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Dijimos NO

Elecciones generales 13 de abril Foto: Luis Argüello. PlanV

PARTE I

La estadística no reemplaza a la voluntad popular

Entre las 18 y las 20 horas del 13 de abril, un aire de distensión comenzó a recorrer por las calles y los campos de Ecuador. Lentamente, la mayoría de ciudadanos se relajaba, mientras sorprendidos miraba el escrutinio del balotaje. El resultado se alejaba de la previsión de un resultado estrecho y conflictivo, quizás violento. Ciertamente, muy pocas personas festejaron el triunfo porque no estaba dentro de los márgenes del mayor optimismo.

V

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Dijimos NO (segunda parte)

Pasaron algunas horas para que conociéramos que un vendaval de agua helada recorría por la dirección política del partido perdedor. Su dirección máxima no dudó en sacar de la manga una carta poco original. En el escrutinio se habría producido un “fraude descomunal”, cuya evidencia consistía en que no ganaron. Minutos después tampoco matizaron sino que profundizaron en la tautología: “Es inconcebible que la Revolución Ciudadana no haya ganado”.

El círculo de aquella lógica implacable, innecesaria y superficial se había cerrado. La realidad había sido clausurada con una rigurosa fidelidad al tecno-populismo, relato esgrimido por más de una década. Se aseveró, tajante y reiteradamente, que el resultado sería un “imposible estadístico”. La expresión de la voluntad popular se resumía en un relato de “inconsistencias estadísticas”.

El primer argumento fue que durante esas “terribles” dos horas, se habían producido aumentos poco proporcionales en relación con sus encuestas previas (incluyendo una boca de urna), su conteo rápido de actas (dijeron haberlo hecho) y sus expectativas más íntimas de ejercicio del poder (las que dejaron ver, no pudieron esconderlas).

Al escuchar los argumentos de la derrota, pasó por mi mente la más lejana (e ingenua) tradición estadística aplicada a los asuntos políticos. Hubo quienes plantearon que, dado que la revolución rusa se asociaba con determinados índices de pobreza y deterioro social, siempre que esos índices se alcancen en otros países, se dará una revolución social similar a la bolchevique. La realidad contradijo esa elemental y distorsionada estadística, propia de especialistas en sumas aritméticas.

La estadística y sus estándares no pueden crear la realidad. Esta, la realidad, se impone a los métodos, en especial, cuando la sociedad vive situaciones altamente gelatinosas o viscosas, consistencia en la que se combinan identidades.

La política funciona dando saltos dentro de nuevas ecuaciones. Es álgebra. Este debió ser el primer aprendizaje para revolucionarios aspirantes a volver al poder. Corrijo, en 2007, la revista ICONOS-FLACSO, entonces dirigida por Eduardo Kingman, hace poco dotado con el premio Eugenio Espejo, tuvo la gentileza de publicar la transcripción de una charla que hice. Desde entonces sostuve que Alianza País no se trataba de un conglomerado de revolucionarios sino apenas de la renovación generacional de una parte de la “clase política”.

La estadística y sus estándares no pueden crear la realidad. Esta, la realidad, se impone a los métodos, en especial, cuando la sociedad vive situaciones altamente gelatinosas o viscosas, consistencia en la que se combinan identidades. Me gusta invocar esta descripción más que la líquida, esto es, la rápida adaptación a cualquier cavidad que generen las interacciones. En todo caso, las sociedades vertebradas por polaridades simples (como burgueses y proletarios) han sido desplazadas por nuevas complejidades. El grotesco es la forma de la modernidad interrumpida en nuestros países.

Me pregunté si acaso la Revolución Ciudadana no escuchó el rumor de que Ecuador, ahora con un sistema político/electoral en profunda crisis, está aquejado desde hace décadas, por masas de un electorado flotante y volátil. Del cual se aprovecharon en su momento todos los movimientos populistas pero que, al parecer, no entendieron ni aprehendieron porque les llegaba a ellos mismos. Reconocer sus propias entrañas les costaba mucho. A la realidad no hay que solamente usarla, sino estudiarla con honestidad.

Los ecuatorianos, que han vivido su historia republicana bajo espectros de los caudillos, suelen entregar aceptación electoral y también retirarla con rapidez, de modo inusitado. El tema es determinar ahora, como en cualquier situación democrática, ¿cuál es el mensaje que subyace a la delegación entregada que luego deberá ser decodificada como política pública?

14 de abril de 2025. Observadores Electorales entregaron el informe de las Elecciones Generales 2025 a las autoridades del Consejo Nacional Electoral. Foto: Hamilton López. CNE

 La estrategia de los perdedores ante la derrota

La representación es traicionada cuando “reclama” la propiedad política privada de los votantes. Mas aún, cuando se interpela a la voluntad popular como reflejo de un “imposible estadístico”. Peor cuando se crean tramoyas internacionales para atentar contra la nación bajo el tinglado de dudas contra un procedimiento electoral. En este artículo vamos a tratar de desvelar la estrategia de los perdedores ante la derrota.

