Hay historias que el cine cuenta con afán resolutivo: algo se tiene que arreglar, alguien tiene que ganar y se tiene que hacer justicia. Pero hay un cine que se parece un poco más a la vida y aunque también transita por las transformaciones de sus personajes y necesita del cambio, nos habla más de cerca, creando un eco inexacto de nuestras heridas.

El cine de Ana Cristina Barragán habla desde esas heridas, pero no busca la sanación. Las pone en un borde: son tan rastro del dolor como posible camino. Sus películas Alba (2016) y La piel pulpo (2022) ya lo exploran, pero en Hiedra, su último estreno —que le valió un León al Mejor Guion en la sección Horizontes del Festival de Venecia—, Ana Cristina hace de este borde un territorio más amplio. Lo explora con la delicadeza que ha construido con el tiempo; el mismo que se toma para preguntarse por su guion, sus personajes, su equipo y para conocer a las personas que se convierten en actrices y actores de sus historias.

Así se gesta el improbable encuentro entre los protagonistas de Hiedra: Azucena (Simone Bucio) de treinta años y Julio (Francis Edu Llumiquinga) de diez y siete. Ella, con la infancia rota por un embarazo producto de una violación, vive en el tiempo detenido de su clase media y blanca, mientras se pregunta en silencio por la criatura entregada en adopción. Y él, apenas adolescente, de fisonomía indígena, mira su futuro como otro lugar del abandono: cuando sea mayor de edad y tenga que dejar el orfanato y su manada de chicas y chicos que lo acogen desde su nacimiento.
En Hiedra no hay conmiseración por el dolor de los personajes, es decir, no están presentados como víctimas, algo que sí son en términos de la violencia estructural de nuestra sociedad, pero la película crea otra mirada. Muestra cómo desde esas heridas es posible la ternura, la belleza, el deseo de formar otros vínculos, otras familias.
Es una historia que pide ir al cine, llama al silencio y a la oscuridad para entregarnos al acto de ver y escuchar mientras todo se detiene.
Azucena cuida de su abuelo, le compra pasteles que tiene prohibido comer, le lee poemas y lo baña en esa misma casa donde quedó congelado su antiguo dormitorio donde permanecen sus peluches y una cuna vacía; el museo triste de su arrancado tiempo infantil a donde el hijo nunca llegó. La misma ternura es reproducida por Julio cuando cuida a los bebés huérfanos de su casa de acogida. Los carga con delicadeza, les da leche tibia, los mece en sus brazos mientras pronuncia sus nombres para calmar su llanto. Hiedra toma el camino de los seres rotos que son capaces de cuidar de otros, aún más vulnerables, transformando eso que parece una condena en algo más, un encuentro, una posibilidad. Su final cierra la historia pero abre otra en el espectador, es una puerta a la vida o al delirio.

Con el trabajo osado de su director de fotografía, Adrián Durazo, Ana Cristina hace también del borde una experiencia visual: de un lado, cuando los protagonistas se entregan al cuidado, al vértigo de su primer encuentro o al dolor por la verdad, los primeros primerísimos planos potencian miradas, respiraciones, pieles. Y en cambio, cuando irrumpe la brutalidad de la Naturaleza, los planos abiertos convierten a Julio y Azucena en diminutos seres que juegan a ser algo en la inmensidad volcánica de los Andes.

Es una historia que pide ir al cine, llama al silencio y a la oscuridad para entregarnos al acto de ver y escuchar mientras todo se detiene. La música de Claudia Baulies inventa gritos guardados que se convierten en canto y eso, combinado con una edición que se atreve a la cámara lenta, eleva las emociones, la cercanía con los personajes y sus profundas heridas que son como la hiedra porque asoman, trepan, crecen por lugares y seres, alcanzando formas insospechadas.
Ficha técnica*:
Dirección: Ana Cristina Barragán
Producción y Producción Ejecutiva: Joseph Houlberg, Silva Oderay Game, Alejandro de Icaza, Gabriela Maldonado, Thierry Lenouvel, Montse Pujol Solà, Bernat Manzano Vall y Karla Souza
Guion: Ana Cristina Barragán
Música: Claudia Baulies
Sonido: Gisela Maestre Plaza, Jean-Guy Veran y Juan José Luzuriaga
Fotografía: Adrian Durazo
Montaje: Gerard Borràs Omar Guzmán y Ana Cristina Barragán