He dejado de creer que la libertad y la democracia son compatibles.
Peter Thiel, fundador de PayPal
En julio de 2025, Plan V llamó “momento Gutenberg” al acelerado desarrollo de la inteligencia artificial (IA), equiparando su trascendencia a la aparición de la imprenta al finalizar el siglo XV. Habría sido una analogía insuficiente. Hoy, voces autorizadas de la más diversa orientación coinciden en que se trata de una revolución de la historia civilizatoria humana, de igual trascendencia que las tres revoluciones anteriores (la Neolítica, la Urbana y la Industrial).
Los datos están cambiando la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno, dicen Juan Manuel López y Ricardo Queralt, autores de Alquimia: cómo los datos se están transformando en oro (Deusto, 2019). Los datos son la materia prima de la ‘industria’ más influyente del capitalismo contemporáneo, influencia que se proyecta en la guerra, en el avance del conocimiento, en el uso del espacio, en la política, en la ética y en la sociedad.
La producción de IA
La IA es tan material como una planta de ensamblaje. Kate Crawford, autora del Atlas de inteligencia artificial, poder, política y costos planetarios (FCE, 2022), confirma que está hecha con recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructura, logística y datos. Genera, como cualquier actividad, encadenamientos con otras ramas de actividad, dinamizando el crecimiento económico. Y también causa impactos ambientales.
La IA no surgió de la nada, su fundamento es el conocimiento humano; algo que, por definición, es colectivo: libros, canciones, obras de arte, periodismo, códigos de computación, investigación científica, videos, charlas, imágenes e ideas producidas durante generaciones. Para desarrollar los modelos de IA, las empresas tecnológicas han aprovechado este recurso, sin permiso, compensación o contraprestación de ninguna clase.
En todo proceso que utiliza insumos para lograr un resultado valorable (confeccionar camisas, armar buques, ensamblar electrodomésticos, diagnosticar tumores, enseñar física… bombardear otro país), la IA puede incorporarse como una tecnología para reorganizar el uso de esos insumos y de los factores primarios de la producción. Esto podría representarse formalmente como una función de producción con un output (más productividad, mejor calidad, más velocidad, más precisión, menos costos) dependiente de la combinación de ciertos elementos:
AQUÍ FORMULA
donde Y = output o valor de la producción; D = datos; C = capacidad de cómputo; T = talento humano y modelo organizativo; I = infraestructura digital; y E = energía. Para que esta función se cristalice, es necesario construir instalaciones, sistemas de transmisión, centros de datos, contratar expertos y administradores del proceso. Todo este gasto constituye la inversión necesaria para poner en marcha la ‘producción’ de IA.
La IA es un sector económico poderoso: siete de las 12 empresas más grandes, por su capitalización en el mercado de valores, la tienen como actividad principal (Nvidia, Apple, Microsoft, Alphabet, Broadcom, Meta, y Micron). Según el Standard & Poor’s 500, la suma de los pesos ponderados de esas siete empresas representa casi un tercio del total del Índice S&P 500 (Gráfico 1). En los últimos años la tendencia general del mercado bursátil, y por extensión de la economía estadunidense, ha dependido de las empresas dedicadas a la IA.
Peso ponderado de las 12 primeras empresas en el índice S&P 500
Este liderazgo estaría desplazándose hacia las compañías que suministran la infraestructura para la IA. Las ‘siete magníficas’, como las llama Bloomberg, dejarían de ser el motor de Wall Street, tras una caída conjunta anual de 1,6 %, mientras que las otras 493 empresas del S&P 500 registraron un avance del 16,85% en el primer semestre de 2026. Según Freedom Capital Markets, el mercado premia a empresas que participan en el desarrollo de la IA: industriales, fabricantes de equipos eléctricos, empresas de ingeniería, construcción, infraestructura eléctrica y proveedores de memoria. Las mejor posicionadas son empresas de maquinaria pesada, sistemas eléctricos, climatización, redes de transmisión e infraestructura de telecomunicaciones.

