Carmen Martínez Novo, antropóloga y catedrática de la universidad de Florida, ha dedicado años al estudio de organizaciones indígenas latinoamericanas, particularmente en México y Ecuador. En obras como: Who Defines Indigenous? (¿Quién define lo que es indígena?), por ejemplo, ha discutido el complejo tema de las identificaciones identitarias, el alcance de los grupos indígenas organizados, y el rol del Estado frente a esos fenómenos. La autora siempre ha procurado desafiar los conceptos que suelen darse por sentados en la academia. Muchas veces dejando en evidencia sus falencias.
Su último libro Undoing Multiculturalism ( University of Pittsburgh Press 2021), —traducido al español por Abya Yala, en 2023, como El desmantelamiento del multiculturalismo—; tiene como objeto de estudio los efectos del socialismo del siglo XXI, para el mundo indígena en el caso ecuatoriano. Ha de decirse que aquellos efectos van más allá de los gobiernos de Rafael Correa y Lenin Moreno, pues incluyen las instituciones y normas que siguen vigentes hasta hoy, como es el caso de la Constitución del 2008.
Martínez Novo está interesada en identificar la suerte del multiculturalismo, originalmente impulsado por la acción de los grandes movimientos sociales —recuérdese que las organizaciones indígenas llegaron a tener una influencia notable en la Constitución de 1998, y el crisol de instituciones que surgieron en torno suyo—. La autora busca analizar qué pasó con toda aquella inercia de logros, luego de que pasaran por las manos del proyecto populista y autoritario de la revolución ciudadana.
Su último libro, traducido al español por Abya Yala como «El desmantelamiento del multiculturalismo», tiene como objeto de estudio los efectos del socialismo del siglo XXI, para el mundo indígena ecuatoriano.
Dado que las grandes organizaciones indígenas venían siendo vistas, desde inicios de los años noventa, con plena simpatía por la mayor parte de la esfera pública; y tomando en cuenta que el discurso de la revolución ciudadana prometía profundizar las demandas de aquellos sectores, era esperable que sus gobiernos hubieran profundizado todo cuando había sido alcanzado hasta entonces por los indígenas. Martínez Novo, sin embargo, encuentra que tales expectativas estuvieron lejos de cumplirse.
Las críticas de la autora se extienden durante siete capítulos: el primero realiza una descripción panorámica de lo que significa ser indígena en Ecuador, recordando que aquel grupo de la población ha sido deliberadamente excluido y legalmente explotado, desde la colonia hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. El segundo capítulo, critica la lentitud de las instituciones políticas modernas para procesar los derechos elementales de las comunidades indígenas, incluso después del último retorno a la democracia, la cual inició una inclusión nominal que tuvo limitadas consecuencias prácticas. El tercer capítulo procesa dos problemáticas: la disminución paulatina en la población de aquellos que prefieren definirse como indígenas, y han sido absorbidos de forma gradual por mundo mestizo, (a veces como estrategia de movilidad social, a veces impulsados por el racismo); y la fragmentación de una sociedad civil que en muchas ocasiones se ha visto reducida a la resonancia de las instituciones políticas y no siempre ha logrado cumplir un rol transformador, a nivel estructural.
Con la llegada del correísmo, aquella fragmentación de lo civil se volvió más profunda: por un lado se consolidó una red de organizaciones funcionales al gobierno de turno; por otro lado, el rango de acción de la sociedad civil crítica se vio limitado, tanto por la persecución estatal, como por el desprestigio que sufrieron sus dirigentes ante un bombardeo masivo de enunciaciones estigmatizantes desde el gobierno. En lo que tiene que ver con las dirigencias indígenas, estas se vieron confrontadas unas con otras, tanto desde cuerpos más o menos tradicionales que lo apoyaban, cuanto desde cuerpos creados a priori, por el mismo gobierno. Además, se dio una intensa persecución a líderes indígenas críticos principalmente aquellos que habían protestado contra lo que Martínez Novo llama extractivismo nacionalista.
Con la llegada del correísmo, la fragmentación de lo civil se volvió más profunda: se consolidó una red de organizaciones funcionales al gobierno de turno; y el rango de acción de la sociedad civil crítica se vio limitado.
A partir del capítulo cuarto, la autora propone casos específicos que reflejan la tendencia a contrarrestar la autonomía indígena. El primero se enfoca al desmantelamiento de la educación intercultural bilingüe y su reemplazo por un programa educativo occidental, en torno a las escuelas del milenio. Estas eran grandes edificios donde se buscaba congregar a los escolares, a pesar de que muchos de ellos estaban dispersos en amplios espacios, obligándolos a caminar grandes distancias para llegar a sus clases. Adicionalmente los contenidos impartidos por maestros, en su mayoría mestizos, se distancian de elementos culturales indígenas y priorizan el mundo occidental. El racismo y la discriminación no se ven superadas, según Martinez Novo, en aquellos nuevos proyectos, sino que de hecho parecen haberse reforzado.
