viernes, marzo 20, 2026

Medio Oriente: manual para entender una guerra absurda

Ya es un año de la masacre de judíos más sangrienta desde la Shoah (el Holocausto). ¿Por qué no funciona la tarea diplomática en una región tan volátil? ¿Aún resiste la idea de dos estados: Israel y Palestina? ¿Qué hará el próximo gobierno de EE.UU.?

Por: Ugo Stornaiolo

El 8 de octubre de 2023, luego de la masacre de judíos más sangrienta desde la Shoah (el Holocausto) en la segunda guerra mundial, el presidente iraní, Ebrahim Raisi, se comunicó telefónicamente con Ismail Haniyeh, el líder político de Hamás y Ziyad Al Naklhalah, líder de la Jihad Islámica en Palestina.

Fue una conversación que giró en torno a Alá, el Dios que protege al pueblo palestino, pero también a la República Islámica de Irán y a los dos grupos sunitas fundamentalistas que se atribuyeron esa masacre. Esa reunión marcaba las coincidencias antes que las diferencias entre las dos visiones del Corán que tienen los chiítas y los sunitas, los primeros más cercanos a una doctrina más radical y literal, que dicen defender la línea del profeta, y los segundos que tienen una vertiente más abierta con descendientes de Mohamed (o Mahoma).

Estos dos grupos fundamentalistas, que son sunitas -Hamás y la Jihad-, comparten intereses y algo más fuerte que la división fundamental del mundo musulmán, entre chiítas y sunitas: su odio a Israel y su deseo de que el estado hebreo desaparezca. Un año después de aquella llamada telefónica, hay que manifestar que tanto Hamás como Hezbolá se encuentran juntos en la batalla contra Israel, con el respaldo de Irán en el Líbano.

Ambos grupos nacieron en los años 80, tienen una fuerte matriz religiosa y sitúan al islam como el fundamento del Estado. Hamás y la Jihad se encuentran clasificadas como organizaciones terroristas por la comunidad internacional, Hezbollah también es clasificada de esa manera por la Liga Árabe. Su objetivo común: borrar a Israel del mapa.

Hamás también es apoyado por Irán, que lo considera una espina clavada en el costado del enemigo sionista y también en Arabia Saudita. Desde entonces, realiza ataques en la Franja de Gaza, proporciona asistencia social y se opone a la corrupción de Fatah.

Hamás, el abrazo de Irán

Hamás se estableció en Gaza durante la primera Intifada en 1987, como filial palestina de los Hermanos Musulmanes egipcios, la organización líder de la internacional fundamentalista sunita. Los israelíes lo apoyaron entonces como una contra-potencia emergente, liderada por el jeque Ahmed Yassin, en oposición a la secular Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat y su expresión política, el partido Fatah.

Hamás también es apoyado por Irán, que lo considera una espina clavada en el costado del enemigo sionista y también en Arabia Saudita. Desde entonces, realiza ataques en la Franja de Gaza, proporciona asistencia social y se opone a la corrupción de Fatah.

Tras la retirada unilateral israelí en 2005, Hamás ganó las elecciones de 2006, cerró militarmente las cuentas con Fatah encerrándola en Cisjordania y en 2007 asumió el control de Gaza. El dinero que los financia llegaba en efectivo a través de túneles y maletas diplomáticas, hasta con la tácita venia del gobierno de Netanyahu o con criptomonedas para eludir sanciones.

Un soldado del ejército libanés se encuentra cerca de vehículos destruidos en un sitio destruido por un ataque aéreo israelí, en la región de mayoría cristiana de Aitou en el norte del Líbano. Foto: Reuters

Además de Irán, hay remesas de los palestinos y contribuciones de organizaciones benéficas en el extranjero. Sin embargo, la principal fuente de financiamiento es Qatar, que hoy aparece como mediador en la crisis y que, desde 2014, ha pagado hasta $30 millones mensuales, para explotar la única central eléctrica de la franja de Gaza. ahora cerrada.

La cifra oficial habla de unos USD 2 mil millones para ayudar a la población, pero la mayor parte ha sido desviada al sistema militar de los terroristas. El abrazo de Hamás con Teherán es cada vez más fuerte mientras que, con Riad, que no envía financiación directa, que permite recaudar fondos en su territorio, la relación es ambigua y se ha ido erosionando con el tiempo.

Los equilibristas saudíes

Arabia Saudita, que custodia las dos ciudades santas del islam -La Meca y Medina- aparece como la primera potencia de la galaxia sunita y, sobre todo, es el gran rival de Teherán por la hegemonía regional. La última ruptura diplomática entre ambos estados duró de 2016 a 2023, cuando la mediación china logró restablecer relaciones. Riad también buscaba normalizar los vínculos y la firma de los Acuerdos de Abraham con Tel Aviv, cuando la masacre del 7 de octubre de 2023 detuvo todo.

