4).
La globalización es un fenómeno mucho más complejo y profundo que lo cuantificable en la balanza de pagos. Para el politólogo de la UNAM, Osmar Cervantes, es un ente multifacético «…de carácter político, económico y social que […] ha sido determinante en las distintas esferas de la sociedad y [que ha] reconfigurado desde patrones culturales, hasta el modo en que se desenvuelven los Estados y sus instituciones». Cervantes tiene razón. Sin embargo, son los indicadores económicos los que ofrecen un panorama, aunque acotado, más nítido del auge y la crisis de la última ola de globalización.
La globalización es un fenómeno mucho más complejo y profundo que lo cuantificable en la balanza de pagos. Para el politólogo de la UNAM, Osmar Cervantes, es un ente multifacético.
Esta historia comenzó en 1947, año de creación del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés). Los 23 países firmantes, con EE. UU. a la cabeza, deseaban establecer un sistema de comercio basado en normas y promover una ordenada reducción arancelaria negociada en el ámbito multilateral. Richard Baldwin, del Graduate Institute de Ginebra y director del Centre for Economic Policy Research de Londres, recuerda que en 1995 se creó la Organización Mundial de Comercio (WTO), con 163 países miembros dispuestos a intercambiar bienes y servicios bajo las condiciones auspiciadas por el GATT. 20 años después, en 2016, los aranceles para la mayoría de los bienes transables eran inferiores al 5%, y de 0% para un buen número de bienes importados (The World Trade Organization and the Future of Multilateralism, Journal of Economic Perspectives v.30 n.1).
Cuando la globalización parecía incontenible, en 1993, Paul Krugman (profesor del MIT y columnista del New York Times, «premio Nobel» de 2008) decía que en el público estadounidense se notaba una percepción creciente de que el comercio internacional es un asunto vital. Algo muy destacable en un país con una tradición proteccionista tan fuerte como los EE. UU. El ánimo aperturista de Krugman desbordaba ingenuidad: en una famosa nota publicada en The American Economic Review (v.83 n.2) afirmó que «…los déficits comerciales se autocorrigen […] Si podemos enseñarles [a los estudiantes de economía] a avergonzarse cuando oigan hablar de competitividad, habremos hecho un gran servicio a nuestra nación».

El fracaso de la Ronda Doha, iniciada en el 2001, no impidió la liberalización del comercio. Los miembros de la WTO siguieron reduciendo masivamente las barreras comerciales, a la inversión y a los servicios en negociaciones bilaterales, regionales e incluso unilaterales en todo el mundo, al margen del ámbito multilateral de la WTO. Entre 1982 y 2009 proliferaron los acuerdos comerciales regionales con una creciente variedad de disposiciones sustantivas más ambiciosas sobre reglas de origen y medidas sanitarias, normativa para la inversión extranjera, derechos de propiedad intelectual, convergencia regulatoria, liberalización de los flujos de capital, estándares ambientales, regulaciones laborales y anticorrupción. Así también, entre 1982 y 2006 proliferaron los tratados bilaterales de inversiones, que llegaron a sumar más de 3.000. Entre 2001 y 2012 los aranceles promedio se redujeron de 4% a 1% en la Unión Europea, de 22% a 13% en el Sudeste asiático, y de 11% a 8% en América Latina y el Caribe, respectivamente (véase Baldwin, op. cit.).

El auge y la crisis de la globalización se representan en los gráficos 1 y 2. El comercio de bienes y los flujos internacionales de capital muestran un acelerado crecimiento a partir de la última década del siglo pasado, hasta 2008, año de la crisis financiera iniciada en Wall Street. Ese mismo año el comercio mundial de bienes representó 51% del PIB mundial. Un año antes, en 2007, los flujos internacionales de capital alcanzaron un máximo anual de US$ 2,19 millones de millones. Luego de la crisis de 2008 estas variables no muestran una tendencia definida, con fuertes oscilaciones de corto plazo.