El cuadro 1 muestra las dimensiones del valor de mercado y de la inversión en I+D de las 12 más grandes firmas de IA en 2025. Solo dos no son norteamericanas: Tencent (China) y Samsung (Corea del Sur). Tomadas como un único conjunto de transnacionales, tendrían una capitalización/valoración de 22,4 millones de millones de dólares (valores referenciales, dada la diversidad de fuentes, la variabilidad de las cotizaciones bursátiles y las diferencias de años fiscales); y una inversión, solo en I+D, de 406.515 millones de dólares en ese año.
Uso de recursos naturales
La inmaterialidad de la industria tecnológica es solo publicidad. Según Visual Capitalist (https://www.visualcapitalist.com/ranked-the-countries-with-the-most-data-centers/) en 2026 operan 9.493 centros de almacenamiento de información (I en la función propuesta) en el mundo. La mayoría están en EE. UU. (Gráfico 2).
En los próximos cinco años se invertirán tres millones de millones de dólares en centros de datos de IA, anticipa The Economist. La mayor parte en EE. UU., en los estados de Michigan, Wisconsin, Ohio, Luisiana, Misisipi y Texas, donde se están invirtiendo unos 750.000 millones de dólares, financiados por Wall Street, en proyectos patrocinados por Google, Meta, Microsoft y Oracle. A esto se suman miles de millones para operadores especializados y desarrolladores inmobiliarios. Esta inversión ampliará la capacidad informática de la IA, pero quintuplicará la demanda de energía requerida en los centros de datos, que pasaría de los 12 GW actuales a unos 60 GW al final de la década. Para lograrlo, es muy probable que un gobierno que no apoya las energías eólica y solar se inclinará por las centrales nucleares y a gas.

Mariana Mazzucato, profesora de economía de la innovación y el valor público en University College de Londres y directora del Instituto de Innovación y Propósito Publico, afirma que la infraestructura utilizada en ‘la nube’ es responsable de más emisiones de gases con efecto invernadero que los vuelos comerciales. En 2018, las 5.000 millones de visitas a YouTube de la canción Despacito requirieron una cantidad de energía similar a la necesaria para calentar 40.000 hogares estadunidenses. Las baterías usadas en los centros de datos también usan litio y cobalto, como las de los automóviles eléctricos.
La IA no habita en una nube; se materializa en infraestructuras, minerales raros, electricidad, espacio físico donde radicarse y agua como refrigerante. La oposición a los centros de datos y a las empresas que los administran está creciendo. Muchas personas preferirían vivir junto a una central nuclear antes que cerca de un centro de datos, según varias encuestas. Lo que técnicamente se denomina externalidades negativas serían intolerables: el ruido de generadores y sistemas de refrigeración, la fealdad de los edificios, las torres de transmisión que alteran el paisaje y el temor a la contaminación del agua.
The Economist sugiere, sin embargo, que la creciente oposición de los norteamericanos es exagerada. Un centro de datos mediano consume la misma cantidad de agua que dos campos de golf, en un país que cuenta con 16.000 de esos campos.
En todo caso, conforme el mundo construye aceleradamente capacidad de almacenamiento, se abren interrogantes sobre dónde se la instalará, dada la naturaleza finita del espacio físico y otros recursos. Bloomberg, empresa especializada en información financiera, anunció hace poco que el boom tecnológico, urgido de infraestructura física, bien podría recalar en América Latina. Esta región sería muy atractiva para los inversionistas por su ventaja comparativa: una matriz energética con gran potencial de generación renovable, ideal para soportar el alto consumo eléctrico de la IA. Según JP Morgan, Brasil y México serían las primeras apuestas tácticas. Así, el capital de la tecnología de punta ya está preparando una nueva incursión para aprovechar los recursos naturales latinoamericanos, en esta ocasión valiéndose de enclaves de almacenamiento de datos.
El conocimiento
La IA no es una tecnología del futuro. Es una herramienta de uso común que está redefiniendo los tiempos y métodos de aprendizaje, y el avance del conocimiento científico. Actúa como un amplificador de la capacidad humana, no la reemplaza plenamente, en especial en roles que requieren empatía, criterio ético y supervisión experta, según Qwen3.7-Plus, uno de los modelos de IA desarrollado por Alibaba y lanzado oficialmente en junio de 2026. Según Gemini, el asistente de IA de Google, Qwen3.7-Plus es la apuesta de Alibaba para dominar el mercado multimodal de IA de bajo costo, capaz de ver, pensar, programar y actuar de manera autónoma.