La posterior movilización en las calles de los países árabes contra el Estado judío por la matanza en Gaza hizo que la ruta negociadora se vuelva impracticable. Con EE.UU., primer aliado de Israel, la relación de los árabes es estratégica, petrolera y geopolítica, con fases de alta tensión que nunca dañaron la colaboración. Pero al interior, la secularización progresiva que busca la monarquía de los jeques ha enfriado las relaciones del clero wahabita con los Hermanos Musulmanes, de los que Hamás es una prolongación.

Este esfuerzo por mantener juntos elementos contradictorios y potencialmente conflictivos explica por qué el Reino de Arabia Saudita ya no puede apoyar a Hamás, pero aún debe proseguir con el relanzamiento de las relaciones con Israel a la resolución de la cuestión palestina.

Los orígenes de Hezbolá se remontan a la guerra civil libanesa de 1982, cuando «el Partido de Dios» se separó de las milicias chiítas y buscó dos objetivos: fundar un Estado bajo el modelo de la República Jomeinista (por el ayatola Jomeini) iraní, nacida en la revolución de 1979, y expulsar al ejército israelí que volvió al Líbano en 1982.

Hezbolá, el brazo largo de Irán

Los orígenes de Hezbolá se remontan a la guerra civil libanesa de 1982, cuando «el Partido de Dios» se separó de las milicias de resistencia chiítas y buscó dos objetivos: fundar un Estado islámico bajo el modelo de la República Jomeinista (por el ayatola Jomeini) iraní, nacida en la revolución de 1979, y expulsar al ejército israelí que volvió al Líbano en 1982.

Lo primero se ha ido perdiendo en el camino, lo segundo se logró con la retirada de las tropas de Tel Aviv en 2000 y desde entonces no se ha detenido, apuntando a Israel con lanzamientos de cohetes e incursiones terroristas. De grupo paramilitar Hezbolá devino en partido político y dentro de la eterna crisis económica e institucional libanesa logró crear una economía paralela, que gestiona obras públicas y actividades comerciales, tiene escaños en el Parlamento y forma parte -e influye decisivamente- en el débil gobierno libanés.

Mientras tanto, Hezbolá arma, entrena y financia a sus milicias con el apoyo de Teherán, en una cifra que es calculada por los estadounidenses en unos $ 700 millones anuales. Desde 2015, el Congreso de EE. UU. ha autorizado sanciones contra personas y bancos extranjeros que desvíen fondos a Hezbolá y en 2021 la secretaría del Tesoro apuntó a una red internacional de lavado de dinero localizada en la región calculada en decenas de millones de dólares.

A todos los efectos, el Hezbolá es un Estado dentro de un Estado, equipado con arsenales y capacidades militares superiores a muchos de los países árabes. El Partido de Dios tendría alrededor de 50.000 miembros o más. Al igual que Hamás, cuenta con una red amplia y fortificada de túneles y almacenes subterráneos, pero en comparación con éstos, en palabras del ministro de defensa israelí, Yoav Gallant, «es diez veces más fuerte».

Los suministros de armas fabricadas en Irán pasan por Irak y el norte de Siria; en la reciente intensificación de incursiones israelíes también fueron transportadas por el mar embarcadas en el puerto sirio de Latakia. Siria es otro patrocinador importante: antes de su guerra civil mantuvo una fuerza de paz en el Líbano, expulsada en 2005 por los levantamientos populares de la Revolución de los Cedros, que estalló tras el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri.

Las milicias de «resistencia»

Para comprender el vínculo entre Teherán y Hezbolá hay que remontarse a 1980, cuando Irán fue atacado por el Irak de Saddam Hussein. Saddam, un nacionalista sunita laico, lanzó una brutal represión interna contra los kurdos y chiítas, considerados «provocables» por la teocracia iraní.

En ocho años de guerra tras la invasión, el régimen de los ayatolás, una vez atacado, se vio aislado: el único estado de la región que se alineó fue la Siria de Hafez El Assad (de origen chiíta alauita). Así, Irán tomó la decisión de rodearse de aliados de probada lealtad, como lo son Siria y Hezbollah, para realizar sus propios planes de defensa, pero también para «exportar» la revolución islámica: se trata del primer núcleo de lo que se luego se convertiría en «el eje de resistencia”.

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quiere eliminar a Hamás y a Hezbolá de sus fronteras para defender, afirma, el derecho de Israel a existir en condiciones de seguridad. Durante todo el año ha habido intentos diplomáticos, para detener las conflagraciones y escaramuzas, que fracasaron.

