Escucho los gritos, huelo el polvo seco de la desesperación.
En este condominio, todos los departamentos pueden ver lo que ocurre en la planta baja.
Cada día, un tipo loco y armado irrumpe en la casa de esa familia, rompe todo y los golpea hasta oir los huesos crujir.
Los vecinos nos ocultamos tras las cortinas, subimos el volumen de la televisión, algunos hipócritas saludan o aplauden al hombre loco cuando pasa salpicado y furioso. Nadie quiere atraer el odio del perverso.
Hace meses ya que el verdugo no deja que la familia tenga medicinas, agua ni alimentos, todos vemos cómo el hambre apaga la mirada de los niños.
Sabemos que no se puede detener el crimen, secretamente esperamos que suceda pronto y que acabe el infame espectáculo.
Que un día desaparezcan los pocos sobrevivientes, que se vayan, que dejen su casa y así podamos fingir que Gaza no existe, que Palestina no muere de hambre, pólvora e indiferencia.
Shot. Aunque cierre los ojos

