lunes, marzo 2, 2026

Águeda Pallares roba el fuego interior de los héroes para alumbrar batallas cotidianas

Águeda Pallares presentó el tercer volumen de El fuego interior, saga sobre la vida de Sucre. La autora se ha propuesto contar una historia emocional del Ecuador y lleva ya seis libros.

Redacción Plan V

Por: Redacción Plan V

Los relatos sobre los protagonistas de nuestra historia suelen discurrir como una colección de hagiografías —biografías de “santos”— o como una serie de crónicas sobre 500 años de desencuentros. En este mapa de antípodas se insurge la novela histórica como un antídoto contra “textos oficiales”, sean epopéyicos o elegíacos. Y en este escenario hay un nombre de referencia para Ecuador: Águeda Pallares Carrión.

Águeda luce introvertida, de tono afable, a ratos casi como un susurro. Bastan cinco letras para que su pulso se acelere y sus ojos pequeños se iluminen: Sucre. Sí: la vida del Gran Mariscal de Ayacucho ha sido su pasión mayor en los últimos años, en una apuesta vital de novelar la historia del país.

Arrancó con honores con la novela El Conde de Cumbres Altas, en 2012, y a este título siguieron Sol de aguas y Otra luz (estos dos últimos, por la generosidad de su autora, se encuentran en su blog). El primer título es la aventura de Juan Ramón de Cumbres Altas, de la Costa a la Sierra, de la pasión al amor más puro, de las intrigas políticas a la búsqueda del silencio, todo en los escenarios de Guápulo y la mítica hacienda Guachalá, y en diálogo con la época en que García Moreno subió al poder.

Sol de aguas, en cambio, es el cúmulo de emociones e idiosincrasias en pugna en lo que sería la Ilustración ecuatorial: los años de la Primera Misión Geodésica en las tierras de la antigua Audiencia de Quito. En esa misma línea, Otra luz da cuenta de la época del verdadero descubrimiento de América, en la bisagra entre los siglos XVIII y XIX, con las viajes de Humboldt y su éxtasis por la luz que no deja sombras en el paisaje equinoccial.

Águeda del Ecuador

En estos títulos, Águeda ha ido cumpliendo, novela tras novela, la misión que, en clave poética, le encargó el maestro cubano Nicolás Guillén cuando escribió para ella, cuando apenas tenía 10 años, este texto:

Águeda del Ecuador
mándame una flor dorada,
y en una nube pintada
un ala de ruiseñor.
-Sí, señor.

Junto a la dorada flor
mándame en un solo trazo
la cumbre del Chimborazo,
la nieve y su resplandor.
-Sí, señor.

Guayaquil con su valor,
Quito en su montaña pura
y la selva y la llanura,
mándamelos, por favor.
-Sí, señor.

Pero quisiera mejor,
Águeda, que todo eso,
que me mandaras un beso,
un beso del Ecuador.
-Sí, señor.

La apuesta de Águeda, de contar el país desde la emoción, alcanza su cumbre más alta, de momento, con la saga sobre Antonio José de Sucre: El fuego interior, editada cuidadosamente por Ediciones El Nido, dirigida por Valentina Febres Cordero. Su tercer y último tomo se presentó el sábado, 28 de febrero de 2026, en un lugar incomparable: la capilla de andesita rosada de la Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit, cuna de humanidades en Cotocollao.

Águeda Pallares
«Casa llena» en la presentación de El fuego interior III, en la capilla de la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit, en Cotocollao. Foto: archivo particular.

La tercera y última entrega de esta serie, iniciada en 2022, se sitúa en el retorno de Sucre, desde Bolivia hacia Quito, hacia 1828, tras el atentado que destrozó su brazo derecho y su ánimo en Chuquisaca. Es el anhelado regreso de un Ulises, de trashumancia eterna, hacia un hogar imaginado, en las madrugadas previas a toda una vida de batallas. Una trashumancia entre pólvora, celos y traiciones hacia un sentido postergado e inalcanzable para el gran héroe: la paz. Pero el camino de todo héroe está atravesado por varias fatalidades. Una de ellas: el sentido del deber.

La inmersión emocional recae en diálogos construidos con verosimilitud, con los modismos exactos que sirvan para retratar la época, sin caer en barroquismos, y para desnudar la intimidad de los personajes en un ejercicio muy ético, al mostrar su brillo y sus grietas.

