El jefe del Ejecutivo, lo ha reiterado hasta el cansancio, es el jefe de todas las funciones del Estado. Es el que manda. En esta calidad, la de mandamás, lo acaba de repetir, no acepta discutir con subalternos. Así se salva de sujetarse a la Ley de Comunicación, y se exime de responder a la demanda de entregar información veraz, completa, contrastada y verificada, como le exige el comandante de la marina, al jefe del Estado. Supongo que su razonamiento podría ser: dado que el presidente es el comandante en jefe de las fuerzas armadas, todos los militares son sus subalternos. Con semejante autopercepción, imaginar que el más alto jerarca, acepte la réplica de alguien o rinda cuentas a alguien es inconcebible. Por eso, cualquier exigencia y petición de cuentas social, institucional, legal, jurídica, no es viable, no tiene futuro. No es pertinente para el caudillo.
El contencioso entre la cúpula militar y el jefe de Carondelet indica que este último ignora, por desconocimiento, que existen las llamadas macro organizaciones, una de ellas el Estado, en donde las jefaturas de los distintos estamentos de gobierno y de gestión en los espacios públicos políticos y sociales, interactúan como pares. Sus relaciones son “paralelas”, no “piramidales”, tampoco jerárquicas, entre superiores e inferiores. No son tratos entre un cabecilla y un dependiente, porque las macro organizaciones no tienen una sola cabeza, sino varias, con su propia autonomía relativa, conforme al ámbito de su actividad.
Pero aceptar tal realidad parece no posible, en estos momentos. ¡Cómo! Si quien se mira como el supremo jefe percibe que los 16 millones de individuos de quienes es su gobernante son ¿súbditos?, ¿vasallos?, ¿siervos? Ciudadanos no, de ninguna manera, porque los ciudadanos nos caracterizamos por un elemento clave, esencial: nuestra igualdad ante la ley. No existe compatibilidad entre ciudadanía y dominación o sumisión a una voluntad exclusiva. No. Quien ha sido reducido a noción de subyugado ha sido simbólicamente despojado de sus derechos. Así de crudo.
Pero también ignora aquel alto servidor, que eso es un mandatario, que tan dignatarios son el presidente de una junta parroquial y el diputado nacional o el presidente de la república. Por eso tampoco les reconoce autoridad y competencia a las cabezas de los gobiernos locales. No sabe que sus dignidades no emergen del tamaño de la circunscripción o del número de ciudadanos a quienes representan sino de la voluntad de los pocos miles o de los muchos millones que les expresaron su adhesión en los comicios. Lo cuantitativo no es lo central. Los números, en este caso, no otorgan una mejor calidad a un dignatario. Son sus cualidades las que lo vuelven más o menos valioso y lo legitiman. Porque la legitimidad no radica solo en el origen de un dignatario, sino también en el ejercicio de su gestión y en los resultados que logre.
¿De dónde surge la necesidad de oprimir, de sojuzgar? De necesidades complejas, escondidas, innombrables y hasta desconocidas. Tal vez de carencias. Pero no amigables con la libertad, como se asume en la filosofía política. Quien mira a los otros como subalternos, aspira a supeditarlos, sujetarlos, asirlos. Lo cual tampoco es compatible con la independencia, peor con la autonomía. Menos aún con la pluralidad que entraña la soberanía del pensamiento. Si se lleva bien con el apego al control, a la vigilancia, a la censura, a la intromisión y a otro largo etcétera de sinónimos.
La subordinación, según la estudian los sociólogos Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ipola, en relación con el peronismo, implica la construcción de un sometimiento del pueblo dependiente a la figura del líder, tan máxima autoridad, siempre extraordinaria, portentosa, deslumbrante. Y dueña de la verdad. Seguramente, por ello, ser ejecutor y protagonista de la subordinación encierre gratificaciones de diverso tipo, sensaciones de omnipotencia, de supremacía, hegemonía y quizá hasta de inmortalidad. No en balde tanto jerarca busca perpetuarse al menos en monumentos que algún momento caen, son derribados y en el mejor de los casos almacenados en alguna bodega.
Frente a la subordinación, la recomendación del politólogo y antropólogo James C. Scott es la resistencia. Resistir es una forma activa de oponerse, sin violencia, a la servidumbre, a la esclavización, a aceptar las “posiciones de inferioridad y superioridad” que usurpan por medio de “ritos o procedimientos que regulan los contactos públicos entre los distintos rangos” el ejercicio de todos los derechos, en especial de los civiles y políticos. Y aprender a resistir es algo en lo que nos hemos especializado un gran número de ecuatorianos, los últimos años, justamente por haber sido tratados como subalternos, sin serlo. Así hemos asimilado que quienes pretenden la primacía o los que buscan la obediencia, la obsecuencia, la docilidad o el silencio, a veces son quienes se sienten tremendamente débiles, y temerosos de ser descubiertos en su fragilidad. Por ello les cuesta mostrarse humanos, pequeños, por tanto. Intuyen que si son descubiertos toda su supuesta fuerza se evaporará.