Estas herramientas tecnológicas están transformando la educación. En el nivel escolar, durante el ciclo 2024-2025, 85% de docentes y 86% de estudiantes utilizaron activamente la IA, según una investigación dirigida por Microsoft, McKinsey y el Pew Research Center (https://www.engageli.com/). Las aplicaciones más comunes incluyen investigación y acopio de contenidos (44%), preparación de lecciones (38%), resúmenes de información (38%) y materiales de aula (37%). Según Digital Education Council, en América Latina el uso de la IA en las prácticas de aprendizaje ya es rutinario. Una encuesta reciente revela que 92% de estudiantes la usan, aunque al 65% le preocupa que la IA haga del aprendizaje una actividad demasiado superficial y que desaliente el sentido crítico y la creatividad. En Norteamérica el uso de IA en universidades y centros de educación superior aumentó del 49% en 2024 al 66% en 2025, según el informe Artificial Intelligence in Higher Education: From Widespread Adoption to Strategic Integration.
Artículos creados por humanos vs. creados por la IA, 2020-2025
En 2025 el mercado global de IA en educación fue valorado en 8.300 millones de dólares, y se proyecta un crecimiento exponencial, hasta los 57.200 millones de dólares en 2033, según estimaciones de AI in Education Market (2026-2033). A pesar de estas cifras, 72% de los estudiantes no cree adecuado reemplazar con IA a los docentes, lo que indicaría una fuerte preferencia por preservar la interacción y guía humana, según un artículo de los chilenos Ricardo Valenzuela y Alejandro Pérez (Inteligencia artificial en educación superior: ¿un reemplazo para los profesores o una herramienta de apoyo? RIIED n.9, 2025).
Qwen3.7-Plus afirma que la IA opera como un acelerador de la investigación científica, desde la revisión de bibliografía hasta el descubrimiento de nuevos fármacos y materiales. Esta afirmación se basa en hechos irrefutables: (i) el uso general de herramientas de IA entre investigadores se disparó de 57% en 2024 a 84% en 2025 (WILEY, ExplaAItions 2025: Key insights); (ii) 51% de los investigadores la usa para revisar la literatura y 46,3% para tareas de redacción y edición de textos académicos (AI in Education for Students and Researchers: 2025. Trends and Statistics); (iii) la IA mejora la eficiencia de la investigación automatizando tareas repetitivas y mejorando el análisis de datos (R. Madanchian y H. Taherdoost, The impact of artificial intelligence on researcha efficiency, Results in Engineering v. 26, junio 2025); (iv) La IA está transformando los modelos de desarrollo farmacéutico al acelerar los plazos, reducir los costos y aumentar las tasas de éxito en la identificación de compuestos (R. Sharma, AI in scientific research market); (v) el volumen de producción científica relacionada con IA ha crecido de forma exponencial (Gráfico 3).
La guerra
El 21 de mayo de 2016, en la frontera pakistaní con Irán, el mulá Akhtar Mohamed Mansur, líder de los talibanes, alquiló un automóvil para viajar hacia Quetta, a unos 600 km de distancia. 150 km antes de llegar, un misil destruyó el vehículo y mató a sus ocupantes. El misil fue lanzado desde un MQ-9 Reaper, vehículo aéreo no tripulado equipado para realizar sus misiones en forma autónoma, excepto el disparo final. El gatillo lo controlaba un piloto humano, a cientos de kilómetros. En la actualidad el ejército de EE. UU. tiene más pilotos de drones que de F-16. Desde 2017 el Pentágono impulsa un proyecto de mejora de sus drones para que también la decisión de disparar esté a cargo del dron, entrenado con redes neuronales de aprendizaje profundo.
