miércoles, marzo 4, 2026

Decapitar a la hidra en Ecuador: el espejismo del control frente al poder que muta (Parte II)

Los sistemas de inteligencia buscan estabilidad, patrones, jerarquías claras. Pero el crimen organizado contemporáneo —interconectado entre México, Ecuador y otros nodos globales— funciona como un ecosistema adaptativo. Reacciona creativamente a cada golpe estatal. La represión no lo elimina; lo obliga a innovar.

Paúl Trujillo

Por: Paúl Trujillo

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Si en México aprendimos que eliminar capos no desmantela el sistema que los produce, en Ecuador estamos viviendo la versión acelerada y tropicalizada de esa misma lección. La violencia que hoy sacude puertos, cárceles y ciudades no nació espontáneamente: es el resultado de dinámicas transnacionales donde México ocupa un lugar central como mercado, escuela criminal y socio estratégico.

Durante años, Ecuador fue más corredor que protagonista. Pero la presión del Estado mexicano sobre organizaciones como el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación desplazó operaciones logísticas hacia el sur. El Pacífico ecuatoriano —especialmente Guayaquil, Manta y Esmeraldas— se convirtieron en enclaves claves para exportar cocaína hacia Europa y Norteamérica. Lo que parecía un fenómeno externo terminó incubando una metamorfosis interna.

 

Aquí reaparece la metáfora de la hidra: el Estado identifica una “cabeza” —una banda, un líder carcelario, una estructura puntual— y la neutraliza. Pero el resultado no es la pacificación sino la fragmentación. La caída o captura de cabecillas de organizaciones locales como Los Choneros no produjo vacío, sino disputa. Emergieron facciones como Los Lobos y Los Tiguerones, muchas articuladas con cárteles mexicanos que externalizan violencia y logística. Cada decapitación redistribuye incentivos, desata guerras internas y multiplica nodos de poder más difíciles de rastrear.

Aquí es donde la reflexión se vuelve más profunda. René Magritte pintó una pipa acompañada de la frase “Esto no es una pipa”. El mensaje era claro: la representación no es la realidad. En Ecuador estamos representando y midiendo la pipa equivocada. Creemos que el poder criminal es una estructura jerárquica tradicional —un organigrama con cabeza visible— cuando en realidad estamos frente a algo mucho más fluido.

Lucía Seybert y Peter Katzenstein llaman a esto poder proteico: un poder que, como Proteo, cambia de forma ante la incertidumbre radical. No se acumula de manera lineal; emerge en la improvisación. No responde a un centro estable; circula entre actores que innovan bajo presión. Sus efectos solo se entienden después de que ocurren.

Ecuador encarna ese fenómeno. Las bandas no solo trafican drogas; diversifican en minería ilegal, extorsión, control carcelario, microtráfico, lavado de activos, etc. Cuando el Estado militariza cárceles, la coordinación se traslada a los barrios. Cuando controla puertos, se abren rutas terrestres. Cuando captura líderes, aparecen células más jóvenes, menos disciplinadas y más violentas. No estamos ante un poder que pueda desarticularse cortando su cúspide, porque no es piramidal: es reticular.

En Ecuador creemos que el poder criminal es una estructura jerárquica tradicional —un organigrama con cabeza visible— cuando en realidad estamos frente a algo mucho más fluido.

El error conceptual estructural consiste en diseñar políticas para riesgos calculables cuando el fenómeno opera en una incertidumbre radical. Los sistemas de inteligencia buscan estabilidad, patrones, jerarquías claras. Pero el crimen organizado contemporáneo —interconectado entre México, Ecuador y otros nodos globales— funciona como un ecosistema adaptativo. Reacciona creativamente a cada golpe estatal. La represión no lo elimina; lo obliga a innovar.

La pregunta crucial es incómoda: ¿qué parte del poder que emerge hemos ignorado sistemáticamente? Hemos ignorado el poder que nace del abandono estatal en barrios periféricos; el poder simbólico que otorga identidad y pertenencia a jóvenes sin horizonte; el poder financiero que fluye en economías dolarizadas; el poder carcelario que convierte prisiones en centros de mando. Hemos ignorado que, al fragmentar estructuras, generamos mercados más competitivos y, por tanto, más violentos.

Las consecuencias son visibles. Más actores armados compitiendo implican menos posibilidad de pactos tácitos y más violencia indiscriminada. En México, la fragmentación tras la ofensiva iniciada por Felipe Calderón derivó en multiplicación de homicidios locales. En Ecuador, la historia parece comprimida en pocos años. La importación de alianzas con el Cártel de Sinaloa o el Cártel Jalisco Nueva Generación no solo transfiere rutas: transfiere lógicas de guerra.

Decapitar la hidra produce titulares y sensación momentánea de control. Pero si el poder que enfrentamos es proteico, la victoria táctica puede ser la antesala de una derrota estratégica. La verdadera disputa no es contra nombres propios, sino contra las condiciones que permiten que el poder criminal emerja, circule y se reinvente.

Si seguimos representando y midiendo la pipa equivocada —si seguimos creyendo que el problema es la cabeza visible y no la red económica-financiera, política y logística que la sostiene— repetiremos el ciclo hasta la náusea. Y la historia, como tantas veces, nos sorprenderá no porque sea impredecible, sino porque insistimos en no comprender la forma cambiante del poder que intentamos destruir.

Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

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