En enero de 2017 el presidente Trump decidió lapidar el sistema multilateral de comercio basado en normas, uno de los pilares de la globalización, al utilizar la política arancelaria como arma geopolítica. También retiró a EE. UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés), evidenciando su temor a competir en la cuenca del Pacífico bajo las reglas de la WTO. En 2019 Trump bloqueó la renovación parcial de los jueces del Órgano de Apelaciones de la WTO y por último, en febrero de 2025, ya en su segundo mandato, emitió una orden ejecutiva ordenando revisar las membresías de EE. UU. a organizaciones internacionales, para «determinar si son contrarias a los intereses estadunidenses», lo que suspendió los aportes anuales a la WTO (https://bit.ly/4laA7ve).
La democracia fue una reacción de la gente común contra monarquías y religiones que intervenían en todos los ámbitos de la vida. Invocando la razón, la libertad de elección y la tolerancia, el liberalismo creó un espacio exclusivamente privado.
La democracia químicamente pura y sus males
Antes de seguir, es imperioso contrarrestar el «blanqueamiento semántico». La mitología democrática se remonta a Grecia; específicamente, a Atenas en el siglo VI a.C. En la demokratía –el gobierno del pueblo, etimológicamente– los miembros de la ciudad-estado, excepto mujeres y esclavos, debatían y tomaban decisiones sin la intermediación de agentes.
Este tipo de democracia –directa, como se la conoce en la actualidad, cuando asume la forma operativa del referendo– dejó de practicarse hace 25 siglos y reapareció en Occidente como democracia liberal representativa. Fue una reacción de la gente común contra monarquías y religiones que intervenían en todos los ámbitos de la vida. Invocando la razón, la libertad de elección y la tolerancia, el liberalismo creó un espacio exclusivamente privado. La ideología liberal colocó en el centro de todo al individuo y, mediante las constituciones, trató de limitar el poder del Estado monárquico y de las iglesias, defendiendo la propiedad privada y la economía de mercado como medios para asegurar el interés individual.
La democracia liberal representativa –o parlamentario representativa– se consolidó en Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Los países del Báltico y de Europa del Este se convirtieron en democracias representativas tras la desaparición del Pacto de Varsovia y la implosión de la Unión Soviética. En América del Sur, en Brasil, la dictadura de Joao Baptista Figueiredo terminó en 1985, finiquitando 21 años del gobierno militar. En 1990 Pinochet entregó el poder a Patricio Aylwin luego de 17 años de dictadura. En Perú, Alberto Fujimori dio un autogolpe de Estado en 1992, fue reelegido en 1995 y encabezó un gobierno autoritario hasta 2000. En Ecuador, cinco personas ocuparon la presidencia en los últimos cinco años del siglo XX. En esta región la crisis de la democracia parece evolucionar constantemente, aunque con distintas intensidades.

Si se la examina en estado puro, la democracia liberal representativa es un mecanismo acordado por la sociedad para dilucidar la verdad. Los representantes de los ciudadanos debaten para convencerse unos a otros a fin de tomar las decisiones políticas consideradas más adecuadas por la mayoría. Esto presupone que no existen verdades definitivas; si las hubiere, y fueren conocidas, el debate parlamentario sería innecesario. Los regímenes totalitarios gobiernan obedeciendo verdades definitivas, no necesitan parlamentos para tomar decisiones.
Los representantes de los ciudadanos debaten para convencerse unos a otros a fin de tomar las decisiones políticas consideradas más adecuadas por la mayoría.
En las sociedades donde se practica este tipo de democracia se acepta que hay más de una forma de entender la realidad. El debate entre partidos políticos sirve para elegir la mejor forma. Si se prefiere, para elegir –de entre tantas formas subjetivas– la que la mayoría considera más apropiada.
Esta opción abierta de entender la realidad se basa en la noción de incompletitud. El escritor y director de cine Paul Auster tiene razón al afirmar que son los no creyentes (en verdades absolutas como Dios) quienes veneran la democracia. Reflexión que conduce a distinguir la democracia como medio, de la democracia como un fin en sí misma. Una organización vertical y no democrática como la Iglesia Católica se vale de un mecanismo democrático —el voto secreto emitido en un cónclave cardenalicio— para elegir al sumo pontífice, considerado por los creyentes el representante de Dios en la Tierra. Solo las democracias seculares pueden ser esencialmente finalistas, en sentido filosófico.
