jueves, abril 2, 2026

25 millones de musulmanes sacuden a Europa

La presencia del islam en Europa no es un fenómeno nuevo. Desde el año 711 d.c. los musulmanes conquistaron amplios territorios en la orilla norte del Mediterráneo, donde establecieron califatos y emiratos, sobre todo en España, durante más de siete siglos.

Por: Ugo Stornaiolo

Las Cruzadas, ocurridas en los períodos de la Alta y Baja Edad Media (900 a 1300 D.C.), como un esfuerzo de las monarquías europeas para cristianizar el Medio Oriente y recuperar los sitios santos de los tiempos bíblicos, en lugar de ser una solución, se convirtieron en un problema para occidente, pues a partir del Siglo VIII, los musulmanes continuaron con su avance, dominando gran parte del territorio del futuro reino de España, en el sur, al que denominaron Al Andalus.

Testimonios de esa presencia legendaria son la inclusión en la lengua castellana de términos de origen árabe y grandes construcciones como la Alhambra de Granada, la mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla. Luego de su expulsión, en 1492, la presencia musulmana en Europa ya había generado raíces muy profundas, que no se desvanecieron en los años de civilización europea monárquica, entre los siglos XVI y XVIII, cuando estalló, en 1789, la Revolución Francesa.

Panorámica de la Alhambra de Granada. Getty Images

En la actualidad existe un fenómeno diferente, de intrusión permanente de pueblos musulmanes movidos por la pobreza o por difíciles condiciones de vida en los países árabes (guerras, desertificación o migraciones forzadas por la política) Para Bichara Khader, investigadora de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, “unos veinticinco millones de musulmanes viven en los veintiocho Estados miembros. Cuando llegaron en busca de trabajo resultaban necesarios para sectores calificados como difíciles, sucios y peligrosos”.

En los años 80 se les empezó a percibir no como marroquíes, pakistaníes o turcos, sino como musulmanes que ponían en peligro el tejido social europeo. Los distintos atentados que se produjeron en Europa a partir de esa época, hasta la radicalización ocurrida en los últimos años, con atentados en contra de las sinagogas judías en Alemania o la revista Charlie Hebdo, en Francia, por caricaturizar al profeta Mahoma, marcan un nuevo momento.

En la calle Nicolas Appert, cerca de la redacción de Charlie Hebdo, se improvisó un memorial por las 12 víctimas del atentado. Foto: Ian Langsdon / EFE / EPA

Esto ha creado un sentimiento antimusulmán, especialmente en grupos de la extrema derecha europea que exigen mayores controles de la migración. No son aisladas las declaraciones de lideresas, como la francesa Marine Le Pen y la italiana Giorgia Meloni, o el movimiento Alternativa para Alemania, que sostienen que existe un peligro musulmán en Europa el cual debe ser controlado.

«hay Veinticinco millones de musulmanes en los veintiocho países de la Unión Europea generando debate, polémica, miedo y hasta odio. Nunca se había sentido este clima de sospechas mutuas entre musulmanes y Europa”.

Los inmigrantes de origen árabe no se integran, no aprenden los idiomas y mantienen su estilo de vida, ubicándose en barrios y zonas de algunas ciudades europeas. Hay analistas que sostienen que la idea de tener un «califato en París o Bruselas» se va plasmando poco a poco.

“…Veinticinco millones de musulmanes en los veintiocho países de la Unión Europea generando un debate, polémica, miedo y hasta odio. Nunca se había sentido este clima de sospechas mutuas entre musulmanes y el resto de las sociedades en Europa”, agrega Khader.

Añade la autora que “las encuestas de opinión pública muestran cada vez más temor y antagonismo hacia los musulmanes europeos, vistos como amenaza para las identidades nacionales, para la seguridad interna y el tejido social. Al mismo tiempo, los musulmanes están convencidos de que la mayor parte de los europeos rechaza su presencia y denigra y ridiculiza su religión”.

Esto ha generado un sentimiento de odio e incluso de islamofobia. Esta polarización, sumada a la masiva llegada de migrantes desde países del África, pone a Europa en la disyuntiva de qué hacer con estos grupos. En muchos casos hay musulmanes de segunda y hasta tercera generación nacidos en los países europeos, sin sentido de pertenencia a sus lugares natales.

