En plena madurez tecnológica la humanidad nostalgia su juventud medieval.
La crueldad se ha puesto de moda. Justificamos invasiones y genocidios. Exhibimos la ignorancia sin pudor y ejercitamos la enérgica tontería.
Hasta hace pocos años, comulgar con el fascismo era una vergüenza. Hoy, tienen micrófono y curules los que proponen campos de concentración.
Del humanismo global saltamos al feudalismo digital, a negar la ciencia, a ignorar la historia, a denigrar la filosofía. El mundo es plano, las vacunas innecesarias, las matemáticas son conspiraciones, la educación un gasto inútil y la cultura una pérdida de tiempo.
En el siglo de las luces, los valores de «occidente» que forjaron la democracia eran «libertad, igualdad y fraternidad». En la era de la oscuridad adoramos la monarquía, defendemos la inequidad y exigimos el monopolio de la violencia.
Los fuegos fachos crepitan en las praderas de la ignorancia impulsados por los vientos de la corrupción y la codicia. La superioridad moral y el discurso intelectual no pueden detener el incendio.
Condenados a repetir las tragedias por no aprender de sus consecuencias, dejamos crecer el monstruo con la ingenua esperanza de que no toque a los propios, mientras devore a los otros.