Esta democracia se materializa en la república, macro institución con características específicas: soberanía popular (el poder reside en los ciudadanos, quienes lo ejercen mediante el voto), representación por medio de mandatarios que toman decisiones en nombre de los ciudadanos, separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y Estado de Derecho establecido bajo el principio de igualdad. Todo esto acordado en una norma constitucional.
En realidad, quienes ejercen el poder son los representantes políticos (los mandatarios de los mandantes o ciudadanos). Durante las campañas los mandatarios ofrecen cosas anheladas por sus mandantes. Pero es frecuente que, una vez elegidos, incumplan sus ofrecimientos. Esta inconsistencia –entre la oferta de campaña y la acción real– desanima a los electores y deja bajo sospecha a los partidos políticos y a sus programas de gobierno.
Al proponer como principio constitucional el «gobierno de las leyes y no de los hombres», el ideólogo de la constitución de Massachusetts de 1870 y segundo presidente de EE. UU., John Adams, fundamentó el Estado de Derecho como característica específica del republicanismo. Cuando los mandatarios vulneran este principio afloran los males que aquejan a la democracia real: neopatrimonialismo, populismo y autoritarismo.
El neopatrimonialismo es una forma de gobierno híbrida en la que la gestión del Estado es copada por intercambios y vínculos políticos informales. El jefe del ejecutivo y sus agentes ejercen autoridad a su capricho y según sus incentivos personales, al margen del orden legal. La diferencia entre los intereses públicos y privados se difumina deliberadamente, y los allegados al jefe del ejecutivo ocupan los cargos burocráticos no para proveer bienes y servicios públicos sino para adquirir status e incrementar su patrimonio personal. El neopatrimonialismo amalgama la autoridad patrimonial (tradicional) y la autoridad burocrática (legal). La primera se fundamenta en la pretensión del gobernante de ejercer control personal sobre los miembros de la sociedad, como lo haría un padre con los miembros del hogar. Se lo asume como una costumbre heredada en el tiempo. La segunda confiere legalidad a las acciones tomadas por los allegados.
Todo populismo tiene dos características: un vínculo emocional, fuerte y directo, entre la mayoría (el pueblo) y su carismático líder. Y la referencia al otro, con frecuencia la élite, contra la cual se posiciona el pueblo.
Populismo es otro término que adolece de blanqueamiento semántico. «Populista» suena a adjetivo descalificador. Jan-Werner Müller, profesor de la Universidad de Princeton y autor de What is Populism? (2016) critica la actitud paternalista de los políticos liberales que aconsejan someter a terapia a los populistas, como si padeciesen una enfermedad. Más bien sugiere tomar en serio los temores e indignación que los alimentan. El historiador y politólogo Guy Hermet distingue varias formas de populismo. El primero, el de los intelectuales narodniki de la década de 1840 (movimiento revolucionario de ultraizquierda, antioccidental, inclinado al uso de la violencia) hasta el de Europa occidental en los últimos 40 años. En América Latina, Maristela Svampa postula que en el siglo XXI florecieron dos tipos de populismos de «alta intensidad» y «progresistas»: uno plebeyo, en Venezuela y Bolivia, y otro de clases medias, en Argentina y Ecuador (Debates Latinoamericanos: indianismo, desarrollo, dependencia y populismo, 2016). Svampa evidencia el «recurrente reduccionismo político-mediático» empeñado en hacer «exultantes apologías o […] enojosos rechazos».
