Irse a volver es una belleza de expresión ecuatoriana que indica la intención de regresar, antes de partir. Cuando una peca de opinadora, es saludable irse, procurando dejar el ombligo en casa, para poner las cosas en perspectiva. Más allá de la corrupción o el autoritarismo, que no nos es patrimonial porque en todas partes se cuecen habas gordas, hay una sensación abrumadora para el ecuatoriano en el exterior: el Ecuador es irracionalmente caro.
Comparando los precios de vivir aquí con la escala productiva de otros países, nos develamos como una sociedad brutalmente rentista, convencida de que nuestros problemas son básicamente políticos, sin ideas para mejorar el modelo productivo que reemplace este derramamiento petrolero que nos desangra a todos.
Somos pésimos consumidores, pagamos tontamente por bienes y servicios malos y costosos mientras regateamos la libra de papa a la casera. Los supermercados monopólicos nos atrofian el sentido de calidad y variedad, al tiempo que despedazan las redes de consumo local y las estrategias comunitarias. Somos colonialmente noveleros y de eso se aprovechan las clases políticas y sus grupos de poder para cambiarnos oro por espejitos y mantenernos anclados a la angustia del fin de mes. Compramos caro para sentirnos menos “longos y feos”, como acertadamente diría la chiquilla venezolana que desató la furia local, por cierto, la única noticia que trascendió del terruño y con la que morí de vergüenza.

