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Trump o el fin de la política

juan-cuvi

Donald Trump está dinamitando la diplomacia. Peor aún, está dinamitado la política. La arbitrariedad con la que maneja las relaciones internacionales nos retrotrae, en términos civilizatorios, a lo que Hobbes definió como estado de naturaleza. Es decir, a una etapa previa al pacto social, que implicaba la ausencia total de leyes y una condición de guerra de todo contra todos, donde se imponía la ley del más fuerte.

La diplomacia es un invento de vieja data. Se desarrolló como una opción para resolver los conflictos entre naciones de manera pacífica y, por lo mismo, evitar las conflagraciones. La clave de su efectividad radica en el diálogo, la negociación y la prudencia. La política, a su vez, es el arte de organizar la convivencia social, alcanzar el bien común, conseguir un estado de justicia que satisfaga a la sociedad en su conjunto. Ambas definiciones contienen un elemento en común, imprescindible: entender y respetar al otro, al diferente, al alter de los antiguos romanos. Esta práctica tiene milenios de vigencia.

Pero las posturas de superioridad y exclusividad que propone Donald Trump son absolutamente opuestas a esta aspiración de equilibrio que subyace a la noción positiva de diplomacia y de política. No es casual que este ideal se haya ido imponiendo a lo largo de la Historia, como consecuencia de la devastación provocada por las guerras. Y Trump invoca al dios de la guerra cada que se le ocurre.

El presidente de los Estados Unidos pretende desarrollar su proyecto político prácticamente aniquilando estos principios de equilibrio y acuerdo, inclinando la balanza global únicamente a favor de sus intereses, sustituyendo el diálogo por la imposición.  Tal vez por una concepción fundamentalista de la realidad, o por simple ignorancia, Donald Trump desconoce que estas pretensiones tienen innumerables antecedentes en la Historia moderna. Y, en todos los casos, han terminado en fracasos apocalípticos.

La inquietud más generalizada en los actuales momentos es hasta cuándo le durarán a Trump los aparentes éxitos de su estrategia, y en qué momento estos desequilibrios forzados le reventarán en sus propias manos. Ya Europa occidental, un tradicional aliado de los Estados Unidos, está movilizando tropas a Groenlandia para reforzar la postura soberana de Dinamarca; la política migratoria del gobierno gringo provocará malestar a lo largo y ancho del planeta; la agresión militar a Venezuela, así como las amenazas en contra de otros países de América Latina (México, Colombia, Cuba, Brasil), están cocinando una ola de reacciones que pueden volver inmanejable el conflicto; el genocidio palestino no tiene visos de solución.

Donald Trump no es el primer caudillo que aspira a ponerle fin a la política. Y tampoco será el primero en fracasar frente a la respuesta democrática de la ciudadanía.

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