Todo populismo tiene dos características fundamentales: un vínculo emocional, fuerte y directo, entre la mayoría (el pueblo) y su carismático líder. Y la referencia al otro, con frecuencia la élite, contra la cual se posiciona el pueblo. El líder dice encarnar los anhelos y sentimientos del pueblo, presuntamente sin necesidad de mediación institucional alguna (Bertrand Badie, International Encyclopedia of Political Science v. 7). El populismo divide a la sociedad en dos grupos: el pueblo y los otros. Solo los populistas pueden representar al verdadero pueblo (la mayoría silenciosa). Pero este no deja de ser una comunidad imaginaria que irrumpe en la escena como un subconjunto mítico de la población total. El antagonismo es inevitable. La palabra eslava narod significa pueblo y/o nación. En español, francés e italiano la palabra pueblo proviene del vocablo latino populus, que designa tanto al total de la ciudadanía como cuerpo político unitario, cuanto a los que pertenecen a las clases inferiores, opuestos a ricos y aristócratas. En la actualidad, la palabra pueblo denota al sujeto político constitutivo tanto como a la clase social que lleva las de perder –el pobre, el excluido, el carente de privilegios. Ese pueblo priorizaría el cambio radical de sus condiciones de vida y estaría dispuesto a postergar el respeto a los derechos humanos o a las libertades políticas.
Müller señala tres características específicas de un gobierno populista: (i) Trata de secuestrar la maquinaria estatal; (ii) La corrupción y el “clientelismo de masas”; y (iii) Siempre está empeñado en reprimir sistemáticamente a la sociedad civil.
Los regímenes autoritarios constituyen el más común de los males de la democracia liberal representativa. Tienen tres características básicas: (i) Un limitado pluralismo que contrasta con el pluralismo casi ilimitado de las democracias liberales; (ii) La prevalencia de mentalidades (formas de pensar más emocionales que racionales) antes que de ideologías; y (iii) La ausencia o escasa movilización política.
La superioridad moral alcanzada por la democracia liberal representativa ha impulsado a muchos regímenes autoritarios a mimetizarse por medio de alguna forma de competencia electoral. Pero no institucionalizan otras dimensiones vitales de una verdadera democracia, como el imperio de la ley, la rendición de cuentas, la alternabilidad, el equilibrio de poderes y la protección irrestricta a los derechos civiles y políticos. Otra diferencia es la presencia de poderes tutelares o dominios reservados fuera del alcance de los funcionarios elegidos, con frecuencia en beneficio de militares o de líderes eclesiásticos.
La superioridad moral alcanzada por la democracia liberal representativa ha impulsado a muchos regímenes autoritarios a mimetizarse por medio de alguna forma de competencia electoral.
Ergun Özbudun de la Bilkent University de Ankara reconoce que los regímenes autoritarios tienen gran resiliencia gracias a una hábil combinación de coerción, cooptación, tácticas de divide y reinarás, y una apertura democrática selectiva. Pero esa inquietante combinación de elementos democráticos y autoritarios crea una fuente de inestabilidad, con la posibilidad de transitar hacia regímenes autoritarios menos abiertos (Bertrand Badie, op. cit. v. 1).
En el autoritarismo extremo florece el totalitarismo. Probablemente en la actualidad el único gobierno totalitario de tipo soviético sea Corea del Norte. Expertos como Juan J. Linz afirman que China y Cuba son regímenes “postotalitarios” (Totalitarian and Authoritarian Regimes, 2000). Irán es el caso más complejo: el islamismo se ha convertido en una ideología política totalitaria, con un muy limitado pluralismo y el control tutelar de las funciones legislativa y electoral por parte del líder supremo (elegido por una asamblea de teólogos).

La crisis de la democracia
A nadie sorprende que las «democracias realmente existentes» estén en crisis. La distancia entre éstas y el ideal democrático exige ajustes constantes, por lo que la capacidad adaptativa, tanto como la crisis, son elementos cotidianos de la praxis democrática. Hasta la década de 1980, en América Latina las democracias morían de golpe, por lo general a manos de militares complotados con las oligarquías. Ahora mueren poco a poco, se desangran «…entre la indignación del electorado y la acción corrosiva de los demagogos», comenta Andrés Malamud (¿Se está muriendo la democracia?, Nueva Sociedad n. 282). Pero S. Levitsky y D. Ziblatt recuerdan que, mucho antes, Benito Mussolini y Adolf Hitler mataron las democracias de sus países desde adentro, poco a poco (Cómo mueren las democracias).