Khader se pregunta “¿cómo puede Europa alentar la integración musulmana en Estados laicos? La radicalización y el extremismo, ¿tienen que ver con la marginación económica, o son producto de un discurso que divide el mundo en dos bandos, “nosotros y ellos”? El extremismo, ¿tiene su origen solo en la fe?”

En tal caso, añade, “¿por qué un extremista noruego mató en 2011 a docenas de compatriotas suyos, que no eran musulmanes? Los Estados europeos siguen enzarzados en estas espinosas cuestiones, sin llegar a ser capaces de articular una respuesta coherente”.

Muchos musulmanes han encontrado en Europa el mejor lugar para continuar con sus vidas. La mayoría quiere vivir en paz, emprende negocios y trata de adecuarse, pero hay minorías radicales que pueden cometer los más brutales atentados y generar situaciones de caos, como los eventos que con frecuencia ocurren en ciudades como París, Ámsterdam o Bruselas.

También existe un radicalismo basado en la fe (grupos o personas con motivación religiosa), y un extremismo basado en la identidad (partidos de extrema derecha) que no es menos peligroso y que produce enfrentamientos. Europa debe atacar ambos problemas extinguiendo al extremismo. Aunque el radicalismo islamista en Europa aún es marginal, sostiene la autora, y no obedece tanto al fracaso de la integración como a la comunicación a escala mundial, ligado a una ruptura de identidad y a la exposición de los jóvenes musulmanes europeos a las insoportables imágenes de destrucción y violencia en países musulmanes, sobre todo en Oriente Medio.

Hay millones de musulmanes de segunda y tercera generación nacidos en Europa pero que, en su mayoría, no se integran a la forma de vida de Occidente. Foto: Alessandro Bianchi. Reuters

Una presencia histórica

La presencia del islam en Europa no es un fenómeno nuevo. Desde el año 711 d.c. los musulmanes conquistaron amplios territorios en la orilla norte del Mediterráneo, donde establecieron califatos y emiratos, sobre todo en España, durante más de siete siglos. La caída del último Emirato de Granada en 1492 marcó el final de la dominación política musulmana en España. Luego la persecución de la Inquisición motivó la expulsión de judíos sefarditas, musulmanes y conversos.

Al mismo tiempo, en el Mediterráneo oriental, los otomanos islamizados derrotaron a los griegos, los sacaron de Anatolia y tomaron Constantinopla (1453) —luego llamada Estambul— y conquistaron los Balcanes, cuyos países se independizaron en el siglo XIX antes de la caída del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Los musulmanes bosnios, albaneses y kosovares no fueron expulsados y son una población musulmana autóctona de Europa.

Caso diferente es el de los musulmanes que emigraron a Europa luego de la Segunda Guerra Mundial, y son buena parte de la población musulmana en la Unión Europea. Durante la reconstrucción del continente tras la guerra, los países recurrieron a sus antiguas colonias para compensar la falta de mano de obra. Cientos de miles de norteafricanos emigraron a Francia; indonesios y surinameses a Holanda; indios, pakistaníes y bangladesíes al Reino Unido. En Alemania fue distinto: era el destino principal de trabajadores turcos y kurdos, aunque Turquía nunca fue colonia alemana, sino solamente aliada en la Primera Guerra Mundial.

La primera generación de inmigrantes se componía de jóvenes que no iban a establecerse, sino a ahorrar para construir casas, abrir negocios o comprar un taxi. Querían regresar a sus países.

No todos ellos eran musulmanes, pero dado que el territorio inmediatamente circundante está formado por países musulmanes en la zona del Magreb en el norte de África y en Oriente Medio, colonizados por países europeos, no extraña que la mayoría de trabajadores migrantes en Europa sean musulmanes, que dejaron sus países en los cincuenta y sesenta buscando empleo, ventajas sociales y mejor remuneración.

La primera generación de inmigrantes se componía de jóvenes que no iban a establecerse, sino a ahorrar para construir casas, abrir negocios o comprar un taxi. Querían regresar a sus países. Como su estadía iba a ser temporal, estos inmigrantes -solteros o casados- enviaban una remesa de casi un 80% de sus salarios a sus familias en los países de origen.

