En sentido estricto, depredar significa saquear o quitar algo con violencia. Por añadidura, el término también se utiliza para designar el acto de cazar para alimentarse. Donald Trump está imponiendo un nuevo orden mundial (más apropiado sería hablar de desorden) basado en la apropiación territorial por la fuerza. Y no tiene ningún empacho en evidenciar su principal objetivo: adueñarse de los recursos naturales de los territorios amenazados, que supuestamente le pertenecen a los Estados Unidos.
El paraguas político que cubre esta aspiración es la visión atrabiliaria y autoritaria de la seguridad hemisférica, una visión que, en la práctica, desconoce la diferencia como factor civilizatorio. Desconoce la historia, la cultura y hasta la geografía. Si se entiende que un hemisferio se refiera a una mitad del globo terrestre, ya sea de norte a sur o de este a oeste, cabe preguntarse desde dónde y hasta dónde debe considerarse el hemisferio occidental al que se refiere Trump. ¿Incluye Australia, Europa y África occidental o solamente los países ricos con una población blanca hegemónica? ¿No sería más preciso hablar únicamente de seguridad continental?
Las diferencias no son formales ni semánticas: detrás de cada definición hay una visión particular de la ocupación del espacio. Y si bien Trump puede aparecer como un personaje irracional, extravagante y elemental, es obvio que detrás de él operan tanques de pensamiento que sustentan sus decisiones en estrategias políticas e ideológicas bien concebidas.
Revisemos brevemente la estrategia de seguridad nacional presentada por el gobierno gringo en noviembre de 2025. El documento es una cínica apología de las concepciones supremacistas de la política: ahí se hace referencia a derechos naturales otorgados por dios, orgullo nacional, familias tradicionales, paz impuesta a la fuerza, nacionalismo fanático, exclusión de las diferencias, soberanía racista, sectarismo económico, renacimiento espiritual, competencia desigual… Todo un coctel de ingredientes reaccionarios y anacrónicos cuyo propósito es consolidar un dominio absoluto sobre una porción considerable del planeta.
Pero hacer de nuevo grande a los Estado Unidos (MAGA), tal como reza la consigna central de la administración Trump, no implica únicamente la depredación de los recursos naturales. Hay sobre todo una depredación simbólica; en otras palabras, una usurpación de la soberanía como elemento imprescindible de la modernidad. Trump desempolva las visiones imperiales milenaristas que la humanidad creía enterradas, y que se basan en la imposición de una superioridad civilizatoria del dominador. La uniformización cultural (idioma, imaginarios colectivos, hábitos o creencias del conquistador) ha sido la estrategia más efectiva para apuntalar los valores de Occidente. Donald Trump quiere arrasar con todo.