El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (Idea Internacional), observador oficial de Naciones Unidas, sostiene que en «términos […] generales, la intensidad de los avances democráticos que parecían tan alentadores a principios de este siglo se ha atenuado en las últimas dos décadas» (El estado de la democracia en el mundo y las Américas 2023. Los nuevos pesos y contrapesos). Esta afirmación surge de un complejo ejercicio de descomposición de un concepto cualitativo (calidad de la democracia) en sus componentes relevantes, expresables como variables cuantitativas.

Idea Internacional monitorea las tendencias de cuatro categorías de desempeño de las democracias reales en 173 países: representación, derechos, Estado de Derecho y participación. El informe citado identificó reducciones notables en la calidad de la representación, en especial en los indicadores de elecciones creíbles y parlamento eficaz. También registró declives importantes del Estado de Derecho en los indicadores de independencia judicial y de seguridad personal (debido a la oleada de golpes de Estado en África y al colapso institucional de Haití). La categoría de derechos parece estancada en un nivel muy bajo, con descensos en los indicadores de libertad de expresión y libertad de asociación, una consecuencia de las medidas adoptadas en El Salvador contra el crimen organizado y del abuso de las leyes contra la desinformación en los países de Asia occidental. La categoría Estado de derecho muestra una mejoría relativa gracias a los avances en la lucha contra la corrupción en Angola, Benín, Burundi, Kazajistán y México.
EE. UU. era considerado el faro de la democracia en el mundo. Luego de las Segunda Guerra Mundial, se autoproclamó su promotor y garante de la libertad. Esta imagen se ha desgastado.
Según el Pew Research Center de Washington D.C., otra ONG interesada en esta materia, en 31 países consultados en 2024, el 45% de la gente estaba satisfecha con la democracia, mientras que el 54% no lo estaba (https://bit.ly/3DO2m1O). En países como Sudáfrica, Colombia o Perú, más del 70% de la gente no está satisfecha.

La insatisfacción ciudadana con la democracia no es un problema de los países de menores ingresos, únicamente. Luego de la pandemia un promedio de 49% de los ciudadanos de 12 países de altos ingresos estaba satisfecho con la democracia, pero para 2024 ese promedio se redujo a 36% (los países considerados fueron Canadá, Francia, Alemania, Grecia, Italia, Japón, Países Bajos, Corea del Sur, España, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos). En seis de esos 12 países la caída ha sido de al menos dos dígitos: Canadá (66% a 52%), Alemania (66% a 55%), Grecia (32% a 22%), Corea del Sur (53% a 36%), Reino Unido (60% a 39%) y Estados Unidos (41% a 31%).
- EE. UU. era considerado el faro de la democracia en el mundo. Luego de las Segunda Guerra Mundial, se autoproclamó su promotor y garante de la libertad. Esta imagen se ha desgastado al punto que, en vísperas de la elección presidencial de noviembre de 2024, solo uno de cada cinco estadunidenses creía que su país era un ejemplo para seguir por otros países. Siete de cada diez creían que esa democracia había sido un buen ejemplo, pero que desde hace unos años atrás ya no lo era. En otros 34 países examinados por el Pew Research Center, en promedio el 40% de los consultados creía que la democracia norteamericana había sido un buen ejemplo, mientras que otro 22% creía que nunca lo había sido (https://bit.ly/3XKy6eX).

Los efectos de la globalización
La crisis de la globalización ha detenido el avance de la democracia liberal. Es más, la induce a deteriorarse incurriendo en prácticas lesivas al imperio de la ley (populismo, patrimonialismo o autoritarismo). El profesor de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, Dani Rodrik, afirma que en muchos países la integración económica internacional posterior a 1990 –sugiere llamarla hiperglobalización– habría producido desintegración interna, al profundizar las divisiones entre los ganadores y los perdedores de la exposición a la competencia global (Why Does Globalization Fueled Populism? Economics, Culture and the Rise of Right-Wing Populism, Annual Review of Economics 2021.13: 133-170).