La alianza se amplió para incluir milicias chiítas iraquíes que resurgieron de las sombras tras la caída de Saddam por la coalición liderada por Estados Unidos en 2003; los hutíes en Yemen, donde existe otra guerra civil desde 2014; un conflicto indirecto entre Irán y Arabia Saudita; las ramas de Hezbolá en Pakistán y Afganistán, donde también operan las Brigadas Fatemiyoun que lucharon en Siria contra el autodenominado Estado Islámico.

Una persona inspecciona los daños causados ​​tras los ataques israelíes, en medio de las hostilidades en curso entre Hezbollah y las fuerzas israelíes, en el sur del Líbano. Foto: Reuters

Se trata de una media luna chiíta con fuertes componentes sunitas como Hamás y la Jihad Islámica en Palestina, que causa alarma en los liderazgos musulmanes y en los gobiernos árabes moderados, desde Jordania hasta las monarquías del Golfo. Tampoco es del agrado del otro gigante sunita, Turquía, que posee el segundo ejército de la OTAN, que después del 7 de octubre viene apoyando a Hamás contra Israel, pero más de palabra que de acción, pues su objetivo es contener las ambiciones de Teherán, sobre todo en materia nuclear.

Es una lucha de poder. El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quiere eliminar a Hamás y a Hezbolá de sus fronteras para defender, afirma, el derecho de Israel a existir en condiciones de seguridad. Durante todo el año ha habido intentos diplomáticos, para detener las conflagraciones y escaramuzas, que fracasaron. En el fondo, pisoteada entre proclamas, protestas y gritos, la legítima aspiración de un pueblo a la autodeterminación, utilizada por el mundo árabe-musulmán como una bandera muy conveniente. Por ello, más de 40.000 palestinos ya pagaron el precio.

La visión de un judío estadounidense

Para el periodista estadounidense Tom Friedman, ganador del Premio Pullitzer, “las siete palabras más peligrosas en Oriente Medio son: el mundo nunca volverá a ser el mismo”. El columnista, cuyos artículos en The New York Times son muy leídos, es quien describió por primera vez la Doctrina Biden para la normalizar las relaciones entre Israel y Arabia Saudita y para la creación de un Estado palestino. Un año después, mientras todo el mundo mira la respuesta de Israel a los misiles iraníes, Friedman dice que su «bola de cristal se rompe en la niebla de la guerra».

Para Friedman, su mayor temor es una guerra entre EE. UU. e Irán, con sus respectivos aliados. Al preguntársele qué tan cerca está este riesgo responde: “hemos cruzado muchas líneas rojas en el último año, empezando por Hamás, que empezó asesinando y violando a israelíes. En cierto momento te encuentras del otro lado y ya no sabes cuáles son las reglas y los límites. Un día Israel puede lamentar no haber aceptado el alto el fuego: no es seguro que Hamás lo hubiera hecho, pero se podría haber intentado y tal vez podríamos haber obligado a Hezbollah a detener los cohetes y crear las condiciones para la diplomacia en el sur del Líbano”.

Agrega: “habiendo perdido esta oportunidad, estamos en una guerra de múltiples frentes en la que, si alguien hace algo, el otro debe hacer otra cosa para restablecer la disuasión. Si Israel responde a Irán, digamos haciendo volar bases militares (lo que es lógico, porque no pueden apuntar al petróleo o el precio aumentaría, ni apuntar a la energía nuclear porque crearía las condiciones para la Tercera Guerra Mundial), los iraníes responderán. Una escalada total».

Friedman sostiene que en el mundo árabe hubo varias reacciones positivas al asesinato del líder de Hezbolá, Nasrallah, pero que la acción militar tuvo debió ir acompañada de una acción diplomática. El autor también estuvo en contra de la invasión de Gaza, pero cuando se produjo esperaba que fuera acompañada del objetivo de dos Estados.

Responde Friedman que “mi primera reacción fue: no lo hagas. Pero cuando lo hicieron dijeron que era un deber estratégico y moral. Está claro que se necesita tiempo, recursos y aliados: y para tener esas tres cosas se necesita legitimidad”.

“La clave”, sostiene el periodista, “para la legitimidad es tener un socio palestino y una visión de un futuro diferente para Gaza: dos Estados. De lo contrario, un año después, acabas matando a toda esta gente y, a los ojos de muchos, parece matar por matar, sin ‘historia’”.

Para Friedman “Israel no puede estar en una guerra eterna… Una guerra justa debe librarse con justicia y eso significa tener una visión que vaya más allá de eliminar al adversario. La gente piensa que la alternativa a dos Estados es un Estado, pero la alternativa es ningún Estado. Simplemente se suicidarán». A la pregunta de si será posible lograr dos Estados con Netanyahu, él responde: «no, ahora lo sabemos». Cuando se le consulta qué pasa si Trump gana, enfatiza: “de una cosa estoy seguro: Trump no tiene idea de qué hacer».

Ugo Stornaiolo

Más Historias

Más historias