viernes, febrero 20, 2026

Cuevas de oro y sangre persisten en La Merced de Buenos Aires

El Ejército ecuatoriano patrulla a diario este enclave de minería de oro en el norte de Imbabura. Un equipo periodístico acompañó a los uniformados en una zona disputada por Los Lobos y la narcodisidencia Oliver Sinisterra.

Por: Texto: Ana Minga / Fotografías: Gianna Benalcázar Manzano

El corazón palpita como a 200 latidos por minuto. No es miedo, sino curiosidad por saber qué nos espera tras las montañas, en esta operación militar de rastrillaje —reconocimiento y registro— en una zona minera del norte ecuatoriano. Son las 4:00 del 4 de febrero. El frío no importa en la formación mientras pasan lista. Hay que tener bien despierta la voluntad, pues los ataques del enemigo no avisan y el hecho de que haya 150 uniformados no garantiza que los GDOs y la guerrilla bajen la guardia o mucho menos se retiren de sus cuevas de oro.

Salimos en un Howo, camión militar chino, y algunas camionetas, previa inspección de un grupo de inteligencia militar que realiza permanentes investigaciones en la región de Buenos Aires, que corresponde a la parroquia La Merced perteneciente al cantón Urcuquí, en la provincia de Imbabura. La neblina vuelve borrosas a las mulas y a los caballos que se encuentran en la zona, y son utilizadas para la minería ilegal. También hay sombras de los mineros que cruzan rápidamente en la carretera para cumplir su labor del día. El 90% de la minería que estuvo en auge en 2016 y 2017 ya no existe, pero hay un 10% que insiste en regresar a pesar de los riesgos.

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La gente del lugar pareciera no caer en cuenta de que en el país se vive un estado de conflicto armado interno desde 2024 por la presencia de grupos criminales locales y transnacionales enquistados en todos los niveles sociales del Ecuador. Menos en una zona en que el oro vale más que la droga y un kilo del metal puede costar 150 mil dólares, según fuentes militares acantonadas en la zona. La onza de oro está en USD 4.985 en el mercado internacional.

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Después de casi dos horas de viaje nos introducimos a pie en las montañas de Buenos Aires, donde circulan billetes de 100 dólares y una habitación llegó a costar 400 dólares cuando la minería ilegal estuvo en auge. Los pobladores locales miran los camiones de los militares, los saludan, pero detrás de esa cortesía los militares que actúan en la zona sospechan que podría haber una cadena de informantes que avisan a los mineros de El Olivo, Mina Vieja y Mina Nueva.

Hacia allá nos acercamos. A pesar de que en octubre de 2025 se bombardeó este lugar para arrasar con las minas, aún hay gente que busca el oro y entre 30 a 40 personas cumplen algunos oficios, como el de excavar y procesar el material aurífero. Según militares consultados, los hombres ganan alrededor de 50 dólares al día y las mujeres, por cocinar en los campamentos, 60 dólares.

Hacemos una parada antes de llegar a uno de los campamentos permanentes del Ejército. Desde una camioneta 4×4 nos toman fotos y avisan a alguien sobre nuestra presencia. Los militares protegen el vehículo táctico en el que estamos —fotógrafa y periodista— y nos indican algunas normas de seguridad por si la situación se pone tensa.

Los militares realizan los chequeos respectivos a los cuatro ocupantes de la camioneta: se trata de mineros de la zona; tanto la patrulla como los mineros siguen su camino. Los oficiales al mando del operativo sostienen que hay «mucho lavado de dinero en la minería ilegal y que el grupo de los Lobos siempre lucha contra miembros del Frente Oliver Sinisterra». Ya en enero de este 2026, el Ejército ecuatoriano capturó a 44 integrantes de Los Lobos y de disidencias guerrilleras, aseguran.

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Lodo que se pega como chicle

Llegamos al campamento donde hay soldados esperándonos y nos dan detalles de cómo está el terreno, el clima… La información estratégica se la entregan solo a los dos coroneles que nos acompañan y a los jefes de los seis equipos. En el lugar hay carpas grandes y dentro camas sin colchón; al lado, un improvisado comedor de madera. Quiero revisar el lugar, pero me piden que me apure, que esto no es un juego, que hay que intervenir, pues según los uniformados, «seguramente los informantes de los mineros ya dieron aviso de que estamos allí». Nos piden que en segundos dejemos todo, que nos coloquemos adecuadamente el chaleco y el casco, elementos que pesan como un bidón de agua de 10 litros pegado al pecho. Los uniformados nos dicen que hay otros chalecos tácticos que suelen ser más pesados.

