
Si algo revela el debate sobre la producción peruana de cocaína y su salida por Ecuador no es solo un problema de narcotráfico. Es, sobre todo, un problema de epistemología política: creemos que estamos midiendo el fenómeno, cuando en realidad solo estamos midiendo la parte que el propio sistema permite que sea visible.
El dato es brutal: según informes de la United Nations Office on Drugs and Crime (2023) y observatorios especializados, de la producción peruana apenas se incauta alrededor del 2%. Es decir, el 98% fluye. Pero aquí empieza la ilusión estadística: conocemos con relativa certeza el numerador (las incautaciones), pero no el denominador (la producción real, la pureza, el reciclaje de droga incautada, el consumo efectivo). Construimos porcentajes sobre arena movediza.
Perú articula, junto con Brasil y Bolivia, un sistema de producción y circulación —el triángulo PBB— que alimenta principalmente el mercado europeo. Si las estimaciones de producción peruana oscilan entre 700 y 1000 toneladas métricas anuales, y si solo entre 50 y 100 toneladas estarían asociadas a rutas que pasan por Ecuador, entonces hablar de que el 70% de la cocaína que llega a Europa sale de Ecuador resulta, como mínimo, problemático. En términos aritméticos, simplemente no cuadra.
Aquí es donde la reflexión debe volverse incómoda.
En Colombia, la producción del Pacífico ronda las 40 a 50 toneladas mensuales (500–600 anuales). No todo sale por Ecuador. La producción peruana que efectivamente cruza por territorio ecuatoriano —si aceptamos el rango de 50 a 100 toneladas— implicaría un flujo mensual aproximado de 4 toneladas. Eso es significativo, sí, pero dista mucho de sostener la narrativa de que Ecuador es el gran embudo del 70% del tráfico hacia Europa.
Entonces, ¿qué ocurre? ¿Las cifras están mal? ¿Ecuador es un “perro de paja” donde se concentran capturas por razones operativas o geopolíticas? ¿O estamos frente a un fenómeno más profundo: la incapacidad estructural de nuestros sistemas de medición para captar el poder real que organiza estos flujos?
Aquí entra el concepto desarrollado por Lucía Seybert y Peter Katzenstein en Protean Power. Exploring the Uncertain and Unexpected in World Politics: el poder proteico. No es el poder que acumula recursos visibles ni el que se expresa en jerarquías formales. Es el poder que emerge en la incertidumbre radical, que se adapta, que improvisa, que reconfigura silenciosamente el campo de lo posible antes de que alguien lo anuncie.
El narcotráfico andino funciona así. No es una tubería lineal que va del productor al consumidor. Es una red adaptativa. Si se intensifican controles en un puerto, la ruta muta. Si se militariza una frontera, se abre otra. Si se concentra la atención mediática en Ecuador, los flujos pueden redistribuirse mientras las estadísticas siguen mostrando lo que se está buscando, no necesariamente lo que está ocurriendo.
Pero hay algo aún más profundo.
El poder más peligroso no es el que te dice “no”. Es el que decide de antemano lo que jamás se te ocurrirá pedir. Antes de que protestes por la violencia, alguien ya estructuró el debate en términos de “más militarización o más capturas”. Antes de que preguntes por el denominador real de la producción, ya aceptaste que el único dato sólido es el de las incautaciones. Antes de que cuestiones la narrativa del 70%, ya asumiste que las cifras oficiales delimitan el horizonte de lo pensable.
Clarissa Hayward explica este mecanismo como una estructuración del campo de acción: el poder no siempre prohíbe, muchas veces simplemente define el menú. Seybert y Katzenstein van más allá: el poder proteico no solo actúa en la crisis visible, sino que reconfigura silenciosamente las fronteras de lo posible.
Las estadísticas convencionales capturan eventos —incautaciones, toneladas decomisadas, pureza estimada— pero no capturan la reconfiguración estructural del sistema.
La noche del 9 de noviembre de 1989 ilustra esto con claridad. Cuando Günter Schabowski anunció erróneamente la apertura de la frontera, el Muro cayó. Pero aunque la chispa fue accidental; el campo de posibilidades ya había cambiado. La German Democratic Republic había perdido respaldo financiero, Mikhail Gorbachev había retirado apoyo soviético, el régimen tenía opciones reducidas. El accidente reveló una reconfiguración previa del poder que los indicadores tradicionales no estaban midiendo.
Con la cocaína andina ocurre algo similar. Las estadísticas convencionales capturan eventos —incautaciones, toneladas decomisadas, pureza estimada— pero no capturan la reconfiguración estructural del sistema: la dolarización ecuatoriana como incentivo financiero, la consolidación de puertos logísticos, la demanda europea creciente, la integración de redes brasileñas, el papel del Amazonas como corredor, la sofisticación del lavado en economías formales.
Estamos representando y midiendo la pipa equivocada.
El verdadero poder en este sistema no es solo el del cartel que mueve toneladas. Es el poder que estructura qué datos se producen, qué narrativas se instalan y qué preguntas no se formulan. Si solo conocemos el numerador, pero el denominador permanece opaco, cualquier afirmación categórica sobre porcentajes globales es, en el mejor de los casos, especulativa; en el peor, funcional a intereses políticos.
Decapitar la hidra —capturar cargamentos récord, exhibir toneladas en ruedas de prensa, capturar y eliminar a líderes de cárteles poderosos— puede producir sensación de control. Pero si el sistema solo captura el 2% de la producción, la estructura subyacente permanece intacta. Y si el debate público se organiza en torno a cifras incompletas, el poder más profundo ya hizo su trabajo: delimitó el campo de lo imaginable.
La lección no es relativizar el problema ni minimizar el rol de Ecuador. Es exigir una comprensión más honesta de la incertidumbre radical en la que opera este mercado ilícito. El desafío no es solo interceptar cargamentos visibles, sino entender las fronteras invisibles que determinan por dónde circulan, quién las financia y qué hace posible que casi toda la producción fluya sin ser detectada.
Si no cuestionamos el denominador, seguiremos celebrando numeradores e indicadores ilusos e ilusorios.
Y en ese espejismo estadístico, la hidra no solo sobrevive: aprende, se adapta y vence permanentemente.