Todos ellos contribuyeron al boom económico de muchos países europeos, construyendo carreteras y vías férreas, en minas de carbón, limpiando calles y oficinas y, en general, haciendo trabajos que los europeos no querían hacer. Hasta 1970 no hubo ningún problema de inmigración, y mucho menos un problema musulmán, en Europa occidental, sostiene Khader.

Los musulmanes, hasta cierto punto se invisibilizaban, profesaban sus propias creencias en privado y no sufrían de discriminación o prejuicios. “En resumen, la inmigración se veía como un regalo, no como una carga y mucho menos como una amenaza” señala la investigadora.

A principios de los setenta terminó la bonanza económica europea, con la crisis del petróleo en 1973. Desde ese año los países europeos adoptaron leyes para restringir la inmigración normal, pero relajaron restricciones para la reunificación familiar. Muchos inmigrantes llevaron a sus familias y hubo un crecimiento de la población inmigrante entre 1970 y 1980 y un proceso de feminización de la migración, con presencia de niños, iniciando la fase de la segunda generación: los llegados en edades tempranas y los nacidos en Europa.

Los trabajadores temporales rezaban en sótanos y esa fue una solución temporal a sus necesidades religiosas. Sin embargo, pronto los inmigrantes exigieron mezquitas y minaretes y se hicieron visibles en el espacio público (mujeres con velo y niños yendo al colegio). Las familias inmigrantes se agruparon en determinadas zonas, generaron redes de apoyo y sociales manteniendo un contacto constante con sus países de origen por teléfono, internet o viajes.

En las tres últimas décadas se incrementó la inmigración matrimonial, con la entrada de las dos primeras generaciones en el mercado matrimonial, dice Khader. En Holanda, de 1995 a 2003, la inmigración matrimonial de turcos aumentó hasta 4.000 personas por año, y la de los marroquíes llegó a 3.000 al año, incrementando la tasa de fertilidad. Muchos inmigrantes se casan en sus países de origen siguiendo las normas musulmanas (mujeres vírgenes) antes que casarse con otra inmigrante de segunda generación. Este factor conserva la dinámica migratoria.

Esto diferencia la inmigración musulmana de Europa con la de EE.UU. Los inmigrantes musulmanes en Europa están a dos y cuatro horas de vuelo de sus países, mientras que la distancia mucho más larga entre Estados Unidos y el país de origen incentiva la integración al modo de vida estadounidense.

Foto: Stephanie Keith. Reuters

Como defiende Robert Leiken, “a diferencia de los musulmanes norteamericanos, geográficamente dispersos, étnicamente fragmentados y en general adinerados, los musulmanes europeos se agrupan con sus compatriotas en lugares siniestros”. Y, por último, en EE.UU. existe una mayor tasa de matrimonios mixtos que en Europa”.

En Estados Unidos no son un problema importante (pero vale recordar los atentados de Al Qaeda del 11 de septiembre, que provocaron una ola de islamofobia en ese momento), mientras que en Europa, desde la década de 1980, la migración es un “dilema”, porque dos tercios de los inmigrantes son musulmanes. Proliferaron mezquitas, velos en las mujeres y un fervor religioso. Por esto surgieron también con cierto éxito los partidos ultraderechistas, que ganaron apoyo al presentar a la inmigración musulmana como una amenaza.

Aunque se ha reforzado el control directo de inmigrantes con sistemas de visado y vigilancia interna y controles fronterizos en los límites exteriores de la UE, nada puede detener o hacer más lento el flujo de migrantes. Lo que cambió son las rutas de migración hacia países europeos más permeables y las redes de trata aprovechan cualquier oportunidad. España, Italia, Grecia y Malta eran países de paso, pero desde hace dos décadas son lugares de destino.

¿Quiénes son los musulmanes de Europa?