Las dos últimas décadas vividas en la política ecuatoriana dejan huellas difíciles de ignorar. Hoy, al escuchar los ruidos lastimeros de la pérdida, recuerdo —ahora con dimensión jocosa y menos solemne— cuando en 1985 intenté diseñar los flujos de votantes de la primera vuelta hacia la segunda de la elección presidencial. Y publiqué los resultados (no la metodología) en un libro que coordiné, conjunto con varios autores, Ecuador en las urnas. La editorial vendió muchos ejemplares, 8500 si mal no recuerdo. El intento de predicción me convirtió del intelectual más leído al más desprestigiado del país. La moraleja, ahora es que la estadística no puede servir de justificación de una derrota.

“Estadísticamente es IMPOSIBLE el resultado. Luisa sacaría prácticamente los mismos votos que en la primera vuelta” sentenció el expresidente Rafael Correa. Científicamente, no hay ninguna imposibilidad para que el perdedor de una segunda vuelta deba obtener, al menos, la misma cantidad de votos que en la primera vuelta. Aquí y en todo el mundo. Peregrinamente hay quienes sostienen que en América Latina no ha habido segundas vueltas presidenciales en que un candidato se haya estancado. Obviamente olvidan, de modo oportunista, el presente. La segunda vuelta ecuatoriana se realizó luego de una primera vuelta muy polarizada que concentró en los dos finalistas el 88% de los votos válidos, en un virtual empate. Este supuesto estancamiento fue posible. González subió una ligera fracción pese a los esfuerzos que hicieron ella y su partido.

Foto X de Luisa González

«Estadísticamente es IMPOSIBLE el resultado. Luisa sacaría prácticamente los mismos votos que en la primera vuelta» sentenció Correa. Científicamente, no hay imposibilidad alguna para que el perdedor de una segunda vuelta deba obtener, al menos, la misma cantidad de votos que en la primera vuelta.

Detrás del argumento de los “imposibles estadísticos” se sitúa el sueño totalitario de partido único, con militantes obedientes, corral de masas acríticas, creador de ambientes cerrados sin flujos de libertad. Los “imposibles estadísticos” son la aspiración de un centralismo anti-democrático. El domingo 13 de abril, los ecuatorianos mostramos que sí podemos votar libremente, incluso superando el condicionamiento del miedo.

Apenas iniciada la democratización del país, costaba mucho tratar de explicar la situación de los partidos que sacaban menos votos que sus afiliados en determinadas circunscripciones. Los partidos no necesariamente son una adscripción ideológica sino también —o solo eso— una forma de “protección” territorial, laboral para algunos adherentes. Y votan por el más eficiente protector.

Ocurría cuando se perfilaba un incipiente sistema de partidos. Ahora que el sistema de firmas para certificar una adhesión ideológica y organizativa no sirve para nada (por la corrupción política), el supuesto más deleznable es la disciplina vertical partidaria, sindical o étnica, que garantice la obediencia del voto o su endoso.

Los que pierden una elección (y los que ganan también) acostúmbrense a que los corralitos de votos partidarios o clientelares se disuelven con facilidad en sistemas sociales como el nuestro. Para superarlo, no basta con fijar rutinas institucionales (como el Código de la democracia) sino en diseñar instituciones coherentes con las bases sociales de la democracia. Y su mutación.

 Una identificación inicial de quienes fueron los mandantes

La primera constatación en investigaciones de casos en la segunda vuelta es que existe una fracción de votantes que, habiendo votado por un finalista en la primera vuelta, en la segunda vuelta decide hacerlo por el otro finalista. Juzgo —por ahora— el hecho y no la consecuencia ideológica. Son votantes que quizás buscan afiliarse a un posible ganador que canalice sus incertidumbres.

La conclusión de aquellos trabajos fue que los cruces de votos son cuantitativamente similares. Es iluso pensar que habría fraude cuando los votantes de la primera vuelta dejan el cautiverio. En política no existen “votos seguros” sino grados de consistencia en la influencia electoral.

Más adelante, los investigadores con voluntad y energía para hacerlo deberán pedir a sus computadoras un análisis mesa por mesa para determinar qué ocurrió. Y seguramente encontrarán que los flujos tuvieron varias características.

Como hipótesis, probablemente, los cruces fueron de mayor volumen en determinados territorios y circunstancias. Habrá que correlacionarlos con los entornos sociales y circunstanciales. Y que, en la mayor cantidad de casos, el volumen de crecimiento de Noboa fue varias veces superior al de González basado en votos que nunca lo hicieron por la candidata.

Así es la democracia, mucha incertidumbre (y no certezas estadísticas) porque los ciudadanos no conocen quién puede ser el (la) ganador(a). Y votan con libertad y/o ateridos de miedo político.