En el capítulo quinto se realiza una revisión de los vínculos entre antropología, como disciplina académica y la antropología como herramienta, manejada desde agentes políticos, ONGs e incluso grupos religiosos. Se hace visible la paradoja de un área académica que puede tanto adherirse a discursos afines a los intereses indígenas, cuanto hacia aquellos que buscan limitar los alcances del multiculturalismo.
El capítulo sexto se centra en la misión salesiana en Ecuador, una organización religiosa que históricamente se ha vinculado con las organizaciones indígenas (algunas veces ayudando a su consolidación). Pero, si en algún momento los salesianos jugaron roles positivos apoyando a las comunidades, especialmente del oriente, en sus propios impulsos organizativos, al parecer durante el correísmo este rol fue tomado de una forma menos benigna. Como una forma de usar los grupos religiosos como cuerpos de avanzada en torno al proyecto político de un presidente que se consideraba a sí mismo un enérgico seguidor de las ideas de Juan Bosco. La religión, en este caso, terminó jugando el rol de una ideología para consolidar la agenda política populista.
Sin embargo, el capítulo que a mí parecer es el más interesante del libro —porque centra su mirada a varios de los eslóganes más novedosos del correísmo— es el séptimo, donde se plantea que el ambiguo concepto de sumak kawsay incluido en la constitución de 2008, no es fue más que una renovada estrategia de ventriloquía.
Para Guerrero, la ventriloquía empezó a desgastarse gracias al trabajo de organizaciones indígenas nacionales como la CONAIE, que realizaron propuestas políticas y normativas por su cuenta.
El concepto de ventriloquía fue propuesto por primera vez por un académico ecuatoriano llamado Andrés Guerrero. La idea general es que los grupos indígenas han tendido a ser usados, para legitimar discursos e intereses de actores que en cierta forma han tendido a manipularlos. No solo los grupos gubernamentales, religiosos o hacendatarios (quienes administraron poblaciones de forma privada en varios momentos de nuestra historia) han sido quienes pretendieron hablar a nombre de los indígenas, sino incluso ideologías identificadas con los discursos populares y progresistas. Guerrero ha llegado a decir que organizaciones tan importantes como la Federación Ecuatoriana de Indios, FEI, pudieron recibir cierta manipulación de parte del Partido Comunista Ecuatoriano.
Para Guerrero, la ventriloquía empezó a desgastarse gracias al trabajo de las grandes organizaciones indígenas nacionales como la CONAIE, las cuales llegaron a realizar propuestas políticas y normativas por su cuenta, mostrando notable autonomía frente a intereses ajenos a sus dirigencias. Para Andrés Guerrero, desbordes populares como el acontecido en 1990 conocido como el Inti Raymi fueron estocadas mortales hacia ese proceso sistemático de manipulación al que, como se dijo antes, identifica con la ventriloquía.
Para Carmen Martínez Novo el proyecto político de la revolución ciudadana inició una nueva fase de ventriloquía. Una mucho más sofisticada. Ha de tomarse en cuenta, como ya se ha mencionado antes, que las organizaciones indígenas consiguieron consolidar varias demandas, presionando a los gobiernos a partir de la década de los 90, entre ellas la posibilidad del multiculturalismo y la plurinacionalidad. Sin embargo, la revolución ciudadana fue muy hábil al tomar prestadas varias de las consignas de los grandes movimientos indígenas y llevarlos a su favor para consolidar su propio proyecto populista. Un proyecto que no tardó en descartar a las mismas organizaciones indígenas.
Ideas novedosas como el buen vivir, la noción de plurinacionalidad, y varios recursos retóricos como los derechos de la naturaleza, pudieron haber sido utilizados más como estrategias ventrílocuas para intentar utilizar a los grupos indígenas, como potenciales aliados organizados, que como reales concesiones democráticas hacia ellos.
Carmen Martínez considera que el proyecto político del socialismo del siglo XXI estableció un modelo de extractivismo nacionalista. Echó mano de recursos retóricos, para mostrarse afín a las demandas indígenas.
Las organizaciones indígenas más importantes congregadas en torno a la CONAIE, si bien pudieron haber caído en aquel centro gravitatorio de la manipulación populista en un primer momento, pronto se dieron cuenta de los intentos del gobierno para reducir sus aportes discursivos. Muy probablemente con el fin último de consolidar un proyecto autoritario.
