Las universidades ecuatorianas deben cumplir requisitos exigentes para ofrecer programas de doctorado. Tener la vara alta está bien. Lo que merece discutirse es si estamos aplicando esa misma exigencia a la oferta doctoral extranjera que llega al país.
En días pasados se llevó a cabo en la ciudad de Guadalajara, México, la Cumbre de las Américas de QS, una de las empresas más relevantes a escala mundial en rankings universitarios. En este espacio se trataron distintos temas relacionados al fortalecimiento de la educación superior en la región, la actualización curricular ligada a la IA, el acompañamiento a estudiantes y la colaboración académica, principalmente entre entidades latinoamericanas.
Este espacio coincidió con el lanzamiento del ranking QS de este año y las noticias fueron auspiciosas para la academia ecuatoriana: las instituciones ecuatorianas han tenido el mejor balance positivo en la región. El 55% de las universidades mejoraron su ranking, 23% se mantuvieron estables, 16% ingresaron al ranking y solo 6% tuvo un descenso. Estos datos cobran más relevancia si se toma en cuenta que competimos contra ecosistemas más grandes y sólidos, como los de Brasil, México y Argentina.
Si bien estas noticias son buenas porque reflejan el esfuerzo del país por fortalecer la educación superior, su importancia va más allá de la posición que ocupa cada institución en un ranking. Aunque suene cliché, la educación es la base del desarrollo de las sociedades y el esfuerzo de cada universidad aporta a ese camino colectivo.
Quien obtiene un doctorado debe ser capaz de investigar, generar aportes originales y liderar el debate académico en su campo. Por eso, la rigurosidad para conseguirlo tiene un propósito: garantizar que detrás del título exista la capacidad de producir conocimiento.
En este contexto, uno de los indicadores que todavía nos falta por mejorar es el número de PhD en las universidades. En comparación con otros países, hay pocos doctores en el mercado ecuatoriano; razón por la cual es muy importante que empecemos a generar este tipo de programas a nivel local. Para ello, deben trasladar toda su experiencia y capacidades al proceso de cualificación ante el Consejo de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CACES). Es un proceso exigente, como debe ser.
Mientras nuestras universidades trabajan para superar ese proceso, hay otras, extranjeras, de dudosa calidad, que ofrecen doctorados en dos años, con centenares de becas para el mercado ecuatoriano. También hay las que prácticamente garantizan la titulación en tres años con metodologías “innovadoras”. Entonces cabe la pregunta: ¿qué exigencias estamos aplicando a esa oferta que llega al Ecuador y por qué permitimos que estos programas se ofrezcan en masa?
Un PhD no es simplemente una certificación o un título más. Es el punto de la formación académica en el que dejas de concentrarte en recibir conocimiento para empezar a crearlo. Quien obtiene un doctorado debe ser capaz de investigar, generar aportes originales y liderar el debate académico en su campo. Por eso, la rigurosidad para conseguirlo tiene un propósito: garantizar que detrás del título exista la capacidad de producir conocimiento. Venderlo como algo rápido y fácil lo desnaturaliza y reduce a una credencial lo que debería ser un proceso de formación del más alto nivel en la academia.
La queja no es que nuestras universidades deban superar un proceso complejo. La queja es que ese esfuerzo pierde sentido si, al mismo tiempo, nuestras instituciones de educación superior reconocen títulos de programas cuya calidad merece ser cuestionada. No podemos exigir que se eleve la calidad de la formación doctoral en el país y permitir que esa exigencia se diluya por la vía de una oferta extranjera desleal.
La discusión, a propósito de los rankings, es si queremos seguir fortaleciendo la educación superior en el Ecuador, o si queremos tomar atajos que quizás nos hagan lucir aún mejor en estos espacios, pero que estén minando el futuro de la academia en nuestro país. El camino que nuestras universidades están labrando cuesta demasiado como para que permitamos que se debilite de esta manera.