En la actualidad, en Ucrania e Irán, en la primera línea de combate se encuentran los robots comandados por la IA. Para Eric Schmidt, CEO de Relativity Space, empresa fabricante de cohetes espaciales reusables, se trata de la revolución militar más importante de la historia. La unidad adecuada para el análisis no es el dron, o el misil o el dispositivo de lanzamiento; es la arquitectura integral que le permite al soldado observar, decidir, comunicar, dar en el blanco, sobrevivir y actualizar todo el proceso más rápidamente que su enemigo. En este sistema, todo tipo de armamento está apoyado en la IA. En marzo de 2026 el 96% de bajas en el ejército ruso fueron causadas por drones ucranianos.
Antes de la IA, en toda guerra se debía elegir entre precisión y masividad. Drones, censores y GPS baratos han eliminado esa disyuntiva. Ahora se puede disponer de gran cantidad de armamento que dará en el blanco con toda precisión. En Ucrania e Irán ya se ha visto lo que esto significa. Esta precisión masiva expone las vulnerabilidades de un mundo globalizado. Los iraníes dispararon oleadas de drones baratos de alta precisión, forzando a los EE. UU. y a los países del golfo a defenderse con sistemas de misiles caros. Incluso si esta defensa fue óptima, no fue efectiva: con una tasa de intercepción de 97% en el estrecho de Ormuz, ese 3% restante fue suficiente para hundir un tanquero, alcanzar una terminal petrolera o eliminar un centro de datos. Y cuando pasa esto, el mercado hace el resto: se encarecen los seguros, suben los precios de la energía, cambian las rutas marítimas… Técnicamente, la defensa fue exitosa pero estratégicamente inapropiada.
El control de las decisiones sobre el uso de armas nucleares es un problema distinto. El costo de un error puede significar el final de una civilización. El peligro de sacar del bucle a los seres humanos no supone que la máquina funcione mal, sino que funcione exactamente como fue diseñada, pero con información incorrecta y con una rapidez que nadie interceptaría.
La IA podría desafiar los fundamentos de la disuasión nuclear, que siempre estuvo sustentada en el supuesto de que ambos lados tendrían capacidad para lanzar un segundo ataque. Pero mientras la IA perfecciona su capacidad para localizar submarinos ocultos o plataformas móviles, ese supuesto va desapareciendo. En otras circunstancias, este problema debería ser prioritario en las negociaciones entre China, Rusia y EE. UU, de la misma forma como durante la Guerra Fría las potencias nucleares negociaron limitar las pruebas y ciertos sistemas de lanzamiento.
En el terreno de la inteligencia militar la IA también es determinante. Palantir, la empresa fundada en 2003 con capital semilla de In-Q-Tel, fondo vinculado a la CIA, tiene entre sus clientes a los ejércitos norteamericano e israelí. Desde 2015 se asoció con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). El OIEA -cuyo Secretario Ejecutivo es candidato, por Argentina, para asumir la Secretaría General de Naciones Unidas- adoptó el programa Mosaic de Palantir como plataforma digital para analizar e interpretar millones de datos, entre ellos los documentos secretos israelíes que, según el Mossad, evidencian los avances iraníes en el desarrollo de armas nucleares. El 12 de junio de 2025 el OIEA emitió un informe sobre las obligaciones contraídas por Irán, para no desarrollar armas nucleares, que justificó el ataque.
Ética y sociedad
“Los retos a los que nos enfrentamos como especie no los podemos afrontar sin la ayuda de la tecnología. La clave está en desarrollar toda esa innovación en forma ética y justa”, propone Nuria Oliver, del Instituto Tecnológico de Massachusetts.
En realidad, el problema es mucho más complejo. “¿Por qué, en un momento en el que la emergente IA parece preparada para abrir caminos hacia la inmortalidad individual y colectiva, el mundo desarrollado -en especial en los lugares urbanizados donde impera la tecnología más avanzada- ha perdido su imperativo reproductivo?” se pregunta el escritor Jacob Dreyer (How AI is rewriting Human Nature, NOEMA, 16/07/2026). Según los datos más recientes del Banco Mundial, para 2023-2024 la tasa de natalidad bruta promedio mundial fue de 16 nacimientos por cada 1.000 habitantes (en la década de 1960 era de 35 nacimientos por cada 1.000 habitantes). En Silicon Valley esa tasa es de 9,7; en Corea del Sur, de 5; y en China, ha caído a 5,6.