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Nos metemos en el lodo, comenzamos a subir la montaña marrón, los zapatos patinan; no solo se trata de tener resistencia sino también equilibrio. El camino es largo, comienzo a toser el tabaco, el lodo se vuelve parte de la ropa, hay zonas donde toca pelear contra él, pues se adhiere como chicle a las piernas. Mientras avanzamos, me vuelvo consciente de cada parte de mi cuerpo y lo que pesan mis huesos. El frío ya no importa, estamos sudando, nos toca cruzar un río, el agua helada refresca.

De pronto, se avisora un camino más empinado. Les pido que paremos, me ahogo, a mi alrededor están tres soldados que siempre mantuvieron cubierto su rostro, me dicen frases motivacionales. Mi presión sube, les pido que canten, que ellos deben tener canciones con las cuales se acompañan en estos viajes y empiezan con melodías propias del Ejército. Entre dos horas de camino y esas melancólicas canciones, no sabía si llorar o tener rabia, pues la vida allí no es fácil. Yo me quejaba por el peso de un chaleco y el casco que nunca calzó en mi cabeza, mientras ellos llevaban armas, municiones, granadas, drones, otros elementos para defenderse y atacar.

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Llegamos cerca de la mina El Olivo, tenemos visibilidad hacia Mina Vieja y Mina Nueva. Nos piden que no avancemos pues en esos tres sitios se están haciendo trabajos de inteligencia para siguientes operaciones. También nos informan que hay personas extrañas en el sitio. Mientras tanto, en aquella zona, se miran cambuches, que son casas de descanso de los mineros. Son de madera, tapadas con tablas y plásticos. En el interior hay ollas, zapatos, ropa regada, una pequeña cocina. Proceden a la destrucción de estas estructuras. Una de ellas explota, me lanzo al suelo a cubrirme entre el pasto, algunos de los militares me miran con asombro porque ellos están intactos, digo que me afecta el sonido, pero en realidad me asusto por el calor de las llamas.

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Mientras hacen su labor, aprovecho para consultar al Comandante del Grupo de Caballería N°36 Yaguachi, el teniente coronel Christian Ruales y al coronel Carlos Proaño, cómo así hay integrantes del Frente Oliver Sinisterra en territorio ecuatoriano y comentan que ellos quieren controlar la minería ilegal en una lucha constante con Los Lobos. Si bien la zona está controlada siempre vuelven en menor número. Ruales aclara que el Ejército cumple con capturar a los insurgentes y los detiene durante 24 horas para entregarlos a la Policía, institución que se encarga de las investigaciones migratorias.

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También relata que las personas que quieren continuar con la minería ilegal tienen entre 30 a 50 años y que del lado colombiano son guerrilleros que involucran a menores de edad para tareas de traslado, vigilancia y carga de material aurífero. Los integrantes del Frente Oliver Sinisterra manejan fusiles AK47, M16A1, M16A2 y granadas de 40mm. Pero ¿qué pasa con la frontera entre Ecuador y Colombia? Tanto Ruales como Proaño narran que los militares colombianos están alejados a 30 kilómetros y desde el Ecuador se miran las plantaciones de coca en grandes hectáreas en el lado colombiano.

El Grupo de Caballería Mecanizado Nº36 "Yaguachi" del Ejército Ecuatoriano esta encargado de controlar la zona norte del país. Su presencia está en la cárcel de Ibarra como apoyo al SNAI, adicional se encarga de controlar contrabando de diversos productos, combustible, narcotráfico y minería ilegal. Las operaciones en territorio son permanentes.

En La Merced de Buenos Aires, el Ejército realiza trabajos constantes, en una zona peligrosa donde el oro vale más que la droga. 150 mil dólares el kilo. Mientras la minería ilegal mueve fortunas, los militares que ingresan a estos territorios operan bajo amenaza constante. No solo enfrentan el terreno y las economías criminales; también son objeto de inteligencia por parte de la guerrilla y los GDOs.

El extraño joven del tatuaje del yin yang

Hasta el punto en que estamos, se acerca un joven que tiene varios tatuajes en sus brazos y manos. Carga una mochila. Los militares se ponen a la defensiva, le quitan el celular y abren su mochila, empiezan a preguntarle por varios personajes que estarían operando en el sitio, tres hombres y una mujer, que por seguridad de futuras operaciones es mejor no mencionarlos.

El joven dice que sube a trabajar en las minas como otros lo hacen, que él vive en Buenos Aires. En el teléfono encuentran algunos mensajes de voz donde alguien le da indicaciones de cómo acceder a las minas, a quién obedecer y qué llevar. También se visualiza una foto de un muerto que él cuenta que lo habrían matado las bandas por meterse con la novia de uno de los líderes. Le piden la cédula y se lo llevan a un lado para terminar el interrogatorio. No quiere dar explicaciones sobre sus tatuajes, dice que no tiene nada que ver con los GDO, que solo son rayones, aunque uno de sus tatuajes es el yin yang, símbolo chino del cual se han apropiado los grupos criminales y lo han resignificado para indicar todo lo contrario al orden establecido.

