En la política contemporánea, el problema ya no es únicamente qué se discute, sino cómo y por qué se discute. Como sucede en muchos países, incluido Ecuador, comienza a consolidarse una tendencia preocupante: la transformación del debate público en un espectáculo dominado por influencers, lealtades emocionales y temas superficiales, mientras los problemas estructurales quedan relegados a un segundo plano.
No se trata de afirmar que todo influencer de derecha sea radical o que toda defensa de un gobierno sea ilegítima. Esa simplificación sería tan problemática como aquello que se critica. Sin embargo, sí es evidente que ciertas figuras digitales —como Bethsaida López, Belanix, Telmo Punina, la primera dama Lavinia Valbonesi o “Conejo Oligarca”— encarnan una lógica que prioriza la identidad política y la «marca personal» del presidente, por encima del análisis. En este esquema, la política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en una arena de adhesión: se está con alguien o contra alguien, sin matices.
Esta dinámica tiene consecuencias claras. La más visible es el empobrecimiento del debate público. No porque falten temas importantes, sino porque pierden relevancia frente a contenidos más virales, más digeribles y emocionalmente más intensos. Que parte de la conversación política gire en torno a la reducción de aranceles del skin care coreano —en el contexto de acuerdos comerciales— mientras el país enfrenta crisis energéticas y serias deficiencias en el sistema de salud, no es un hecho menor. Es un síntoma de una desconexión profunda entre la agenda mediática y la realidad cotidiana de miles de ciudadanos.
El contraste es difícil de ignorar. Por un lado, discusiones ligeras, casi banales, que capturan la atención digital. Por otro, una crisis de salud pública donde la falta de medicamentos, insumos, condiciones básicas de limpieza y desinfección e incluso personal médico, genera situaciones límite para la población. A esto se suma la controversia por despidos masivos de médicos en el sistema nacional sanitario, que debilitan aún más una estructura ya tensionada. Sin embargo, estos temas, que deberían estar en el centro del debate nacional, compiten —y muchas veces pierden— frente a narrativas más atractivas para el algoritmo.
Y es precisamente ahí donde radica el problema de fondo: la lógica de las redes sociales. Los influencers, no operan necesariamente bajo criterios de relevancia pública, sino bajo métricas de visibilidad. Lo que más se comparte, comenta o reacciona es lo que se impone. Y lo que se impone rara vez es lo más complejo. Explicar una crisis estructural exige tiempo, contexto y matices; en cambio, opinar sobre consumo, tendencias o símbolos culturales requiere poco esfuerzo y genera alto impacto inmediato.
Cuando esta lógica se traslada —directa o indirectamente— a espacios de poder, el riesgo se multiplica. La comunicación política comienza a imitar el lenguaje de las redes: simplificación extrema, polarización constante y una agenda cada vez más ligera. En ese entorno, la rendición de cuentas se diluye, porque la atención pública está enfocada en lo anecdótico y no en lo sustancial.
Además, en contextos de crisis, esta distorsión no es inocua. Una ciudadanía menos informada sobre los problemas reales tiene menos herramientas para exigir soluciones. La saturación de contenido superficial actúa como una cortina de humo difusa: no oculta deliberadamente, pero distrae eficazmente.
Hay también un componente emocional que no puede ignorarse. En escenarios de incertidumbre, frustración o desconfianza institucional, los discursos firmes, simples y cargados de identidad resultan especialmente atractivos. Ofrecen claridad donde hay complejidad, certezas donde hay dudas. Pero esa claridad suele ser engañosa: reduce problemas estructurales a narrativas binarias que, lejos de resolverlos, los simplifican hasta volverlos irreconocibles.
La pregunta, entonces, no es solo quiénes son estos influencers o qué dicen, sino por qué tienen el espacio que tienen. La respuesta apunta a un ecosistema mediático y cultural que premia la inmediatez, la emoción y la confrontación por encima del análisis.
Recuperar un debate público sano no implica silenciar voces ni uniformar opiniones. Implica, más bien, reordenar prioridades: volver a colocar en el centro lo que realmente afecta la vida de las personas, aunque sea menos atractivo, menos viral y más difícil de explicar.
Porque cuando lo trivial domina la conversación, lo importante no desaparece. Simplemente queda relegado. Y en ese silencio relativo, los problemas reales —los que no se vuelven tendencia— continúan avanzando sin la atención ni la presión que necesitan para ser resueltos.