EEUU. erigió su civilización sobre el individualismo durante una etapa de energía barata, poder militar incomparable y tecnología manejable -recuerda Dreyer. Era el mundo de la clase media: el automóvil, una casa, un jardín, la autosuperación como opción de vida. Conforme avanzan la IA, la biotecnología y los sistemas a escala planetaria, esa forma civilizatoria ha comenzado a diluirse. Y el individuo, como concepto filosófico, está desapareciendo. “Los humanos están por cambiar -no hay duda. Lo que sigue pendiente es quién decidirá en qué se convertirá la gente. En China no hay un contrato social explícito [Dreyer vive en Shanghái] pero esa nación se siente como un organismo: metabolizando la energía y la atención; reproduciéndose por medio del lenguaje, las leyes y los niños, prescindiendo de algunas células y asimilando otras; mutando bajo presión. En su interior los individuos no son soberanos, son células con capacidad para ejercer una agencia parcial”.
Pero en todo lado se impone la carrera tecnológica. En el periodo 2020-2023 el Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés), tenía un estimado de 10.000 a 16.000 millones de objetos cotidianos conectados. Este stock estaría creciendo alrededor del 13-14% anual, por lo que IoT Analytics y Statista estiman que en 2026 en el mundo habría entre 22.000 y 25.000 millones de dispositivos IoT conectados. Esta automatización trae consigo problemas éticos. Ante una circunstancia extrema, por ejemplo, un automóvil dirigido por la IA, ¿debe preferir salvar la vida de los peatones o la de sus ocupantes? Mercedes Benz ya optó: salvarían la vida de sus pasajeros.
La crisis ecológica y la revolución tecnológica podrían ir de la mano. En el futuro inmediato, prácticamente todo estará interconectado (el automóvil, la bicicleta, el televisor, la cafetera, el teléfono, el alumbrado público, la fuente del parque, los semáforos…) En ese punto se podría obtener gran eficiencia, ahorrando recursos y reduciendo costos.
Coordinando esta abigarrada danza tecnológica, las tecnologías de la información y comunicación (TIC) podrían “reducir un 20% las emisiones de CO2 a nivel mundial para 2030, generar más de 11 billones de dólares en nuevos beneficios económicos, extender la atención sanitaria online a 1.600 millones de personas de todo el mundo e incrementar un 30% los rendimientos agrícolas”, explica Luis Neve, presidente de Global e-Sustainability Initiative (Gesi).
En Gesi creen que, si se optimiza el uso sostenible de tecnologías disruptivas apoyándolas en la IA, se superaría la tensión entre crecimiento económico e impacto ambiental heredada de la economía del siglo XX. Esta opción sería posible si se interpreta apropiadamente la información generada por todos, día por día, conocida como “big data”. Se estima que, en 2017, cada dos días se generaba más datos que en los últimos 2.000 años. Buena parte de esa información se origina en el sofisticado marketing de empresas como Apple, Amazon, Google o Facebook, y en las administraciones públicas. La IA podría convertirla en “green data”, orientada a reducir el consumo de energía y agua de las ciudades, gestionar los procesos de reciclaje, disminuir las emisiones de CO2, medir y mejorar la calidad del aire… transformar, en general, la relación de los seres humanos con el planeta.
Este escenario sería imposible si no se cumplen al menos tres premisas. La primera, asegurar la transparencia de los datos: los ciudadanos deben saber y tener control sobre el uso de sus datos, considerados en la actualidad como res nullius (las cosas que no tienen propietario, que carecen de dueño y que, por tanto, pueden ser objeto de apropiación).