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Mientras este joven se acercó a los militares, otros bajaron rápidamente por una montaña lejana, su presencia no parecía inocente. Los militares comentan que él también estaba haciendo inteligencia, pues no sería la primera vez que les envían espías. Muchas veces los militares tienen límites para capturar a estas personas cuando no están armadas porque además cuentan con la protección de los dueños de las haciendas de la localidad a quienes les pagan o amenazan por su silencio. Ayudan a esconderlos en sus casas y plantaciones. Y claro, si no los encuentran en actos fragantes, no pueden capturarlos.

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Cada intervención en la zona es un riesgo para los integrantes del Ejército ecuatoriano. Su vida depende de varios factores, como si el enemigo tuviera mejores armas o si explota una granada o una bomba. Recordemos a los 11 soldados asesinados en mayo de 2025, en Orellana en un ataque armado en el Alto Punino. Ellos se enfrentaron a la minería ilegal y fueron eliminados por la disidencia de las FARC, Comandos de la Frontera.

Llueve. Con enfado les pregunto si están conscientes de que arriesgan su vida mientras allá, afuera, quizás ni siquiera importa su labor. Cada operación en la zona minera es una apuesta diaria contra la muerte. Jóvenes soldados viven allí y avanzan entre frío, hambre y silencio, con un rancho de seis dólares al día, cargando más de diez kilos en el pecho y la incertidumbre en la espalda. Mientras sus vidas discurren en caminos empinados y sin comunicación, lejos de sus familias, pienso que en las alturas del poder se diluyen decisiones clave entre trámites eternos, privilegios y una burocracia que rara vez pisa el barro que ellos pisan. A veces siento que la distancia entre el frente de actividades y el escritorio no es solo geográfica: es moral.

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Después de escuchar mi indignación, los uniformados dijeron que conocen de esas injusticias, pero que en territorio esas ideas no caben. “Aquí un error es fatal”, enfatizan y la orden fue clara, casi pedagógica: enfóquese en la operación actual. Porque cuando se avanza entre amenazas reales, el único tiempo que existe es el presente y el único objetivo es regresar a salvo.

Avanzamos a una zona estratégica donde, previa información de inteligencia militar, se lanzaron granadas de mortero hacia las minas El Olivo y Mina Vieja. Como parte de esta operación de rastrillaje y ofensiva, estos tiros de mortero permiten alcanzar objetivos en zonas altas y de difícil acceso, como laderas empinadas, campamentos camuflados o bocaminas en montaña. También sirven para neutralizar o inutilizar infraestructura ilegal y reducir la exposición directa del personal, ya que se puede actuar a distancia cuando hay amenaza de grupos armados. Lanzaron alrededor de 14 granadas.

 

En Buenos Aires, ya es alrededor de las 14:00 y cae la neblina. Los militares regresaron al destacamento sin dramatismos. En una rutina aprendida, limpiaron las botas cubiertas de lodo, revisaron sus armas y ordenaron el equipo. El rastrillaje no terminaba ahí; apenas era una pieza dentro de una operación mayor que continuaría al amanecer del día siguiente. Aunque no nos informaron, observamos que ya tenían en la mira un objetivo.

Integrantes del Frente Oliver Sinisterra, bajo la mira

Existe información de inteligencia militar que no se cuenta con parlantes, solo la saben quienes liderarán las operaciones. Y cuando se ubica al objetivo, las intervenciones no dan tiempo para filosofar, hay que actuar. En esta ocasión, alrededor de dos semanas se habría utilizado para caer con fuerza sobre dos campamentos del Frente Oliver Sinisterra. Uno instalado cerca de la mina El Olivo. Aquí se destruyó un laboratorio de procesamiento de material aurífero, una procesadora industrial, poleas utilizadas para extracción ilegal y dos campamentos de descanso guerrillero.

Uno de los objetivos del Ejército del Ecuador es la guerrilla colombiana pues busca activar la minería ilegal. Esta intervención se traduce en un golpe significativo a la economía criminal, al impedir la producción mensual estimada entre 6 y 10 kilogramos de oro, con un valor aproximado de 960.000 dólares, que habrían sido destinados a financiar actividades ilícitas, según los militares.

El laboratorio contaba con equipos sofisticados para la extracción y procesamiento de material aurífero, incluyendo sistemas de almacenamiento de químicos, generadores industriales y hornos de refinamiento. Se incautó también gran cantidad de material aurífero y herramientas vinculadas a la minería ilegal.