Carmen Martínez considera que el proyecto político del socialismo del siglo XXI tuvo como principal característica establecer un modelo de extractivismo nacionalista. En ese sentido echó mano de una serie de recursos retóricos para mostrarse afín a las demandas de las organizaciones indígenas. Deseaba, desesperadamente, tener a los movimientos sociales de su lado.
Aquello no fue del todo inefectivo. Se dieron ciertas formas de confrontación entre organizaciones. El gobierno de la revolución ciudadana resucitó a la Federación Ecuatoriana de Indios, FEI, o se acercó a varias dirigencias de grupos como la FENOCIN, para ponerlas en contra de varios líderes de la CONAIE. La persecución de cientos de dirigentes y los procesos de judicialización de otros tantos dan cuenta de que los benévolos discursos inclusivos relacionados con ideas tales como: “el buen vivir” o el “estado plurinacional” no llegaron a ser más que retórica en las manos de un político mesiánico y manipulativo.
Si bien Carmen Martínez, es crítica al proyecto político económico anterior a la época del correísmo —al que ella misma llama neoliberalismo— también plantea que la etapa del nacionalismo extractivista llegó a ser incluso más nocivo para las organizaciones indígenas, al intentar convertirlas en máscaras para un sistema ventrílocuo de apropiación de consignas y demandas tradicionales a fin de legitimar un modelo populista y despótico.
Varias cosas se pueden decir acerca del libro de Carmen Martínez. Ella considera que la lucha anti extractivista es un elemento central en las demandas de las organizaciones indígenas, y ciertamente parecería ser poco discutible, tomando en cuenta que muchos de los denunciados de sus dirigentes y la mayoría de confrontaciones de las organizaciones en el tiempo de correísmo tenían que ver con la lucha en contra la minería y la exploración petrolera, sin embargo, aquella postura no deja de ser paradójica. En los grandes paros de octubre del 2019 y de junio del 2022 la demanda más importante de los nuevos líderes de la CONAIE estuvo relacionada con el sostenimiento de un subsidio a los combustibles basado directamente en la industria extractiva.
También podría discutirse si el estado de la educación bilingüe manejada por organizaciones indígenas antes del advenimiento de la revolución ciudadana era impecable. Ciertamente fue susceptible de mejora. El legado de grandes dirigentes como Dolores Cacuango permitió sentar las bases para que las comunidades indígenas inicien procesos educativos que, sin lugar a dudas, generaron espacios de movilidad social. Sin embargo la idea original de aquellos dirigentes siempre fue mejorar las condiciones educativas de forma gradual. No necesariamente la tradición de las escuelas bilingües debía dejarse como estaban. Se buscaba que en algún momento llegasen a ser espacios que compitieran en calidad con la educación urbana convencional.
El legado de grandes dirigentes como Dolores Cacuango permitió sentar las bases para que las comunidades indígenas inicien procesos educativos que, sin lugar a dudas, generaron espacios de movilidad social.
En ese sentido, tal vez no todo cuanto hizo el correísmo fue necesariamente negativo, particularmente en lo que concierne al proyecto de las escuelas del milenio. Ciertamente este hubiera podido plantearse de mejor manera, por ejemplo desde la contratación de docentes indígenas, la inclusión de programas de estudio tomando en cuenta la cultura indígena, y una planificación más amplia de infraestructura educativa, para llegar a las comunidades profundas para que los niños no tengan que caminar grandes distancias hacia los edificios centralizados. Pero lo cierto es que todas esas sugerencias también han sido planteadas en la importante crítica que realizó Carmen Martínez.
El libro de Martínez Novo es esencial, no solamente para entender los procesos de degradación del multiculturalismo iniciadas por el gobierno autoritario de la revolución ciudadana, sino que son válidas para analizar las consecuencias que tuvieron las normas e instituciones heredadas de aquel proceso político. Pero más allá de eso, el trabajo de Carmen Martínez da pautas para proponer potenciales políticas futuras, que puedan incluir a los indígenas —y a los afroamericanos— en un proyecto de nación verdaderamente multicultural, superando el abuso de la retórica que, como ya se vio, enmascaró intenciones manipulativas.
La obra de Carmen Martínez, más que un recuento de eventos que sucedieron en el pasado, es una carta que nos desafía a ver aquellos futuros en los que los indígenas deberían ser, necesariamente, protagonistas. La contemplación de un horizonte que traiga consigo la consolidación de un modelo de sociedad, que finalmente albergue todos los colores posibles del espectro de la luz.