No sustento que la definición electoral de segunda vuelta fuera esencialmente familiar, pero que sí exploró y proyectó los roles, la cobertura y seguridad de los mayores hacia los votantes de menor edad.

De eso se trata en una democracia representativa transparente. En la competencia hay que tener la fortaleza para ser perdedor. Y, un mal perdedor, por vergüenza, debe exhibirse poco.

También se podría encontrar que el crecimiento arrollador de una candidatura (Noboa) se asentó cuantitativamente mucho más en las mujeres que en los hombres. Ecuador dispone de resultados desagregados por género, que es una característica nacional que debemos resaltar.

La hipótesis vacua de que las mujeres votarán necesariamente por otra mujer es generalmente un fracaso. Más aun cuando, bajo ese falso supuesto, se le hace adoptar a la candidata femenina una pose de solamente seducción a los hombres. Y se expone esa pose ilimitadamente, lo que no se compadece con los postulados de género universalmente aceptados. Respecto a los hombres, los estrategas de los perdedores debieron pensar que hay otras variables, más allá de una elemental coquetería, las que pueden pesar más en otras dimensiones de la masculinidad.

La tercera edad (me declaro parte interesada por ser un recién llegado al séptimo piso) jugó un rol muy importante. Pero no fue estadísticamente tan significativo por sus porcentajes en el electorado total y su avidez de participación en la definición. Su rol cualitativo, sin embargo, fue muy importante en la decisión electoral de grupos y del colectivo.

No sustento que la definición electoral de segunda vuelta fue esencialmente familiar, pero que sí exploró y proyectó los roles la cobertura y seguridad de los mayores hacia los votantes de menor edad. En un contexto de inseguridad, la tercera edad proporcionó una forma para contrarrestarla, sin armas sino con experiencia y protección. La prepotencia hizo que la perdedora subestime el recuerdo del ataque a las jubilaciones y el asalto a las rentas de la seguridad social.

Así es la democracia, mucha incertidumbre (y no certezas estadísticas) porque los ciudadanos no conocen quién puede ser el (la) ganador(a). Y votan con libertad y/o ateridos de miedo político-

Hace rato circula la falsa creencia de que la cuestión étnica en Ecuador consiste en invocar una radicalidad organizativa cuasi insurreccional. Se volvieron a equivocar. Cuando el entorno es de mayor libertad, quienes priorizan sus identidades étnicas, lo hacen desde una dimensión de modernización, contenida en los derechos indígenas de la Constitución y sus planteamientos interculturales de la plurinacionalidad.

Mayorías indígenas, de diversas vertientes, desean una inserción en los procesos de modernización y movilidad social con base en la transformación cultural. Que no es inmersión en el mestizaje de forma abstracta, sino su propia forma de mestización. Que la están diseñando en prácticas rurales y urbanas. Es su derecho. Tanto como negarse a que se les imponga que su identidad sea, necesariamente, las prácticas de la toma violenta de Quito.

Los jóvenes tampoco se alinearon mayoritariamente con González. Ya venía ocurriendo hace rato. Se asocian con la satisfacción de sus necesidades básicas, lo que no relega ni debe confundirse con expectativas de movilidad social ascendente y oportunidades de inserción en el mercado para sus emprendimientos. El empleo formal parece no formar masivamente parte inmediata de sus perspectivas. Y, de ese modo, distribuyen sus votos. Para los más jóvenes, evidentemente, ejerció un especial atractivo la candidatura de un otro “joven exitoso”, que proyecta una imagen de atributos deseables.

Finalmente, la variable más importante. Siendo el contexto económico de estancamiento y decrecimiento, disminución del empleo adecuado y expansión de la informalidad, acordonado por cortes de luz, desastre ambiental, inundaciones y violencia, los pobres —como clasificación exclusiva— votaron relativamente más por González en la primera vuelta. Debe probarse si lo hicieron en la segunda vuelta en esas mismas proporciones. Hipótesis sobre la que existen indicios y fundamentos.

Hubo un segmento de pobres, reitero, cuya dimensión está por conocerse, que votaron por Noboa, siendo, como hipótesis, a la luz de los resultados, que en la sierra más pobres habrían votado por Noboa que por González. Es probable que solamente en Manabí, más pobres hayan votado por la candidata de la Revolución Ciudadana.

Asumamos que también podría darse que más pobres en circunscripciones votaron por la Revolución Ciudadana, lo cual se puede configurar como una correlación estadística. Pero es evidente que no todos los pobres votaron por González y que hay pobres que votan por Noboa. Entonces, deberá diferenciarse mediante una estratificación dentro de los pobres y sus preferencias electorales. Lo interesante será probar los casos y territorios en los que los pobres votaron menos que en la primera vuelta por González.

Y González perdió abrumadoramente en las clases medias.

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