Rodrik analizó las estadísticas de la campaña presidencial estadunidense de 2016. A primera vista esa información sugiere que el voto a favor de Donald Trump (Rodrik lo considera un populista) estuvo condicionado por las actitudes sociales y el racismo tanto como por las percepciones de la situación económica. En especial, que las preferencias antiglobalización estarían fuertemente asociadas con la decisión de votar por Trump y no por Hillary Clinton.

Pero un análisis de las relaciones entre la situación económica y las actitudes de las personas, por un lado, y los resultados electorales por otro, con el objetivo de establecer nexos causales, requiere un modelo teórico. Rodrik asume que las identidades sociales, la cultura y el racismo son variables endógenas y están determinadas –al menos parcialmente– por condiciones económicas objetivas. A su vez, esas condiciones están determinadas por diferentes fuerzas, incluso por shocks provocados por la globalización. Las preferencias políticas de los votantes pueden ser influenciadas por la narrativa y los mensajes de los partidos políticos y sus líderes, y éstos, a su vez, pueden elaborar mensajes de campaña en respuesta a las condiciones económicas.
En la figura 2 se esbozan cuatro nexos causales. Un shock provocado por la globalización –la variable exógena del modelo– desencadena una disrupción económica capaz de modificar las preferencias políticas de los votantes (flecha a). La disrupción económica puede alterar los sentimientos de inseguridad, induciendo a los votantes a priorizar las diferencias entre los insiders («nosotros») y los outsdires («ellos») étnicos, religiosos o raciales (flecha b). Por otra parte, los shocks económicos afectan la ideología de los candidatos y/o las plataformas de los partidos políticos en competencia (flecha c). Y, por último, esos shocks pueden inducir a los partidos políticos –en especial a los de derecha– a tratar de dar más importancia a la cultura y la identidad para incidir en la decisión de los votantes frente a la urna electoral (flecha d).
En consecuencia, las alteraciones económicas provocadas por la globalización pueden redundar en resultados electorales favorables al populismo en forma directa (flecha a) e indirecta (flechas b y d); pueden influir sobre las acciones políticas (la oferta, flechas c y d), o incidir en las preferencias de los votantes (la demanda, flechas a y b). Quedaría por aclarar si esta hipótesis, desarrollada para el caso del populismo, es extensible a los casos de autoritarismo y de neopatrimonialismo. Y algo más: en la vida real, ni populismo ni autoritarismo ni neopatrimonialismo se presentan en forma excluyente; con frecuencia un presidente autoritario también tiene conductas patrimonialistas y/o populistas.
Por último, es necesario destacar la importante crítica a la teoría estándar del comercio internacional que trae consigo la propuesta de Rodrik. Esa teoría plantea que los efectos distributivos de la apertura comercial son temporales, pues la magia del libre mercado reasignará los factores productivos (capital, trabajo y tecnología) a sectores económicos donde recuperarán competitividad. En la década final del siglo XX toda reforma hacia la apertura comercial iba acompañada del mantra de la temporalidad del estrés distributivo. Ese mantra no se cumplió en el Rust belt (cinturón de óxido) estadunidense (Ohio, Indiana, norte de Illinois, Wisconsin, Michigan, Pennsylvania y parte de New York), región que era el corazón industrial de EE. UU., sustentado en la siderúrgica, la minería de carbón, la industria automotriz y el procesamiento de materias primas.
En esa región, que ya ha votado dos veces por Donald Trump, el declive económico, la pérdida de empleos y la crisis urbana atribuidos a la desindustrialización comenzaron en la década de 1980. En medio siglo la magia del mercado nunca apareció en el Rust Belt. Esta es una poderosa razón del éxito político de un personaje como Trump. Falta dilucidar –queda como tarea para los expertos politólogos– si se trata de un populista, de un autoritario o de un neopatrimonialista… o si encarna en forma simultánea estos tres males que están destruyendo los avances de la democracia liberal.