Los campamentos de descanso guerrillero estaban equipados para varias personas, con vestimenta, cocinas y estructuras que fueron destruidas durante la operación. Como resultado, los militares decomisaron 276 municiones calibre 7.62 milímetros (mm), 78 municiones calibre 5.56 mm, 10 cartuchos calibre 12, 38 cartuchos percutidos, una trompetilla para fusil FAL, 6 alimentadoras para fusil M16 y 4 alimentadoras para fusil FAL. Tenían abastecimiento logístico para un mes. Guardaban cuatro pacas de medicinas (antibióticos, complejo B, gasas, sueros, entre otros), un generador eléctrico y una caballeriza de aproximadamente 70 metros cuadrados.

El avalúo militar de esta infraestructura logística y operativa destruida se estima en 120.000 dólares.

Combate en Carchi

Por otro lado, en el Carchi, hubo un enfrentamiento entre 15 insurgentes y militares ecuatorianos. La explotación del oro incentiva a la guerrilla a instalarse en cambuches para reactivar la minería ilegal. Según fuentes militares, los guerrilleros están armados con fusiles AK47, M16A1, M16A2 y granadas de 40mm.

En esta operación, los soldados ecuatorianos detuvieron el contraataque e hirieron a algunos guerrilleros que se internaron en la zona boscosa y regresaron a Colombia.

Aquí el video donde se muestra parte del combate entre soldados ecuatorianos y miembros del Frente Oliver Sinisterra.

Según fuentes militares de Carchi, la presencia de la guerrilla colombiana es constante y muy visible en la frontera. En el lado colombiano se observan grandes plantaciones de coca y ondea la bandera del ELN, Ejército de Liberación Nacional. Este grupo es considerado insurgente, terrorista y narcotraficante.

Grupo de élite en Ibarra

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El Grupo de Caballería Mecanizado N.º 36 Yaguachi es una unidad operativa del Ejército ecuatoriano, con sede en Ibarra, Imbabura, dedicada a la defensa del territorio nacional y al control de armas, municiones y explosivos. Esta unidad realiza operaciones de seguridad, entre las cuales destaca su participación en el control minero en la frontera norte.

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En ese tablero clandestino, 250 soldados, drones de largo alcance y caballos cargueros avanzan en operaciones de reconocimiento ofensivo entre ácido, lodo y dinamita. Buscan arrancarle a la montaña el poder a las economías criminales que lo custodian. Y devolver la paz a la zona en un entorno donde el medio ambiente está también devastado.

El General Fernando Silva, Comandante de la IV División de Ejército Amazonas, informó que las pérdidas para las economías ilegales superan los 104 millones de dólares desde el 2025 hasta la fecha, en tema de minería ilegal.

El Teniente Coronel, Christian Ruales, Comandante del Grupo de Caballería Mecanizada N.° 36 Yaguachi, cuenta que hay zonas en Buenos Aires de difícil acceso donde se ingresa con caballos cargueros, llevando raciones para 20 días. Estos caballos son mejorados genéticamente, anchos y fuertes. En cambio, los mineros utilizan las mulas porque no dejan muchas huellas e ingresan a áreas inaccesibles y nadan muy bien.

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Salvar lo vulnerable

Ruales recuerda que entre 2016 y 2017, la zona de Buenos Aires estaba totalmente tomada y la conocían como la ciudad de los plásticos.

El trabajo de este grupo es diario, las cifras conseguidas solo en enero de este año, son las siguientes:

Incautados 17 equipos de combate, 12 mil kilos en sustancias sujetas a fiscalización. 331 armas blancas, 2.246 sacos de material aurífero en las minas. Cada saco está valorado en 160 dólares, lo cual es una gran pérdida para los grupos ilícitos. 2.222 accesorios para minería. 771 bocaminas destruidas, 11.305 galones de combustible decomisados, 15 excavadoras, 10 armas de fuego, 57 campamentos destruidos y 45 procesadoras.

Los ciudadanos capturados son de diferente nacionalidad, hay cubanos, venezolanos hiatianos, colombianos, ecuatorianos y peruanos. Paralelamente a la minería ilegal, comentó Ruales, se dan otros negocios ilícitos, como extorciones a pobladores, vacunaciones, prostitución, entre otros.

A pesar del rigor táctico que exige concentración absoluta y decisiones milimétricas, los militares también se permiten un gesto que no figura en los partes oficiales: la empatía. En medio de municiones, explosivos y estructuras destruidas, hay vidas que no portan fusil. Así ocurrió con Pantufla, una perrita rescatada entre cartuchos y uniformes abandonados en un campamento de minería ilegal. Mientras la operación neutralizaba amenazas, alguien la tomó en brazos. Incluso en territorios marcados por la violencia, todavía hay espacio para salvar lo vulnerable.

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Texto: Ana Minga / Fotografías: Gianna Benalcázar Manzano

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