Los musulmanes en Europa pueden dividirse en seis categorías:

• Musulmanes autóctonos que viven en Europa muchos siglos (Bosnia, Albania y Kosovo), donde el islam es un vector histórico fundacional; pero también en Rumanía y Bulgaria, donde son minoría nativa, y Polonia y Crimea, hogar de la antigua población musulmana conocidos como tártaros.
• Estudiantes y ejecutivos de países musulmanes. Solo en Francia hay 70.000 estudiantes del norte de África; Londres es la capital mundial de los ejecutivos árabes y musulmanes. Incluso la capital inglesa tuvo un alcalde de ese origen.
• Musulmanes que entraron sin restricciones, por pertenecer a la Commonwealth en Gran Bretaña, argelinos en Francia y surinameses e indonesios en los Países Bajos.
• Musulmanes que llegaron a Europa occidental para un periodo limitado como trabajadores migrantes en los años cincuenta y sesenta.
• Musulmanes europeos nativos, nacidos en Europa de padres inmigrantes.
• Solicitantes de asilo y refugiados, cuyo número creció en los últimos años.

Los europeos sobreestiman la cuota musulmana: los franceses creían que los musulmanes en Francia eran un 31%, cuando no pasan del 6%. No se incluye a treinta millones de musulmanes en Rusia, que incluye muchos países musulmanes de la ex URSS (Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Azerbaiyán, Turkmenistán y Uzbekistán).

Las mujeres se casan en mayor número y más jóvenes, y se divorcian menos que el resto. Pese a la crisis económica, la UE sigue siendo un imán migratorio para árabes, subsaharianos, africanos, asiáticos, entre otros.

Según las previsiones, la población musulmana total pasará de 25 a 35 millones entre 2015 y 2035. Hay mayores tasas de fertilidad entre las musulmanas, y su población es más joven: los menores de 30 años representaban el 50% de la población musulmana en 2015, frente a un 33% aproximado en el resto de la población europea. Las mujeres se casan en mayor número y más jóvenes, y se divorcian menos que el resto. Pese a la crisis económica, la UE sigue siendo un imán migratorio para árabes, subsaharianos, africanos, asiáticos, entre otros.

Los inmigrantes se agruparon en vecindarios étnicos (los banlieues en Francia o suburbs en Inglaterra). Tras la crisis económica de los ‘70, con el cierre de minas y fábricas, los inmigrantes fueron los primeros en sufrir. El desempleo se disparó, provocando protestas en el Reino Unido y en Francia (la révolte des banlieues en 2005 y 2007). Aunque un gran número de los alborotadores parecían musulmanes, la mayoría de los observadores señalaban que la segregación urbana, la falta de oportunidades y la ausencia de movilidad en la escala social ocasionaron la protesta ciudadana.

El descontento social coincidió casi exactamente con los atentados terroristas en Madrid (2004) y Londres (2005). Francia ya había sufrido ataques similares en 1997. Tampoco Países Bajos y Dinamarca se vieron libres de la violencia, con el asesinato de cineastas y caricaturistas. El descontento social coincidió con los atentados de Madrid y Londres, haciendo de revulsivo y cuestionando los antiguos modelos de integración

Islam: la religión que más crece a escala mundial

La periodista de CNN, Tricia Escobedo, en un reciente artículo manifiesta que “el islam es la religión de más rápido crecimiento en el mundo, y no sólo en las naciones de mayoría musulmana: según un estudio reciente del Centro de Investigaciones Pew, el 10% de todos los europeos serán creyentes musulmanes para el 2050”.

Entre el 2010 y el 2050, los musulmanes habrán aumentado en todo el mundo en un 73%, seguidos por los cristianos, que se proyecta crezcan en un 35% en el mismo período, y los hindúes, que lo harán en un 34%. El islam, en la actualidad, es la segunda religión más grande del mundo y superará al cristianismo como la religión más practicada a fines del siglo, según el estudio.

Las mujeres musulmanas tienen, en promedio, más niños. 3,1 hijos en comparación con 2,3 para todos los otros grupos religiosos combinados, según el estudio. Además, los creyentes musulmanes tienden a ser, en promedio, siete años más jóvenes que los no musulmanes.

“Cada musulmán puede tener tantas esposas como quiera, y tienen en promedio cinco y jóvenes. Cada año nacen en esta familia cinco nuevos musulmanes, mientras que la población europea es muy anciana o no tiene más de 1,2 hijos”, señala este informe. París podría ser la primera gran capital en quedar bajo el mando de un gobierno musulmán, seguida de ciudades alemanas, españolas, inglesas, belgas, etc.”, sostiene el estudio.

Ugo Stornaiolo

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