La segunda, transparentar los efectos que tendría la revolución de la IA en el empleo. Cerca del 40% del empleo global ya está expuesto a la IA, cifra que crece hasta el 60% en los países avanzados (M. González, El impacto de la IA en el empleo, según expertos e investigadores: quiénes ganan y pierden con esta nueva “revolución industrial”). El premio Nobel de Física 2024, Geoffrey Hinton, anticipa un desempleo masivo y un enorme aumento de las ganancias. “Hará que unas cuantas personas sean mucho más ricas y la mayoría más pobres. Eso no es culpa de la IA, es culpa del sistema capitalista”, dijo. Pero según el informe Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial, la adopción de la IA transformará el mercado laboral en cinco años; la automatización eliminará 92 millones de puestos de trabajo, pero esa disrupción tecnológica creará unos 170 millones de nuevos empleos. Desde esta visión, tal vez optimista en exceso, el verdadero desafío no es el desempleo estructural masivo, sino una transición acelerada y desigual, ya que hasta un 39% de las habilidades laborales centrales de los trabajadores cambiarán hasta el 2030.
La política
La tercera es política. Los adalides de la revolución digital pretenden gestionar la complejidad del mundo con el aluvión de datos provistos por el Internet y los algoritmos que los discriminan y organizan. Datos más capacidad de cómputo forman un dispositivo de control y dominio, “al punto de que las personas van adquiriendo un perfil de seres incapaces de decidir por sí mismos y, por tanto, son asistidas digitalmente…” En este proceso, la gente deviene en una especie de enjambre sin capacidad crítica, entregada al consumo de aplicaciones tecnológicas dentro de un flujo creciente de información.
En este nuevo hábitat las instituciones democráticas y la legitimidad de las sociedades abiertas atraviesan una crisis profunda. Los ciudadanos, la base de la política democrática, son transformados en multitudes digitales que allanan el camino a la “política de lo peor”.
Y aparecen los Trump, los Erdogan, Milei, Bukele, Ortega, Netanyahu… Mientras los sistemas políticos permitan que perfiles de esta catadura controlen el poder, la big data nunca será procesada con la intención de transformarla en green data, y menos será sincronizada con la IA. Esos líderes (¿?) pueden abandonar los Acuerdos de París sobre cambio climático (o tomarlos como meras referencias) sin resquemor ético alguno. Incluso, desempolvando un negacionismo suicida, pueden apoyar con entusiasmo la arremetida del lobby mundial del petróleo.
Esto facilita la llegada de una nueva época, de un mundo desprovisto de ciudadanía, sin derechos ni libertad, en el que desaparecerá la democracia liberal. Un mundo habitado por humanos sometidos al orden y a la seguridad, advierte Lasalle. “El protagonista político del siglo XXI […] va haciéndose poco a poco irresistible. Acumula poder y crece en fuerza. Se insinúa bajo modelos distintos -China y Estados Unidos son los paradigmas-, que convergen alrededor de los vectores que impulsan su desarrollo: la inteligencia artificial (IA), los algoritmos, la robótica y los datos”.
Tras las secuelas dejadas por los mandatarios de la política de lo peor, en el horizonte se proyecta un ciberleviatán empeñado en instaurar un tecno-poder de grandes corporaciones. La noción del ciudadano mayor de edad capaz de tomar decisiones por sí mismo es suplantada por un nuevo paradigma de libertad asistida. A diferencia del leviatán de los iusnaturalistas, desde Hobbes hasta Rousseau, que partían de la igualdad natural de los individuos como principio básico -por oposición a la monarquía prevaleciente-, el ciberleviatán es jerárquico: en el nivel superior, los adalides de la innovación y las grandes corporaciones; en el nivel inferior, “las multitudes digitales que se integran dentro de las coordenadas de los dispositivos de control y normalización” manejados por esas grandes corporaciones.
Lo más probable es que el ciberleviatán se instaure por aclamación, sin debate ni conflicto, como si fuese el producto de una necesidad inevitable y deseada. Como si fuese la única opción para preservar la vida, bajo la membrana de una civilización tecnológica de la que ya nadie puede escapar.
Existe una poco probable alternativa al inminente ciberleviatán: una sublevación liberal que defina un pacto diferente entre la técnica y los seres humanos. Un pacto de subordinación de la tecnología a un nuevo humanismo basado en otra estructura de derechos digitales y de propiedad sobre los datos. Debe ser un acuerdo que establezca una república digital global capaz de controlar el poder de la técnica.
[1] Este artículo fue elaborado con ayuda de Qwen3.7-Plus, el nuevo asistente de IA de la empresa Alibaba.