Así, las páginas avanzan por los porqué de la invasión del Perú y la posterior batalla de Tarqui, y por la última misión encomendada por Bolívar: asistir al Congreso Admirable y tratar pírricamente de impedir que Colombia La Grande se despedace. Y entre tarea y tarea, el anhelo firme del hogar: el retorno del Gran Mariscal a la hacienda El Deán, en Conocoto, donde Sucre conoció realmente a Mariana Carcelén y donde procrearon a su hija Teresita. O las cabalgatas hacia las inmediaciones de Machachi, para sacar adelante el corazón económico de la familia Sucre-Carcelén: la hacienda ganadera de Chisinche.

Pero estos pasajes también proyectan sombras, celadas y perfidias letales, con nombres, apellidos y coordenadas específicas: Juan José Flores, José María Obando, los sicarios Morillo, Erazo, Sarria, Cuzco…, el valle del Patía, las quebradas de Berruecos, la posada de Venta Quemada y los disparos finales en el paso de La Jacoba, minutos después de las 08:00 de aquel viernes 4 de junio de 1830. Ahí se detuvo el paso físico de Sucre, quien quería volver a Quito para las fiestas de San Antonio, en junio 13. Pero ahí también empezó su andanza hacia la eternidad.

La obra de Águeda no es un almanaque de hitos históricos. Si bien su novela se concentra en el ciclo 1828-1830, con una incontestable fortaleza documental, el eco de su trabajo está en la creación de todas las atmósferas sensitivas y de todos los universos íntimos de personajes que han trascendido por generaciones de una manera unidimensional.

Inmersión cinematográfica en la vida de Sucre

La obra de Águeda huele a aceite de mandarina y clavo de olor. También a chocolate, queso criollo de harta crema, capulíes, pucheros. Arroyos con riberas de menta, valles donde surca el viento melífero de los cholanes y las ñagchas. De esta manera, la autora invita a los lectores a una inmersión muy sensual en las costumbres y rituales de los años de la independencia.

Este ejercicio sirve de antesala para que el lector se atreva luego a bucear, al punto de casi perder la respiración, en la hidalgía de Sucre, en la testosterona de Flores, en la fidelidad de Carcelén, en la lealtad del sargento Caicedo, en el misterio de la curandera de Chimbacalle ―tributo que la novela rinde a las hierberas, parteras y sabias del mundo andino―. Una galería de personajes sólidamente construidos, sin pirotecnia ni indulgencias narrativas.

La escritura de Águeda es cadenciosa, sensual, privilegia la evocación antes que la descripción; por ello su cariz es cinematográfico, pero al estilo cámara en hombro: personajes, paisajes, atmósferas emocionales que fluyen como agua por las álabas de un molino. Para ello, en su apuesta expositiva del contexto histórico o geográfico, su estructura gramatical es sencilla: oraciones cortas, con una limpieza sintáctica que aporta al ritmo del relato y a la mayor aprehensión de sentidos.

La inmersión emocional recae en diálogos construidos con verosimilitud, con los modismos exactos que sirvan para retratar la época, sin caer en barroquismos, y para desnudar la intimidad de los personajes en un ejercicio muy ético, al mostrar su brillo y sus grietas.

Qué afortunados serían los estudiantes y nuevos curiosos de la historia ecuatoriana si en sus mochilas y manos se abrieran textos como los de Águeda, para revisitar otras épocas desde un pensamiento más divergente, pues los textos oficiales, según los diversos péndulos políticos, se han encargado de universalizar miradas convergentes sobre la historia desde las perspectivas ―casi unívocas según aquello péndulo político― del vencedor o del oprimido. Cuando la belleza y, quizás la verdad, bulle en los intersticios y los matices.

En un país huérfano de individuos y adicto a mesías y caudillos, la autora roba un poco del fuego interior de los referentes de nuestra historia para alumbrar nuestras batallas cotidianas. Esa es la luz que Águeda Pallares Carrión ha ido proyectando desde El Conde de Cumbres Altas (2012) hasta la trilogía de El fuego interior (2022-2026). ¿Qué nuevos candiles se encenderán? ¿Los de Mariana Carcelén o los de Marieta de Veintimilla?

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